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Espécimen
macho
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IEGOR GRAN
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320 págs.
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Traducción: María
Teresa Gallego Urrutia
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ISBN 84-89618-95-X
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19.50 €.
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1. Las sabinas
Día de la Catástrofe
De mala gana, el planeta Tierra
ronronea en el inseguro eje; sin apresurarse los continentes
derivan como tendidos en una playa; el viento trae la lluvia
y aguijonea con ella el bidé de los océanos;
la vida se mueve.
Amanece en la avenida; un amanecer
con tez de desenterrado reluce apocadamente bajo los faros
de los coches al humedecerlo el calabobos, espera el canto
del gallo en la esquina del suburbio del Este, se acerca
a la ciudad andando de espaldas. Querría escabullirse,
volverse por donde ha venido para tomarse un permiso, un
día sabático, digamos; no se siente nada motivado
y no es para menos, nota que está a punto de suceder
un cambio, que lo están esperando para que empiece
la sesión.
Ahogados en la mañana gris,
los edificios respiran con ese sosiego de quienes están
concluyendo una honrada noche de letargo. El terraplén
florido les hace las veces de corona. Podrían parecer
eternos.
Una iglesia emerge del asfalto y
monta guardia, soñolienta. Está senil esta
antigua iglesia, no ve el peligro que repta hacia la ciudad,
la dulce tisana de las vísperas le ha mermado la
diligencia, la ha ido desgastando la rutina de las fiestas
apostólicas, se yergue como un raído espantapájaros.
A la izquierda del campanario, bajo
el patio porticado húmedo, una escuela vacía
está esperando su hornada de niños. Más
allá, una cárcel. Enfundado en las paredes
de una celda que ha encogido con los lavados el asesino
en serie sueña con una mujer hecha pedazos. Todo
está tranquilo. Un ruido no obstante: el viento raspa
los árboles.
Golpean las contraventanas en casa
de la señora del quinto. En la planta baja el gato
se sobresalta. En su reloj interno es la hora de que llegue
la lata de conservas, ese pastoso paté de conejo
que le traen las varices de los mil sedimentos. El gato
hace una pirueta muda. El cotidiano nacimiento de la lata,
tan místico como el nacimiento de Venus, es un renovado
milagro que prueba la existencia de Dios.
Entorno al gato nadie se mueve.
¿Se habrán olvidado de él? El gato
calibra el cubo de la basura. Salen de él efluvios
de pescado, el olor juega a imitar una sirena, el gato tiene
un ogro en la tripa.
Ten paciencia, le sugiere el Dios
de los gatos. Ya llegará el conejo. Te lo traerán
las varices, como todas las mañanas, vitaminas y
calcio vermífugo. Las varices están programadas
para servirte. No son seres conscientes y su ego consiste
sólo en un parasitismo sistemático de tu capacidad
para crear bienestar. Te acarician para aliviar su tensión
arterial. En ningún caso podrían vivir sin
ti. Ten paciencia, gatito, comerás a gusto sin tener
que esforzarte, ¿cuándo se ha quedado abandonado
un gato de portera? Mira por la ventana para hacer tiempo,
cuenta los árboles.
Golpean las contraventanas, se alza
el viento, el gato se estira, nervioso. En su hambrienta
memoria la lata crece simétricamente. Se hincha hasta
convertirse en un pensamiento punzante, casi desagradable.
¿Por qué no alza su canto matutino la esclava
de las varices? ¿Dónde se ha metido? Cierto
es que el otro día la arañó someramente,
para entretenerse. ¿Es acaso una razón para
desertar así? No puede ser. ¿La habrán
irritado tanto esos pelos que deja él en el sofá
que ha preferido salir huyendo? ¿O será su
olor de gato macho cuando tiene sus necesidades?... Cuanto
más lo piensa, más se le obnubila la razón,
el gato divaga.
No te hagas preguntas que sean demasiado
complicadas para ti, se enfurece el Dios de los gatos. Escucha,
insolente.
Las contraventanas golpean, los
despertadores suenan, la ciudad abre los ojos por sucesivas
oleadas de asalariados. Bajo la anestesia del sueño,
vegetan estos, aún amparados en las mantas. ¡Las
contraventanas golpean! Ha llegado la hora de levantarse
en este maldito y desventurado día.
Debajo del radiador, un hueso de
pollo vigila al gato. Ni se te ocurra (advierte Dios), esas
son las típicas cosas que provocan una perforación
intestinal.
Golpean arriba las contraventanas,
qué molesto, a nadie se le ocurre sujetarlas, la
saliva se suma a los jugos gástricos, golpean las
contraventanas, giran las gotas, suenan los despertadores:
no hay nadie.
La señora del quinto ha desaparecido.
La portera ya no existe. Los gatos no saben nada de abrelatas,
¡Malditos seáis, dioses sádicos, que
hacéis tan dependientes a vuestras criaturas!
Un gato persa se le afila las uñas
en la garganta. El empleado Martin se alza penosamente en
soledad vertical.
Menudo timo esto de la evolución,
maldición y escorbuto, piensa mientras enciende la
cafetera. ¡Qué evolución ni qué
glándulas! Nadie ha evolucionado nunca. Bacterias
es lo que seguimos siendo, o casi. Con esa misma psicología
de parásito y esa misma programación genética
que nos anima a zampar dulces en las panaderías,
la misma malignidad a presión en un cuerpo fofo,
la misma masa de poquísima monta. Unas bacterias
peludas feísimas, eso es lo que somos, y el empleado
Martin se ve a sí mismo en primera fila de la galería,
se ve en el papel de bacteria reina, se mortifica con refinada
pasión, todo un encaje de masoquismo, porque se nota
la cabeza completamente macerada, debe de ser el estrés,
sí, el estrés. La pelea de ayer por la noche
con Sylvie.
La pelea fue el remate de una semana
pero que muy penosa. En el ministerio venga a darle la lata
con un trabajo que tenía que entregar, el encargo
llevaba seis meses de retraso, el jefe empezó a aplicarle
el soplete a Martin. El pescuezo del contribuyente no es
una goma elástica, decía el jefe, se estira
como el de una jirafa, el día menos pensado se romperá.
¿Y qué fusible es el que van a cambiar en
plena plaza mayor? A ver, Martin, soy todo oídos;
pues tú, empleado payaso, pobre mío, estás
el primero para acabar en la batidora, prepárate
para la vivisección, no te hagas ilusiones.
Demasiada carga para el burro. Y
él reaccionó como un radiador purgado, hizo
que esa presión repercutiera en Sylvie, sí,
es triste decirlo, es incluso lamentable; lo mismito que
una correa de transmisión, le largó al prójimo
el mal humor como Moisés las tablas de la Ley, dejó
que la acritud se cebase con las sobras de su familia. De
frase en frase los dos se meten entre pecho y espalda esa
marea negra, y ya no hay forma de dar marcha atrás,
los gritos y las lágrimas de regadera tenaz les oprimen
a ambos la garganta, y también las palabras hirientes.
Egoísta impotente, dijo ella, microbio. Esa fue la
palabra de más. Microbio.
Al empleado Martin le sentó
muy mal. Volvió a ver en un estroboscopio mental
los años que se había pasado chupando de las
ubres de la función pública, esos días
en que come uno en el ministerio hablando de las vacaciones
en la nieve mientras mastica apio con mayonesa de mostaza,
esa máquina de café que se estropea cuando
le pones el vaso de cartón, ese cartel de Ibiza pegado
en la pared con papel celo amarillento encima de la fotocopiadora.
Todas las mañanas lo llama la voz translúcida
de la directora para asegurarse de que está en su
puesto. Buenos días, Martin, ¡radiante día
y que le cunda el trabajo! Que no se le olvide, Martin,
que el comité de empresa le proporciona entradas
para el cine con tarifa reducida. ¡Aprovéchelas!
Lo de los jefes no es para tanto,
les sonríes y piensas: So piojo, no te creas que
vas a poder leerme los pensamientos; así que lo de
los jefes no tiene mayor importancia. Lo de los colegas
es peor. Quieren participación. Pretenden hacerlo
caer a uno en el cenagal de su vulgaridad. Cuando va Martin
por los pasillos, a veces se cruza con algunos que se creen
en la obligación de dirigirle la palabra. «Ya
falta poco para el fin de semana», gorjea la responsable
de los viernes. Y por el tono se le nota que está
esperando una contestación. Sólo que si comete
él el error de entablar conversación, ella
empieza con el tema del hambre en el mundo, o con la boda
de la princesa, y entre unas cosas y otras ya se te han
ido veinte minutos de vida. La insignificancia de la charla
recuerda un ping-pong de mediocridad que le resulta especialmente
doloroso al amor propio. Y pensar que un día soñó
con ser artista, fotógrafo quizá, y que ahora
está atrapado en la máquina de tirar la vida
por la ventana.
La guinda del pastel es que cuando
vuelve a casa se encuentra con la carucha redonda de Sylvie,
todas las noches la misma cara de hamburguesa, más
o menos irritante, que anda de un lado para otro por el
salón, cansada también ella tras un largo
día asalariado; tanta costumbre tiene de verla que
ya ni se molesta en mirarla, con ese pelo de color de orines
que se empeña en teñirse de castaño.
Los ojos ojerosos se le hunden cada día un poco más
en la cabeza. Cuando se desnuda, lleva una de esas bragas
del año de la polca que se ven en los catálogos
de venta por correspondencia. Con una braga así en
la biografía, ¿adónde va a poder uno
llegar?
El microbio le dio una bofetada
a Sylvie. No muy fuerte, una bofetadilla, por así
decirlo, los restos de lucidez frenaron el golpe in extremis,
pero es un símbolo, la primera bofetada de su matrimonio
restalló en la ciudad. Y en el acto Martin se quedó
inmóvil como ante un precipicio. No por ello se esfumó
la bofetada. Le siguió sonando en los oídos,
le pareció que se había amplificado, su restallar
se expandió en miles de microbofetadas. Por las balaustradas,
por las espantadas gárgolas de la catedral, por las
tejas del Palacio de Justicia, por doquier: la bofetada,
como un vuelo de gorriones, el chapoteo de esa bofetada
volvía hacia él para darle en la cara.
Tras la bofetada, andan de morros,
cada cual por su lado. Sylvie llora bajito, parece una bañera
vaciándose. Bah, se dice él como si eructase,
mañana ya ni se acordará, la noche apacigua
y cura, las lágrimas de mujer nunca son para tanto.
Mientras espera que se vaya despejando la tormenta, hojea
Photo Amateur y, qué mala suerte, se topa
con unas chicas que le parecen repulsivas, demasiado deportivas
con esos trajes de baño tan escotados en las ingles,
y les abultan bajo la piel unos músculos que no pintan
nada en una mujer, unos rosarios de músculos como
vagones de ganado. Decepcionado, busca refugio en una revista
femenina.
Luego mira de reojo a Sylvie. Se
ha calmado y en el rostro se le lee ahora algo así
como una espera teñida de optimismo, como si estuviese
en la cola de una película de risa; así que
Martin se siente aliviado, Sylvie ya no le guarda rencor.
Con la conciencia bien saneada, se duerme soñando
con nalgas que se aprietan, una plenitud como un ungüento,
a ver si se hace pronto de día y por la mañana
todo se ha cicatrizado ya. ¡Por la mañana!
Por la mañana, Sylvie ha
desaparecido; Martin se despierta y tiene al lado una funda
nórdica arrugada, un pijama y todo el vacío
que uno pueda imaginar, con el hueco de su mujer entre las
almohadas; sin más despedida y sin más nada,
se ha largado como si se hubiese evaporado, a la oficina
seguramente, con tres cuartos de hora de adelanto. QUÉ
RARO. No se ha llevado ninguna de sus cosas, ni las llaves,
ni el bolso. El portátil está ahí tirado
entre el contenido del neceser de maquillaje.
No, claro que no. Martin va recuperando
la conciencia, no está en la oficina. Durante la
noche, se ha ofendido por la bofetada y se ha ido a casa
de su madre mientras él dormía. Es una reacción
desmedida por una bofetada que él lamenta, desmedida
pero previsible. Ahora habrá que pegar los pedazos,
disculparse con la cabeza cubierta de ceniza y el espinazo
doblado, una penitencia severa que lo volverá aún
más insignificante, microscópico seguramente.
¡Como para hundirse del todo en el anonimato!
El empleado Martin no está
ya para andarse con matices. El bienestar familiar pasa
por delante del orgullo. Y sobre todo no hay que olvidarse
de eso del divorcio, que siempre entra dentro de lo posible,
un divorcio al acecho, dispuesto a aprovecharse de la torpeza
de Martin para destruir su tranquilidad. ¿Que iba
a ser de Martin si Sylvie pide el divorcio? A los treinta
y siete años ya no es fácil volver a encontrar
otro árbol donde ahorcarse, los rodajes están
como desgastados, ya ha pasado uno por el terremoto de la
primera arruga. Menudo cisco para dar con otra mujer. Las
mujeres dispuestas a cohabitar la vida nunca se han apiñado
en sus agendas. Sin olvidarse de que Sylvie tiene buenos
ingresos. Un trabajo estable. La paga extraordinaria despliega
su guirnalda navideña. Entre el parpadeo de las bombillas
mágicas, le guiña un ojo la espantosa verdad:
no le iba a ser nada fácil prescindir de Sylvie.
¡No, no pedirá el divorcio!
Martin hará lo que haya que hacer para quitarle esa
idea. ¡Tiene que llamarla ahora mismo y convencerla!
Martin juguetea con la memoria del
aparato. La suegra está en primera línea de
fuego, en la tecla: «Llamada VIP». Marchando
una de suegra. Deja que suene el timbre diez veces. Allá,
en provincias, nadie descuelga, vacío total. Sale
de escena la suegra.
Se toma el café pensando
en qué querrá decir eso, las suegras están
siempre disponibles, como el agua corriente; a veces te
inundan; pese al relativo alejamiento las lleva uno siempre
a cuestas; no hay pelea familiar en la que no se apresuren
a meter su trasero perfumado de gran señora.
Probemos con las amigas. Busca al
azar en el cuadernito de los teléfonos. Clotilde.
Nada. Estelle. Nada de nada. Brigitte, contumaz. Ninguna
responde. Bueno, pues ya está claro, eso es que el
teléfono no funciona.
De pronto ¡rinnnggg!,
el trasto suena, ¡rinnnggg!, la vida social
entra a empellones en el aparato en un abrir y cerrar de
ojos. Martin recobra la altanería. Debe de ser Sylvie
la del ¡rinnnggg!, irse sin una palabra de
disculpa, ¡rinnnggg! ¿Dónde se
ha visto nunca semejante frescura? Descuelga al quinto timbrazo,
se esfuerza en poner una voz de cuarzo, no, no está
preocupado, no, no piensa hacerle ningún reproche.
¿Sylvie?
Oye la respiración familiar
y atascada de un ancianito cansado:
¿Oye?
¿Eres tú, hijo? ¿No sabrás por
casualidad dónde se ha metido tu madre?
Martin nota una decepción
acompañada de odio, porque el mono viejo ese le está
robando unos segundos valiosísimos. Es posible que
Sylvie esté intentando hablar con él; y el
teléfono, comunicando.
No,
papá contesta .
Voy con prisa, perdona. Te llamo luego.
Espera,
no cuelgues dice
a sobresaltos la voz por el auricular .
¡Espera! ¡Espera! Mamá se ha esfu...
A Martin se le ocurre una idea.
Se han ido las dos de rebajas, mamá y Sylvie, a unas
de esas rebajas a las que van las mujeres. Habría
que mirar el periódico, seguramente debe de haber
algún acontecimiento, una tienda de liquidación,
eutanasia comercial.
Busca el periódico, se pone
nervioso; ay, si fuese capaz de entender algo en el calendario
de las rebajas, las fechas, los descuentos. ¿Y a
qué teléfono llamar? Prueba con algunos al
azar, todos están comunicando, como si una conjura
planetaria se hubiese propuesto fastidiarlo. Paralelamente,
la razón va recuperando terreno. Unas rebajas a las
siete de la mañana, sin previo aviso, la cosa podría
tener un turbio pasar, pero sin llevarse el monedero...
ABSURDO.
Una preocupación ebenácea.
El empleado Martin se niega a dejar que se adueñe
de él. Quiere marcar otros dos o tres números,
la oficina de Sylvie, por supuesto, y su oficina de la seguridad
social, y el de la policía, al final. Y en estas
su teléfono se niega a obedecerle, debido a la gran
afluencia de llamadas hay saturación de líneas,
vuelva a llamar dentro de unos días; le da un golpe
rabioso al auricular en la esquina de la mesa, con el mismo
ademán amplio que usó la víspera contra
su mujer, pero más seco: con el teléfono no
tiene ningún lazo afectivo.
El aparato electrónico borbotea
en el terrazo. Y parece que dice: «Sylvie, ¿dónde
estás, Sylvie? Sylvie, bonita, ¿te acuerdas
de nuestros momentos de dicha?».
Por más que Martin aparta
los ojos del auricular, ya es demasiado tarde, ya se ha
apoderado de él la nostalgia. Subiendo por capilaridad
por los recuerdos de juventud arriba, mil fragmentos de
Sylvie se toman la libertad de meterse en el piso y desafiar
burlonamente a Martin. Una merienda campestre y Sylvie con
sombrero de ala ancha y bailarinas. Una Sylvie de veinte
años quitándose el sostén. Las manos
de Sylvie con la tostada del desayuno. Sylvie asomándose
a la barandilla del piso y enseñando candorosamente
las nalgas. Sylvie acariciando las largas pestañas
de Martin al tiempo que se le enrosca en la cintura. Un
regimiento de Sylvies desfila por los bulevares a los compases
de la guardia republicana. Vamos, si es que nunca había
pensado tanto en su mujer, es como si rompiera una ola.
Y entonces, como si quisiera hacerle
burla, ve el delantal de Sylvie colgado del asa de la puerta
de la nevera, nunca hubo delantal más hermoso, tiene
estampadas unas recetas estupendas, unos platitos hechos
con mucho mimo con los que ella lo agasajaba. ¿Quién
lo va a cuidar ahora? Bajo su capa de bechamel, un pato
a la naranja mira a Martin de arriba abajo con mudo reproche.
Una reliquia es el delantal este tal y como están
las cosas; cuelga con la melancolía del perro abandonado,
lo mira con ojos fieles, emana de él un aroma a chalotas.
En este momento, vale muchísimo más que una
situación de asalariado.
Martin se lanza en picado debajo
de la mesa: Auricular bonito, tienes que funcionar, auricular
querido, polla mía, tesoro mío, perdóname,
dame línea, por favor, lo necesito. Vuelve a montar
el aparato con torpeza. Los cables se conectan con una succión
sibilante. ¿Oiga? ¿Oiga?... ¿Es el
ministerio?... ¿No es el veintiocho sesenta y tres?...
Perdone... Hale, otra vez. ¿Oiga? ¿Me oye?
Querría hablar con la directora... De parte de Martin...,
el empleado Martin... Martin, de la célula informática,
sí...,espero... ¿Que no está?... ¿Seguro?...
Bueno, pues dígale cuando llegue por la Pascua o
por la Trinidad que hoy tengo que ir más tarde. Un
asunto de familia que tengo que solucionar. Lo siento mucho.
Recurran a un interino.
Ante el tazón de café
con leche, que se ha quedado frío, el empleado Martin
está en plena rebelión. Va a pasarse la mañana
llamando acá y acullá; luego, cuando su razón
haya asimilado el espantoso contratiempo que ha caído
sobre el universo, se desparramará sollozando en
la moqueta y se dará de bofetadas, ahora le toca
a él, con mucho arranque, como si golpease una pelota
de voley.
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