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Una bandada de mujeres muertas

CARLOS MARTÍNEZ MONTESINOS

192 págs.

ISBN 84-89618-53-4

2350 pts. 14,12 Eur.

Una bandada de mujeres muertas (00052)


      
Marimatías


      El intestino del abuelo Matías se abrió en canal y nos atascó el váter de cólera amarilla cuando se enteró de que Matías era una niña. Otra niña. Vamos para la media docena, dijo en la comida el día que nos lo devolvieron del hospital. Papá enterró la cabeza en la sopa. Mamá abrió una brecha en el plato con la cuchara, nos salpicó a todos de fideos y se fue enclavijada a llorar en su habitación, a patear al abuelo en los muebles y arañar el papel de las paredes. El abuelo nos miró a las cinco, a sus cinco Matías, y se encogió de hombros. ¿Qué he dicho? ¿He dicho algo? Preguntó afligido, siguiendo su nueva táctica de mansedumbre y marginación, para hacernos sentir culpables. La sopa empezó a invadir las flores del mantel como la sangre de los muertos de bala.
      Y además estaba lo del nombre. Había que decirle al abuelo lo del nombre, porque mamá estaba empeñada en ponérselo aunque el viejo saliese con sus tontunas del destino y del oráculo y se enfureciese y reventase en un estertor de mierda de una vez. Mamá soltó la bomba al día siguiente, mientras bordaba en el salón, sentada en el sofá y con el enemigo enfrente, desprevenido, leyendo el periódico en la bonanza familiar del armisticio. Lo anunció sin violencia ni entonación, como se anuncia la cena, con la pereza descolorida de lo ineludible y las tropas replegadas, por si acaso; cada una de sus Matías haciendo pajaritos de colores en una esquina de la mantelería. Y no pasó nada, no hubo bajas que lamentar. Llamar Cordelia a una niña es bautizar a una solterona, se limitó a murmurar el abuelo. Hay nombres para todo añadió sin levantar los ojos de las letras, yendo y viniendo de la economía a los deportes, nombres que suenan a fulana o a militar: Elvira es nombre de marimacho (y me miró a mí); Margarita, de mujer que no sabe parir más que chiquillas. Cordelia es nombre de soltera, de soltera lunática, de tía estrafalaria y no de madre, suena a señorita Cordelia, no a señora. Ponle el nombre que quieras, pero si es Cordelia, ésta tampoco me dará nunca un Matías.
      Mamá se llamaba Margarita y el abuelo jamás aprendió a leer, pero le gustaba hacer como que no ponía atención, como que andaba preocupado en otras cosas, cuando hablaba para joder.
      Al principio las bobadas de Cordelia nos parecieron eso, bobadas, como esa manía de andar todo el día trasteando en el jardín, cocinando guisados de barro y rebanando a las orugas en rodajas para venderlas al peso como salchichón en sus juegos solitarios de lonja y mamás; como pasear de madrugada por la casa dando la réplica a los personajes de sus sueños o hablar en una lengua extraña que para nosotros no tenía sentido. Cuando fue creciendo, sin embargo, cuando mamá le hizo olvidar las cocinas de barro metiéndola a empujones en los secretos del ganchillo y aprendió a domesticar los devaneos del sonambulismo con infusiones de salvia y perejil, con friegas de alcohol en los pies y correas de cuero en las muñecas, el enigma de aquel galimatías de letras conocidas pero atadas sin ton ni son nos preocupó a todos. Mamá, que siempre desconfió de la utilidad del cuatropordós en favor de las labores del hogar, accedió a regañadientes a enviarla a la escuela por consejo del médico, por ver si se contagiaba del ambiente, le venía la vergüenza de la diferencia y aprendía a hablar como Dios manda. Además, que Don Esteban se lo recetó como terapia, porque el oír las parrafadas de Cordelia sacaba a mamá de sus casillas, de modo que mandarla al colegio servía para ayudar a la niña a integrarse en los lenguajes del mundo, pero también para quitársela de encima bien temprano y deshacerse de aquel palabreo insufrible hasta la hora de la merienda.
      El misterio se resolvió cuando Cordelia se decidió a escribir. Hasta entonces se la veía interesada en la pizarra y los dibujos de los libros, pero no daba muestras de progreso, porque se negaba a leer en voz alta y a coger el lapicero. Una tarde de tijeras y recortables, mientras Luisita Serafín se pegaba los dedos a las coletas en el pupitre de al lado, Cordelia abrió la libreta de dibujo, se remangó el babi, respiró hondo tres veces y parió toda una página con su verborrea de extraterrestre. Al día siguiente Doña Fina, la maestra de primero, llamó a mamá para notificarle que había descubierto el acertijo investigando en el cuaderno de la niña. Había pasado la noche en vela crucigrameando con los párrafos, dando vueltas de campana a los renglones y las letras, rastreando los términos de Cordelia en los manuales de códigos secretos y los diccionarios hasta que se dio cuenta (casi por un casual, mirando lo imposible de los ques) de que Cordelia escribía las palabras igual que las decía, ni más ni menos que al revés, del final al principio. Doña Fina, sabedora de los problemas de mamá para mantener el equilibrio, sensible a su tendencia al histerismo, le dijo que los árabes también escribían así, de derecha a izquierda, y trató de serenarla con una teoría particular según la cual Cordelia habría heredado los genes de cuando el reino nazarí, aunque ni ella misma ni cualquier persona con un poco de fuste se creyese aquel cuento. Mamá regresó de la charla un poco más tranquila, pero cuando se le acabaron las distracciones de la casa y se acostó y se puso a reordenar a Cordelia en la almohada no pudo dormir pensando qué tendría que ver Granada con ella, si su familia venía del norte; y como tampoco le cuadraba aquel embuste de recoger cosechas de hace quinientos años, la única explicación racional que le quedaba era el recurso a lo sobrehumano. Resolvió consultar directamente al padre Honorio, que la escuchó en confesión a primera hora de la mañana y se rió de sus temores hablando del peligro de las novelas y de tontadas pasajeras de chiquillos, sacándole al paso las andanzas de Lázaro, una historia que no tenía nada que ver con los desvelos de mamá pero que el padre Honorio bordaba con su talento natural para la descripción ambiental y la penetración de caracteres.
      Dado que el cura se negó a incluir a Cordelia en la nómina oficial de endemoniados, mamá se tomó la justicia por su mano y organizó un rito paralelo para desendiablarla. Nos llevó una noche a su cuarto cuando ya dormía, abrió las ventanas, desató las correas, purificó la habitación con tazones de desayuno agujereados de mariposas de aceite y nos pidió que nos arrodillásemos alrededor de la cama. Ella también se arrodilló, abrió en las manos un misal y empezó su receta casera de exorcismos, su retahíla de salmos, dispuesta a azotar los lomos del demonio y obligarlo a desalojar a golpe de rosario. Pero desistió cuando Cordelia se despertó con el relente de la media noche y el runrún ascendente de la cantinela, se sentó en la cama y, en vez de apostatar de la oración y los crucifijos, blasfemar, orinar cortinas de azufre y vomitar cohetes, se reenganchó al coro en el tercer misterio doloroso, santiguándose y juntando las manos, avemariando del revés, declamando de derecha a izquierda los tormentos de Jesús y el Gloria Patris. A mamá, como si no tuviese bastante con lo que tenía, le faltaban las rarezas ortográficas de Cordelia para perder la razón y dársela a los vaticinios del abuelo, y se nos fue de golpe y con un berrido, salmodiando entre fiebres que las margaritas no pueden parir chiquillos, asustada porque Rosa apenas tenía fuerzas para levantarse de la cama y Cordelia iba para chiflada, porque yo entraba en la pubertad organizando combates de boxeo con las muñecas, renegando de la repostería y el punto de cruz, pidiendo para la comunión un traje de marinero.
      Por los días de la misa de año de mamá, Aurora, la mayor de las Matías, cumplió dieciséis años, y el abuelo pensó que ya iba teniendo edad para sacarle el luto de las carnes, buscarle un marido y preñarla, porque los mordiscos de la colitis ulcerosa le iban devorando el intestino y no estaba dispuesto a abandonar este mundo sin haber puesto en él los piececitos de un Matías, porque si no me ocupo yo de la descendencia ¿quién lo va a hacer? ¿el flojo de vuestro padre?. Aunque no sé yo, decía, Aurora es nombre de mentiloca, de dejar las cosas a medio, de novelera, de tener la cabeza en las nubes y de inconstante, de no aguantar las servidumbres del conyungo y el embarazo. Como último recurso contaba con Rosa, una de las gemelas, que la otra no, que ya sabemos todos lo que dan de sí las Margaritas, pero Rosa era la salida de emergencia, el que sea lo que Dios quiera del último cartucho; Rosa era nombre de blanda, de coñifloja, de sinsalud, de no durar a las pejigueras de la preñez. El abuelo retomó la vida social y se fue de visita a sus quintos para pedir un censo de los nietos disponibles, anotando mentalmente el nombre de los aspirantes para estudiar el futuro en sus letras y dar con un buen semental. Los muchachos llegaban cada tarde, el abuelo se encerraba en su cuarto a mirar las fotos del periódico y nos dejaba a las Matías preparar el encuentro y las pastas, porque él no servía para tertulias de café y mariconadas de amor, para no asustarlos con la urgencia de la boda y los hijos. Aurora recibía al invitado en el salón, nosotras servíamos el chocolate, repartíamos las galletas y nos sentábamos todas en silencio a mirarlo, muy serias y cruzadas de brazos, mudas y fijas en él, como un tribunal dispuesto a evaluar la elocuencia del conferenciante. A esas alturas el convidado empezaba a interesarse en la escayola de los techos, a sudar y a poner perdido el mantel de chocolate y migajas, incapaz siquiera de recorrer con mano firme el trayecto del tazón a la boca. Como fin de fiesta, si el silencio no era suficiente para hacer perder el apetito al intruso, aparecía en escena Cordelia. Vestida de reina mora o de primera comunión se cruzaba de piernas en el sillón y, sin prólogos ni introitos, como una ráfaga de luz brillante en los ojos, comentaba los desarreglos del tiempo, destazaba unos versos de Bécquer o les contaba la película del viernes en el enic ed onarev, y ellos iban cambiando de color y nos miraban a nosotras inalterables y atentas, engatusadas con la narración pidiendo auxilio, buscando un gesto de cordura con que afrontar tamaño desconcierto de disparates. Hasta que se atragantaban con los bizcochos o recordaban un recado urgente y perdían la despedida por el camino, en el portal, huyendo de aquella tortura, porque no querían contagiarse la locura o no entendían, habituados a las semánticas del campo, de moderneces de inglés.
      El abuelo elegía a los aspirantes por sus nombres. Prefería los que empezaban por R., como Roberto o Ricardo. O Ramón, aquel que llegó de la ciudad en vacaciones y le hablaba a Cordelia en francés y hacía como que conversaba, porque ella replicaba a sus parlevús con gesto de comprender. Nunca supimos el porqué de aquella preferencia, qué le encontraría el abuelo de viril a las erres, pero el caso es que durante más de dos años vinieron a sentarse en el salón todos los Robertos y Rigobertos y Rómulos de la región en edad de eyacular, y cuando al abuelo se le agotaron las erres se conformaba con cualquiera que sonase a esperma y a varón. A pesar del empeño nosotras fuimos más cabezonas que él, y el teatro del café de las locas se renovaba semana a semana con disparates nuevos. El único que tuvo ganas de repetir la merienda e hizo buenas migas con Aurora, el único que se quedó a disfrutar de los malabares lingüísticos de Cordelia fue Ginés, un chico flacucho y callado, con ambiciones de chef y alma de poeta, que desde el primer momento supo apreciar las propiedades literarias de la ensalada familiar. Al abuelo, tan listo como era, le faltó un poco de cultura etimológica para emparentar al muchacho con los residuos mendelianos de su herencia helénica, con las querencias femeniles del gyné, pero es que los informes del abuelo venían del mundo subterráneo de la cuarta dimensión, no del griego y los latines. Ginés nos visitaba a menudo, se reía con las historias de Cordelia (llegó incluso a componer un soneto culinario en su lenguaje arabesco) y se hizo buen amigo de todas, aunque siempre prefirió a Aurora, que le prestaba recetas de cocina y se dejaba hacer tirabuzones y experimentos de peluquería.
      Papá siempre se mantuvo alejado de los trajines de la descendencia, nunca atinó a acomodarse a las rarezas de la casa. Deambulaba por entre las rutinas de la guerra de sucesión como un pato en un pimpampum de feria, como si el debate no fuese con él, esquivando los golpes, las rabietas de los pretendientes y los dardos envenenados del abuelo. Para él la muerte de mamá fue el broche de oro a los anuncios maniqueos del oráculo de los nombres, un capricho nefasto de los hados que lo llevó a aceptar con resignación las mensajerías del abuelo. Cuando se vio solo con nosotras se dedicó de lleno a su trabajo en los campos, hacía todo lo posible por pasar el menor tiempo en casa, para no escuchar los reproches eternos del abuelo y no recordar los tormentos de mamá en las locuras pronosticadas de las niñas. Salía al amanecer y sólo esperaba una cena tranquila antes de irse a dormir y descansar en paz, y entre sol y sol se sumergía en el sosiego de la agricultura hablando en secreto a la tierra y la cebada, llevando y trayendo confidencias con los elementos, y parecía que el diálogo funcionaba, porque el pedrisco se mantuvo alejado de la región y el viento no dejó a los pájaros echar a perder los frutos de la temporada, la lluvia venía a socorrerlo cuando más la necesitaba. Al cuarto verano sin mamá aquella comunicación perseverante, aquel alejarse del mundo dio sus frutos y tuvimos una cosecha excelente, tan abundante que papá necesitó la ayuda de un jornalero que vino a la casa por una semana, algo totalmente innecesario, según los soliloquios del abuelo, si papá hubiese cumplido en su momento con las obligaciones maritales, si hubiese aprovechado para concebir un hombre con un buen par de brazos (y de cojones) en lugar de entretenerse en traer locas al mundo.
      Abdón González, más que alto, se hacía cuesta arriba, como un agosto de insomnio con las sábanas desatadas y enmarañadas en el sudor de las vueltas y los pies. Era huesudo y torpe, y habitaba uno de esos cuerpos punzantes de eterno opositor, de pensión a media pensión y sueldo en libros, reservado y esquivo, feo como una espina de pescado en la garganta. Pero a pesar de su aspecto era fuerte, se pasaba el día haciendo el trabajo de dos hombres y la noche viajando de la cama al lavabo, martilleando el silencio de las sombras con el torrente estrepitoso de la cisterna y el chorreo inacabable de su cistitis crónica. El abuelo parecía odiar la sola presencia de Abdón rompiendo las costumbres de la casa, más que nada porque el abuelo siempre tuvo el sueño ligero y su cama pegaba a la pared del baño. Ya el día de su llegada diagnosticó que Abdón tenía cuerpo de achaques y nombre de sinsemilla, de semen moribundo y leche aguada, de culinquieto, de vagar de un lado a otro y no echar raíces, por eso ninguna de nosotras pudo imaginar lo que se traía entre manos, convencidas de que el fracaso de las expectativas puestas en Aurora y los años de inversiones estériles en meriendas le habrían ahuyentado para siempre los fantasmas de barrigas y Matías de la cabeza.
      Amparado en la oscuridad de la noche el abuelo se encargó de ganarse a Abdón poco a poco, de despertar sus intersticios lúbricos aprovechando la moranza común y las flaquezas de la vejiga del muchacho, de ir enredándolo en sus trampas como un lacero profesional, ataviado de nocturnidad, chorreando alevosía. Desvelado por el golpeteo de aquellas meadas desde lo alto en una casa acostumbrada a los orines sentados, el abuelo liberó noche tras noche las ataduras del sueño de Cordelia y encaminó sus callejeos sonámbulos procurando que tropezase en los pasillos con las urgencias de Abdón o se perdiese en los laberintos de la casa para ir a parar a su dormitorio, arrebatada como una santa, ojicerrada, con el pelo húmedo por el calor, la mirada inocente y la virginidad al aire. Dos meses después del fin de la cosecha y la marcha de Abdón el vientre de Cordelia comenzó a crecer, y siguió creciendo en los meses siguientes al tiempo que ella perdía el apetito y la costumbre atnot de caminar dormida.
      Cordelia olvidó las rarezas del lenguaje y dejó de hablar el día que reventó el vientre del abuelo, el día que parió a las gemelas. Aquel día se enfundó la juventud en una bata negra, se anudó la belleza y el pelo en un moño de vieja y dejó a las niñas a nuestro cuidado. Cordelia y Margarita se llaman, en memoria del abuelo. Y se encerró en la cocina a trastear cacerolas y empantanarlo todo de zumo de barro y pelusillas, a atar salsas con tinta de bolígrafo y azúcar y arañas recolectadas en el jardín, mezclar hierbas inútiles y cocer ungüentos incomibles, apremiada por un afán desconocido que la obligaba a retomar los juegos interrumpidos de niña e inventar guisos que nadie probaría. Aurora se marchó al norte con Ginés, allí comparten un restaurante y un camarero francés. Rosa sigue igual, marchita y desganada, sin fuerzas siquiera para levantarse de la cama, pasa unas temporadas en casa y otras con Margarita, con su marido y sus niñas, en la montaña, porque el aire fresco le hace bien. Y las gemelas crecen cada día, tan una la otra y a la vez tan distintas, Cordelia atendiendo a sus manías extravagantes de futura solterona, Margarita con su terneza romántica de madre de mujer, hermosas cada una en su lenguaje, libres de los correajes de mamá y los oráculos matiáticos del abuelo, sanas y fuertes. Creo poder decir que he sido un buen padre para ellas.

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