 |
 |
|
Otro
|
|
TONINO BENACQUISTA
|
|
224 págs.
|
|
Traducción: José
Luis Sánchez-Silva
|
|
ISBN 84-96080-15-3
|
|
17.00 €
|
|
 |
|
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
Prólogo
Aquel año, por primera vez
en mucho tiempo, Thierry Blin decidió volver a jugar
al tenis con el único propósito de medirse
con el que había sido en otra época: un jugador
solvente que, aunque nunca consiguiera un puesto en la clasificación
oficial, había hecho temblar a más de un ambicioso.
Después, la máquina se había oxidado,
los golpes se volvieron blandos, y el simple hecho de correr
detrás de una pelotita amarilla fue perdiendo sentido.
Para saber a qué atenerse, buscó la vieja
raqueta Snauweart a media tensión, las Stan Smith,
algunas reliquias más, e hizo una entrada prudente
en Feuillants, el club más próximo a su casa.
Tras pagar la inscripción, preguntó al portero
si conocía a algún jugador en busca de contrincante.
El hombre señaló a un tipo alto y solitario
que peloteaba contra el muro con una hermosa regularidad.
Nicolas Gredzinski frecuentaba el
club desde hacía entonces dos meses, pero aún
no se sentía lo bastante cómodo como para
desafiar a un jugador curtido, ni tenía paciencia
para contener los golpes frente a un principiante. En realidad,
Gredzinski se resistía a confesarse que su eterno
miedo al enfrentamiento quedaba patente una vez más
en aquellas dos horas de deporte semanales; tenía
tendencia a descubrir una lógica guerrera en los
terrenos más apacibles. El hecho de que un desconocido
viniese a proponerle pelotear un rato y, por qué
no, un set, era sin duda una ocasión que ni pintada
de saltar por fin a la pista. Para calibrar el nivel de
su adversario, le hizo algunas preguntas, a las que Blin
sólo respondió lo que quiso, y los dos se
dirigieron hacia la pista número 4. Desde los primeros
golpes de calentamiento, Blin empezó a recuperar
sensaciones perdidas, el olor a fieltro de las pelotas nuevas,
el polvo rojizo de la tierra batida sobre las zapatillas,
el chirrido del cordaje que se destensa con los primeros
impactos. Aún era demasiado pronto para hablar de
lo demás, el toque de bola, la evaluación
de las distancias, la posición, el juego de piernas.
La única prioridad era devolver. Devolver. Pasara
lo que pasara. Necesitaba entablar el diálogo, recobrar
el uso de la palabra, aunque sus primeras frases no fueran
de las que hacen los buenos discursos, y menos aún
aforismos.
Gredzinski, seguro de la elocuencia
de su golpe de derecha, sentía farfullar el revés.
Su revés siempre había sido algo forzado;
sólo lo usaba para el ataque a regañadientes,
como último recurso, prefería arriesgarse
a rectificar la posición sobre la marcha para cubrirse
con un golpe de derecha. Con el tiempo, había conseguido
incorporar esa debilidad a su juego, lo que, paradójicamente,
fue coformando un estilo propio. Le bastaron algunas bolas
para recuperar un ligero retraso en el ataque, y su revés
recobró ese pequeño golpe de muñeca
que, aunque no muy ortodoxo, casi siempre resultaba eficaz.
Un momento después, se sorprendió a sí
mismo proponiendo un partido. Por mucho que desconfiara
de la competición, ya se veía saliendo de
las trincheras para arremeter como un héroe contra
las líneas enemigas. «Tenía que acabar
así», pensaron uno y otro. Aquel era el único
medio para Blin de salir de dudas, y para Gredzinski de
romper la fatalidad que le impedía tomarse el tenis
como lo que era en realidad: un juego.
Los primeros intercambios fueron
corteses pero sin florituras, ambos querían revisar
su argumentación antes de dar paso a la gran dialéctica.
Con largos golpes de derecha que mantenían a Blin
detrás de la línea de fondo, Gredzinski parecía
querer decir: «Puedo pasarme horas charlando así».
A lo que Blin respondía unos «Como quieras»
precisos y pacientes alternando derechas y reveses. Después
de perder el servicio por 4-2 en el primer set, decidió
abordar el meollo de la cuestión con una subida a
la red a destiempo que quería decir claramente: «¿Qué
tal si dejamos de parlotear?». Gredzinski se vio obligado
a responder «De acuerdo», sirviendo secamente
una bola de 15-0. La conversación se hizo cada vez
más apasionante. Subiendo sistemáticamente
a la red después de restar, Blin rechazaba todas
las propuestas del adversario con otros tantos «¡Que
te lo has creído!», «¡A otro perro
con ese hueso!» o, incluso, «¡Ni hablar!»
o «¡Vaya churro!», que despachaba a golpe
de voleas irrefutables. La táctica era buena y le
permitió ganar el primer set 6-3. A Gredzinski se
le ocurrían las ideas a toro pasado; mientras se
enjugaba la frente durante el cambio de lado, le vino a
la cabeza lo que hubiera debido responder a tan perentorios
ataques, y se propuso hacer una demostración ante
los dos o tres curiosos que habían venido a apoyarse
en la valla de la pista. De entrada, se puso a servir en
mitad del cuadro para cerrarle el ángulo a su adversario,
después se divirtió alternando derechas cruzadas
y paralelas para obligar a Blin a correr de un lado a otro
hasta el agotamiento. Se trataba de hacerle comprender que
«Yo también puedo amargarle la vida al chalado,
o al listillo, que pretenda hacerme pasar por un cretino».
El chalado en cuestión cayó en la trampa y
perdió bastantes puntos con el gesto desencajado
y sin aliento. Algunas de sus voleas bajas parecían
mendigar un poco de atención y transmitían
un mensaje extraño, una especie de «Déjame
anotarme una de vez en cuando». El segundo set cobró
muy pronto el aspecto de una ejecución sumarísima;
los miembros del club Feuillants, jugadores o mirones, no
se equivocaban. Ahora había una buena decena de espectadores
para aplaudir los riesgos que asumía Gredzinski y
las raras réplicas de Blin, que perdió el
set. Sin embargo, Blin contaba con una ventaja psicológica
de la que siempre había carecido Gredzinski, la confianza
ciega en sus posibilidades, la firmeza de sus razonamientos,
que lo empujaba a moverse dentro de las líneas como
pez en el agua. Gredzinski se dejó impresionar y,
enseguida, Blin empezó a llevar la voz cantante,
ocupándose de hacer las preguntas y dar las respuestas,
para ponerse por delante 5-2 y acercarse al final del tercer
set con la victoria en el punto de mira. Entonces, una regla
elemental de la dialéctica aplicada vino en ayuda
del desventurado Gredzinski: los interlocutores obtusos
no soportan que alguien les plante sus propios argumentos
en plena cara. En virtud de lo cual, se puso a jugar largo
y con un máximo de efecto, como si hubiese decidido
arrebatarle la palabra a un charlatán empedernido.
Por muy extraño que pueda parecer, Blin perdió
un juego de 5-3, y se dejó desbordar rápidamente
para terminar contemplando cómo Gredzinski remontaba
hasta 5-5, y con el servicio a favor. Pero Blin aún
guardaba algunos argumentos en la raqueta: era un retorcido,
uno de esos que no mienten pero tampoco lo dicen todo. Por
primera vez, colocó unos magníficos reveses
paralelos con los que rompió el servicio de Gredzinski,
que estaba petrificado en la línea lateral. Este
podía esperarse cualquier cosa, pero no contaba con
la mala fe de un adversario que, desde el comienzo del partido,
había tenido la elegancia de avanzar a plena luz.
¿De dónde salía aquel revés
paralelo? ¡Era deshonesto! Hubiera debido enseñar
sus cartas desde el comienzo del partido, como quien enuncia
una verdad profunda para mostrar al otro con quién
se juega los cuartos. El tercer set concluyó con
un doloroso tie-break que los devolvió a ambos al
corazón del partido. La continuación demostró
de qué era capaz cada uno cuando se sentía
amenazado. Blin subió tres veces seguidas a la red,
la última estaba de más; Gredzinski lanzó
un globo tan alto que en su parábola se podía
leer claramente el siguiente mensaje: «Este tipo de
razonamiento nunca estará a tu alcance». Pero
no conocía bien a su rival, que no temía intentar
un golpe amortiguado desde el fondo de la pista sólo
para verlo correr: «Dios, qué lejos estás
de mí». Gredzinski corrió con todas
sus fuerzas, devolvió la bola y se colocó
detrás de la red: «¡Aquí estoy
y aquí me quedo!». Y allí se quedó,
como una roca, esperando la reacción de quien le
había hecho correr como un loco, que, a su vez, odiaba
recurrir al globo incluso en situaciones comprometidas para
él eso era de gallinas. Se sacó de la
raqueta un soberbio passing shot que significaba:
«Te voy a dejar de una pieza». Una lágrima
incipiente vino a empañar el ojo de Gredzinski: no
sólo había recorrido kilómetros para
llegar in extremis a la dejada, sino que ahora lo machacaba
con la réplica más humillante de aquel deporte
endiablado, el passing shot paralelo a la línea.
El golpe de gracia lo dieron un puñado de espectadores
inflamados por la calidad del juego cuando dejaron oír
los primeros aplausos. Uno de los miembros más antiguos
del Feuillants trepó a la silla del juez para enunciar
fríamente:
3-0, cambio de lado.
Gredzinski estuvo a punto de romperle
la Dunlop en la cabeza al pobre diablo, pero se limitó
a cambiar de lado según le acababan de indicar. Como
todos los tímidos que se sienten humillados, buscó
entre sus sentimientos más sombríos un resto
de energía. Blin festejaba ya el reencuentro consigo
mismo, con el que había sido, con el que tal vez
aún seguiría siendo mucho tiempo, un tipo
todavía ágil, ingenioso y seguro de sí
en los momentos importantes. Ganó el cuarto punto
a pulso y perdió el siguiente con el mismo esfuerzo.
Cuando uno decía «Pienso llegar hasta el final»,
el otro respondía «Pues allí me encontrarás»,
pero ninguno de los dos había ido nunca tan lejos
en el camino de la autosuperación. Cinco iguales.
Los dos jugadores intercambiaron una última mirada
antes de la estocada final. Una mirada que expresaba lo
mismo: el fastidio de no poder sellar un pacto entre caballeros,
de no poder dar con una manera de salir los dos airosos.
La hora de la verdad estaba a punto de sonar, había
que pasar por ello. Gredzinski aflojó la presión
y perdió el punto siguiente, y después el
partido, devolviendo bolas cansinas y desprovistas de malicia.
Era una forma de decirle a Blin que «la victoria es
para quien más la desea».
Al salir de los vestuarios, dejaron
de lado los refrescos y las sillas del jardín del
club para refugiarse en un bar americano en los alrededores
de la Porte Brancion. Necesitaban un lugar digno del partido,
una recompensa a tantos esfuerzos.
Thierry Blin.
Nicolas Gredzinski, encantado.
Intercambiaron un segundo apretón
de manos, sentados en unos taburetes altos, frente a miríadas
de botellas de alcohol alineadas en tres niveles. El barman
les preguntó qué querían beber.
Un vodka bien frío
dijo Blin sin pensar.
... ¿Y el señor?
El hecho era que Gredzinski nunca
sabía qué pedir en los cafés, y aún
menos en los bares, adonde no iba prácticamente nunca.
Animado por una especie de complicidad surgida del partido,
respondió al barman con muy buen humor:
¡Lo mismo!
Hay que detenerse un momento en
ese «Lo mismo», porque Gredzinski, a pesar de
su remoto origen polaco, nunca había probado el vodka.
A veces tomaba un vaso de vino para acompañar la
comida, o una cerveza para refrescarse al salir de la oficina,
pero podría decirse que no tenía ninguna relación
personal con el alcohol. Únicamente el entusiasmo
y la euforia del partido podían explicar aquel «Lo
mismo» que sólo lo sorprendió a él.
El tenis no era una verdadera pasión
para ninguno de los dos, pero ningún otro deporte
les había proporcionado tantas satisfacciones. Acodados
en la barra de madera, pasaron revista a los jugadores que
les habían hecho soñar. No tardaron en ponerse
de acuerdo: fuera uno sensible a su juego o no, Björn
Borg había sido el más grande de todos los
tiempos.
Y su extraordinario palmarés
no es más que una pequeña prueba dijo
Blin. Bastaba con verlo jugar.
Ese silencio desde que aparecía
en la pista..., ¿te acuerdas? Flotaba en el ambiente
y no dejaba lugar a dudas sobre el desenlace del partido.
Él lo sabía, se le leía en la cara.
Al adversario sólo le quedaba probar suerte.
Ni un solo espectador se preguntaba
si tendría un buen día, si se habría
recuperado del partido anterior, si le dolería el
hombro o la rodilla. Borg estaba allí, con su secreto
a cuestas, que, como todos los secretos de verdad, excluía
al resto del mundo.
Borg no necesitaba suerte.
Borg era la negación de la idea del azar.
Lo que no se explica es esa
misteriosa melancolía, ese no sé qué
evidentemente triste en sus facciones.
Yo no hablaría de tristeza,
sino, al contrario, de serenidad dijo Gredzinski.
La perfección sólo puede ser serena. Es incompatible
con la emoción, el drama y, por supuesto, el humor.
Aunque puede que Borg poseyese una forma de humor que consistiera
en robarle al adversario las últimas armas que le
quedaban para defenderse. Cuando alguien intentaba hacerle
pasar por una máquina de lanzar pelotas desde el
fondo de la pista, se sacaba de la manga un juego de volea
de exquisita crueldad.
¿Que Borg se enfrenta
con el mejor sacador del mundo? Pues empieza dejándolo
a cero en el primer juego, ¡todo aces!
¿Que Borg busca los
fallos del adversario? ¿Que Borg intenta ganar por
desgaste? Si le apetecía, pisaba el acelerador y
le ahorraba una hora a un público con ganas de ir
a ver otro partido menos monótono.
¡Un solo juego perdido
y los periodistas empezaban a hablar de declive!
El segundo finalista después
de Borg podía considerarse ganador del torneo. Ser
el número dos con Borg era ser el mejor a ojos del
mundo.
Se callaron un instante para llevarse
los vasitos helados a los labios. Blin engulló maquinalmente
un buen trago de vodka.
Gredzinski, que no estaba preparado
para ello, pues no tenía ninguna práctica
en el tema, conservó un momento el líquido
en la boca para saborearlo a fondo, lo hizo girar en todos
los sentidos por no privar a ninguna papila de su ración,
desencadenó un cataclismo en su garganta y cerró
los ojos para dejar pasar la quemazón.
Aquel instante le pareció
divino.
En la carrera de Borg sólo
hay un borrón dijo Blin.
Gredzinski se sintió preparado
para aceptar un nuevo desafío:
¿Jimmy Connors?
Blin se quedó pasmado. Había
hecho la pregunta con la seguridad de quien conoce la respuesta.
Y no era la respuesta, sino su respuesta,
una simple entelequia, una rareza que sólo pretendía
desconcertar a los supuestos especialistas.
¿Cómo lo has
adivinado? ¡Estaba pensando precisamente en él!
Por si no fuera bastante, la simple
mención de Jimmy Connors encendió los ánimos
casi tanto como el vodka.
¿Se puede amar una
cosa y su contraria?
Por supuesto respondió
Gredzinski.
Entonces, podemos decir que
Jimmy Connors era la antítesis de Björn Borg,
¿no crees?
Connors era el desequilibrio,
la energía del caos.
Borg era la perfección,
Connors la gracia.
A menudo la perfección
carece de gracia.
¡Siempre estaba dispuesto
a echar el resto en cada bola! ¡Y qué fantasía
en la victoria, qué elocuencia en la derrota!
¡Era audaz en la desesperación,
elegante ante la catástrofe!
¿Cómo explicar
que todos los públicos del mundo estuviesen de su
parte? En Wimbledon lo adoraban, en Roland Garros lo adoraban,
en Flushing Meadow lo adoraban, lo adoraban en todas partes.
La gente no quería a Borg cuando ganaba, quería
a Connors cuando perdía.
¿Recuerdas aquella
forma de lanzarse por los aires para golpear una pelota
sin darle tiempo a llegar?
Hizo del resto un arma aún
más temible que el mismo servicio.
Su juego era antiacadémico,
casi antitenístico. Era como si se las hubiese ingeniado
desde la más tierna infancia para llevarle la contraria
a sus profesores en cada lección.
¡Te queremos Jimbo!
Brindaron por Connors, y luego por
Borg. Después permanecieron un instante en silencio,
cada uno perdido en sus recuerdos.
Nosotros no somos campeones,
Thierry, pero eso no nos impide tener un poco de estilo.
A veces hasta un poco de calidad.
Ese revés paralelo
¿lo haces desde siempre? preguntó Gredzinski.
Ya no es lo que era.
Hubiera deseado tanto poder
hacer un golpe así...
Tus aceleraciones son mucho
más temibles.
Puede ser, pero el revés
paralelo tiene algo de arrogante que siempre me ha gustado.
Es una respuesta terrible para los pretenciosos, lo mejor
para pararles los pies a los más insolentes.
Pues se lo robé a Adriano
Panatta, lisa y llanamente. Roland Garros, 1976.
¿Cómo se puede
robar un golpe?
Con una buena dosis de presunción
respondió Blin. A los quince años
uno no se detiene ante nada.
No basta. A no ser que se
sea excepcionalmente bueno.
Como yo no tenía esa
suerte, sólo me quedaba sudar sangre. Dejé
de lado los demás golpes para multiplicar los reveses
paralelos. Perdía la mayoría de los partidos,
claro, pero cada vez que conseguía colocar uno machacaba
a mi adversario contra todo pronóstico y, durante
esos cinco segundos, era el campeón. Hoy, ha desaparecido
por falta de práctica, no es más que un recuerdo.
Pues a veces reaparece, y
cuando el otro menos se lo espera, puedes creerme.
A Gredzinski le extrañó
descubrir el vaso vacío en el momento en que una
curiosa sensación de relax empezaba a apoderarse
de todo su cuerpo. Era como una especie de claro en ese
cielo brumoso que planeaba permanentemente sobre él.
Sin ser desgraciado, Gredzinski había hecho de la
intranquilidad un estado natural. Hacía mucho tiempo
que venía aceptando toparse cada mañana con
el frío monstruo de la ansiedad, que nada podía
calmar, aparte de una actividad febril que le impedía
saborear el presente. Nicolas se esforzaba durante todo
el día en mantenerse unos pasos por delante de ella,
hasta llegar a esos dulces minutos que preceden al sueño.
Esa tarde, en cambio, tenía la impresión de
estar donde le apetecía estar, el presente se bastaba
por sí solo, y aquel vaso de vodka cubierto de vaho
había tenido algo que ver. Se sorprendió de
nuevo al oírse pedir otro y se juró hacerlo
durar el mayor tiempo posible. El resto llegó solo:
las palabras que pronunciaba eran ahora las suyas, su pensamiento
se liberó de toda interferencia, y un curioso recuerdo
le vino a la memoria como un eco del que Blin acababa de
evocar.
La historia de esos cinco
segundos de felicidad tiene algo hermoso y trágico
a la vez. Ahora entiendo mejor ese robo. Yo viví
algo similar hacia los veinticinco años. Entonces
compartía apartamento con una profesora de piano.
Gracias a Dios, casi siempre daba las clases en mi ausencia.
Aquel piano era el centro de todo, de nuestro salón,
de nuestras conversaciones, de nuestra vida, pues la organizábamos
en función de las clases. Algunas noches lo detestaba
y, paradójicamente, sentía celos de los alumnos
que posaban los dedos en él. Incluso los peores conseguían
arrancarle algún sonido; yo no. Era un desastre.
¿Y de qué podía
servir llegar a las manos con el piano, si tanto te irritaba?
Seguramente para insultarlo.
... ¿Qué quieres
decir?
Tocarlo era la mejor venganza
que tenía a mi alcance. Tocar sin haber aprendido
nunca, sin poder distinguir un la de un re. El crimen perfecto,
vaya. Le pedí a mi compañera de piso que me
enseñase un fragmento y memoricé las teclas
y la posición de los dedos. Es técnicamente
posible, basta con tener mucha paciencia.
¿Qué fragmento?
¡Ahí comenzaron
los problemas! Yo había apuntado alto y, aunque mi
amiga hizo todo lo posible por disuadirme, no di mi brazo
a torcer. El Claro de luna de Debussy.
Thierry parecía no conocerlo,
Nicolas tarareó los primeros compases y ambos siguieron
a coro.
Divertida por el reto, la
profesora acabó ayudándome a trabajar el Claro
de luna y, en plan mono de imitación, terminé
consiguiéndolo. Unos meses después, tocaba
el Claro de luna de Debussy.
¿Como un verdadero
pianista?
No, por supuesto, ella me
lo había advertido. Sin duda era capaz de crear la
ilusión gracias a un poco de mimetismo, pero siempre
me faltaría lo esencial: el corazón, el alma
de pianista, el instinto que sólo puede proporcionar
un aprendizaje como es debido, la pasión por la música,
la intimidad con el instrumento.
Pero, claro, a los veinte
años uno no tiene nada mejor que hacer que deslumbrar
al personal. Y seguro que lo conseguiste un par de veces.
No muchas más, pero
cada una de ellas fue un momento excepcional. Tocaba el
Claro de luna adoptando un aire lúgubre, pero
el fragmento es tan bello que desprendía su magia
por sí mismo, y Debussy siempre acababa abriéndose
paso entre dos frases. Me gané algunos bravos y las
sonrisas de un puñado de chicas y, durante unos minutos,
tuve la impresión de ser otro.
Aquellas últimas palabras
quedaron suspendidas en el aire el tiempo de oírlas
resonar. El bar empezaba a llenarse, los que acababan de
cenar dejaban sitio a los que venían a hacerlo, y
aquel movimiento sinuoso creó entre Thierry y Nicolas
una nueva clase de silencio.
Por lo menos podemos decir
que hemos sido jóvenes.
Presa de una nostalgia inesperada, Thierry pidió
un Jack Daniels que le recordó un viaje a Nueva
York. Nicolas gestionaba su vodka con la paciencia que se
había propuesto, pero le costaba; varias veces estuvo
a punto de terminarlo de un trago como había hecho
Blin, sólo para ver hasta dónde podía
llevarlo aquel principio de embriaguez. Sin saberlo, estaba
viviendo el preludio de una historia de amor con su copa,
una historia que se desarrollaba en dos movimientos clásicos:
dejarse invadir por los efectos del flechazo, y hacerlos
durar el mayor tiempo posible.
Tengo treinta y nueve años
dijo Thierry.
Yo cuarenta, desde hace dos
semanas. Aún podemos considerarnos jóvenes...,
¿no?
Sin duda, pero el aprendizaje
ha terminado. Teniendo en cuenta que la esperanza de vida
de los hombres ronda los setenta y cinco años, nos
queda por delante la segunda mitad de la vida, tal vez la
mejor, ¿quién sabe? Pero fue la primera la
que nos hizo como somos.
Estás diciendo que
la mayoría de nuestras decisiones son irreversibles.
Siempre supimos que no seríamos
ni Panatta ni Alfred Brendel. Durante aquellos años
nos construimos, y puede que aún nos queden treinta
para comprobar qué tal lo hicimos. Pero ya nunca
más seremos otro.
La frase cayó como un veredicto.
Brindaron por aquella certeza.
Además, ¿de
qué sirve querer ser otra persona, llevar la vida
de otro prosiguió Gredzinski, sentir
las alegrías y las penas de otro? Si hemos llegado
a ser nosotros mismos, será que las decisiones que
tomamos tampoco fueron tan malas. ¿Quién te
hubiera gustado ser, si no?
Thierry se volvió para señalar
hacia la sala con un gesto amplio.
¿Por qué no
aquel tipo, el que está con ese bombón que
bebe un margarita?
Algo me dice que ese tío
debe de llevar una existencia complicada.
¿Y qué te parece
el barman?
Siempre he evitado los trabajos
cara al público.
¿Y el Papa en persona?
Te he dicho que nada de público.
¿Un pintor de los que
exponen en el Pompidou?
Eso exige reflexión.
¿Y qué dirías
de un asesino a sueldo?
¿...?
¿O simplemente tu vecino?
Ninguno de ellos, pero ¿por
qué no yo mismo? dijo Nicolas. Mi yo
soñado, el que nunca me he atrevido a ser.
De pronto sintió cierta nostalgia.
Tal vez por jugar, o por curiosidad,
ambos evocaron a ese otro, tan cercano e inaccesible a la
vez. Thierry lo veía llevar tales ropas, ejercer
tal oficio; Nicolas desveló sus grandes principios
existenciales y algunos de sus defectos. Los dos se divirtieron
describiendo la jornada estándar de su otro yo, hora
por hora, con una abundancia de detalles que terminó
perturbándolos. Con todo, dos horas después,
estaban los cuatro acodados en la barra. Las copas se habían
sucedido hasta ese punto sin retorno en que la sola idea
de contarlas roza la indecencia.
Esta conversación es
absurda dijo Nicolas. Un Borg no puede convertirse
en un Connors, ni al revés.
No me gusto tanto como para
querer seguir siendo yo mismo a toda costa dijo Blin.
No me importaría pasar los treinta años que
me quedan en el pellejo de otro.
Oye, yo no tengo costumbre,
¿no estaremos un poco borrachos?
Salir en busca de ese otro
sólo depende de nosotros. ¿Qué podemos
perder?
Gredzinski, cautivado, había
enterrado la inquietud en un desierto y ahora bailaba sobre
su tumba. Buscó la única respuesta que le
pareció coherente:
... Podemos perdernos en el
camino.
Es un buen comienzo.
Brindaron una vez más ante
la mirada de un barman desganado que, en vista de la hora,
ya no les serviría nada. Mucho más lúcido
que Gredzinski, Blin adoptó de pronto un falso aire
de conspirador; sin sospecharlo, había orientado
la conversación para llegar a ese punto, como si
hubiese encontrado en Gredzinski al interlocutor que buscaba
desde hacía tiempo. La victoria obtenida en el partido
lo animaba ahora a jugar otro en el que sería a la
vez su propio adversario y único partenaire, un combate
de tal envergadura que necesitaría reunir todas sus
energías, despertar su libre albedrío, recordar
sus sueños, volver a creer, hacer retroceder unos
límites que ya podía vislumbrar.
Necesitaré tiempo,
digamos dos o tres años, para pulir todos los detalles,
pero te apuesto lo que quieras a que me convierto en ese
otro.
Era un desafío que Thierry
Blin se lanzaba a sí mismo, como si Gredzinski no
fuese más que un pretexto, a lo sumo un testigo.
... Estamos a 23 de junio
prosiguió, te emplazo para dentro de
tres años justos en este mismo bar, a la misma hora.
Lejos, en otra parte, embriagado
por la velocidad que adquiría el momento, Gredzinski
se dejaba guiar por la ebriedad, un piloto automático
que le permitía concentrarse en lo esencial.
Una cita..., ¿entre
nosotros o entre los otros dos?
Ahí está la
gracia de la apuesta.
¿Y qué apostamos?
Si, por casualidad, uno de los dos lo consiguiera, merecería
una enorme recompensa.
Para Blin, la cuestión no
estaba ahí en absoluto. Convertirse en ese otro era
ya la mejor recompensa imaginable. Así que salió
por peteneras:
Esa noche, el 23 de junio
a las nueve, dentro de tres años exactamente, el
que haya ganado de los dos podrá pedirle al otro
lo que quiera.
... ¿Lo que quiera?
¿Existe mayor recompensa
en el mundo?
En su estado, a Gredzinski ya nada
podía parecerle extravagante: para él, todo
y su contrario rivalizaban en interés. Estaba empezando
a descubrir su propia capacidad de exaltación, un
sentimiento raro que se apoderaba a la vez de la cabeza
y el corazón.
Aunque ambos ignoraban quién
o qué había dado la señal, llegó
el momento de separarse. De todas formas, ninguno de los
dos hubiese sabido qué decir.
Tal vez sea la última
vez que nos vemos, Thierry.
Sería lo mejor que
podría pasarnos, ¿no crees?
|