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Metáforas
de la lectura
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VÍCTOR MORENO
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224 págs.
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ISBN 84-96080-42-0
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16,95€
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Los libros, esos campos magnéticos
Los buenos libros son siempre campos magnéticos
de cuya atracción no se puede huir.
Italo Calvino
Si una noche de invierno un viajero
Ignoro qué entendía Calvino por buenos libros,
aunque siguiendo su trayectoria de escritor y de ensayista
sería fácil deducirlo, especialmente leyendo
sus novelas y su ensayo Seis propuestas para el próximo
milenio16. Pero esto, quizás, sea lo que menos importe
saber. Lo que de verdad interesa es reflexionar acerca de
dicha conceptualización metafórica.
Considero que la pregunta no es tonta ni anodina: ¿dónde
radica la bondad de un libro? Convendría no precipitarse
en responder a la pregunta, porque no resulta nada fácil.
Si se hace en términos generales y un tanto dogmáticos
repárese en el modalizador siempre, como hace
Calvino, la respuesta sería demasiado fácil.
El propio escritor italiano lo sabe: «Es demasiado
fácil hacer afirmaciones generales sin ninguna responsabilidad
práctica, cuando debería ser la tarea más
difícil con la que un escritor tuviera que enfrentarse»
(Calvino, 1983).
En literatura, como en la vida, «lo bueno» no
es una categoría autónoma. Suele definirse
por oposición a «lo malo». Existen, es
cierto, muchas maneras, algunas sorprendentes, de alabar
la bondad de los libros.
Una forma sería hacer hincapié en aquellos
elementos que, independientes del lector, convierten un
texto en canónicamente bueno; otra, muy distinta,
estaría basada en las consecuencias o efectos que,
tanto individual como colectivamente, se confieren o se
derivan del acto de leer dicho texto. Sobre este particular,
es bueno recordar lo que señalaba Nietzsche: «No
hay error más peligroso que confundir la consecuencia
con la causa: yo lo llamo la auténtica corrupción
de la razón. Sin embargo, ese error es uno de los
hábitos más viejos y más jóvenes
de la humanidad» (Nietzsche, 1993).
Si se aplica este «error monumental», el de
confundir o poner al mismo nivel de explicación de
un fenómeno las causas y las consecuencias, pueden
obtenerse algunas reflexiones. Por ejemplo: cuando se plantea
una animación lectora, ¿dónde sería
más preciso hacer hincapié, en los porqués
o en los para qué de dicha actividad? ¿Dónde
situar la importancia del leer, en sus causas o en sus consecuencias?
Y en el propio caso personal: ¿por qué leemos?
No para qué, sino por qué.
Mi opinión es que resulta mucho más fácil
hablar de los efectos de la lectura que de las causas. De
ahí que las finalidades suplantadas por equívocos
efectos se presenten como los auténticos motivos
del leer. En ocasiones, el fin no sólo justifica
los medios, sino que llega a ser su misma razón práctica.
Tampoco conviene echar en saco roto el consejo de Bernard
Fontenelle, cuando advertía de que «debemos
asegurarnos bien del hecho antes de preocuparnos por su
causa: evitaremos así el ridículo de hallar
la causa de algo que no existe» (Fontenelle, 1914).
Poner el acento en los efectos de la lectura evidenciaría
la concepción de un ser humano lleno de carencias
que la lectura vendría, en parte, a llenar o suplir.
En este sentido, la lectura se situaría al mismo
nivel de consideración que pueda tener cualquiera
de las mil y una actividades que realiza el ser humano para,
supuestamente, llenar el tan traído y llevado vacío
o sinsentido de la vida. Hacemos tal y cual actividad para
calmar al ser insatisfecho que llevamos a la espalda. Y,
desde esta perspectiva, las respuestas existenciales a la
pregunta del para qué leer son muy fáciles
de encontrar, y valen tanto para un roto como para un descosido.
Pero, si nos situamos en el plano de los porqués,
ya no es tan fácil responder. A mí, al menos,
no me vienen tan nítidas las respuestas, si es que
las tengo para explicar de modo específico mi afición
lectora. Puedo decir que preguntarme por los motivos que
me inducen a leer es una cuestión bastante complicada
e incómoda, mucho más que hacer crítica
literaria o animación lectora. Muchos alcohólicos
aducen, como causa de su inclinación etílica,
algún fracaso, de naturaleza económica, emocional
o profesional. Algunos médicos explican la adicción
al tabaco aludiendo al aburrimiento en que viven ciertos
fumadores. La teoría del fracaso, de la carencia
y, en última instancia, de la insatisfacción
vital es muy recurrida para explicarlo casi todo.
Sin embargo, ciertos lectores compulsivos se sienten molestos
si su afición lectora se explica en esa línea
del fracaso, de la incapacidad de vivir, de la insatisfacción
y de la impotencia. A la gente no le gusta que se le recuerde
que en la práctica su comportamiento da la razón
a quienes, materialistas ellos, sostienen que en esta vida
hay cuatro cosas fundamentales comer, dormir, defecar
y hacer el amor y que, cuando falla alguna de estas
actividades, las personas se dedican al coleccionismo, a
la metafísica, a una ONG, a la escritura, a la lectura
y a todas las turas imaginables de la existencia.
Otros, más finos, más metafísicos cabría
decir, optan por explicaciones trascendentales y, por tanto,
heterónomas, es decir, externas al propio sujeto.
Y así, sueltan una melopea explicativa de su afición
lectora recurriendo a interesantes porqués: «Porque
desde siempre he leído»; «Porque las
personas que yo admiraba también leían»;
«Porque no sé hacer otra cosa»; «Porque
así reduzco el tiempo del dolor»; «Porque
vivo otras vidas»; «Porque me siento acompañado»;
«Porque, al leer, dejo de ser yo mismo». Hasta
hay personas que leen para creer en sí mismos, algo
realmente horrible, como señalaba con incontenible
regocijo Chesterton (Chesterton, 1917).
Situamos las grandes motivaciones de la lectura en el nivel
de las consecuencias, aunque estas no se hayan probado científicamente
y seguro que ni falta que hace, pero no en los
porqués. De todo ello deduzco, como planteamiento,
la siguiente hipótesis retórica: el hecho
de que los porqués de la lectura no estén
lo suficientemente claros ¿explicaría, en
parte, la fragilidad en que se basan la mayoría de
las propuestas de motivación lectora? Considérese,
además, que preguntarse por estos porqués
está en relación directa con nuestra propia
concepción de qué sea leer. El no ahondar
en las razones profundas de la lectura sino en los supuestos
efectos de la misma ¿no será un grave error
de perspectiva en el que incurrimos cada vez que abordamos
la animación lectora? ¿Cómo convencer
a un sujeto de que lea para pasárselo bien si ya
se lo pasa fenomenal jugando a matar marcianos o viendo
televisión o jugando al parchís o dando patadas
a un pelotón?
Nos olvidamos fácilmente de que muchos de los efectos
que atribuimos a la lectura no son privativos de esta. En
este sentido, hay ahí una tarea tan ineludible como
apasionante: descubrir los efectos propiamente específicos,
exclusivos y excluyentes de la lectura. Quizás, al
reflexionar sobre este último particular, se descubran
los porqués del leer.
Por lo demás, y si es verdad que se lee porque nos
falta algo, porque nuestra vida no nos satisface, no deberíamos
lamentar tanto los bajos índices de lectura, pues,
de acuerdo con nuestra manera de explicar las inclinaciones
profundas hacia la lectura, eso revelaría la estupenda
salud de quienes no leen. Salud y beatífica felicidad.
Muchas veces se dice que los efectos de un fracaso se mitigan
aplicando una serie de parches y dejando intactas las causas
que lo producen. Todos lamentamos este tipo de actuaciones,
sobre todo si los parches provienen del Estado o de la administración
correspondiente. Mucho me temo, sin embargo, que este sea
el procedimiento habitual con el que intentamos «solucionar»
la problemática derivada de la falta de apetencia
lectora en los jóvenes. Si aplicáramos a nuestra
actuación de animadores lectores los porqués
que a nosotros nos llevan a leer digo los porqués,
no esa barata charlatanería de los efectos,
estoy convencido de que no se nos caería tanto la
baba alabando dicho acto y, además de ser más
sinceros y más realistas, resultaríamos mucho
más convincentes. Si, en muchas ocasiones, como adultos
no sabemos por qué razones o sinrazones profundas
leemos, ¿cómo podemos hilvanar un discurso
mínimamente riguroso sobre la necesidad de leer?
¿Por qué es necesario leer? ¿Acaso
porque lo sea para mí ha de serlo indefectiblemente
para los demás?
Como ya es sabido, los efectos de la indigencia lectora
en el prójimo son terribles, casi como los que producía,
mutatis mutandis, la masturbación en tiempos del
pedagogo Campe. ¿Cómo se atajan las causas
que llevan a la no lectura?
Pues muchas veces soltando un sermón estupendo acerca
de los efectos bondadosos de la misma. Pocas, enfrentándose
a los porqués que llevan a unos y a otros a leer
o a no leer.
El análisis de lo que sugiero no es fácil.
Lo reconozco. El propio lector de estas páginas puede
hacer la prueba. Intente responder sinceramente a estas
dos cuestiones por separado, y sin invadir el campo contrario:
¿por qué leo?, ¿para qué leo?
Enseguida comprobará lo dificultoso del intento y
lo difícil que resulta aclararse subjetivamente ante
este asunto. En el terreno de lo teórico, tal vez
sea posible hacer matizaciones sutiles, pero en la práctica
no sé si lo es. Lo llamativo es que, no teniendo
claro por qué leemos personalmente, sí parece
que lo tengamos cuando nos dirigimos a los demás.
Reflexionar acerca de los motivos que nos llevan a coger
un libro ¿mejorará nuestros planteamientos
de la lectura en su dimensión motivadora? No lo sé.
En este terreno mis conocimientos no son pocos: son nulos.
Lo mejor es aplicarse el cuento a uno mismo. Y aquí,
sí, puedo decir que pensar sobre estas cuestiones
tiene la virtud de rebajar, al menos, la grandilocuencia
y vaciedad de nuestros discursos, más o menos fundamentalistas,
acerca de la lectura. Reflexionar con más atención
y perspicacia acerca de lo que pertenece específicamente
al acto de leer puede venirnos bien a todos. Especialmente
para rebajarnos los humos. Es difícil que quienes
somos lectores compulsivos no otorguemos a los libros un
trato y un estatus de presunción y de arrogancia.
Todavía no hemos superado el hecho aborrecible de
que sean los medios de comunicación, y en especial
la televisión, quienes de manera democrática
se encarguen de informar/formar al respetable, incluidos
nosotros mismos.
¿Buenos libros? ¿Cuáles?
Es muy difícil y quizás arriesgado llevar
la contraria a alguien que te dice que libros buenos son
aquellos que te obligan a permanecer con la mirada fija
en sus páginas. Seguramente es verdad, pero esto
significaría, entre otras cosas, que no existen libros
buenos per se, sino por otras circunstancias que, en principio,
se circunscribirían a la presencia de las distintas
y muy variables tipologías de subjetividades y sentimientos
lectores. Y no se deduzca que, cuando digo lectores, sólo
pienso en lectores del montón, anónimos y
vulgares. También englobo en ese ámbito a
críticos profesionales y profesores de universidad.
Perfectamente se puede sostener que las novelas de Marcial
Lafuente Estefanía o de Corín Tellado o de
Michael Crichton son unos buenos libros en el sentido
magnetizador que señala Calvino y todo lo contrario.
Y mucho más aún: se puede sostener que el
Ulises de Joyce es la obra cumbre, canónica, de este
siglo y decir todo lo contrario, o sea, calificarla como
una obra pelma, tediosa, como la considera Benet, sin gancho
argumental ni narrativo.
Si se repara en la crítica literaria, se observará
que una misma obra puede ser catalogada de genial y de mediocre
por personas entendidas y letradas cuya sabiduría
literaria es sobresaliente cum laude. Y es que justificar
la bondad o la mediocridad de los libros se ha convertido
en un brillante espectáculo deplorable, en el que,
con relativa frecuencia, priman más las afinidades
selectivas que los supuestos criterios literarios. El caso
de Muñoz Molina saliendo en defensa de una novela,
La larga marcha, de su amigo Rafael Chirbes ante las críticas
negativas que le propinó el crítico Ignacio
Echevarría no es más que la punta patética
de este iceberg.
La frase de Calvino es buena no sólo por la posible
(im)pertinencia de la metáfora utilizada, sino, sobre
todo, por los supuestos contenidos sugerentes de la misma.
El libro es un imán que te atrae y te atrapa. Nada
que oponer a la comparación. Sólo que el imán
paraliza las cosas, las vuelve inertes. Las inmoviliza.
Con la belleza sucede algo parecido. No podemos sustraernos
a su encanto. Nos paraliza y, en ocasiones, nos anula. Nos
aliena. Un libro del que no se puede huir ¿es recomendable?
Sinceramente yo no puedo hablar de ello, pues, primero,
jamás me he tropezado con un libro de estas características;
y, segundo, siempre he pospuesto la lectura de un libro,
aunque fuera de Cervantes o de Shakespeare, si alguien requería
mi presencia. Y si no abandoné el libro no fue porque
me mereciera mucho más su lectura, sino porque quien
requería mi conversación era un pelma o algún
pariente, valga la redundancia.
¿De qué libros se habla cuando decimos que
son tan buenos que no los podemos abandonar? Es una expresión
curiosa, porque, en esta vida, todo acaba por abandonarse,
incluidas las personas. El hecho de que existan libros a
los que se les tiene mucha más consideración
que a las personas revela hasta qué grado puede llegar
la perversión humana, o, algunos dirían, la
lucidez. Mi opinión es que las personas son mucho
más apasionantes que los libros. La tesis contraria,
desde Proust, abunda en las páginas literarias y
es defendida casi siempre por escritores groseramente misántropos.
En la novela Tala, de Thomas Bernhard, el narrador se pregunta
si no hubiera sido mejor haberse quedado en casa «con
mi Gogol, mi Pascal o mi Montaigne, en lugar de asistir
a aquella invitación artística de los Auersberger»
(Bernhard, 1988). Y Mathieu Lindon cuenta la historia de
un joven que evoca la muerte de su amigo, Jim Valor, junto
al Sena, producida por una trivial traición a su
íntima amistad: haber preferido una lectura a su
compañía.
Como diría Quevedo, nos hallamos ante sujetos enfermos
de libropesia. Ahora bien, ¿cuáles son estos
libros que no sólo se prefieren al contacto de la
humanidad sino que, una vez aterrizados en sus páginas,
hasta nos duele desprendernos de ellas?
Pues deben de ser esos libros que algunos escritores dicen
que leen todos los años dos y hasta tres veces. Ya.
Y apostillo ya porque lo que dicen los escritores acerca
de sus hábitos, sean lectores o venéreos,
suele rozar casi siempre la gruesa línea de la estupidez.
En lugar de alabar un libro por los supuestos méritos
que contiene, lo hacen alabándose a sí mismos.
¿Qué juicio literario se esconde en decir
que «este libro me lo he leído tres veces»
o «este libro me lo leo yo todos los años»?
¿Tanto tiempo necesita una persona, con los hemisferios
cerebrales bien puestos, para leer un libro?
Y libros buenos deben de ser esos libros de los que se dicen
cosas tremendas. De un escritor rescato esta confesión:
«Buenos libros son aquellos que, al acabar de leerlos,
es como abandonar un lugar en el que, a pesar de todo, algo
de nosotros se queda allí atrapado para siempre».
Menos mal que este escritor es lo suficientemente educado
y nos evita presenciar la desagradable descripción
de esa parte de su cuerpo que se quedó aherrojada
en las páginas de libro tan arrebatador. Claro que,
posiblemente, lo más interesante de la frase sea
ese enigmático «a pesar de todo» que
el escritor no se digna concretar en nada.
También se apela a argumentos o imágenes de
autoridad, como si aquí sirvieran de algo. En este
sentido, recuerdo la opinión contundente de Nabokov,
quien cuenta que, viéndose obligado a asistir a un
concierto, fue incapaz de disfrutar de la música
pensando en un libro interrumpido que le aguardaba en su
cuarto. Un buen libro, se entiende. En este mismo nivel
de paralización libresca se encontraría Jules
Renard cuando hablaba de su alegría por los libros
que aún no había leído. ¿Qué
decir? Pues que podríamos seguir proclamando tontería
tras tontería y, así, para redondear el cuadro,
diríamos que el reverso de eso sería la tristeza
por los libros ya leídos y que nunca, jamás,
volveremos a leer.
En este campo como en casi todos los relativos a la condición
humana, existen otras personas que mantienen la tesis o
la metáfora contraria: los libros que más
les gustan son los libros que les dan alas; no que los atrapen
en sus redes. Pues aducen, siguiendo la línea de
pensamiento de Lichtenberg, Schopenhauer y Nietzsche, que
los libros que se convierten en campo magnético son
fácilmente mudables en catecismos. No se puede huir
de ellos porque piensan por nosotros o sustituyen la propia
reflexión. ¡Y es tan cómodo que piensen
por uno! Además, le añaden un toque psicoanalítico:
en la vida, aquello de lo que no se puede huir se convierte
en pesadilla, en fantasma, en obsesión. Nos persigue
a todas partes. Y nadie excepto el poeta y el masoquista
desea estar preso de/en alguien. Ni siquiera de los libros.
Aunque, a decir verdad, si se exceptúan algunos casos
raros, como aquel personaje de Ramón Miquel i Planas
cuya dependencia de libros preciosos le llevó a la
locura y a asesinar, ¿es real esta dependencia casi
enfermiza, magnética, de los libros?
Ignoro si tal enfermedad existe, pero, como nunca está
de más hacer obras de misericordia, me atrevería
a establecer algunos síntomas, por si el lector de
estas líneas desea diagnosticar su patología
lectora por sí mismo:
1. ¿Lee de forma habitual en casa, en el baño,
en el coche, en el autobús, en soledad o en compañía,
donde normalmente se encuentra y ha intentado dejarlo
durante una semana o más, sin conseguirlo?
2. ¿Le molestan los consejos de otras personas respecto
a su forma compulsiva de leer y al dinero que gasta en libros?
3. ¿Gasta más cantidad de dinero de lo previsto?
¿Emplea más tiempo del pensado e, incluso,
ha abandonado ocasionalmente el trabajo para irse a leer
o utiliza el tiempo de trabajo para leer sin necesidad de
irse a ningún lugar?
4. A pesar del dinero gastado en libros, ¿vuelve
al día siguiente y al otro a las librerías?
5. ¿Ha contraído deudas por culpa de la lectura
y ha necesitado solicitar créditos o pedir adelantos
a cuenta de su nómina?
6. ¿Ha llegado a sustraer dinero a su familia con
el fin de comprar libros?
7. ¿Su economía o la de su entorno está
atravesando por dificultades originadas por la lectura?
8. ¿Ha sacrificado alguna actividad social, familiar,
profesional importante para dedicarse a leer?
9. ¿Continúa usted pensando que puede dejar
de leer cuando quiera, a pesar de que los hechos le demuestren
una y otra vez lo contrario?
10. ¿Le están presionando para que deje de
leer?
Para que nos hagamos una imagen más ajustada de
este lector compulsivo y magnetizado, reparemos en el nítido
espejo de Plinio el Viejo, del que Schopenhauer advertía
sarcásticamente: «Cuando leo que Plinio el
Viejo leía o hacía que le leyesen continuamente,
en la mesa, en los viajes, en el baño, la pregunta
que a mí me importa es esta: pero ¿es que
ese hombre tenía una carencia tan total de pensamientos
propios que era preciso estar insuflándole sin interrupción
pensamientos ajenos?» (Schopenhauer, 1995).
A vueltas con el gusto
Calvino identifica la bondad de un libro con su capacidad
para atraparnos en sus redes. Viene a sugerir que el libro
que nos gusta es magnético; el que no nos gusta,
no lo es. Pero no llegamos a saber muy bien si ello depende
del libro, de la configuración meníngea del
propio lector, del contexto social-literario, o de todo
eso a la vez.
Cuando se enarbola el gusto como supuesto criterio estético,
lo normal es que uno se quede tan tranquilo y tan a gusto
pensando que ha dado con la gran razón de su apetencia.
Pero, a pesar de esa tranquilidad, uno podría preguntarse
si quien afirma semejante cosa sabe bien lo que dice. ¿Lo
sabe? ¿Importa saberlo?
Dice Gonzalo Torrente Ballester: «La expresión
me gusta revela un tipo de juicio que excluye
el raciocinio. El gusto se educa con experiencias reiteradas:
lo saben bien los lectores. El gusto tiende a la invariabilidad.
El buen gusto es siempre conservador, que, curiosamente,
coincide con el establecido. El buen gusto, como la buena
educación, es una rémora» (Torrente
Ballester, 1986).
Como son frases contundentes, de esas que no nos dejan ni
respirar, digámoslo de otra manera: ¿no existe
nada más dogmático que el gusto? ¿El
gusto tiende a la invariabilidad y es rémora? ¿Apelar
a él anula cualquier tipo de razonamiento?
Para que el lector pueda reflexionar por sí mismo
y contrarrestar los puntos de vista dogmáticos de
Torrente, veamos lo que dice Benet sobre la misma cuestión:
«El gusto es independiente de cualquier otra determinación
de la conciencia y tanto más autónomo es de
cualquier compromiso intelectual o moral del individuo,
tanto más capaz se demuestra de suministrar lo que
de él se solicita [...]. Se adquiere gracias a una
larga familiaridad con el arte; pero si el hombre adecua
su gusto ese prejuicio independiente de toda lógica
a otros imperativos entre los que ha encerrado su personalidad
sean sus convicciones de cualquier clase, religiosas,
políticas o racionales, sean sus condiciones hereditarias
o sean las directrices de sus sentimientos, hace todo
lo que está en su mano para abandonar este mundo
sin haberse preocupado por adquirir el instrumento que le
podía haber proporcionado el deleite de la obra de
arte. El gusto lleva a disfrutar, no a explicar el mundo»
(Benet, 1965).
Para complicar un poquito más esta cuestión,
sostiene Rafael Sánchez Ferlosio: «Haríamos
mal en reputar menos legítimo este segundo tribunal
de apelación (el gusto), pues no hay entre el gusto
y las razones la discontinuidad que se pretende: los gustos
vienen a ser para decirlo del modo más escandaloso
razones reflexivas e inmediatas; el no saber por qué
no quita que se trate, al fin y al cabo, de cosas reductibles
a porqués [...]. Yo puedo a mi antojo dictarme o
reprimirme, por medio de razones, gustos determinados, de
suerte que resurjan después como resortes espontáneos
en las reacciones de mi alma». Y añade: «Debería
darse a los juicios de valor una importancia en extremo
secundaria; el hecho de que ellos sean el instrumento por
el cual las razones pasan a ser resortes espontáneos
tiene que ver con la absurda situación reinante,
en la que se diría que las obras no tienen otro fin
que ser juzgadas, otro visible empleo que el de emitir sobre
ellas un juicio de valor» (Sánchez Ferlosio,
1981).
No se amilane el lector ante este aserto de Ferlosio. Si
le sirve de consuelo, Constantino Bértolo piensa
todo lo contrario: «Leer un libro es juzgarlo. Leer
es hacer continuamente, página a página, juicios
de valor» (Bértolo, 1989).
En mi opinión, decir de una obra que «me gusta»
o «no me gusta» es, ciertamente, un pensamiento
tan profundo que no dice nada. ¿O dice algo que nos
sirva para la compresión de la obra degustada? Un
culebrón, las perpetraciones novelescas de Vizcaíno
Casas por poner un ejemplo con el que estaremos de
acuerdo en lo referente a su altura estética,
pueden gustar y de hecho gustan, pero eso no las convierte
en obras de arte. Oigo muy bien el reproche: «¡Y
a mí qué me importa que sean obras de arte
o detritus lingüísticos! ¡A mí
me gustan!». Y este reproche sirve de paraguas para
todo tipo de personas, cultas y cultivadas. Domingo García
Sabell acogiéndose al adagio De gustibus et
coloribus non est disputandum sostiene que sus gustos
son los que son, «y en eso no cabe discusión
alguna. Es cosa de gustos, esto es, de sensibilidades»
(García Sabell, 1998). Así que, ¿a
callar? ¿Se acabó la discusión?
Decir «me gusta» es algo fundamental para decidir
si abandono o termino de leer un libro. Pero esa vislumbre
del gusto sólo me sirve a mí y a los otros,
si, al mismo tiempo, me pregunto por qué, es decir,
si averiguo quién soy cuando algo me gusta. Si averiguo
qué estoy diciendo o pensando cuando digo o pienso
que algo me gusta. Si no sé qué estoy diciendo,
entonces más valdría estar callado, ¿no?
Y no se trata, como dice Benet, de «explicar el mundo»
al fin y al cabo, ¿a quién le interesa
el mundo en general?; tampoco, como dice Ferlosio,
de juzgar, sino de explicar el propio gusto, si es que tal
cosa es posible. No se trata de decirle a nadie que su gusto
es deplorable aunque, a veces, también,
sino de establecer un intercambio más consciente
de las propias apetencias. No discutirlas, sino disputarlas.
Cuando Mario Vargas Llosa o Guillermo Cabrera Infante se
conmueven ante la ingente obra de Corín Tellado,
¿por qué lo hacen? ¿Por epatar? ¿Porque
tienen el gusto trasegado, porque tienen el sistema lógico
de preferencias de vacaciones? ¿Cómo puede
coexistir en un mismo individuo, en una misma sensibilidad,
el gusto por Corín Tellado y por Sterne, Cervantes
y Marías? No lo sé, pero, a lo que se ve,
se puede. Es decir, una persona no agota su predisposición
gustosa en una sola dirección, ni en una sola obra.
Por eso me parece muy sugerente hablar y reflexionar sobre
por qué nos gusta una obra, la que sea, y por qué
nos disgusta otra, la que sea también. Puede que
el gusto sea un prejuicio independiente de toda lógica,
pero no de una explicación. Estoy convencido de que,
en la medida en que explicamos nuestros gustos, no sólo
lo educamos, el gusto, sino que, también, nos hacemos
unos lectores más conscientes.
El gusto es un producto cultural y un hábito. Como
sostiene Pierre Bourdieu, es una capacidad intuitiva para
diferenciar y valorar (Bourdieu, 1988). Normalmente, el
gusto de los demás nos molesta cuando no coincide
con el propio. Es entonces cuando el gusto se tacha de argumento
irracional e impune. Espíritus selectos suelen lamentar
que haya personas que sostengan que todo cuanto no entienden
no les gusta y que todo cuanto no les gusta es malo. Olvidan
estas ingenuas almas que si la pretensión de muchos
escritores es la de gustar al lector, tampoco habría
que lamentarse de la utilización del gusto como argumento
fundamental en la valoración de las obras. Parodiando
a Georg Christoph Lichtenberg, diríamos que cuando
un libro y un gusto chocan, y suena a hueco, la culpa no
es siempre del libro. Pero tampoco lo es siempre del lector.
Es verdad que se dice «sobre gustos no hay nada escrito».
Lo cual es falso. Hay mucho, muchísimo escrito. Lo
que seguramente pasa es que esa gente que dice eso no ha
leído ni lo escrito sobre gustos, ni sobre nada.
Ese es el problema: cuando el gusto se utiliza como arma
ideológica de la propia ignorancia, la cual, sí,
es reaccionaria, pero «no degrada al hombre más
que cuando va acompañada de riqueza» (Schopenhauer,
1995).
En la novela de Gustave Flaubert, Bouvard y Pécuchet,
se plantea esta cuestión:
¿Y de dónde viene el tacto?
Del gusto.
¿Qué es entonces el gusto?
Se define: una capacidad especial de distinguir, un
juicio rápido, la superioridad en reconocer ciertas
relaciones. En resumen, el gusto es el gusto, pero cómo
se llegue a tener gusto no lo dice nadie (Flaubert, 1990;
traducción propia).
Bueno, el poeta Joseph Brodsky parece haber encontrado
un camino: «La manera de desarrollar el buen gusto
en literatura es leer poesía» (Brodsky, 1988).
A mí me parece que esta frase precedente es muy buena
por lo bien que coloca a la poesía, pero poco ajustada
a la realidad de los hechos que pasan en las páginas
de los periódicos y revistas de crítica literaria.
Parecerá hasta mentira, pero puedo asegurar que los
textos en prosa más pedantes y más asmáticos
que he leído, los he leído en supuestos críticos
que reseñan libros de poesía.
En definitiva y retomando al Calvino de la metáfora:
¿cuál es el elemento que determina los campos
magnéticos de los libros? ¿El gusto? ¿La
crítica literaria? ¿La historia de la literatura?
¿La universidad? ¿La educación literaria?
¿El mercado?
Hablemos del mercado
Nadie duda de que las actividades de escribir y de leer
se insertan en unas determinadas relaciones de producción,
lo que, supuestamente, parece incidir en la consideración
de qué cosa sea no sólo el propio escritor,
sino la misma literatura que se escribe. El crítico
Juan Ángel Juristo firmaba, hace ya unos años,
un artículo del que rescato un fragmento lleno de
sugerentes generalidades: «Algún día
habrá que escribir la historia de la narrativa española
de los últimos quince años ateniéndonos
a criterios de mercado y cómo esos criterios forjaron
un estilo de corte tradicional, conservador en los planteamientos
estéticos de los escritores. Creo que esa inflexión,
esa ruptura entre un modo vanguardista de narrar y otro
conservador se produce a principios de los años ochenta
cuando el mercado interior se amplia y surge lo que se llamó
la nueva narrativa española. Es entonces
cuando aquellos que no reniegan en buscar nuevas vías
de expresión quedan relegados a editoriales de poca
solvencia económica, cuando no condenados a publicarse
ellos mismos. Mientras, en el otro extremo, los escritores
se profesionalizan hasta el punto de repetir fórmulas
ya gastadas hasta la saciedad» (Juristo, 1994).
El mercado ha sido y es ¿y seguirá siéndolo?
Desde luego una cosa muy seria, pero mucho tendría
que matizar Juristo para demostrar que, estéticamente
hablando, los escritores, por culpa de ese Saturno mercantilista,
han rebajado sus exigencias estilísticas. ¿Cómo
demostrar que el mercado ha marcado la estética de
los escritores en estos quince últimos años?
¿De qué escritores se está hablando
aquí? ¿De qué estética?
Todos los posibles cambios estilísticos que pueden
observarse en un escritor a lo largo de su andadura literaria
¿se deben, de forma exclusiva y excluyente, a presiones
y lobotomías varias infringidas por el mercado? Y
todas las presiones del mercado ¿son terribles, apestosas
y desastrosas? Seguro que lo serán para el vecino,
pero no para uno mismo.
La siguiente hipótesis de investigación tiene
que ver con el concepto de ruptura entre dos modos de narrar
que Juristo solventa en un más que problemático
dualismo, sin matizaciones de ningún tipo: uno, vanguardista;
el otro, conservador. No hay término medio, ni mestizaje
posible entre ambas modalidades. O vanguardistas o conservadores.
O buenos o malos.
Los primeros son honrados; los segundos, chaqueteros. Y,
como no podía ser de otro modo siempre es así,
los vanguardistas o revolucionarios, radicales o rupturistas,
por ser fieles consigo mismos y su estética, se quedan
fuera del reparto del pastel, porque el mercado editorial
les cierra sus puertas. En cambio, se las abre a los que,
renegando de ser ellos mismos, se entregan a él regaladamente,
haciendo caso omiso de sus convicciones estéticas
y, ¡horror!, éticas.
Y, naturalmente, todo el que triunfa, literariamente hablando,
es porque se ha doblegado al mercado, ha dejado de ser él
mismo y se ha dejado engañar por los cantos de sirena
del éxito y del dinero fácil.
Más aún. Viene a decirnos Juristo, no como
hipótesis, sino como afirmación rotunda y
categórica, que la literatura vanguardista, la que
no ha renunciado a sus exigencias estéticas más
profundas ni se ha doblegado a fórmulas narrativas
fáciles y decadentes ¿como las de los
best sellers?, se ha transmitido en este país
gracias a editoriales marginales. Si, como digo, se trata
de una hipótesis descriptiva, pase. Ahora bien, si
estamos ante una afirmación de las que crean cogito
y dogma, sería entonces deseable que Juristo aportara
algunos nombres y apellidos de estos autores y editoriales
de los que se hace tan elogioso eco.
Yo pienso que un escritor no deja de ser quien es por venderse
al mejor postor. Ni es mejor ni peor si escribe por dinero
o por amor a los aguiluchos cenizos en extinción
o por desarrollar la solidaridad y el mestizaje entre lo
blanco y lo gris. Por mucho que se diga, los escritores
intentan escribir de la mejor manera que saben hacerlo sobre
lo que saben y lo que sienten. Y todos desean ser superventas.
Que a algunos les salgan relatos horribles y a otros estupendos
es propio del talento y del ingenio. Que algunos sean unos
plumas inquietas y no cesen de publicar caso del compulsivo
Pérez-Reverte, allá ellos con su genoma
narrativo, que ahí estamos los lectores para decir
a todos los Pérez-Reverte existentes que la mayoría
de lo que publican es muy malo. Y ello ¿será
culpa del mercado o lo será del propio talento y
de la propia concepción que el mismo escritor tiene
del avecrem narrativo y crematístico? Además,
si no existieran escritores como Pérez-Reverte, ¿cómo
íbamos a enjuiciar exactamente a los que consideramos
como estupendos narradores y éticas personas?
Dice Adolfo Torrecilla que «el proceso de creación
de una novela consiste sobre todo en la sabia combinación
de mitad de cuarto de intriga actual, medio de personajes
atrayentes y otra mitad de cuarto de un estilo asequible
para todos los lectores» (Torrecilla, 1998). Hombre,
si esa combinación es sabia, seguro que dicha novela
tendrá muchas cosas buenas dentro de sus tripas narrativas,
¿no? La verdad es que algunos que presumen de grandes
escritores, más lo serían si sus textos se
parecieran sólo un poquito a algunos best sellers.
Se afirma que el mercado mata la creación literaria
y el concepto de escritor. Mucho romanticismo veo yo en
esta postura un tanto purista y sacralizadora del escritor.
Si el mercado se impone en todos los órdenes de la
existencia, ¿por qué no ha de hacerlo en el
mundo de los libros, cuando estos, además de instrumentos
de aprendizaje y socialización, lo son, también,
de consumo?
Se argumenta que lo más importante en la creación
es la estética y la calidad literaria. Y se dice
que, si ambas se instrumentalizan, el producto será
de poca calidad. ¿Qué se quiere indicar con
ello, que Mario Vargas Llosa, José María Merino,
Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, todo
lo que escriben está exento de las llamadas horribles
y pecaminosas del mercado? ¿Qué se quiere
indicar, que todo lo que escriben nace de sus fantasmas
interiores, de lo que su «fuero interno les estimula
y exige»? Pues con total seguridad que sí.
Pero no sé por qué el resto de las mortales
plumas no ha de hacerlo así. Escribir por dinero
no es ningún desdoro. El dinero es una de las mejores
inspiraciones que se conocen. La musa más exquisita
para ciertos escritores es un buen talonario.
Yo no conozco a ningún escritor que escriba sobre
aquello que no le estimula y le exige. Los temas que elige
siempre tienen que ver con uno; le buscan a uno. Y, ciertamente,
resulta muy difícil aclarar qué tanto por
ciento del éxito de una novela pertenece al talento
del escritor y qué tanto al marketing publicitario.
Si los escritores acaban por ser valorados y autovalorarse
en cuanto productores de mercancía por el destino
que alcanzan en el mercado, por el éxito comercial
y por el número de ventas, razones objetivas tendrán
para ello y razones subjetivas a manta para dudar de que
sean tan buenos o tan malos escritores. El mercado, como
homologador de la particularidad estética, no es
de fiar. Pero ¿existe, acaso, alguna instancia mediática
que lo sea? ¿La crítica? Ja. ¿La universidad?
Je.
La situación no es nueva. El escritor siempre ha
estado presionado por el entorno, sea religioso, político
o económico.
Ya Honoré de Balzac decía: «Es innoble,
pero yo vivo de este oficio; ¡yo igual que otros cien!
Pero no crea usted al mundo político mucho más
bello que el mundo literario; todo, en uno y otro mundo,
es corrupción, y todos allí son o corruptores
o corrompidos [...]. Así que una crítica que
se hace para que la conteste en otro sitio vale más
y se paga más caro que un elogio a secas, sin pensar
en el día siguiente. La polémica, querido
amigo, es el pedestal de las celebridades. En este oficio
de espadachín de las ideas y las reputaciones industriales,
literarias y dramáticas, gano cincuenta escudos al
mes, puedo vender una novela en quinientos francos y empiezo
a tener fama de hombre temible [...]. Fuera del mundo literario
no hay una sola persona que conozca la horrible odisea con
que se llega a lo que hay que llamar, según los talentos,
la fama, la moda, la reputación, el renombre, la
celebridad, el favor del público [...]. La austeridad
de su conciencia, hoy pura, se doblegará ante aquellos
en cuyas manos vea usted su éxito» (Balzac,
1972).
Un escritor de éxito puede ser un buen escritor y,
también, aunque raramente, un pésimo escritor.
Y, por supuesto, caben todas las combinaciones posibles
entre éxito/no éxito y bondad/maldad novelesca.
Se dice que el mercado desvirtúa la búsqueda
literaria y que parece peligrosa la dinámica editorial
de confundir éxito y ventas. No sé, pero tan
peligroso, o peor que eso, puede ser la postura contraria:
considerar que lo que no se vende, lo que se enmascara en
la dificultad extrema, es lo bueno, lo exquisito. O declarar
que el grado de excelencia de una obra de arte resulta inversamente
proporcional al número de disfrutadotes.
También existen otros espejismos en los que se suele
caer con harta frecuencia. El doctor Samuel Johnson señalaba
el siguiente: «Muchas causas pueden enturbiar el juicio
de un escritor respecto a su propia obra. A aquella que
le ha costado mucho trabajo confiere un elevado valor, porque
está poco dispuesto a pensar que su diligencia ha
sido en vano; lo que ha sido producido sin esfuerzos laboriosos
es considerado con deleite, como una prueba de facultades
vigorosas y una invención fértil; y la última
obra, sea cual sea, posee necesariamente la mayor parte
de la gracia de la novedad» (Johnson, 1988). Pero,
tanto en un caso como en otro, los resultados pueden ser
catastróficos y/o estupendos.
Si los lectores no somos clónicos, los escritores
tampoco lo son. El hecho de que existan novelas mediocres
no está bien ni mal. Jean Paulhan dijo, equivocadamente
desde mi punto de vista, que la literatura se dividía
en dos, la buena, que nadie lee, y la mala, que lee todo
el mundo. El Quijote se convirtió en un éxito
de ventas desde el momento mismo de su publicación,
y Shakespeare fue subestimado en la Europa del siglo xviii,
que para más cachondeo era el de las luces.
Las «novelas malas» forman parte necesaria del
paisaje literario y mercantil. Si todos los escritores fueran
genios, sería una lata. Y es posible que existan
muchos libros innecesarios. Pero innecesarios ¿para
quiénes? Tendemos a valorar y a menospreciar las
lecturas de los demás en relación con las
propias. Las lecturas y, desgraciadamente, a esos mismos
lectores a los que, si te descuidas, hasta les perdonamos
la vida si leen un best seller, en lugar de leer a José
Saramago, Albert Camus o Macedonio Fernández. Pero
¿acaso no es García Márquez todo él
un best seller?
Ya he dicho alguna vez que los niveles de lectura se mantienen
en este país gracias a libros mediocres, best sellers
y cosas de esas, con historias atractivas y argumentos fulgurantes,
lenguaje sencillo y directo. Para decirlo con plasticidad:
Vázquez-Figueroa y Crichton hacen más por
mantener los índices lectores de este país
que todos los Cela, Gala y Marías juntos. Y, en fin,
si la cuestión es leer, como se suele decir, ¿qué
más da que el vecino lea a Joyce, a Mann, a Hrabal
o a Marcial Lafuente Estefanía? Seguro que su vida
va a seguir igual de lineal que la nuestra, a pesar de,
o gracias a, haber leído en nuestro caso a Kafka,
Faulkner, Tolkien y Nabokov. Lo importante es que leamos,
porque mientras lo hacemos, nuestras vidas y las de nuestros
vecinos no corren peligro alguno. Al menos, mientras dure
la lectura.
Y quien vea en estas líneas un canto a la mediocridad
como un fin, es que no se ha enterado de nada de lo que
vengo escribiendo. Por lo demás, si uno aspira a
ser un escritor mediocre con éxito, seguro que no
lo tiene nada fácil, habida cuenta de los que abundan
por estos lares.
La mediocridad no es finalidad que busque nadie para sí
mismo. «La mediocridad tiene el mismo gusto y el mismo
color del café con leche» (Brodsky, 1994).
Es decir, la mediocridad, con leche o sin ella, es el estado
beatífico en el que nos encontramos la mayoría
de los mortales, seamos lectores de genios o escribidores
de folletín.
El ya citado Brodsky señalaba que «[...] para
escribir un buen libro, un autor debe leer mucha bazofia,
pues de otra manera no sería capaz de desarrollar
los necesarios criterios. En eso se resume lo que podría
ser quizá la mejor defensa de la mala literatura
en el Juicio Final» (Brodsky, 1994).
Muy pocas veces sabremos cuál es el destino o la
utilidad bondadosa de los buenos y de los malos libros,
pero seguro que sus caminos se entrecruzan en más
de una ocasión, seamos lectores, escritores o ambas
cosas a la vez. Por eso resulta injusto catalogar negativamente
un libro o un artículo cuando, gracias a ellos, logramos
inspirarnos para escribir una contrarréplica o imaginar
un mundo novelesco distinto.
Catalogar de mediocre o malo un artículo o un libro,
gracias a los cuales llegamos a ser más conscientes
de lo que somos y pensamos sobre determinados aspectos de
nuestra interioridad al menos todo eso se dice de
la lectura, es propio de espíritus mezquinos
y desagradecidos. Y ¿quién tendrá la
culpa de ello, el gusto, el mercado o el poder magnetizador
de ciertos tópicos y prejuicios? ¿O será
el café con leche de la mediocridad?
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