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Querido amigo, compañero del difunto
| | ANDREI KURKOV | |
160 págs. | | Traducción:
Olga Batsiukova y Virginia Rodríguez | | ISBN
84-96080-31-5 | | 15.00 € | |
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Si fumara, lo más sencillo hubiera sido
echarme un par de pitillos después de cada escándalo silencioso, incomprensible
e ilegible desde fuera; claro que el humo, la nicotina, no se habría
convertido en el sentido de mi vida ni en su aroma, pero sí en algo
que distrae por un tiempo -como el incienso que uno quema en su propio honor-:
me habría ayudado a volver a ver alegría en mi existencia futura.
Pero como jamás había fumado, pensaba que empezar a fumar a los
treinta hubiese sido decididamente infantil y estúpido. La lluvia
no acababa de descargar. Anochecía. Mi mujer se había encerrado
en el cuarto de baño, pero era simplemente para bañarse. Yo también
me encierro a veces en el baño, aunque por qué iba yo a sentir
vergüenza de mi mujer. Esa es la pregunta que apunta al motivo: hace
mucho que nos distanciamos el uno del otro. Por la noche, antes de meternos
en la cama, nos quitamos la ropa a oscuras, y de día o cuando nos damos un
baño con la luz encendida nos avergüenza nuestra desnudez. En nuestro
caso la desnudez significa vulnerabilidad. Ella diría lo mismo. Yo también
soy vulnerable, y la mayor parte de las veces es ella quien me vulnera. Ya
no hablamos de eso, pero antes sí intentábamos aclararlo todo
y mejorarlo con palabras. El otoño es la época del calor menguante,
el comienzo de la temporada en la que uno tiene que conservar un resto de
calor para guarecerse del frío durante el invierno que se avecina. Es
el tiempo de impermeabilizar las ventanas y las paredes de los balcones, cuando
la misma naturaleza nos induce a pensar en recuperar o fortalecer el confort
físico y espiritual. Pero ¿qué significaba septiembre para
nosotros? Nada. Estábamos callados, comunicándonos con interjecciones.
Cada uno se preparaba su café y se hacía los huevos fritos. Ya
era hora de ponerle punto final a todo eso. No teníamos adónde
ir -no se puede dividir por la mitad un piso de una sola habitación-. Cada
vez que miraba desde la ventana de nuestro séptimo piso pensaba en lo
mucho que me gusta saltar al agua. Pero eso no me daba el impulso necesario
para tirarme. El suicidio no va conmigo. Me gustaba mucho la vida, excepto
mi rutina diaria. A veces pasaba por la plaza de Kreschatik con una leve ansiedad
en el pecho intentando discernir las caras de las chicas nocturnas que esperaban
a sus clientes en los bancos o al lado de la fuente, delante del cine. En la
penumbra, iluminadas por la luz artificial de la ciudad, parecían atractivas,
como esas siluetas elegantemente dibujadas y muy prometedoras que suelen
dirigirnos sus miradas a lápiz desde las melodramáticas cubiertas
de los libros. Me resultaba fácil imaginarme como un cliente suyo o
incluso como un allegado, un amigo. Pero imaginármelo no implicaba ni
de lejos serlo. Me faltaban muchas cosas: la decisión, el dinero, la libertad.
Y, sin embargo, ellas, las primeras golondrinas del modo de vida americano
que se propagaba por las pantallas, me brindaban la esperanza de que otras
dulces estampas americanas se hicieran realidad y empezaran a desfilar ante
mis ojos aquí, en Kiev; y entonces me cautivaría ese desfile
que paulatinamente iba a transformarse en la vida misma y a suplantar la vida
pasada, tan provisional en todo y tan fastidiosa en cada una de sus particularidades, en
todos sus componentes, y con esos artículos en los periódicos
que la describen al detalle.
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