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Pequeña
Inglaterra
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Ioanna Karystiani
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304 págs.
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Traducción: Takis Antoniadis
y Alicia Gervás
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ISBN 84-89618-91-7
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21.00 €.
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¿Qué
puedo decirte, corazón, para que me perdones? Sé
que no querías los regalos, sino a mí. Pero
los alemanes dejaron bien claro que yo debía supervisar
personalmente las reparaciones en Amberes. El día
de tu boda, yo tenía previsto bailar balos hasta
el amanecer, cantar junto a los músicos, «acércate
Cristo, acércate María, venid y el nuevo matrimonio
bendecid», ya lo había acordado todo por telegrama
con Vanguelakis, y al final acabé borracho como una
cuba con los extranjeros y su holerei.
Mejor que no hayas venido, papá, la nieve había
cubierto la isla y le daba un aire insólito, distinguido,
como los paisajes de icebergs que solías enviarnos
desde Arkángel.
Apenas veinte palabras,
ésa fue la respuesta de Orsa a Savvas Saltaferos.
Aceptó ir de viaje de novios para dejar de ver a
su madre removiendo en silencio los certificados médicos
llenos de sellos y cuños, una novia de sólo
veinte años, demasiado joven para sospechar que tal
vez la Saltaférena temiese que al final de sus días,
o peor aún, antes del fin, llegara a ver su propia
vida con otros ojos y se deshiciera en lágrimas.
Ojalá todos nos quisiéramos más, nos
abrazáramos y nos besáramos más a menudo,
lloriqueáramos y nos riéramos a carcajadas
como niños, los unos en brazos de los otros intentando
adivinar a quién pertenece el latido que sentimos
en el pecho, si es nuestro propio corazón o el de
alguno de los nuestros, éstos eran a menudo los pensamientos
de Orsa, había tomado la decisión irrevocable
de que en su vida lo único realmente importante sería
el amor, había sido a los doce años, una noche
en la que se sintió de pronto invadida por una inmensa
soledad que no deseaba, los buenos momentos de soledad buscada
siempre sabía disfrutarlos.
Antes de la boda había
subido a Apaturia, a una hora de camino, para contarle toda
la verdad a la yaya Orsa y sellar así una alianza.
Llegó cuando más brillaba el sol de invierno,
en esa parte el pueblo miraba hacia levante, y cuando las
dos Orsas terminaron de tomar la sopa y chupar las cabezas
de pescado, típica comida de viejos, la mayor puso
el cacillo para el café y la pequeña se levantó
para fregar los platos en la pila, a través del ventanuco
vio cómo el sol se ocultaba tras las montañas
y su humor se ensombreció de repente; le gustaba
admirar atardecer y anochecer desde los lugares orientados
al oeste, sentir el momento en el que el día se desvanecía
lentamente, el ambiente se oscurecía poco a poco,
se encendían las luces eléctricas o los quinqués
y la luz y la oscuridad se fundían en un beso, desde
cualquier otro punto cardinal, en el que todo sucedía
abruptamente, Orsa temía enloquecer.
Dio la vuelta a la sopera
y los dos platos hondos para que escurrieran, volvió
a mirar hacia el exterior, vio el ataque aéreo de
una bandada de cientos de estorninos que, como flechas,
se clavaron en las dos inmensas higueras de ramas desnudas,
lanzas curvilíneas, higueras cenicientas, muro de
cipreses negros, negrísimos, la estampa de un santo
amenazante.
Bueno,
soy toda oídos dijo
la abuela, le pasó la tacita de café, colocó
sobre la mesa una cesta con mandarinas y respiró
hondo, dispuesta a escuchar algo que sabía importante,
había entendido perfectamente el motivo de la visita
y siempre estaba dispuesta a llevar la contraria a su nuera
y a arruinar sus planes.
Orsa no dijo ni media
palabra, como si se hubiese tragado la lengua, se quedó
cortada.
La yaya tanteó
el terreno, dejó caer algunas palabras clave, sífilis,
suegro, miedo, amor, pero al final no tuvo más remedio
que cambiar de tema.
¿Cuánto
hace que no te cortas el pelo? le
preguntó a su nieta mientras esta se ponía
el abrigo y el gorro.
Desde
segundo de primaria contestó
Orsa, le dio un beso y se marchó.
Como sombras tras las
ventanas, las cuatro vecinas, una aquí y otra allá,
observaban el camino desierto, no esperaban ver pasar un
alma, pero desde bien temprano se habían enterado
de la visita de la prometida y querían verla mientras
aceleraba el paso para que no le pillara noche cerrada por
los caminos de tierra. Dos o tres abrieron a toda prisa
las ventanas, echaron a un lado los visillos y le gritaron
la enhorabuena.
No
me toques esta noche le
dijo a Nikos Vatokuzis. Los invitados, con las insinuaciones
habituales, les habían empujado al dormitorio hacía
una hora. Él no tenía ninguna prisa, buscó
su tabaco y, cuando ya iba por el segundo cigarro, no importa,
Orsa, dijo, y siguió fumando hasta la mañana
siguiente, fumando y escuchando el laúd y los saltos
en el piso de arriba, parecía el fin del mundo, desde
el principio, ése fue el defecto de la casa, el techo,
y aquel ruido no cesaría nunca.
Al cabo de un rato,
la novia era capaz de distinguir los altos tacones de Marí
de los taconcitos de Naná, que daba pequeños
pasos apoyando primero la punta del pie y luego el talón,
como si de las pezuñas de un potrillo se tratara,
el novio reconoció con claridad las pesadas pisadas
de Jadulis en el único balos que el viejo bailó
y distinguía las recias zancadas del metropolitano,
que se marchó relativamente temprano, de los tímidos
pasos del pope Fílippas, que sí se quedó,
pero al que la falta de protagonismo amansó el paso
y las ganas, y, durante un buen rato, ambos se entregaron
al llanto de una niña porque, roto el tul del recuerdo
de bodas de la damita de honor, las peladillas rodaron por
el suelo como canicas.
Al día siguiente,
al mediodía, partieron en el Afroessa rumbo a El
Pireo, se alojaron cuatro días en el hotel Capital,
y él se pasó todo el día corriendo
para resolver los asuntos pendientes del viaje, fue de los
armadores a los capitanes de puerto, de los agentes de aduanas
a las compañías de abastecimiento, a supervisar
la carga.
Los Jadulis, socios
de Vatokuzis, y no sólo los jefes de Saltaferos,
enviaron al hotel una montaña de cien rosas blancas.
Orsa permanecía todo el día en la habitación,
mirando desde la ventana el movimiento de la calle y del
puerto, la lluvia, los carruajes, los automóviles,
la gente con prisas y los innumerables barcos. Cuando anochecía,
se sentaba en la penumbra y contaba las luces del exterior,
no estaba acostumbrada a ver tantas juntas, amarillas y
opacas entre la llovizna que giraba y envolvía, como
una nube de polvo, todo El Pireo.
Si las cosas fueran
de otra manera, se daría una vuelta por los escaparates,
entraría y saldría de las tiendas, se haría
la manicura, se arreglaría el peinado, iría
de visita... Pero no lo eran. Maltabés estaba en
algún lugar del Índico, gran parte de la tripulación
del Austro era de Andros, y las cartas que se recibían
a bordo todas cortadas por el mismo patrón, no sé
quién se ha muerto, ésta o la otra ha dado
a luz, la de más allá se ha casado con el
de más acá, así que en pocas semanas
acabaría finalmente enterándose de que Orsa
Saltaferos se había convertido en la esposa de Nikólaos
Vatokuzis.
Esto último sucedió
en el interior de un camarote, cuando el Archipielago, viento
en popa, atravesaba los mares de Cerdeña y el candil
junto a la litera estaba, como siempre, encendido. Nikos
Vatokuzis mantuvo todo el tiempo los ojos cerrados, y también
Orsa los cerró, sólo San Nicolás, desde
su pequeño icono, los tenía bien abiertos
para no perder detalle.
Cuando todo terminó,
Orsa se dio cuenta de que la expresión «me
ha hecho suya» era falsa, por primera vez había
sentido que su cuerpo era suyo y sólo suyo, tanto
como sus pensamientos, suavemente giró sobre su costado
y él, sin cruzar palabra, le deshizo la larga trenza
y, con su propio peine, extendió sus largos cabellos
sobre la cama y lentamente los peinó, como si desde
hacía mucho tiempo hubiese estado esperando ese momento
y ese espectáculo. Se lió un cigarrillo, salió
del camarote y se encaminó hacia la chimenea para
asegurarse de la buena marcha del barco.
El vestido de novia
de Orsa, blanquísimo, lleno de bordados, una cascada
de seda, estaba colgado de una percha junto a la portilla,
y allí permaneció los cuarenta días
que duró el viaje.
Había marejada,
estaban rodeando el faro de Finisterre y Nikos buscaba con
los prismáticos los acantilados de las costas de
Vigo, eran muchas las goletas, veleros y vapores que habían
encontrado allí, en el fondo de las aguas de España,
su último puerto.
Esta
bazofia está saladísima dijo
Mansolas, el segundo de abordo, que detestaba la cocina
de Karystinakis, y bebía un vaso de agua tras otro,
mientras Nikos y el telegrafista, por su lado, preferían
tomar café, los tres estaban charlando, continuamente
interrumpidos por los chirridos de las junturas metálicas
del barco, fumando y esperando la llegada al lugar donde,
dos años antes, se había hundido el Egeo II.
Orsa jamás renegaría
de las tradiciones, no poseía la soberbia para hacerlo,
el mar ejercía un poder incontrolable sobre ella
y siempre le fascinaban las palabras de la gente de mar,
una a una iba arrancándolas de sus frases y no las
olvidaba nunca. Por eso había anotado los lugares
de varios naufragios, quería esparcir kóliva
sobre las aguas en memoria de los desaparecidos. Llevaba
consigo cuatro o cinco bolsitas bendecidas en el monasterio
de San Nicolás, como mandaba la tradición.
Estas
cosas son demasiado tristes para una luna de miel le
dijo suavemente Nikos, intentando liberarla de tan triste
obligación.
No
soy supersticiosa le
contestó con tranquilidad, no había ironía
en su voz, ni arrogancia, era muy buena con él.
Se convino un matrimonio,
se celebró una boda y ellos dos, que hasta entonces
sólo se conocían de vista, debían pasar
el resto de su vida juntos. La primera vez, ella estaba
helada y él muerto de miedo, se les hizo de día
hasta que encontraron la manera, que si Nikos le acariciaba
suavemente la espalda, no muy seguro, que si cada poco se
apartaba, pero sin soltarle la mano, se daba la vuelta,
se escondía y la contemplaba, como si de una magnífica
escultura de mármol se tratara, admiraba sus finísimas
muñecas y los delgados dedos de su esposa, abandonados
a merced de su boca y de su aliento.
Hemos
llegado lo
devolvió a la realidad el primer oficial, y Stamatis,
el camarero, avisó a Orsa, que, arreglada hacía
tiempo, salió del camarote con un impermeable sobre
el vestido verde, un pañuelo cubriéndole el
cabello y la bolsita de kóliva en la mano.
El mar estaba agitado,
crecido en la arrogancia que le otorgaba el mito de Finisterre,
se santiguaron, Orsa se acercó a la borda y arrojó
la kóliva sobre las aguas cubiertas de espuma, Dios
los tenga en su gloria, dijo Nikos; con el Egeo II había
desaparecido también Sofoklís Rodokanakis,
su compañero de clase en el Robert College, y el
único de su quinta al que le había unido una
verdadera amistad, con fiestas, abrazos, besos y abundantes
lágrimas.
En la isla, la lástima
que sentía por su madre y la vergüenza que le
daba su propio padre lo habían obligado a evitar
todo contacto con las pandillas de jóvenes de su
edad, deambulaba solo por Riva y los muelles, el espíritu
del puerto, lo llamaba su tata Annezió, donde el
meltemi estival y el garbino le golpeaban el rostro, y siempre
encontraba consuelo en el tabaco, imprescindible en el bolsillo
interior de su abrigo desde los once años.
Una noche, cuando tenía
seis años, seguro que fue a los seis, porque era
su primer año de escuela, le despertó un ruido
de pasos sobre las escaleras y el suelo de madera de la
casa, su padre, por aquel entonces en tierra y seguramente
algo bebido, perseguía a su madre para llevarla de
vuelta a la cama, ¡Mersina!, y ella, muerta de miedo
y como loca, se precipitó a la calle en camisón
y huyó por la pendiente que bajaba hasta el río.
El niño corrió hacia la ventana y, entre las
sombras y la llovizna, vio cómo el camisón
blanco se perdía en las proximidades del barranco.
Annezió lo escondió entre sus brazos y, sin
cruzar palabra, ambos sabían que estaban pensando
exactamente lo mismo, él con seis años y ella
con treinta y seis, que la pobre podía caerse al
río y ahogarse.
Su padre estaba más
ansioso por embarcarse que por desembarcar, y Nikos ni siquiera
jugaba con aquellos juguetes carísimos que le traía
y cuando, cada dos años, volvía a casa cargado
de juguetes aún más fabulosos, se encontraba
con los anteriores todavía envueltos en sus paquetes
originales.
El pequeño había
encontrado una forma de castigarlo, difícil, eso
sí, porque al fin y al cabo era un niño, un
crío, y desde las cajas lo desafiaban ciclistas de
cuerda, trenes alemanes y aviones metálicos de colores.
Tenía catorce
años cuando perdió a su madre, un ataque de
hipoglucemia o algo parecido, el médico Resvanis
respondía vagamente desviando la mirada hacia el
cielo y el gran Ojo de Dios, en su opinión único
responsable.
Nikos tenía reservado
un castigo aún más duro para su padre, que
por aquel entonces navegaba por el Mar del Norte. Volvió
el capitán a casa y se encontró con que habían
urdido un complot contra él: su hijo y su cuñada
se habían conchabado y habían decidido que
el joven Vatokuzis continuara su formación en un
buen colegio de la Ciudad, Constantinopla, el Robert College,
junto a su primo, aunque la verdad es que la mutua indiferencia
no les iba a permitir entenderse jamás.
La sífilis del
padre coartaba al hijo de hacerse a la mar y, finalmente,
lo encaminó hacia las matemáticas y la Universidad
de Atenas. Ni siquiera recordaba cuántos médicos
visitó en sus tiempos de estudiante, cuántas
veces le hicieron el test de Wassermann. En su segundo año
de estudios ya había aprendido muchas cosas, no sobre
matemáticas, sino sobre todo lo demás. Ya
no pensaba en castigar a nadie.
Decidió seguir
la carrera naval y esta determinación supuso la reconciliación
tácita con su padre, había dejado los papeles
para expedir de la libreta de embarque sobre uno de los
anaqueles de mármol del vestíbulo, su padre
los examinó cuidadosamente y probablemente sintiera
deseos de abrazarle, viejo lobo de mar hasta la médula,
pero temía a su hijo desde que era un niño.
Mi
padre también estuvo en el Egeo II durante dos años
y medio como time-charter en los mares del norte de China
dijo
Orsa, y arrojó el contenido de otra bolsita por el
Asimakos, con el que había desaparecido su tío
Zemis.
Ya era noche cerrada
cuando llegaron al golfo de Vizcaya, que los recibió
con todos los honores, una enorme tempestad, visibilidad
cero y todos de pie, atados con amarras para no ser arrastrados
por las aguas, las temibles aguas; Orsa, también
atada, vació la bolsita por el Konstandinos Vúlgaris,
y aún le quedaba una más para el Nautilus,
que seis años antes se había hundido en el
Canal de la Mancha, llevándose consigo a toda la
tripulación, entre ellos, el segundo hermano de su
madre, Marios, avisadme, había pedido a los hombres;
era su tío favorito y le había enseñado
a bailar el tango.
Si
existiesen tumbas bajo el mar, el cementerio del golfo de
Vizcaya, vaya que sí, sería inmenso, inabarcable
dijo
Nikos; hubiese querido tocar a Orsa, protegerla, empapada
como estaba, pero como desde el principio había sido
ella quien marcaba las distancias y en ese instante tenía
la mente en otro lugar, sabía que no era el momento
y, además, su obligación era tener los ojos
bien abiertos, al menos hasta que el tiempo amainara.
No debía tampoco
forzar la situación. En una isla de navegantes en
la que muchos niños tenían la frente enorme
o la piel arrugada como ancianos, el recuerdo de su hermanita
muerta a los pocos días de vida, las supersticiones
y la ignorancia, lo habían empujado durante años
a una desdeñosa soledad, se había refugiado
en el trabajo, con las mujeres se sentía culpable,
y por ello, a esta criatura que le había enviado
el cielo, no quería perderla.
Orsa miraba el mar durante
horas y horas, y seguro que no era porque aquel azul la
tranquilizara, algo leía en la inmensa superficie.
Nikos Vatokuzis observaba cómo sus ojos se movían
casi imperceptiblemente de izquierda a derecha, una y otra
vez, a veces durante toda la mañana. Leía
las historias escritas sobre el azul del mar, aquéllas
evocadas por las grandes olas, pero también por las
más pequeñas, y él lo sabía
por experiencia, las olas nunca se detienen, dejan las historias
sin punto final y a los héroes sin reposo.
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