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Las palabras sin
las cosas. El poder de la publicidad
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PABLO NACACH
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192 págs.
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ISBN 84-96080-29-3
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15,60 €
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Introducción
Una extraña realidad
Sólo tiene derecho a encender en
el pasado la chispa de la
esperanza aquel historiador traspasado por la idea de que
ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo
si
este vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer.
Walter BENJAMIN
Una imagen me viene a la memoria constantemente:
mi padre afeitándose bien temprano por la mañana,
y el viejo aparato de radio Noblex emitiendo un anuncio
publicitario que se convertiría, pasados los años
de infancia, en mi anuncio favorito. "¿Aceite
bueno y barato?: únicamente en la calle Forest 444",
recitaba poéticamente desde la radio el locutor,
marcando el inicio de mi lenta y poco agradable rutina de
despertarme para ir al colegio. ¿O mi preferido era
aquel que decía: "¿Se va hoy? ¿Se
va mañana? Lleve alfajores Havanna"? Pero las
cosas fueron cambiando vertiginosamente. La televisión
en blanco y negro fue sustituida por la televisión
en color - necesidad publicitaria de cara al Mundial 78
de la dictadura de Videla y Cía.-, los anuncios fueron
perdiendo la magia que la radio adhería a sus encantadoras
palabras, y las miles de imágenes que hoy en día
proliferan en nuestra sociedad se encargaron de obturar
todos los caminos posibles a la imaginación. De imaginación
sí sabían, por ejemplo, los anarquistas de
los años veinte. En la Argentina de aquella época
muchos viejos luchadores, llegados a la tierra prometida
desde los rincones más exagerados del mundo, fundaron
el importante gremio de los panaderos, que aún hoy
continúa manteniendo en sus estatutos principios
anarquistas fundamentales. Anticlericales por naturaleza,
los panaderos anarquistas pusieron a sus elaboraciones artesanales
nombres irrespetuosos con toda Autoridad: así, a
una dulce bola de chocolate la nombraron bola de fraile,
a un largo y espigado producto de crema lo llamaron vigilante,
y a una pasta rellena de cabello de ángel la bautizaron
como suspiro de monja. Claro está que lo más
probable fuera que estas transgresiones nominales no hicieran
más que ocasionar incidentes aislados en las pequeñas
panaderías del barrio, sobre todo cuando las señoras
de la aristocracia local se quejaban a viva voz de lo inoportuno
de tener que pedir sus pastas para el té de las cinco
profiriendo palabras de tan mal gusto.
Con motivaciones radicalmente diferentes a las concebidas
por los revoltosos panaderos argentinos de principios del
siglo XX, los padres de las marcas saben de primera mano
la importancia vital que supone contar con un buen nombre.
Porque, sinceramente, ¿cuánto puede valer
hoy llamarse Sony, Walt Disney o Marlboro? ¿Qué
manera más sencilla de hacer negocios existe en la
actualidad que ir a la sala de reuniones con el apellido
Coca-Cola, Unilever o Microsoft? Nada es ajeno a la prepotencia
de las marcas en la época contemporánea; nada
puede escapar en la actualidad a los anhelantes tentáculos
de su poderoso imperio. Absurdo resulta ya pensar evento
cultural alguno sin la presencia envolvente de la publicidad,
que magnánima lo ofrece al ansioso público
reunido ante un concierto de rock, una sala de museo moderno
o una boda real del siglo. ¿Y qué decir de
un partido de fútbol? Si un día la publicidad
decidiera eliminar su generoso auspicio de las retransmisiones
televisivas, de los estadios y de las camisetas, no podría
verse más un control elegante de Zizou, un pícaro
gol de Saviola o una portentosa parada de Iker Casillas.
Elevándose como el Gran Otro por excelencia, como
el Jefe al que es preciso seguir en sus inescrutables decisiones,
la publicidad se ha convertido en el verdadero dios de todos
los hombres, encargado de trazar las coordenadas del mapa
de la realidad un tanto extraña en la que habitamos.
En nombre de la tecnología punta, del progreso, de
la comodidad, de la defensa nacional o del miedo, el individuo
contemporáneo ha dejado escapar la oportunidad de
diseñar los deseos a imagen y semejanza de sí
mismo. Sin embargo, no pocos peligros acechan a una sociedad
tan trepidante como la nuestra, cuyos protagonistas parecen
haber tirado la toalla en lo que a su participación
real en los acontecimientos se refiere.
Y como en el anuncio publicitario del desodorante Axe, en
el que un bello adonis ofuscado se lleva del pueblo, cual
flautista de Hamelin posmoderno, a todas sus mujeres hermosas,
el discurso publicitario actual parece arrastrar hacia el
río de la simulación infinita a las palabras
y a sus cosas.
En el horizonte cercano se vislumbra la aparición
de una nueva sociedad. ¿Será esta vez un mundo
sin mundo?
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