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Los asoleados
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JOËL EGLOFF
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144 págs
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Traducción: José
Luis Sánchez-Silva
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ISBN 84-89618-93-3
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13,20 €.
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12 h 26 min 47 s...
El último intento,
el 27 de julio de 1999, fracasó por culpa de una
ridícula valvulita que se negó a abrirse o
a cerrarse en el momento crucial. A priori no parecía
gran cosa, pero considerando el incidente más de
cerca, analizándolo desde todos los ángulos,
del derecho y del revés, comprendió con espanto
que habían estado a un paso de la catástrofe.
Si no hubiese reaccionado inmediatamente, si no hubiese
tenido la presencia de ánimo necesaria para cortar
todos los motores en el mismo segundo en que el piloto de
sobrecalentamiento se encendió, seguramente habrían
perecido en medio de una explosión colosal. Pero
el cielo velaba por ellos y no permitió que todo
terminase así.
Prefirió ocultar
el incidente y, cuando llegaron las primeras preguntas alarmadas,
lo achacó a cierto problema menor de los instrumentos
de navegación, para evitar que la duda se apoderase
de todos, que el miedo se instalase en el ánimo.
Necesitaba su confianza, hasta el final, para acometer el
segundo intento con toda la serenidad necesaria.
La mayor dificultad
para él fue concebir un sistema de propulsión
completamente innovador que le permitiese al mismo tiempo
beneficiarse de un impulso específico elevado y disponer
de cierta flexibilidad de utilización, y que además,
y esto era primordial, fuese capaz de un funcionamiento
prolongado. Después de varios años de investigación
y experimentación, lo había conseguido poniendo
a punto un motor de etanol (C2H5OH) relativamente eficaz.
Mediante la destilación de remolacha poseía
hectáreas y hectáreas del tubérculo
en cuestión ,
había producido un carburante absolutamente eficaz,
desde luego «con menos cuerpo» que el propergol
sólido o líquido utilizado en nuestros días
en la astronáutica, pero mucho más barato
y, sobre todo, bebible, cosa que tampoco estaba de más.
En el curso del largo viaje que les esperaba, sin duda necesitarían,
antes o después, un pequeño estimulante.
El fracaso del primer
lanzamiento había hecho sonreír a más
de uno, los que sonreían desde el principio. El día
J, fueron muchos los que se reunieron detrás de las
vallas del área de lanzamiento; algunos incluso llegaron
horas antes del despegue para asistir al embarque. Otros,
por diversas razones, prefirieron mantenerse a distancia
y, provistos de prismáticos, se instalaron en las
colinas vecinas. Pero, en cualquier caso, todos se rieron
mucho cuando, terminada la cuenta atrás, el artefacto
permaneció de lo más inmóvil entre
la humareda blanca que se elevaba hacia el cielo con tal
naturalidad, con tanta facilidad que parecía resaltar
pesadamente la inercia de la astronave. La tripulación
desembarcó enseguida entre los aplausos de una congregación
hilarante y volvió a la granja con el rostro desencajado,
no por las risas, de las que pasaban completamente, sino
a causa de su temor, del miedo que tenían de no poder
abandonar la Tierra antes del eclipse, el último
del milenio, el que marcaría con un enorme punto
negro en el cielo el fin del planeta.
Punto final.
La prueba de que el
sarcasmo de la gente no afectaba a Victor, que ni siquiera
lo percibía, y de que sólo oía palabras
de aliento y clamores admirativos, es que, antes de atravesar
las cintas de plástico multicolor que les servían
de puerta contra las moscas durante el verano, se volvió,
con su casco bajo el brazo, y les dirigió un saludo
con la mano antes de desaparecer en la cocina, un poco como
hicieran Gagarin, Glenn, Terechkova, Leonov, y todos los
otros, los muchos otros. Un poco como ellos, con la única
diferencia y
no era pequeña
de que él y su tripulación, compuesta por
su anciana madre y su anciano padre, no volverían,
contrariamente a todos su predecesores que, de alguna forma,
no habían hecho más que turismo, pese a todo
el respeto que les debía. Ellos se iban para siempre,
para no volver, porque después del eclipse ya no
habría ningún sitio al que volver. Lo abandonaban
todo para lanzarse a los brazos de Dios, a la inmensidad
cósmica. Los Mangin quién
lo hubiera dicho
serían los últimos supervivientes del género
humano.
Los dos artículos
aparecidos en el boletín municipal desde el comienzo
de la aventura titulados:
«Victor Mangin, agricultor y astronauta aficionado»,
y, más recientemente, «Los Mangin nos dejan»,
con una foto de la familia ante la nave
resumían muy bien toda la historia, aunque con una
pizca de ironía algo desagradable que ellos no habían
percibido. El municipio les había garantizado el
apoyo de toda la comunidad en su valiente y ambiciosa empresa.
El cura les había asegurado que Dios estaría
con ellos. Por eso no habían comprendido del todo
por qué el alcalde se había negado a inaugurar
la nave aduciendo oscuras razones, ni por qué el
sacerdote no había venido a bendecirla.
Las cosas no siempre
habían sido fáciles. Cuando Victor Mangin
dejó los cereales a los cuarenta y siete años
para entregarse de lleno a su programa espacial, chocó
con la incomprensión absoluta de su padre, que había
trabajado durante toda su vida para desarrollar la explotación.
El viejo ya no hacía otra cosa en la granja que dar
de comer a las gallinas, pero todavía tenía
algo que decir, y su resistencia fue notable. Durante varios
años, al llegar la época de la siega, sufrió
profundamente al recorrer sus propiedades y descubrir su
trigo, rojo e inundado de amapolas, que le llegaba por debajo
de la rodilla, sus parcelas de cebada, que parecían
sufrir de alopecia, sus mazorcas de maíz apenas más
gordas que las judías, y la colza miniatura, de la
que esperaba cada día un poco de amarillo. Y remolachas
por todas partes. Remolachas arrogantes, avasalladoras,
enormes, desbordantes de salud. Las remolachas avanzaban
y los cereales se batían en retirada, cediendo cada
vez más terreno. Su hijo había plantado remolachas
en todas partes donde había podido. Todo el resto
se iba a pique. En el hangar, había destripado completamente
la segadora para reciclar sus piezas. Y en el establo, los
bueyes comían cuando Victor tenía tiempo;
sólo que Victor nunca tenía tiempo. Su toro
más hermoso, un animal de concurso de tonelada y
media, empezaba a parecer una vaca flaca. Pero el único
toro que aún le preocupaba era el de la constelación
Tauro, cuyo ojo era Aldebarán, un gigante rojo claro
de magnitud 0,86 situado a 68 millones de años luz
de la Tierra. Aldebarán, una de las estrellas más
luminosas de nuestros cielos, que brillaba como 125 soles
y que, algunas noches, Victor se pasaba horas contemplando,
hasta que su tez se tostaba. Aldebarán, a 646.000.000
millones de kilómetros del establo. ¿Cuántas
vidas, miles de vidas, decenas de miles de vidas necesitaría
para alcanzar la estrella o tan sólo sentir su calor?
Aldebarán no estaba en su camino y, probablemente,
nunca estaría en el camino de nadie.
Los cerdos se comían
el morro, los conejos se mordisqueaban los unos a los otros.
Sólo las gallinas parecían ir tirando. De
regreso de sus paseos desesperantes, cuando el padre se
sentaba, desesperado, a la mesa para cenar, y preguntaba
a su esposa dónde estaba su hijo, ella respondía:
«Está trabajando en los propulsores auxiliares»,
entonces, a menudo explotaba echando perdigones en la sopa.
Sopas cada vez más
claras, comidas cada vez más escasas y remolachas
a mansalva, siempre remolacha, a voluntad. Y digestivo (C2H5OH)
para ahogar cualquier sed. Nada más que digerir.
Y el alambique, que humeaba día y noche.
Victor en el propulsor,
Victor en las toberas, Victor en la turbina, Victor estaba
en todas partes; salvo allí donde debía estar,
y su padre se tiraba de los pelos y daba de comer a las
gallinas.
Con los años,
el padre había cambiado poco a poco, aunque sin cambiar
realmente. Digamos que se había apagado. Ya nada
le importaba. Su mente se había enturbiado, y sus
viejas piernas habían empezado a doblarse bajo el
peso de los años hasta sentarlo en una silla de ruedas.
Se dejaba llevar donde querían llevarlo y, al margen
de los días caprichosos, en que se oponía
a todo sistemáticamente, en general hacía
lo que le pedían sin rechistar. Cuanto más
perdía la cabeza, más parecía comprender
a su hijo.
La madre aguantaba bien.
Pese a las reticencias de las que había dado prueba
al principio, cuando les explicó que iban a abandonar
la Tierra a bordo de una nave espacial construida por él,
siempre había estado muy intrigada por el proyecto;
y al cabo de los años, su desconfianza se había
transformado en una admiración beatífica hacia
su astronauta. Seguía la evolución de la construcción
muy de cerca, día a día, y se interesaba en
ella con una motivación sorprendente. Había
empezado a creer en ella con tanta vehemencia como Victor,
tal vez más. La angustia de ver cómo se acercaba
el día del eclipse y la esperanza de poder escapar
a él seguramente tenían algo que ver. Ante
el creciente interés de la señora Mangin por
el muy especial programa espacial Mangin, y a pesar de que
no comprendía absolutamente nada de él, Victor
había decidido asociarla activamente a sus trabajos
confiándole algunas tareas subalternas, lo que le
permitía concentrarse en lo esencial.
Un triste día,
el toro anémico que Victor sólo alimentaba
los domingos sufrió una bajada de tensión
fatal. No tuvieron tiempo de conmoverse, pues su tiempo
estaba contado.
Tras el fracaso del
primer lanzamiento, sus cálculos habían situado
la próxima ventana de lanzamiento para el 10 de agosto
a las 15 h 37, hora local. La víspera del eclipse.
No antes. Sería su segunda y última oportunidad.
Durante la semana que
precedió a ese día, Victor dedicó todo
su tiempo a regular ínfimos detalles técnicos,
a ajustes ultraminuciosos, a hacer y deshacer inacabables
cálculos de trayectorias, y a comprobar lo que ya
había comprobado cien veces. El incidente que había
retrasado su salida le había hecho dudar de todo.
Ahora se veía acosado día y noche por preguntas
que nunca se había planteado.
Victor no había
concebido la astronave a partir de ningún modelo
existente, algo que le honraba, pero que había complicado
considerablemente la tarea. De todos modos, había
robado algunas buenas ideas aquí y allá, y
había construido un artefacto híbrido que
se parecía al mismo tiempo al clásico cohete
de módulos, a una nave espacial, a un platillo volante
y a una pagoda china. Antes que nada, había querido
hacer algo sencillo y robusto. Nada superfluo. Ningún
capricho. Poca electrónica, muy poca informática.
Se había esforzado en reducir los costes sin mermar
la fiabilidad de la nave ni su seguridad.
La víspera de
la partida, Victor no hizo nada. Nada de nada. Todo estaba
preparado y quiso aprovechar aquel último día
en la Tierra. Bajó al pueblo a beber una última
cerveza y se pasó la tarde paseando. Se acostó
temprano. Y, al acostarse, pensó que le gustaban
los días y las noches en la Tierra. Aquella alternancia.
¿La oscuridad que empezaría mañana
no sería demasiado monótona?
Acosado por cohortes
de ideas confusas, de problemas vagos, de olvidos de todas
clases que en realidad no lo eran, aquella noche no durmió.
Desde un punto de vista técnico, todo estaba listo,
esta vez todo funcionaría, estaba seguro. Pero otras
preocupaciones le vinieron a la cabeza. ¿Qué
sería de la señora Mangin cuando superasen
la velocidad de 11,2 km/s que les permitiría escapar
a la atracción terrestre? ¿Qué cara
pondría cuando tuviese que soportar más de
10 g y su peso se multiplicase por diez, lo cual, dada su
gordura, sería colosal? ¿Cómo iba a
apañárselas cuando, con el rostro deformado
y aplastado contra su asiento, tuviese que ocuparse del
desprendimiento del primer módulo, una de las pocas
misiones que Victor le había confiado? ¿Había
hecho bien? En cuanto a su padre, ni siquiera se atrevía
a pensar en él. ¿Cómo reaccionaría
cuando, bajo el efecto de la fenomenal aceleración,
la sangre, ya escasa, que irrigaba los meandros de su cerebro
se viese expulsada hacia sus miembros inferiores? Falto
de tiempo, se había visto obligado a saltarse la
preparación física y los entrenamientos en
la centrifugadora, y ahora lo lamentaba. Pero sin lamentarlo
realmente. ¿De qué servían? ¿Qué
habría sido de sus padres tras varias horas de centrifugadora?
Por suerte, él
había podido entrenarse un mínimo. Un poco
de footing los domingos, cuando iba a ver cómo
crecían las remolachas.
En el corazón
de aquella noche en blanco, pensó, algo tarde, que
había puesto el dedo en el único punto débil
de su ambicioso programa espacial. Se imaginó en
los confines del sistema solar entre dos cadáveres
en descomposición que le harían el viaje insoportable.
Se preguntó si no hubiera sido mejor preparar un
despegue en solitario. Incluso pensó que aún
estaba a tiempo de partir sin ellos, que sólo tenía
que encerrarlos en su habitación. Terminó
abofeteándose por tener aquellos malos pensamientos
y desapareció bajo el edredón.
Con las primeras luces
del alba, salió para juzgar las condiciones meteorológicas.
Todo se presentaba bien por ese lado. Todo se presentaba
bien.
La mañana fue
bastante tensa. Todo el mundo estaba un poco nervioso, ¿acaso
no era normal? Pero Victor estuvo muy pendiente y consiguió
mantener la motivación de su tripulación,
a pesar de que la angustia aumentaba a medida que se desgranaba
la cuenta atrás. Almorzaron a las 12 en punto. Algo
ligero. Victor lo había exigido. Ensalada de remolacha,
huevo duro, manzana. Después subieron a prepararse,
tranquilamente, para el embarque, que tendría lugar
a las 13 horas. Cita en la cocina.
Cuando Victor pasó
lista, a las 13 horas, y se dio cuenta de que faltaba su
padre, se apresuró a enviar a su madre a buscarlo.
Ella volvió alarmada explicándole que ya no
quería marcharse. A Victor le dio un vuelco el corazón.
Retrasaron el embarque más de una hora para parlamentar,
para intentar convencerle, hasta para asustarle describiendo
el cataclismo que sufriría mañana, si se quedaba,
cuando el Sol se oscureciese y la Tierra viviese sus últimos
instantes. De nada les sirvió implorar, llorar, gritar,
nada de nada. «Me quedo». Entonces, Victor decidió
emplear la fuerza. Empuñó la silla de ruedas
y, pese a los berridos del padre y a sus intentos de morderle
y golpearle, se dirigieron hacia la salida. En el patio,
antes de girar en la esquina del edificio, se volvieron
por última vez para echar una larga mirada a la puerta
que habían franqueado tantas veces. «Ahora
tenemos que irnos», dijo Victor. Y se alejaron. Dieron
la vuelta a la granja y llegaron al área de lanzamiento.
La nave se alzaba a cincuenta metros de ellos, en mitad
del cercado, orgullosa como una catedral. Al pie del artefacto,
ya les esperaba un grupo de curiosos.
Pese a que Victor había
intentado que el segundo intento se llevase a cabo en el
mayor secreto, había habido filtraciones. Cuando
le preguntaron «¿Cuándo salen?»,
su madre respondió muy orgullosa y educadamente,
dando la hora exacta. Eso lo explicaba. Había todavía
más gente que la primera vez. Aquellos que el 27
de julio prefirieron mantener las distancias esta vez no
querían perderse el espectáculo. Se habían
acercado todo lo posible para ver con claridad los rostros
descompuestos de los Mangin cuando volviesen a bajar, para
disfrutar de sus caras de bobos. Al verlos llegar, empezaron
a aplaudir.
Al pie de la nave, Victor
acarició la chapa, dio algunos golpes con la palma
de la mano sobre el acero como quien acaricia a un caballo.
Tenía un nudo en la garganta. Su padre había
capitulado y se había callado.
La señora Mangin
fue la primera en embarcar, después Victor llevó
a su padre al interior, lo instaló y volvió
a aparecer. Recorrió el paisaje con los ojos para
grabarlo para siempre en sus pupilas. Miró a todos
los presentes, que habían querido acompañarlos,
y les hizo una seña con la mano, como hicieran Armstrong,
Aldrin, Titov, Manarov y todos los demás. Rindió
homenaje al valor de toda aquella gente que se quedaban
hasta el final y que, desgraciadamente, no podrían
formar parte de aquel viaje, ni de ningún otro. Les
pidió que se alejasen, después cerró
la pesada puerta a sus espaldas, dejando atrás sus
cincuenta y tres años de vida terrestre.
Victor inició
la última checklist. A su derecha, sujeta
al asiento, su madre desgranaba su rosario y murmuraba una
oración, mientras que el padre lanzaba miradas atónitas
sobre la nube de indicadores, contadores y lucecitas de
todas clases que les rodeaban. Fuera, los espectadores daban
rítmicas palmadas que ellos ya no podían oír.
Pues
sí que hace calor dijo
la madre .
¿No podemos abrir algo?
Y Victor comprendió
cuán lejos estaba de hacerse cargo de la complejidad
de la situación. Respondió secamente:
¡No,
no podemos! ¡De ninguna manera!
¿Por
qué te enfadas? Sólo preguntaba, eso es todo.
Él se disculpó.
Al
menos no explotará, ¿no Victor? preguntó
el padre.
No
te preocupes, papá. No te preocupes...
La espera fue larga
y silenciosa, interrumpida de vez en cuando por preguntas
angustiadas.
¿Aún
no hemos salido? preguntó
el padre.
Todavía
no, respondió Victor, lo notaremos.
Ah,
bueno...
Un minuto antes del
despegue, Victor les advirtió:
Ya
casi estamos, dijo con los ojos fijos en las cifras que
desfilaban ante ellos.
Se ajustó el
cinturón, se instaló en su asiento y se persignó.
¿Victor?
dijo
su madre.
Él no respondió.
¿Victor?
¿Sí?
Tengo
que hacer pipí...
10... 9...
Él sacudió
la cabeza.
Tendrás
que aguantarte.
6... 5... 4...
¿Cuánto
tiempo?
2... 1...
«¿Cuánto
tiempo?», se repitió Victor. Y pensó
que su madre era como esos niños que preguntan «¿Cuándo
llegamos?» incluso antes
de salir.
0...
Los motores se pusieron
en marcha con un rugido sordo. Y, simultáneamente,
las toberas empezaron a escupir avalanchas de humo blanco
altas como edificios, parecidas a gigantescas nubes de leche
que se extendían a cien metros del artefacto con
un ruido ensordecedor. Y con el humo, bajo el humo, entre
el humo, por todas partes, inmensas llamas naranjas.
Y después, nada.
Ni nadie. Ni astronave, ni espectadores, ni cercado, ni
hierba, ni granja siquiera. Muchas cenizas.
De modo que no se sabe
si el lanzamiento tuvo éxito. Nadie sabe dónde
están los Mangin. Tal vez cerca de Tauro; en la órbita
lunar, más modestamente; o en otra parte, ¿cómo
saberlo? Ninguno de los espectadores que estuvieron allí
ha podido contar nada, ni siquiera si tuvieron que salir
perdiendo el culo.
Al día siguiente
no
fue el fin del mundo
tampoco vieron cómo el Sol cubría su rostro
con un velo; cómo descendía aquella luz cenicienta
y después la penumbra; cómo Mercurio aparecía
por el Oeste y Venus por el Este; ni cómo Regulus,
Betelgeuse y Sirius se encendían una tras otra. Y
Aldebarán también.
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