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Tres cuadrados
rojos sobre fondo negro
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TONINO BENACQUISTA
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160 págs.
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Traducción: José
Lius Sánchez-Silva
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ISBN 84-96080-06-4
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19.50 €.
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Últimamente me cuesta descansar,
quizás sea cosa del colchón. Con la paga de
hoy voy a poder comprarme uno nuevo. La galería acaba
de abrir, Liliane está como una rosa. Aunque es cierto
que ya son las once de la mañana.
Jacques
ha pasado a las nueve. Te manda un abrazo.
Medio dormido, me siento cerca de la mesa de recepción,
donde todavía queda una copa de champán vacía.
¿Acabasteis
tarde?
A
medianoche dice
ella .
Había cantidad de gente. Y tú, ¿a qué
hora acabaste? Por la cara que traes, estuviste de juerga...
Por toda respuesta, bostezo.
Te
he preparado la nómina, sólo tienes que comprobar
las horas y voy a que la firme Coste. Y luego, hop, Antoine
se mete la pasta en el bolsillo y desaparece y no volvemos
a verlo hasta la clausura, ¿no?
Es verdad que nunca pongo los pies
por aquí entre la inauguración y la clausura
de una exposición. Es Jacques quien se ocupa del
mantenimiento, una vez a la semana.
¿A
quién pertenecen las obras? pregunto.
Son
patrimonio nacional. Morand hizo una donación al
Estado.
Patrimonio nacional... A todo el
mundo, entonces. Incluso un poco a mí. La Coste nos
explicó que había conocido a Morand a su regreso
de Estados Unidos, y que su trabajo le gustó mucho.
Estaba muy interesada en esta retrospectiva.
El
Ministerio de Cultura nos ha prestado las obras durante
un mes dice
Liliane .
Después de la clausura vuelven todas al depósito.
A ti te gusta mucho el depósito, ¿eh, Antoine?
Claro que me gusta. Es una gigantesca
reserva de obras donde se almacena parte del patrimonio.
Trabajo allí en verano, durante las vacas flacas,
cuando cierra la galería. Fue Coste quien me enchufó
para conseguir el curro.
¿Y
cuándo es la próxima exposición?
El
22 de marzo. Tendréis cuatro días para montarla.
Y, viendo las obras, vais a sudar lo vuestro.
¿Cómo
son?
Instalaciones,
objetos sobre pedestales.
Mala noticia... Me temo lo peor.
Es lo que más odio, los objetos, las estatuillas
africanas con walkmans, los cepillos de dientes sobre
perpiaños, los balones de baloncesto en un acuario
y cosas por el estilo. Es la tendencia post-Emaús.
El arte contemporáneo lleva tres años haciéndole
la competencia a los traperos. Es el culto a lo práctico-inerte.
Uno ve un abrelatas en un pedestal y se hace todo tipo de
preguntas que no se le ocurrirían en su propia cocina.
Estamos buenos... A Jacques y a mí aún nos
queda risa para rato. Cuántas veces habré
respondido a los visitantes que el cenicero y el paragüero
no forman parte de la exposición.
Vigílame
el tinglado un cuarto de hora. Vuelvo con tu cheque.
Es el procedimiento habitual. Me
gusta jugar a los guardas de museo, así puedo despertarme
tranquilamente. Pero es un trabajo de titán. Requiere
un verdadero arte de la inercia. Los guardas de museo siempre
son motivo de cachondeo, uno se pregunta en qué pensarán;
se dice que todos están enamorados de una obra, que
se pasan el día soñando despiertos, sentados,
durante treinta años, con la mirada a la vez extraviada
y fija en la misma naturaleza muerta. Casi siempre un faisán
desplumado y dos manzanas maduras sobre una cesta de mimbre.
Aunque aquí se trataría más bien de
un faisán de mimbre y una cesta madura sobre dos
manzanas desplumadas.
Por curiosidad, paso la vista por
el libro de firmas para leer la lista de elogios, insultos
y pintadas que dejaron anoche los visitantes. Si uno le
echa un vistazo el día siguiente de la inauguración,
ya sabe si la exposición va a funcionar o no. Y la
retrospectiva Morand va por mal camino. «Impresentable,
y paga el contribuyente» o «Excelente exposición.
Bravo» o «Yo lo hago mejor. Aquí tienen
mi dirección»o incluso «30 años
de retraso. ¡El arte contemporáneo no se acaba
en los sesenta!».
Me gusta ese enorme libro blanco,
es el único medio que tiene el público para
dar su opinión, anónima o no, sobre lo que
acaba de ver. La exposición Morand no llegará
a los diez visitantes al día. Y eso que normalmente
todo el mundo sabe que, al entrar en una galería
de arte moderno, asume un riesgo; la gente no viene necesariamente
para ver cosas bellas y armoniosas. Si no, irían
al Louvre. Y los que, como yo, no entienden una palabra
y se atreven a dar tres pasitos tímidos hacia lo
más difícil de comprender que hay, esos tienen
derecho a garabatear una notita en el libro de firmas.
Un tipo entra y sonríe.
¿Se
puede visitar la exposición?
Sí.
¿Es
gratuita?
Sí.
Adelante.
Ni siquiera echa un vistazo a la
escultura de la entrada, desaparece en una de las salas.
Rápido, el tío. Lleva toda la panoplia del
gentleman-farmer. Si tuviese pasta, yo también
me vestiría así, traje de espiguilla, seguramente
Harris tweed, camisa beis, corbata de un marrón reluciente,
zapatones ingleses y una Burberry's arrugada al hombro.
A ver si con la próxima paga...
Si a Liliane se le ocurriese la
buena idea de volver con un café... Me marcharía
en plena forma con el cheque y toda una tarde de dolce farniente
por delante. Cojo un catálogo para pasar el rato
y lo hojeo buscando la biografía del pintor.
Etienne Morand nace en Paray-le-Monial
(Borgoña) en 1940. Tras cursar estudios en la escuela
de Bellas Artes, parte hacia Nueva York en 1964, atraído
por el movimiento expresionista abstracto. Se interesa especialmente
por las técnicas de...
Dejo de leer de golpe.
Un ruido...
Ha sido un chasquido.
Y Liliane que no vuelve.
Tal vez no sea nada, un foco chamuscado
o una cuerda que se afloja bajo el peso del cuadro, pero
no me queda más remedio que levantarme. A no ser
que sea ese visitante que, como tantos otros, esté
intentando corregir la inclinación de un cuadro con
un golpecito del pulgar. Si es eso, me tocará ir
detrás de él con el nivel.
Voy a tener que dar una vueltecita
rápida por la sala del fondo, como quien no quiere
la cosa, pese a que me horroriza pasarme de suspicaz. A
medida que avanzo, aumenta el ruido. Desemboco en una sala
y el tipo se vuelve. Lanzo un grito...
¡Pero...!
¿Qué hace? Es un...
Busco una palabra, un insulto tal
vez, pero no sé lo que se dice en estos casos.
Da un último golpe de cúter
para separar la tela del marco. La tela amarilla.
Farfullo algo, susurro palabras
que se me quedan bloqueadas en la garganta.
Él termina tranquilamente
su trabajo.
Quisiera reducir la distancia entre
nosotros, pero no puedo dar un paso, un muro invisible e
infranqueable me lo impide.
El canguelo.
Me inclino hacia adelante en dos
ocasiones sin poder mover las piernas, tendría que
echar el muro abajo, pero mis suelas siguen clavadas al
suelo. Él también se lía, arruga la
tela y no consigue otra cosa que enrollarla precipitadamente
bajo su Burberry's. Si quiere salir, no le queda más
remedio que pasar por delante de mí, esquivarme o
arremeter contra mí. Duda, el mismo muro le impide
tomar la iniciativa, sacude la cabeza blandiendo el cúter.
Apártese...
¡No se meta en esto! grita.
No sé pelear, debería
saltarle a la garganta o..., o correr hacia la salida y
bloquear las puertas..., encerrarlo...
Tendría que avanzar, evitar
demostrarle que me he quedado pasmado, desarmado... Me ha
entrado flojera, no puedo levantar los brazos por encima
de ese muro de miedo.
Apártese...
Carajo..., ¡apártese!
Cierro los puños antes de
coger impulso y me lanzo sobre él, le agarro por
el cuello con las dos manos y tiro como un loco para echarlo
al suelo, caemos juntos; él se revuelve; de rodillas,
le estrello el puño izquierdo en la cara, vuelvo
a pegar, giro la cabeza y me clava la hoja del cúter
en la mejilla. Grito, aflojo la presa, él hunde más
la hoja en la carne y siento que me desgarra la mejilla
hasta la mandíbula.
Permanezco un segundo sin moverme.
Un mar de sangre me resbala por el cuello.
Grito.
Una lluvia de perdigones me sale
disparada de la boca. Es sangre. Después, una verdadera
cascada me impide el más mínimo estertor.
Por el rabillo del ojo lo veo levantarse
y recoger su gabardina.
Despacio.
Olvido el dolor, un subidón
de rabia me hace levantarme de un salto. Él empieza
a correr. Lo sigo, caótico, con una mano en la mejilla,
intentando contener no sé muy bien qué, la
sangre que me chorrea sobre la manga, jirones de carne,
no sé, él es lo único que veo, su espalda,
corro más deprisa y me lanzo hacia adelante para
hacerle un placaje. Se vuelve y después se desploma
al pie de la escultura de la entrada, me patea la cara,
algo cruje cerca de la mordedura de la mejilla y el ojo
derecho se me cierra solo.
Con el otro puedo ver cómo
recupera el equilibrio de rodillas y se aferra al zócalo
de la escultura. Su mano agarra una de las ramas metálicas,
tira de ella para hacer oscilar todo el bloque de chatarra
y la mantiene en equilibrio. Me da una última patada
en la cara; grito como un animal, intento protegerme con
el brazo y todo se vuelve negro.
Me esfuerzo en levantar la cabeza.
Siento que me voy, lentamente, de
espaldas. Siento cómo el desvanecimiento sube como
un hipo. Uno sólo.
Pero antes, una segunda parte en
cámara lenta.
Lo percibo todo al mismo tiempo,
el silencio, el calor, el río de sangre sobre el
pecho.
Y esa avalancha plateada que empieza
a oscilar hacia mí lentamente cuando me sumerjo en
las sombras.
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