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Los jardines cifrados

CARLO FRABETTI

192 págs.

ISBN 84-89618-24-0

15,60 Eur.

Los jardines cifrados (00026)

 

La pregunta


    Se cuenta que Gertrude Stein, en su lecho de muerte, le preguntó a su compañera: "¿Cuál es la respuesta?".
    Y, al no obtener contestación, dijo: "Entonces, ¿cuál es la pregunta?".
    No era la primera en preguntárselo. Los griegos, que se lo preguntaron todo, tenían que llegar a la metapregunta, y a ella llegaron por distintas vías.
    Epiménides, el legendario poeta cretense del siglo VI a. C., del que se decía que en cierta ocasión había estado durmiendo cincuenta y siete años seguidos (aunque Plutarco afirma que sólo fueron cincuenta), es conocido sobre todo por su paradoja del mentiroso. Curiosamente, la frase que se le atribuye: "Todos los cretenses son mentirosos", ni siquiera entendida en el sentido abusivo de que mentiroso es aquel que miente siempre, constituye en sí misma una auténtica paradoja: basta pensar que Epiménides miente y hay algún cretense veraz, en cuyo caso se trata simplemente de una proposición falsa. La sentencia sólo es paradójica si se la supone verdadera, como hizo san Pablo en su epístola a Tito: "Cierto es el testimonio de uno de ellos que dijo que los cretenses mienten siempre". Si la frase de Epiménides es cierta, entonces es falsa, porque al menos un cretense (el propio Epiménides) está diciendo una verdad.
    En cualquier caso, la paradoja del mentiroso en sus distintas variantes (la más escueta es la afirmación "Esta frase es falsa") torturaría durante siglos a los griegos y a sus sucesores en el arte de pensar.
    El estoico Crisipo, un discípulo de Zenón que vivió en el siglo III a. C., escribió seis tratados sobre la paradoja del mentiroso, de los que ninguno ha llegado hasta nosotros, y Filetas de Cos, del que se cuenta que era tan delgado que tenía que ponerse zapatos de plomo para que no se lo llevara el viento, halló una muerte prematura a causa de la insoportable angustia que le producía.
    El propio Epiménides debió de sufrir en grado sumo la desazón de la autorreferencia (de la que la paradoja del mentiroso es epítome y emblema), pues se dice que emprendió un largo y dificultoso viaje a Oriente para encontrarse con aquel al que llamaban el Buda y preguntarle sobre la pregunta. Al fin (cuenta la leyenda) halló el poeta filósofo al filósofo poeta, y fue como tenderle un espejo a otro espejo. "¿Cuál es la mejor pregunta que se puede hacer, y cuál es la mejor respuesta que se puede dar?", preguntó Epiménides. Y Buda contestó: "La mejor pregunta que se puede hacer es la que acabas de hacerme, y la mejor respuesta que se puede dar es la que te estoy dando".
    En alguna medida, la imperfección y la muerte se contestan la una a la otra, se acallan mutuamente. Si fuéramos perfectos, la idea de tener que morir resultaría intolerable. Si fuéramos inmortales, la carga de nuestras imperfecciones, al verlas eternas, sería insufrible.
    Pero hay días en que este equilibrio de la desesperanza se rompe y pensamos que, si dispusiéramos de una reserva de tiempo inagotable, podríamos llenar nuestras carencias y librarnos de nuestras taras. Entonces sólo vemos en la muerte la brutal interrupción que nos impedirá llegar a ser nosotros mismos, y la angustia se desborda. En esos días inconsolables suelo buscar la ilusión de una respuesta en los museos, como cuando de niño la buscaba en la iglesia, con el mismo temor reverente y la misma sensación de insignificancia.
    Aquella mañana el Prado estaba insólitamente desierto. Tal vez fuera eso lo que me decidió a dar una vuelta por las salas de los pintores flamencos. No había vuelto a visitarlas desde aquel día, hacía ya más de cuatro años, en que las había recorrido lentamente con Nora, saboreando esa tibia sensación de atemporalidad que sólo la sala vacía y silenciosa de un museo o una biblioteca puede transmitir.
    Tal vez supiera ya, mientras contemplábamos cogidos de la mano las meticulosas alegorías de Bruegel o El Bosco, que estaba a punto de perderla. Pero ante aquellas escenas ensimismadas, aquellas ventanas a una eternidad hecha de instantes plenos y autosuficientes, tuve la sensación de que Nora y yo éramos tan inseparables como los amantes que, en el panel central de El Jardín de las Delicias, se abrazan para siempre dentro de una flor-burbuja que los aísla y los protege del mundo.
    Nuestra burbuja, sin embargo, estallaría bien pronto, sin ruido, como una pompa de jabón, dejándonos desnudos y a la intemperie. Por lo menos a mí...
    Sentí un intenso fogonazo de angustia y frustración. Por un momento me pareció terriblemente injusto que ella no estuviera allí, que aquella confluencia de circunstancias internas y externas no convocara su presencia, que aquel dolor que había sobrevivido tanto tiempo no tuviera ninguna respuesta, ni siquiera en mí mismo. Cerrar los ojos un instante, como un lento parpadeo: ésa fue la única consecuencia física, la única manifestación perceptible de un dolor que un día pensé que me había destruido. Y que tal vez lo hubiera hecho, hasta el punto de que ni siquiera me daba cuenta...
    Cuando reabrí los ojos me sobresalté al descubrir que había alguien junto a mí, alguien a quien no había oído acercarse. Era un hombre alto y fornido, de unos cincuenta años, de mirada penetrante y facciones afiladas. Me sorprendió su notable parecido con mi amigo F.: el mismo pelo revuelto entre rubio y pelirrojo, la misma barba rala, aproximadamente la misma estatura... Llevaba una larga gabardina blanca y una bufanda negra alrededor del cuello, y se apoyaba en un recio bastón.
    —A mí me ocurre lo mismo —dijo en voz baja, como si estuviera confiándome un secreto—. Hay cuadros que no se dejan mirar fijamente.
    Comprendí que me había visto cerrar los ojos, probablemente con expresión afligida, y que lo había atribuido al impacto de aquellas imágenes a la vez fascinantes y desazonadoras. Como no tenía sentido revelarle mis razones personales para turbarme precisamente ante aquel cuadro, esbocé una sonrisa y asentí vagamente con la cabeza, lo que lo animó a proseguir:
    —Los grandes cuadros siempre lindan con lo siniestro. Nos invitan a su reino atemporal, olímpico, y luego nos escupen como si fuéramos bocados amargos, nos devuelven a nuestro mundo miserable. Se lo dice un pintor a su pesar... In nomen omen... Su belleza es sólo el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar —continuó, citando a Rilke—, y si nos adentramos en ellos acabaremos vislumbrando su núcleo insoportable. Pero ¿cómo resistirse a su encanto, a su fatal atracción? Por eso los más peligrosos suelen ser precisamente los que parecen más placenteros... El postigo derecho, que representa las torturas del infierno, es más grotesco que terrible; yo incluso lo encuentro divertido... ¿No está de acuerdo?
    —Estoy de acuerdo en que es más grotesco que terrible, al menos visto desde fuera -contesté, sin añadir que su concepto de lo divertido me parecía un tanto inquietante.
    —Exacto, usted lo ha dicho, visto desde fuera. Por eso no es tan terrible, porque se deja ver desde fuera. Pero el panel central, que da nombre al tríptico, con su aparentemente ingenua representación de las delicias del amor, ése sí que es tremendo. Y lo es porque te obliga a entrar en él, no te deja quedarte fuera. Yo, al igual que usted, tengo que cerrar los ojos o apartar la mirada al cabo de unos segundos de contemplación... Y lo peor no está a la vista...
    —¿A qué se refiere?
    —¿Nunca lo ha visto con los postigos cerrados?
    —El original no. Sólo en los libros.
    —¿Lo recuerda?
    —Desde luego. El reverso de los postigos es una grisalla alusiva al tercer día de la creación. Hay una gran esfera transparente que representa el mundo, y en el ángulo superior izquierdo está Dios...
    —Exacto. A primera vista parece una escena anecdótica, una mera introducción al cuadro propiamente dicho. Pero Dios tiene un libro en la mano.
    —He visto cosas más terribles —comenté.
    —Lo dudo —replicó prontamente—. Saturno devorando a sus hijos, ya sea en la versión de Goya o en la de Rubens, es una escena amable comparada con ésta: Dios creando el mundo a partir del libro, es decir, confinándonos en el lenguaje... Y luego se abren los postigos, y ahí estamos —añadió señalando el panel central—, retozando como pececillos de plata entre las páginas del libro, buscando el olvido del olvido en el desesperado juego amoroso... Terrible, terrible... Aunque, tiene usted razón, hay un jardín aún más terrible que éste...
    En ese momento entró una mujer en la sala. Mis ojos y los de ella se encontraron accidentalmente, y, sin darme cuenta de lo que hacía, me apoyé en mi improvisado compañero, como si estuviera a punto de caerme. Sin duda predispuesto por los recuerdos evocados por el cuadro, había tenido la brevísima pero vívida sensación de que aquella mujer era Nora. En realidad era rubia y tenía los ojos claros, al contrario que Nora; pero era igual de alta y grácil, y tenía en el rostro la misma mezcla de lejanía y dulzura. "Un ángel dentro de una caja fuerte": así había definido a Nora mi amigo Lorenzo, que la había conocido y amado a la vez que yo. Y yo, ingenuamente, me había creído capaz de descubrir la combinación de la caja fuerte.
    Mi compañero notó mi turbación y, para ver qué la había causado, se volvió siguiendo la dirección de mi mirada. Y entonces ocurrió algo realmente extraordinario: al ver a la mujer, soltó el bastón y echó a correr como si ante nosotros se hubieran materializado todos los demonios del cuadro que estábamos mirando. Y lo más sorprendente fue que la mujer corrió tras él, todo lo deprisa que le permitían su ajustada falda y sus zapatos de tacón. Casi en seguida, ella se dio cuenta de lo inútil de su empeño, y entonces vino rápidamente hacia mí, y me agarró del brazo.
    —Tengo que hablar con él —me dijo mirándome fijamente a los ojos, con la voz alterada por la ansiedad y la breve carrera.
    —Lo siento, señorita, pero no veo qué podría hacer yo...
    —Usted lo conoce, dígame dónde puede encontrar a Pedro. Es muy importante que hable con él.
    —Ni siquiera sabía que se llamara Pedro. Hemos coincidido casualmente delante de este cuadro y nos hemos puesto a charlar.
    Siguió mirándome fijamente unos segundos, como intentando ver en mis ojos si había dicho la verdad. Luego sacó de su bolso una agenda, arrancó una hoja y escribió un nombre y un número.
    —Me llamo Elena —dijo tendiéndome el papel— y éste es mi teléfono. Si vuelve a ver a Pedro, por favor, dígale que tengo que hablar con él urgentemente. Prométame que lo hará.
    —Le prometo que así lo haré —dije a la vez que cogía el papel.
    Mantuvo sus ojos fijos en los míos unos segundos más, me dio un beso en la mejilla y se marchó.
    La sala quedó de nuevo vacía. Había sido todo tan rápido y tan extraño que, de no ser por aquel trozo de papel en mi mano y el bastón caído en el suelo, habría dudado de la realidad de lo ocurrido.
    Una pareja de japoneses me sacó de mi estupor. El hombre se acercó para recoger el bastón, pensando sin duda que yo tenía dificultades para hacerlo. Intenté adelantarme a él para evitarle la molestia, nos agachamos los dos a la vez y tropezamos. Musité unas disculpas en inglés, él se rió afablemente, y me fui apoyándome en el bastón, fingiendo una leve cojera, para no desairar al amable nipón.
    Dejé mi teléfono en la recepción del museo, por si Pedro volvía a buscar su bastón, y me fui a casa sumido en el mayor de los desconciertos. Lo que más me sorprendía no era lo que había ocurrido, sino la forma en que me había afectado. Si la auténtica Nora hubiera aparecido de pronto para pedirme algo que no podía darle, mi excitación y mi desasosiego no habrían sido mucho mayores.

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