 |
 |
|
Seamos serios,
pero no tanto
|
|
RUBÉN PARDIÑAS
|
|
160 págs.
|
|
ISBN 84-96080-23-4
|
|
14,50 €
|
|
 |
|
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
Introducción
El infierno y el paraíso me parecen
desproporcionados.
Los actos de los hombres no merecen tanto.
Jorge Luis BORGES
La prueba de toda verdad es,
sencillamente, su eficacia.
William JAMES
No está tan
claro que la libertad y el pluralismo gocen de la misma
salud en el campo artístico que en otros ámbitos
de la sociedad occidental. Aunque la actual producción
cultural demuestra que tales valores sí están
en gran medida generalizados, pienso que todavía
son relativamente frecuentes algunas actitudes que, aunque
amparadas a menudo en proclamas antisistema, se resisten
en realidad a abandonar un confortable inmovilismo metafísico
más propio de la religiosidad medieval y del dogmatismo
modernista. En relación con esto Antonio Escohotado
llegaba hace poco a la siguiente conclusión:
Temo que un vigoroso
ingrediente de la antiglobalización sea la nostalgia
de la promesa militar/clerical, con sus recetas infalibles
para una salvación colectiva, unida al desencanto
producido por el hundimiento del socialismo llamado real,
y realimentada por sectores juveniles desinformados o problemáticos
[Escohotado, 2001].
Efectivamente, hay
algo que une la promesa salvífica de la religión
con la del totalitarismo, y que además es compartido
por la vanguardia artística, entre otros movimientos
amigos de las recetas infalibles. Sin embargo, aunque
el parentesco entre tales exponentes de excelencia espiritual,
política o estética es patente, no resulta
fácil dar nombre a una categoría que los englobe
a todos. ¿Qué es lo que une, siquiera superficialmente,
la autosuficiencia de Dios, del Führer o de Malevitch?
En adelante me referiré a esta clase de grandeza
autoproclamada bajo la etiqueta de lo sublime.
El concepto de lo sublime
adquiere cierta importancia en la discusión filosófica
hacia el siglo i d. C. gracias a Longino, que empieza a
hablar de ciertas características de la belleza como
de algo inaprensible. Así, lo sublime nace desligado
de lo simplemente estético, y pronto se empieza a
considerar como una categoría más cercana
a lo sobrenatural que a lo humano. El siglo xviii será
el siglo de lo sublime por excelencia. Lo bello parece ya
a pensadores como Burke o Kant un concepto demasiado limitado
y por primera vez la sublimidad se plantea como la característica
esencial del arte. «El principio del arte contemporáneo
no es lo bello, sino lo característico, lo interesante
y lo filosófico», decía Burke en 1797
(Tatarkiewicz, 1987, 182), inaugurando, quizá, las
Vanguardias. Para Kant lo sublime no solo superaba a lo
bello, sino que era, además, algo totalmente opuesto.
Desde entonces el concepto se constituyó en blanco
de discusiones hasta la actualidad, y cada época
y pensador dio su propia versión matizada. Pero para
todos los que hablaron de ello se trató de algo grandioso,
inalcanzable, elevado hasta un grado extremo..., casi divino.
Como escribió ya a finales del siglo xx Richard Rorty:
Contemplar lo bello
es contemplar algo manejable, algo que consta de unas partes
reconocibles como organizadas de una forma reconocible.
Quedar asombrado por algo sublime es ser llevado más
allá del reconocimiento y la descripción [Rorty,
2000, 7].
Esta breve historia
del término será lo más erudito que
diré sobre lo sublime. No creo que merezca demasiado
la pena restringir su sentido a la teoría estética
canónica. El concepto que recorre los siguientes
ensayos se apoya en un significado laxo, con múltiples
encarnaciones en diferentes contextos. Este no es, después
de todo, un libro sobre lo sublime en el sentido tradicional
académico, sino sobre cómo su espíritu
más dogmático la imagen de insuperabilidad
que su simple mención nos evoca se ha implantado
en la vida cultural. Después de siglos de tradición,
creo que sublime, entendido como inefable,
es un término que expresa bastante bien el común
denominador de ciertos proyectos que en la historia de Occidente
(muchos a través del arte) aspiraron o siguen aspirando
a cumplir un destino irrenunciable y verdadero, un programa
total y definitivo: una utopía.
Algo común a
las cualidades que en adelante adscribiré a lo sublime
es que tradicionalmente han venido ocupando lo más
alto de nuestra escala de valores. Son todavía, según
sus defensores, las características a las que toda
obra de arte, filosofía, o incluso cualquier persona
debería aspirar. Estas cualidades también
comparten un acusado carácter conservador, en el
sentido de que, al ser considerados quienes las poseen como
modelos de perfección, se hace difícil imaginar
cómo podrían experimentar algún cambio
sin perder con ello una parte por pequeña que
sea de su excelencia.
A estas alturas el lector
sólo tendrá una idea vaga sobre qué
cosas, acontecimientos o personajes públicos son
los realmente sublimes. Lo sublime, como no podía
ser de otra manera, es de difícil aprensión
en su totalidad. Pero sus diferentes caras son fácilmente
reconocibles por oposición. Así, unas veces
se refiere a lo homogéneo frente a lo heterogéneo,
como cuando admiramos el plan urbanístico del París
de Haussman y lo comparamos con la estructura de
una ciudad como Madrid. Otras veces lo asociamos a la pureza
frente a la mezcla, como cuando colocamos jerárquicamente
el galgo inglés por encima de cualquier perro callejero.
En multitud de ocasiones (más de las que imaginamos)
se refiere a la unidad frente a la diversidad, como cuando
Renfe considera estéticamente más adecuado
sustituir los idiosincrásicos rótulos de cada
estación ferroviaria por el mismo modelo en todas
ellas. Con frecuencia lo sublime es lo serio (como el sexo
con función procreadora) frente a lo frívolo
(el sexo por diversión). También lo profundo
(la filosofía) frente a lo superficial (el fútbol),
o, en otra variante, lo trascendente (El Quijote) frente
a lo banal (007 contra el Dr. No). Y, cómo
no, lo objetivo (la Verdad) frente a lo relativo (mi opinión
o la de usted). Como se puede ver, París, Galgo
Inglés, Homogeneidad Cultural, Procreación,
Filosofía, El Quijote, la Verdad, etcétera,
forman una familia bastante bien avenida, cuyo apellido
podría ser perfectamente los Sublime. La otra
familia (Madrid, perro callejero, multiculturalismo,
follar, fútbol, James Bond, mis opiniones...)
parece un poco «de provincias», y, aunque muchos
la preferimos con frecuencia, no podemos decir que sublime
sea un adjetivo adecuado para retratarla.
Pero reprocharle al
arte que persiga lo sublime es también querer arrebatarle
algo que parece intrínseco a su propia naturaleza.
Supone una renuncia que requiere una buena justificación,
si las nobles aspiraciones de gente como Fidias, Miguel
Ángel, Beethoven o Kandinsky nos merecen algún
respeto. Como hemos visto, una razón para olvidarse
de ello sería que la sublimidad, en cuanto categoría
perfecta y cerrada, tiene una irreductible tendencia a ignorar
el resto de opciones menos pretenciosas. Opiniones puede
haber muchas, pero Verdad solo una. Afortunadamente, en
el mundo del arte un dogmatismo de este calibre no tiene
las consecuencias catastróficas que provoca desde
la política. Los efectos de ignorar a los pintores
académicos en los circuitos artísticos a tener
en cuenta no son los mismos que los de considerar a los
negros una raza ajena al género humano (aunque en
los dos casos se parta del mismo supuesto erróneo:
la legitimación de unos pocos para diseñar
una colectividad entera en nombre de la Verdad). Después
de todo, y como se puede apreciar en los ejemplos antes
citados, la verdad, la unidad, la seriedad, la homogeneidad
y la pureza han inspirado y siguen inspirando grandes obras
literarias, de arte y de arquitectura. Es inquietante pensar,
sin embargo, que esos logros de la cultura occidental se
han venido alternando en una larga secuencia con grandes
desastres de nuestra historia política y social,
impulsados con frecuencia por los mismos ideales de grandiosidad
y sublimidad. Las sospechas se confirman al comprobar que,
demasiadas veces, manifestaciones artísticas que
admiramos formaron parte activa de proyectos políticos
que detestamos. Pensemos en las películas de Leni
Riefenstahl o Eisenstein, en la filosofía de Heidegger
o Nietzsche, en las obras de los futuristas, etcétera.
Para ellos y para muchos otros, arte y política,
vanguardia estética y progresismo ideológico
eran las dos caras de una sola empresa, una empresa ardua
y sublime que aunaba esfuerzos en pos de lo verdadero. Por
ello, es en las pretensiones políticas del arte donde
encuentro razones de peso para dejar de lado la sublimidad.
Como veremos, convertir el arte en algo a tener en cuenta
políticamente es, como la historia ha demostrado,
demasiado peligroso. Aunque nos parezcan adecuadas para
el catálogo de un artista (incluso contemporáneo),
palabras como homogeneidad, pureza, unidad... resultan demasiado
sospechosas como parte de un programa electoral.
Desde que Hegel anunció
que se había trasformado en filosofía, el
arte no aspiró ya a hablar del mundo, sino a explicarlo.
A partir de entonces los artistas se sintieron más
que nunca los transmisores de una trascendencia cada vez
más difícil de comprender. Particularmente
me fascinan las manifestaciones artísticas que abandonan
desde un principio esta trascendencia. Son gente como Rossini,
Hitchcock, Warhol o Nabokov, a menudo tachados de conservadores,
comerciales o superficiales (frente a Wagner, Manoel de
Oliveira, Beuys o Brecht, considerados símbolos de
la trasgresión y la profundidad), los que demuestran
que la búsqueda de la verdad no es algo intrínseco
al artista. Que hay cosas pequeñas, pasajeras, banales
y con frecuencia simplemente estéticas (como si decir
que las Variaciones Goldberg son simple estética
fuera, además de cierto, algo malo) que no aspiran
a conformar la conciencia colectiva del mundo aunque
a veces también contribuyan a ello sino a conmocionar
a personas.
No hay nada más
desastroso y que conduzca con mayor seguridad a una situación
de enconamiento que el choque de dos posiciones (estéticas,
filosóficas, políticas, etcétera) que
se tienen por sublimes. Sin embargo, como he apuntado más
arriba, los logros que gracias a la idea de lo sublime muchos
artistas han alcanzado durante siglos demuestran que es
un estímulo intelectual de gran fuerza creativa que
conviene no desaprovechar. Pero ¿cómo hacerlo
sin peligro? En mi opinión, solo cuando este anhelo
de perfección permanece encerrado en la idiosincrasia
de cada uno puede resultar provechoso. Se trata en estos
casos de una sublimidad ficcionada, digna de alcanzar precisamente
porque su campo de acción es el ámbito privado,
no el espacio público donde demasiadas sublimidades
juntas pueden resultar, como he dicho, incompatibles. Si
a pesar de todo el arte pretende convertirse en una herramienta
política eficaz, debería aprender algo de
otros agentes sociales que han asumido que influir en una
sociedad globalizada exige navegar entre la diversidad,
el pluralismo y la negociación. Articular la época
actual en torno a un nuevo metarrelato en el que refugiarse
no es un buen entrenamiento para ello. Porque, por increíble
que parezca, la sublimidad es reclamada también por
muchos teóricos de la posmodernidad, que encuentran
en esta los fantasmas que la modernidad, superada por el
capitalismo, les negó. Como expone Fredric Jameson
en una proclama digna de un profeta:
Lo sublime posmoderno
solo puede comprenderse en términos de esta nueva
realidad de las instituciones económicas y sociales:
una realidad inmensa, amenazadora, y solo oscuramente perceptible
[Jameson, 1991, 86].
El hecho de que la propia
palabra nos suene un poco cursi dice mucho de la progresiva
desaparición de lo sublime como categoría
digna de alcanzar. Sin embargo, en medio de la «democrática
vulgaridad posmoderna», lo sublime resiste. Sobre
ello, sobre la sorprendente fortaleza de lo sublime en la
politizada cultura del Occidente contemporáneo, tratan
los siguientes ensayos. En ellos me refiero principalmente
a cuestiones de arte, arquitectura, cine y filosofía,
pero no específicamente a tales disciplinas, sino
a todo lo que a través de ellas podemos comprender
mejor. Será una colección de ejemplos que,
sin pretender demasiada exhaustividad ni profundidad, espero
resulte clarificadora. A todos los une un hilo conductor
claro (además de otras pequeñas conexiones)
y, aunque puedan funcionar de manera autónoma, siguen
cierto orden que recomiendo respetar en una primera lectura.
El primero es una especie
de síntesis de todo el libro a través de un
ejemplo un poco pintoresco. En él intentaré
explicar, en una breve y particular historia del western,
que lo sublime es reacio a la frivolización, hasta
el punto de preferir la muerte a una existencia banalizada.
Se trata, además, del germen de este libro. «Arte
y compromiso» cumple una función importante
dentro del conjunto. Sienta las bases de un tema estrechamente
vinculado al de la sublimidad que ya he apuntado aquí
y que irá apareciendo después en varias ocasiones:
la inconveniencia de fomentar un arte necesariamente
político. «Pluralismo sí, pero de veras»
tratará de fijar la atención en un fenómeno
que se viene produciendo en el ámbito artístico
y filosófico desde hace unas décadas: cómo
la posmodernidad se ha ido convirtiendo en un cómodo
sustituto de la modernidad, en una entidad rígida,
homogénea y lo suficientemente abstracta como para
poder culparla de todo lo que no estamos dispuestos a asumir.
Un término que, lejos de la subversión que
inicialmente implicaba, nos merece ya tanto respeto como
vanguardia o modernidad. Una especie de sustituto
de Dios. A continuación apuntaré en un breve
artículo lo mucho que ha venido haciendo por nuestras
ciudades la arquitectura efectista y teatral de los últimos
veinte años, la cual sigue produciendo edificios
que ya no persiguen plasmar ninguna esencia arquitectónica,
sino que incorporan sin complejos supuestas contaminaciones
(como la ornamentación o la estética cinematográfica),
si es que ello se adapta a sus objetivos. En «La inmortalidad
(por fin) frustrada» se pasa revista a una tendencia
del arte contemporáneo que refleja perfectamente
la forma traumática en que la renuncia a lo sublime
(en este caso lo imperecedero) se hace explícita
en las obras de muchos artistas. Otra renuncia a la que
estos se resisten mucho más tiene que ver con los
aspectos económicos que rodean al arte. En «Por
un magreo aún más notorio»
intentaré mostrar que aceptar un rol social que los
equipare a otros actores del capitalismo significa todavía
para ellos abandonar una sublimidad que suponen intrínseca
a su disciplina. Los capítulos sobre Matrix
y Bob Fosse pretenden ser ejercicios de frivolidad tal y
como creo que esta debería ser utilizada con mayor
frecuencia. Pretenden demostrar que la división del
conocimiento humano en disciplinas es en ocasiones un estorbo,
y que la división entre disciplinas consideradas
serias y otras que no lo son es un estorbo todavía
mayor. Las similitudes entre lo que vemos habitualmente
en las pantallas de los multicines y en las salas del Reina
Sofía constituyen una evidencia que solo los prejuicios,
la vergüenza o la cobardía consiguen acallar
demasiadas veces en la crítica cultural. Creo que
merece la pena detenerse brevemente en este punto, que enlaza,
además, con el tema del último capítulo
del libro.
Muchos artistas contemporáneos
han conseguido, desde Duchamp, exasperar al espectador con
sus difíciles discursos y sus obras construidas con
objetos sacados del cubo de la basura. ¿Cómo
algo tan simple podía significar cosas tan complicadas?
Y sobre todo, ¿por qué el arte no nos ofrece
demasiadas lecturas trivializadas de estos discursos, como
si no mereciera la pena hablar de ello si no es profundamente?
En mi opinión,
es un hecho que en cierto y quizás no muy visible
sentido el artista contemporáneo sí se ha
ido alejando de tanta seriedad y erudición discursiva.
El animado viaje del arte objetual al arte de concepto
parece que vuelve a su punto de partida, y con bastante
morriña. Así, con la misma celeridad con que
el cine se ha visto invadido de monstruos y explosiones
digitales, la música de sofisticados recursos tecnológicos,
y la mayor parte de las ciudades españolas de vistosos
museos de arte moderno, muchos artistas se han ido cansando
de la austeridad estética que el conceptual les exigía.
Por ello, hoy, los objetos de deseo no son ya simples mondas
de plátano, ni siquiera cuadros o estatuas, sino
cosas bastante más llamativas. De la creciente espectacularidad
de la obra de muchos artistas actuales se deduce que estos
han alcanzado el convencimiento de que el arte es, definitivamente,
el dominio de la forma sobre el contenido. No les falta
razón. Después de todo, es la forma lo que
hace que las grandes obras de literatura no sean telegramas,
o que las buenas películas no sean vídeos
domésticos. El discurso sigue estando ahí,
si cabe más jeroglífico todavía, aunque
demasiadas veces el artista delega todo esto en el crítico
para concentrarse en su tarea como «escenógrafo».
Pero descifrar esos discursos produce con frecuencia una
situación desconcertante. Al contrario de lo que
ocurría con la simple monda de plátano que
encerraba toda una metafísica de la vida, la compleja
instalación de vídeos interactivos en tiempo
real que nos apabulla en el Guggenheim de la esquina resulta
ser tan solo la misma crítica del capitalismo que
venimos oyendo desde que Breton proclamaba junto a Trotsky
la reconstrucción total y radical de la sociedad
a través del arte (Chipp, 1995, 514-518).
Escribí este
último capítulo estimulado por los continuos
y tópicos avisos que desde el ámbito intelectual
se lanzan acerca de la deplorable espectacularidad de nuestra
cultura, llamadas de socorro sobre la necesidad de una filmografía
europea de calidad que contrarreste los efectos hipnóticos
de la invasión cinematográfica americana,
sobre la urgencia de un arte comprometido que con sus reflexiones
nos proteja de las agresiones de la telebasura. Sé
que todo esto puede resultar reduccionista y simple, pero
el debate existe y se da en estos términos reduccionistas
y simples. Yo también creo que no es bueno que todo
lo que veamos sean telediarios manipulados, violencia gratuita,
cotilleo sensacionalista y guerras del Golfo que no han
sucedido (o que parece obvio que sí lo han hecho,
hasta que Baudrillard nos avise de lo contrario). Pienso
que recrearse excesivamente en lo superficial nos puede
conducir a una situación francamente aburrida. Por
ello, como contrapunto al resto del libro, me gustaría
al final hacer una lectura de los peores augurios que desde
La sociedad del espectáculo de Guy Debord
se vienen oyendo hasta la saciedad. Sin embargo, no estableceré
en ella distinciones canónicas en las cuales la superficialidad
se asocia automáticamente a medios de masas como
el cine comercial o la música pop y la profundidad
se reserva para disciplinas de «mayor prestigio»
como el arte de los museos o la poesía. Más
bien diré las mismas cosas sobre uno y otro tipo
de manifestaciones, aparentemente tan diferentes.
En concreto, trataré sobre el arte y el cine que
utilizan el horror y lo repulsivo como herramientas para
conmocionar al espectador. Ilustran a la perfección
tanto las obras de Damien Hirst o Joel-Peter Witkin
como las películas de adolescentes perseguidos por
psicópatas hasta dónde puede llegar
la deriva estética cuando esta se concibe como un
mero recurso, un simple golpe de efecto, y no como la forma
en que unos contenidos se hacen visibles(1).
Pese a la advertencia
del último ensayo, que considero necesaria, me gustaría
insistir en que este libro es un alegato en favor de la
frivolidad. No como solución sistemática supongo
que habrá quedado claro, sino como parte de
un diálogo en el que se hace imprescindible contrarrestar,
rebajando el tono si hace falta, las visiones que fomentan
marcos de actuación unívocos, animadas con
frecuencia por la nostalgia de lo sublime.
(1) En el fondo, y pese a las
agudas observaciones de muchos pensadores (entre ellos Rorty,
Fish, Putnam o Derrida), es difícil negar que una
cosa el lo que se cuenta y otra cómo se cuenta. Otro
asunto es que la forma sea algo tan importante para la trasmisión
del mensaje que tengamos que considerarla como parte del
mensaje mismo. La distinción entre forma y contenido
se vuelve entonces irrelevante. Una película como
Octubre demuestra que en ocasiones el contenido sólo
cobra sentido gracias ala forma en que nos es expuesto.
|