Una de pensar. RAFAEL REIG.

Inicio
Inicio
Atrás
Siguiente

La fórmula Omega:

Una de pensar

RAFAEL REIG

192 págs.

ISBN 84-89618-16-X

1950 pts. 11,71 Eur.

La fórmula Omega:<p>Una de pensar (00018)


      
CARTA DE AJUSTE


       Norte de Madrid, comienzos de los noventa. Los trenes de cercanías efectúan parada en todas las estaciones intermedias excepto Pitis.
      ¿Por qué? ¿Por qué siempre Pitis? ¿Por qué no Las Zorreras, por ejemplo? ¿Qué terrible secreto es el que nos están ocultando ahora?
      Buena pregunta.
      De día el pueblo sólo es accesible por la C-121, pero en la oscuridad de la noche se detienen en su apeadero trenes con vagones acorazados y escolta militar.
      Sensores térmicos, detectores bioactivos, alambradas de alto voltaje, campos de minas y una dotación permanente de ciento setenta y dos hombres y cuatro mujeres del Grupo Especial de Operaciones (GEO) protegen el Perímetro de Seguridad Máxima (PSM) trazado en torno a Pitis.
      A simple vista, no hay más que un almacén de ladrillo con tejado de uralita. Un letrero manuscrito advierte: «Establos Padilla Hnos. ¡Cuidado con el perro!».
      En el subsuelo pítico, a trescientos sesenta metros de profundidad bajo el nivel medio del mar en Alicante, se encuentra un búnker excavado en roca viva (granito plutónico del Guadarrama). Se trata de uno de los cinco lugares del planeta protegidos por un Perímetro de Seguridad Total (PST).
      En ellos se reúne el Directorio Secreto (DS): los doce hombres que gobiernan el mundo en la sombra; los que de verdad mueven los hilos.
      El objetivo del DS ha sido el mismo desde su fundación (siglo XV a. de C., aproximadamente): la fórmula Omega.
      Que hagan por su propia voluntad lo que nosotros queramos. He aquí el quid, caballeros En palabras de Number Eleven.
      Proyecto Pitis fue el penúltimo intento del DS para dar con la fórmula. De su fracaso, nació Venezolandia, que empezó en Estados Unidos, en l974, cuando la NASA llamó la atención del presidente Nixon sobre un grupo informal de profesores que pretendía desarrollar un modelo teórico de organización secreta.
      Sólo diez años más tarde, el Pentágono se encontraba preparado para llevar a la práctica la operación clandestina más ambiciosa de su historia.
      El l6 de septiembre de l984, una orden ejecutiva de Ronald Reagan autorizó al general Andrew A. Alexander a iniciar la primera fase: un experimento a escala reducida para el que fue seleccionada la pequeña población al norte de Madrid.
      En l990 Pitis tenía censados ochenta y tres vecinos, todos funcionarios del Ministerio del Interior. El pueblo entero no era más que una pantomima: el cura era un agente que se hacía pasar por cura, el cartero hacía de cartero y hasta el borracho local esperaba instrucciones en morse para tomarse la próxima.
      Y cada uno de ellos tenía el convencimiento de ser el único agente destacado en Pitis con una misión secreta y bajo identidad fingida.
      La idea original del grupo de docentes partía de un hecho conocido: que la vida, esta vida, resulta inaguantable para la mayoría de las personas.
      Sus investigaciones revelaron que lo que hacía la existencia tan difícil de soportar no eran las adversidades, como se había creído hasta entonces. Al contrario, comprobaron que las personas eran capaces de sobreponerse a n+1 magnitudes de tragedia. Enfermedades, muerte de seres queridos, irreparables pérdidas materiales y morales, bancarrotas, divorcios, conflictos bélicos..., lo mismo daba. Siempre salían adelante.
      A lo que no sabían cómo enfrentarse, en cambio, era a la vida corriente de todos los días. No podían con ella. Curioso, ¿verdad? Pues los experimentos no dejaban lugar a dudas: era la vida lo que no tenía arreglo.
      La propuesta del grupo informal consistía en convertir a la totalidad de la población en agentes secretos. A cada individuo se le asignaría una peligrosa misión y una falsa identidad para llevarla a cabo. Según sus hipótesis, si alguien actuaba, por ejemplo, como albañil, en lugar de ser de hecho albañil, no se sentiría tan descontento de sí mismo. Ventaja adicional (que no pasó inadvertida al DS): a un agente secreto no se le iba a ocurrir nunca ponerse a organizar una huelga. El albañil de nuestro ejemplo viviría su vida corriente (inaguantable), pero lo haría por motivos de seguridad (con el entusiasmo que despiertan las auténticas aventuras).
      ¿Habremos encontrado por fin la fórmula? se preguntaba Number Four.
      Paciencia, caballeros, pronto lo sabremos.
      A los seis meses de la apertura, algunos agentes comenzaron a dar muestras de agotamiento nervioso. El cartero se olvidaba de su misión y llegaba a creerse un cartero de verdad, y el sacerdote había dejado de ver la diferencia entre ser sacerdote y comportarse como si fuera sacerdote. Pronto surgieron las complicaciones añadidas por el imprevisible factor humano: el agente bajo cobertura de farmacéutico se enamoró de la que operaba con la identidad de maestra y acabó confesándole que él era un agente secreto. La maestra respondió que entonces sí que estaban hechos el uno para el otro, Feliciano (su nombre en clave), puesto que ella, ídem de lienzo: ¡qué casualidad tan grande, ¿no?! Ambos lo comentaron con el agente caracterizado de bibliotecario, que envió a sus superiores un telegrama cifrado.
      Fatiga de combate diagnosticó el general Alexander, y ordenó algunas modificaciones sobre el plan original.
      Se abrieron otros cuatro enclaves ficticios (Torrelaguna, Teruel, Cangas de Onís y Medinaceli) para facilitar la rotación de los agentes y se intentó dar una nueva forma a la misma idea.
      Así fue como nació Venezolandia, en pleno funcionamiento desde 1991.
      Se trataba de un país conjetural, cuyos habitantes no vivían sus vidas, sino que las representaban, igual que los actores de una película, pero con guión escrito bajo tierra, al norte de Madrid.
      
Capítulo 1
      LA MANO DE NIEVE


      Mientras tanto, muy lejos de Venezolandia, en el centro de Madrid, había un hombre que se decía por su cuenta: ¡mi vida es un film! porque le parecía una reposición de la segunda cadena, en blanco y negro y, ¡encima!, protagonizada por alguna otra persona. ¿Por Maribel? ¿Por el comisario Torrecilla? ¿Por el doctor Carranza? ¿Por un pasajero cualquiera? Y él, ¿qué pintaba allí, si ni siquiera sabía en qué película estaba haciendo de extra?
      Antes Antonio Maroto iba para genio, pero ya estaba de vuelta.
      Esto no quería decir que por fin los demás pudiéramos respirar tranquilos. Conducía un taxi, componía problemas de mate en tres y había organizado el Comando Suicida del club Gambito: ¡el mayor peligro al que nos hemos enfrentado jamás!
      Circulaba sin prisa por los Bulevares, a poca distancia de las aceras, para salpicar los tobillos de los peatones en las paradas de autobús.
      No sé los compañeros, se quejaba, pero en mi coche sólo se monta el español de a pie. Las señoras con paquetes, los que acaban de llegar en el tren, el que tiene la pierna escayolada...
      El taxi era aburrido y el comando seguía en el ángulo oscuro, a la espera de los acontecimientos.
      La verdadera acción trepidante no acababa de desencadenarse nunca y Antonio empezaba a sentirse estafado. ¡Que nos devuelvan las entradas! A ver si ahora resulta que estaba en una película de pensar. O peor todavía: ¡francesa!, porque no hacían más que hablar por hablar, ver crecer la hierba del Retiro y mirarse unos a otros poniendo caras que debían de ser muy significativas, sí, de acuerdo, pero ¿significativas de qué significados, por favor?
      A él, que le registraran.
      Con buena voluntad, se movía sin volverse sobre sus pasos, no fuera a tropezar con un cable; avanzaba en línea recta, como los sonámbulos, sin movimientos bruscos que le hicieran salirse de plano; y se esforzaba por recordar que no podía mirar a la cámara.
      Daba lo mismo. Nunca se materializaba la prometida acción trepidante, ¡la hora que era, septiembre del 92!
      Entonces fue cuando se paró a beber en una fuente, que es una de las cosas que hacen en cuanto pueden los taxistas, y en ese preciso instante estalló la noticia de última hora: Bobby Fischer iba a jugar, lo acababan de dar por la radio del coche.
      ¡La fórmula Omega estaba a su alcance!
      Metió la cabeza debajo del chorro de agua, por si le subía la fiebre.
      Al otro lado de la Castellana, al final de la cuesta de Don Ramón de la Cruz, se veía la curvatura del planeta, dibujada a mano sobre la raya del amanecer.
      
Capítulo 2
      NOTICIAS DE L. A.


      Eran hombres que a partir del 75 habían puesto sus vidas entre paréntesis, hasta que apareciera una señal en California.
      Un escritor encallado, Rafael Ruiz; Francisco Ulizarna, un historiador miope que había sido vigilante nocturno; y un ingeniero de caminos, canales y puertos, Benito Vela: tristes, tenues, solitarios seres que cada día arrastraban los pies (inconsolables, se me olvidaba) hasta el Café de la Anunciación, para escuchar a su Presidente Perpetuo, el onomatopéyico y algo políglota doctor Claudio Carranza von Thurns.
      El club Gambito de Dama era el templo en que se rendía culto a la Segunda Venida del Mesías de Brooklyn, Robert James Fischer, el Gran Ausente, que había estado en paradero desconocido desde el 15 del XII del 75 a las 3.30 p. m.
      ¿Cómo seguir viviendo sin saber dónde estaba Bobby? ¿Para qué volver a casa por las noches? ¿Cómo no pedirle otra a Arturo, la penúltima? Durante años estudiaron el Santo Evangelio de sus partidas en notación algebraica y se repetían unos a otros, con voz devota y temblorosa, los escasos particulares que se conocían de su vida: su afición a la comida china, su incapacidad para comprender el valor del dinero, su insistencia en reclamar habitaciones sin vistas en los hoteles, para que nada, ni siquiera un paisaje, distrajera su sobrehumana capacidad de concentración. Se decía que dormía en las aceras de Los Ángeles y que, a veces, disfrazado de vagabundo, jugaba en los parques un blitz de incógnito, a cambio de un par de dólares; se aseguraba que podía oír la voz de Capablanca, con quien mantenía conversaciones secretas en spanglish; se creía que no había vuelto a jugar, pero
      también se afirmaba que no hacía otra cosa que meditar inclinado
      sobre un tablero y que estaba a punto de resolver el misterio del juego y de encontrar así la fórmula Omega que precipitaría el desenlace de la historia de la humanidad y desataría el nudo ciego que apretaba aquellas vidas difíciles del Café de la Anunciación.
      Carranza dirigía las plegarias, en las que repasaban como cuentas de un rosario los muy sublimes misterios de su vida.
      Fue concebido en el vientre de Regina Wender Fischer Pustan, y eligió venir al mundo en un apartamento amueblado de la gélida Chicago, la ciudad azotada por los vientos, uuuuuh-uuuuuuh, el 9 de marzo de 1943, a las dos horas y treinta y nueve minutos de la tarde en punto.
      Bobby, eleison.
      En ese momento exacto, Marte, Mercurio, Saturno, Urano y Neptuno se encontraban alineados en los vértices de un triángulo equilátero, ¡click!: la misma formación estelar que precede a los terremotos.
      Parce nobis.
      ¿Cinco planetas en tres vértices? murmuraba el ingeniero Vela, pues no me salen a mí las cuentas.
      No seas banal, Benito le regañó Paco Ulizarna.
      Fue abandonado por su padre, Gerhard Fischer, al cumplir los dos años.
      Miserere nobis.
      A los seis, su hermana mayor, Joan, le enseñó a mover las piezas.
      Libera nos, Bobby.
      A morte perpetua.
      A flagello terraemotus.
      Per adventum tuum.
      A los trece ganó la primera Partida del Siglo.
      Te rogamus, audi nos.
      A los catorce, era campeón de los Estados Unidos de América.
      Abundo: exaudi nos.
      A los quince años se había convertido en el Gran Maestro más joven de la historia y fue presentado a los sabios del templo. Viajó con Joan a la Unión Soviética, donde los filisteos estalinistas se negaron a enfrentarse a un niño, salvo Tigran Petrossian, que le concedió un blitz..., ¡un solo blitz, camaradas!
      Kyrie, eleison.
      A los diecisiete abandonó el colegio y comenzó a prepararse para su Misión.
      Libera nos a malo.
      En 1972 le arrebató la corona a Boris Vasiliévich Spassky, pero fue crucificado en el Gólgota islandés por la FIDE del doctor Max Euwe, que se lavó las manos, como Poncio Pilatos, plas-plas, y aquí no ha pasado nada.
      Propitius esto.
      Habitó entre nosotros, pero no quisimos reconocerle... protestas entre los afiliados. Hablo en general, caballeros puntualizaba Carranza, y seguía entonando: Desapareció de nuestra vista para castigar tanta ingratitud. Él nos ha desamparado, a ver si así escarmentamos...
      No dio señales de vida hasta el 82, cuando apareció una publicación de catorce páginas titulada: I Was Tortured in the Pasadena Jailhouse!
      ¡Yo estuve martirizado, supliciado, diríamos, en la cárcel-casa, o sea, la mazmorra de Pasadena, que es nombre de lugar! tradujo Carranza.
      El folleto explicaba que había sido detenido. Se trataba de un montaje (acusación falsa, policías comprados, jueces de pacotilla, etcétera) cuyo único propósito era hacerle pasar una noche en comisaría. ¿Para qué? Pues, una vez narcotizado con Nembutal, para instalarle micrófonos en no se sabía si tres o cuatro piezas dentales. Se proponían obtener grabaciones magnetofónicas de sus pensamientos. ¿Con qué objeto? ¡Apoderarse de la fórmula Omega, claro está! Se decía que Bobby la había descubierto por fin en el lavabo de un motel de Sausalito. En pocas palabras, era un señor complot. El Pentágono y el Kremlin estaban detrás de todo. Los bancos suizos también. Y Krupp. Y el Mossad, con los judíos del New York Times (al que Bobby llamaba Jew York Times).
      Seis años después, en 1988, Bobby envió otra señal de difícil interpretación para los afiliados. Patentó un nuevo reloj de ajedrez que, en lugar de restar, sumaba tiempo cada vez que un jugador movía. ¿Les estaba pidiendo que tuvieran más paciencia o insinuaba que debían entrar en acción y hacer algún movimiento? Carranza interpretó que les convenía disponer de una unidad armada y ordenó al nuevo socio, Toni Maroto, el taxista gordo, la creación del Comando Suicida.
      Después del 88..., ¡silencio!, ¡impaciencia!, ¡oscuridad total!
      El curso del tiempo permaneció detenido hasta su reaparición en 1992. Se enfrentaba de nuevo con Spassky en territorio de Venezolandia, la nueva monarquía creada por la unión de las repúblicas rivales de Hertzia y Catodia.
      La expectación era angustiosa; la angustia, intolerable; la tolerancia del genio, minúscula. ¿Y si después de todo dejaba de jugar? ¿Y si se retiraba por culpa de la altura de la mesa, de una bombilla fundida o de la distancia a la que estuviera la primera fila de butacas?
      Esa misma tarde apareció en el café el benjamín de los afiliados, Toni Maroto.
      Venezolandia está en guerra civil anunció.
      ¡Será posible!
      Los americanos acaban de decretar un bloqueo y no quieren dejar jugar a Bobby..., la partida está aplazada sine die...
      Sin el día, ablativo de tiempo indefinido explicó Carranza.
      ¿Qué va a ser de nosotros?
      Derribados sobre los veladores, aquellos hombres de acero se echaron a llorar como niños de corta edad.
      Sólo tenían ganas de cerrar los ojos y que alguien les sujetara la cabeza entre las manos.

Prepublicaciones Lista de Correo Premios Búsqueda
Novedades Colección Rescatados Colección Nueva Biblioteca Colección Otras Lenguas