 |
 |
|
La orilla del mar
|
|
VÉRONIQUE OLMI
|
|
112 págs.
|
|
Traducción: José
Luis Sánchez.Silva
|
|
ISBN 84-89618-97-6
|
|
10.00 €.
|
|
 |
|
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
Al día siguiente
desde luego no hubo suerte, aún llovía. Aparte
de la débil luz de la mañana, en aquella ciudad
era difícil no confundir la noche y el día.
La luz no tenía mucho sitio allí, nada estaba
previsto para ella, eso se veía enseguida. No sé
qué hora era cuando me desperté pero los niños
ya estaban levantados, estaban los dos delante de la ventana
echando carreras de gotas de lluvia: cada uno elegía
la suya en lo alto del cristal y la primera que llegaba
abajo ganaba.
Me pregunté qué
verían por la ventana, qué escondería
la lluvia.
¡Mamá!
gritó Kevin cuando vio que estaba despierta, ¡es
algo maravilloso! La forma que tienen los niños de
darte los buenos días por la mañana, como
si fueses la sorpresa del día, la buena noticia que
ya no esperaban. Kevin, por la mañana, siempre parece
que me ha echado de menos, me pregunto adónde le
llevan sus noches para que tenga la impresión de
volver desde tan lejos. Cuando hay escuela Stan le prohíbe
entrar en mi habitación lo sé, pero el domingo
cuando terminan los dibujos animados no se anda con miramientos,
vaya que no, salta sobre mi cama y me pide un beso pedorro,
es un beso en la tripa que hace mucho ruido, es increíble
cómo le hace reír, se diría que se
ríe de oírse reír, que disfruta de
esa risa, que se divierte con ella y yo sé que esa
risa te abandona en cuanto creces.
¡Tengo hambre!
dijo, si hay una cosa de la que Kevin no se olvida jamás
es de tener hambre, a veces tengo la impresión de
ser una despensa. Vamos a ir a un café, dije, pero
no parecían muy convencidos y añadí
¡Pediremos algo y nos lo servirán! Abrieron
los ojos con desconfianza como si les estuviera contando
un gran embuste, entonces me levanté y no pude evitar
sonreír ?mala suerte para mis encías agujereadas?,
estaba demasiado orgullosa de mí misma, hurgué
en la bolsa de deporte azul, cogí mi cajita de té,
la volqué sobre la cama lamentando que no hiciese
más ruido ?¡acababa de sacar todas mis monedas!
¡Todas! Todo lo que había guardado para celebrar
algo algún día, todos mis pequeños
ahorros rebañados de las vueltas de la panadería
y a veces de las del supermercado.
Los niños no
tocaron el dinero, simplemente se quedaron mirándolo,
prudentes, como si acabasen de conocerlo. ¿Podremos
tomar un helado? preguntó Kevin para verificar la
cosa, y yo estaba segura de que ya no echaba de menos la
escuela. ¡Idiota! respondió Stan en voz baja,
¡en un café se bebe café! ¡Y además
casi todo son monedas de veinte céntimos! ¿Ah
sí? dije yo. ¿De veinte céntimos? Y
miré un poco más de cerca. Los chicos se sentaron
a mi lado en la cama escudriñando mi tesoro como
si de un bicho raro se tratase. Es verdad que no había
muchas monedas de diez francos, ¡pero bueno! ¡eran
ahorros, un pequeño extra, no una inversión!
No quería que notasen mi decepción y además
estaba resentida por su falta de entusiasmo. Stan empezó
a contar las monedas con un ademán tan serio, se
diría que estaba recogiendo lo que yo había
roto, que enmendaba una travesura, eso es lo que les enseñan
en la escuela: la desconfianza. Siempre me ha costado ceñirme
a mi presupuesto, hay que confesar que tampoco hay gran
cosa a la que ceñirse y que, en cuanto recibo el
subsidio, lo celebro, quiero decir que lo gasto. No en mí,
no. En los niños. Siempre en los niños. En
cierta ocasión una asistente social me preguntó
si bebía. ¿Quién? ¿Yo? Nunca
he probado una gota de alcohol, ¡pero por quién
me toma! no me lo pensé dos veces, llamé al
dispensario y me quejé. ¿A quién me
han enviado? pregunté, ¡Una asistente social
que piensa que bebo! Se excusaron. Así son las cosas.
Todo el mundo espera que des un paso en falso, el momento
en que estás a punto de caer, en que pisas el jabón,
sí, vivimos bajo vigilancia, es lo que pienso.
Hay cincuenta y dos
francos con treinta y cinco céntimos, declaró
Stan. Vaya chasco. El dinero ya no vale gran cosa. Stan
tenía razón al no fiarse de las apariencias:
todas aquellas monedas juntas no querían decir nada.
Las certezas y la alegría de Kevin empezaban a flaquear.
¿Es mucho? preguntó con una pequeña
mueca... Sí, dije, con mala uva, sobre todo los treinta
y cinco céntimos, pero no era con el niño
con quien estaba enfadada sino con aquel dichoso dinero.
Kevin esbozó una pequeña sonrisa, dijo ¡Bien!
y dio un gran suspiro de alivio. Es difícil estar
a la altura de las esperanzas de un chiquillo. ¡Bueno!
dije, ¡compraremos galletas y una botella de agua
y haremos un picnic a la orilla del mar! Está lloviendo,
dijo Stan como si fuese culpa mía, y aquello fue
el colmo. Nada salía bien. Nada terminaba de arrancar.
Les dije que siguiesen jugando con las gotas de lluvia y
volví a acostarme, pero esta vez en su sitio, no
a los pies de la cama como un animal. Las sábanas
estaban aún calientes de los niños, estreché
con fuerza la almohada contra mi cuerpo y me puse las mantas
sobre la cabeza para no ver nada más, para no oír
nada más. Sólo que de todas formas oía.
Kevin lloriqueaba y pataleaba, ¡Tengo hambre! decía
y de nada servía que Stan le pidiera que se callase.
Yo quería regresar
a la noche anterior, esa noche sin sueño y sin insomnio,
que me alejaba de mí misma, quería volver
a ese agujero sin amenazas en cuyo fondo había caído
pero lo había perdido definitivamente. ¿La
noche anterior habría sido como la de los demás?
¿Ellos reciben eso cada noche, una recompensa porque
han atravesado bien su jornada? Yo nunca tengo recompensa
y mi sueño es un cuchillo que corta los hilos a los
que me aferro en pleno día. Pierdo pie. Me caigo.
Y todo vuelve a empezar. En vez de regresar a la noche anterior
me sumergí profundamente en mis pensamientos negros
y helados. Los conozco. No quería quedarme allí,
nadar en aquellas aguas y ahogarme. Aún oía
a los chicos, me aferré a sus voces, tenía
que remontar hacia ellas, responder. Me incorporé
de golpe, ya no sabía muy bien dónde estaba
pero sabía que tenía que quedarme. Aquí.
En esta habitación. Vi a los niños, hablaban
muy bajito mientras miraban por la ventana, se peleaban
sin hacer ruido.
¡Kevin! grité, ¡vamos a comer! Y aquello
se convirtió en una urgencia, lo más importante,
algo que había que hacer enseguida: ¡comer!
¡comer! ¡comer! Era lo que hacía el resto
del mundo, era lo que había que hacer para sentirse
vivo: ¡comer! ¡comer! ¡comer! ¡Nos
vestimos y nos vamos! dije. Ellos no se movieron, yo me
puse la ropa de la víspera, olía mal y estaba
fría, me quedé bajo las sábanas para
ponérmela... ¿y si alguien nos trajese el
desayuno en una bandeja? ¡Sería un milagro!
Después volveríamos a dormirnos, ¡sería
maravilloso! O mejor, ¿y si el mar viniese hasta
nosotros, sí, y si se instalase a los pies de la
cama, por qué no íbamos a tener derecho a
ello al menos una vez en nuestra vida? Si me concediesen
un deseo, pediría eso: que el mar viniese a los pies
de mi cama. Cuando era pequeña mi padre no sólo
cantaba Vuelve el marino, vuelve de la guerra, también
cantaba una canción de amor que decía en la
mitad de la cama el río es profundo tralará,
y esa cama es una verdadera cama de princesa con columnas
y cortinas, no como en este hotel marrón, no, un
río nunca correría por aquí, así
que el mar... ¡es mejor olvidarlo!
Me gustan las canciones.
Dicen las cosas que yo no consigo decir. Si no tuviese estos
dientes podridos cantaría mucho más, mucho
más a menudo, cantaría por la noche para que
mis pequeños se durmiesen, historias de marinos y
de camas magníficas, pero bueno, una no puede saber
hacerlo absolutamente todo, todo, es lo que le digo una
y otra vez a la asistente social.
Me levanté. El
linóleo estaba helado y pegajoso. Quería ver
lo que había detrás de la ventana pero era
imposible porque detrás de la ventana había
un muro, un muro inmenso y yo quería saber lo que
había detrás de ese muro. ¿Sería
la trasera de un edificio, de una prisión, de un
vestuario que ocultaba un gran campo iluminado donde los
chavales jugaban al balón, eh? ¿Qué
había? ¿Otro hotel en una ciudad donde no
vivía nadie, donde todo el mundo se limitaba a asomar
la nariz antes de volver a irse en el autocar? ¡Ah!
No valía la pena pensar en ello, no era más
que un tapa-sol, un tapa-vida, una porquería de muro
de cemento, no quería mirarlo más, buscar
su misterio.
Parecéis dos
adefesios, les dije a los niños, apuesto a que no
os habéis lavado. Le he enseñado a Stan cómo
meo de pie, dijo Kevin, ¿Ah sí?, respondí,
pues el cuarto de baño está justo al lado,
¿por qué no os habéis dado una vuelta
por allí? Stan dice que hay bichos, murmuró
Kevin arrugando la nariz. Los bichos pequeños no
se comen a los grandes, Stan, ¿no le has explicado
eso? Y ahora parecéis dos cerdos. Stan se miró
la puntera de las zapatillas y dijo que no quería
que me despertase sola, ¡aquello no me lo esperaba!
¿cómo lo sabe, mi Stan, cómo sabe que
a menudo cuando me despierto estoy perdida? Debe de espiarme
no es posible, sí, como cuando me quedo sentada y
me vigila desde detrás de la puerta. ¿Es que
mi chiquitín me observa mientras duermo? Y mañana,
¿quién me observará?
Por lo menos hay que
lavarse la cara, ordené, y eso pareció gustarles,
me he dado cuenta que a los niños les encanta hacer
las cosas obligatorias, lo que todo el mundo hace. A veces
Stan carga las tintas, por ejemplo Hay que lavarse los dientes
después de cada comida, ¿Ah sí? ¿Y
dónde has visto eso? ¿En la tele? No. Lo ha
dicho la maestra. Por Dios, no puede ser, el poder que tienen
estas maestras, les harían tragar cualquier cosa,
¡si les aconsejaran que caminasen con las manos, seguro
que hace tiempo que hubiera dejado de arruinarme en zapatos!
Fuimos a la ducha del
final del pasillo pero estaba ocupada. Bueno, este hotel
no estaba desierto en absoluto, hasta había gente
en nuestro sitio, pronto habría que hacer cola para
mear. ¿Qué hora era? ¿La gente se preparaba
para ir a trabajar? ¿Se ponían guapos para
ir a trabajar? ¿Por qué? ¡Vaya! me irritaba
no saber quién era el tipo que se afeitaba allí
dentro o la tía que se embadurnaba la cara, maquillaje
a granel, en los ojos la boca las mejillas, qué pesada
¡y nosotros plantados en el pasillo esperando nuestro
turno!
Tengo hambre, repitió
Kevin como si fuesen las únicas palabras que conociese,
entonces decidí que ya estaba bien, mis niños
no parecían ni adefesios ni cerdos, había
dicho eso por hacer como todas las madres, las que le buscan
pelos a las ranas y quieren alcanzar la perfección,
en el fondo mis niños me parecían magníficos,
¿y qué habría podido aportarnos un
poco de agua fría? ¡No había venido
aquí para quedarme plantada mientras unos desconocidos
se lavaban la cara!
Volvimos a nuestra habitación,
los niños se vistieron, Kevin siempre se había
puesto la ropa de Stan y Stan ropa demasiado grande para
que durase mucho tiempo, nunca me había dado cuenta
de que ninguno de los dos tenía cosas de su talla,
es verdad que no estoy ahí cuando se preparan por
la mañana, ahora me daba cuenta de que no se parecían
a los demás, eran dos hombrecitos, uno demasiado
grande y el otro demasiado pequeño, ¿lo sabrían
ellos?
Nos pusimos las cazadoras,
recogí las monedas abandonadas sobre la cama y llené
con ellas todos nuestros bolsillos, sin embargo... estaba
muy decepcionada, creía tener mucho más, incluso
me había imaginado diciendo a los camareros y a los
comerciantes ¡Quédense con el cambio! había
visto hacer eso una vez, y entonces la persona que se guarda
el cambio te mira con ganas de besarte los pies, eso sí,
cambio iban a tener para rato, y yo que creía tener
un tesoro... el dinero debería tener el valor que
uno le da.
¡Estoy forrado!
dijo Kevin sopesando sus bolsillos, pero Stan se encogió
de hombros, lástima, yo estaba dispuesta a creer
en ello. Una vez más salimos de la habitación
en fila india, nos deslizamos por la puerta entreabierta,
tengo la impresión de haberme pasado la vida haciendo
eso ?deslizarme, quiero decir.
Las escaleras eran más
fáciles en aquel sentido, pero igual de oscuras,
Kevin se entretuvo bajándolas con los pies juntos,
se le veía feliz, Stan miraba los números
de las puertas, las flechas, las salidas de emergencia,
Stan siempre intenta leer lo que pone, en todas partes,
quiere descifrarlo todo desde la primaria, no sé
lo que busca. Yo me preguntaba lo que nos esperaba abajo,
qué nos ofrecería el día en aquella
ciudad, ¿por fin veríamos las aceras y los
nombres de las calles?
Cada uno ensimismado
en sus pensamientos, cada uno separado por ellos, llegamos
a la planta baja sin darnos cuenta y sin perder el resuello,
como viajeros despreocupados, turistas dispuestos a descubrir
la ciudad. Lástima que no hubiese nadie en el vestíbulo,
estoy segura de que estaba imponente con mis dos muchachos.
La ciudad era como el
hotel: no estaba desierta en absoluto. Era increíble
la cantidad de gente que se agitaba bajo la lluvia, me quedé
aturdida. No tenía ni idea de la hora que era y no
sabía lo que empujaba a aquella gente a moverse en
todas direcciones. La vida, qué hormiguero. La gente
pasa, se rozan unos a otros, se empujan, de vez en cuando
se injurian o se besan, ¿Qué tal? ¡Muy
bien! y otros se quedan mirando pasar a los demás.
A nosotros nadie nos
miraba, estábamos paralizados bajo la lluvia, no
era fácil adivinar hacia dónde había
que ir para encontrar un café. Decidí hacer
como la noche anterior: fingir que sabía. Lo que
cuenta es que parezca que sabes.
Las calles seguían
igual de fangosas, la tierra estaba inundada pero a nadie
le importaba. La gente no paseaba, eso no, corrían
con pasos pequeños, sin levantar la vista y sin embargo
sin perderse. Todos parecían tener una dirección
que seguir, aparentemente se conocían aquello de
memoria. Yo me puse en marcha al azar, con mi aire de enterada,
los chicos confiaban en mí y eso me trajo suerte
porque ¿qué fuimos a encontrar? Era como si
nos estuviese esperando. El mar, sí, ¡el mar!
En mitad de la ciudad, no es cosa banal. Uno busca un café
y encuentra el océano, eso no ocurre todos los días,
era una hermosa sorpresa.
Me detuve en el dique,
con mis dos pequeños de la mano, me preguntaba cómo
hacerlo, cómo saludar al mar. Armaba un jaleo de
mil demonios, un verdadero escándalo, y los niños
estaban intimidados. Yo me quedé ahí sin moverme,
mirándolo... ¡hacía tanto tiempo que
lo esperaba! ¿Va a venir hasta nosotros? preguntó
Kevin, ¡Claro! se burló Stan, ¡va a venir
a estrecharte la mano! ¡Oh! dijo el pequeño...
¡Dios mío! los niños están realmente
dispuestos a creerlo todo, a él hubiera podido confiarle
mi sueño de ver el mar a los pies de la cama.
Kevin tenía miedo,
hay que decirlo, no estaba de humor para buscar caracolas
o correr ante las olitas ?no había olitas, el mar
se sublevaba, eran unas olas enormes que se estiraban con
furor, no daba ninguna gana de acercarse a él. No
era nada acogedor y la lluvia no mejoraba las cosas. Es
verdad que el mar tenía aspecto de avanzar hacia
nosotros, en todo caso lo intentaba, tomaba impulso, las
olas se elevaban bien alto para alcanzarnos y luego volvían
a caer... tendríamos que acercarnos nosotros. Hay
que moverse, les dije a los niños, con esta lluvia
vamos a terminar calados, y bajamos a la playa, el pequeño
desconfiaba, lo notaba en su mano que apretaba la mía,
seguro que habría preferido retroceder y aterrizar
bien calentito en clase de Marie-Hélène, por
algo es su niño bonito.
El mar había
perdido sus colores, ya no era azul en absoluto, parecía
un torrente de barro, tenía el color del cielo, quiero
decir que incluso allí era como en el hotel: daba
la impresión de estar en una caja de cartón.
En realidad es azul, le dije a Kevin, pero el estruendo
era tal que no me oyó ?puede que no se lo dijese,
puede que hablase conmigo misma, ¡Qué fuerte
respira el mar! gritó Kevin sacudiéndome del
brazo. No tengas miedo, le dije, es para que sepas que se
alegra de verte, te ha echado mucho de menos. ¿Me
conoce? El mundo entero te conoce, Kevin, eso era lo que
deseaba responder, el mundo entero te espera pero era falso,
sé que nadie nos espera pero ¿acaso no tenemos
derecho a mentir de vez en cuando?, podemos transformarnos
en hadas, los niños están dispuestos a ello
y eso les hace soñar, ¿dónde está
el mal?
¿Me conoce? volvió
a gritar Kevin, yo respondí con la cabeza pero creo
que ya no me miraba, había retrocedido bruscamente
porque una ola había venido a lamerle los zapatos.
|