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La isla de los antropólogos y otros relatos

IBAN ZALDUA

160 págs.

ISBN 84-89618-79-8

2250 pts. 13,52 Eur.

La isla de los antropólogos y otros relatos (00065)


      
El examen del señor De Pauli


      El tiempo, señores, es muy importante. En un examen, cómo les diría yo, el tiempo es casi lo primero, y no me estoy refiriendo al atmosférico, lo digo por los graciosos que se han puesto a mirar por la ventana. El tiempo, redundo, es casi más importante que el contenido. Hablo, como pueden ustedes suponer, más de su ahorro que del transcurrir de los minutos en sí. La rapidez, la agilidad que ustedes lleguen a desarrollar son, por lo tanto, factores fundamentales. Son el reflejo más neto y exacto de su actividad mental, el barómetro que mide si han aprovechado o no el curso. La sal de la evaluación. Por supuesto, espero que no osen copiar a sus compañeros, ni hacer uso alguno de esos adminículos que el vulgo denomina «chuletas»: les advierto que les estaré vigilando desde la sala contigua, y que el circuito cerrado de televisión me informará de cualquier anomalía. Si les cojo en falta se lo han oído contar a sus compañeros de los cursos anteriores ya saben a lo que se exponen. Sé que me excusarán que alargue esta exposición más de lo habitual: quiero que todo esto quede especialmente nítido. Un examen es, por lo tanto, la gloria del tiempo: en él se conjugan su capacidad de síntesis, su audacia en la búsqueda de la respuesta precisa, su habilidad para escribir velozmente a la vez que exhiben una caligrafía perfecta. Es, efectivamente, la prueba suprema. Mas no le demos vueltas, señores. Para responder a las siete preguntas de que consta el ejercicio que en estos momentos les está entregando el señor ayudante, disponen de media hora. A las once menos cuarto exactamente aun les será posible abandonar, arrastrándose, el aula. A las diez y cuarenta y siete minutos sólo los más delgados usted, Fanjul, y acaso usted, Uribe podrán lograrlo. Recuerden que el techo desciende a razón de ocho centímetros por minuto, y que no hemos previsto la posibilidad de una prórroga. Bien, si no tienen ninguna pregunta, sólo me resta desearles mucha suerte.
      
Yo, ministro de


      Esto podría parecer un relato de ficción, pero no lo es. Juro que yo permítaseme hacer uso del título del cargo más alto al que llegué, aunque no sea ya más que un doliente ex, ministro de, lo viví. Que quizá no quede nadie más que conozca todos los detalles de la historia. Que, cuando yo muera, la verdad morirá conmigo. Por eso confío en estos papeles, que intentaré ocultar, en la esperanza de que sirvan para algo más que para poner en orden los recuerdos, algo confusos ya, de un anciano.
      Todo empezó en el año. Llevábamos dos en guerra. Yo era y nada me enorgullece más un agente infiltrado entre las filas del enemigo. Desde que estalló la sublevación, el Partido me destinó a tareas de espionaje tras las líneas de los facciosos. Sin ningún antecedente rastreable, no me fue difícil vestir su maldito uniforme, demostrar mi valor en tres o cuatro acciones de escasa repercusión, e incluso dirigir una represalia, en el curso de la cual llegué a dar la orden de fuego al pelotón que ajustició a seis «revolucionarios»; casi todos de la, afortunadamente. Me resultó doloroso, claro que sí, pero las instrucciones del Partido eran claras al respecto.
      Además me lo aseguraron al encomendarme la misión no creían que fueran a mantenerme durante mucho tiempo en el frente: tenía estudios de, y era seguro que les iba a ser más útil en puestos de mayor responsabilidad. De hecho, ascendí pronto, sobre todo tras la batalla del, en la que demostré ésa vez sí un arrojo y decisión poco comunes. En enero de me concedieron el grado de y me condecoraron con la cruz de. Habíamos perdido la guerra. Yo seguía enviando informes a mis camaradas, pero no parece que sirvieran de nada. Era un infiltrado y tenía que seguir manteniendo mi verdadera identidad a cubierto.
      Tras la rendición, bien es cierto, no supe qué hacer. Incluso llegué a pensar en exiliarme, o en pegarme un tiro y acabar con aquello de una vez. No porque no pudiera mantener por más tiempo aquella ficción tan bien trabada, ni por asco de mí mismo o de lo que estaba haciendo. Estaba cómodo en mi papel. Las palabras victoria, cruzada, patria, tradición fluían sin rubor de mi boca durante los discursos que no pocas veces tuve que pronunciar, en razón del modesto cargo político que el gobierno tuvo a bien encomendarme y que me llevó a arengar a funcionarios, agricultores y religiosos de las provincias de. No: yo estaba actuando correctamente, no hacía más que lo que el Partido me había pedido al principio de la guerra. Esperaba ansiosamente las noticias del exilio, pero no llegaban. Seguía enviando mis cartas al mismo número de la Rue de Saint-Hilaire de, y jamás recibí indicación alguna de volver o de abandonar mi labor. Estaba seguro de lo que hacía. Si alguna vez llegué a barajar la idea del suicidio fue por el increíble desdén que sentía hacia aquel ambiente opresivo, hacia aquellos funcionarios serviles, hacia aquellos nuevos ricos que habían aupado la guerra y el estraperlo, hacia aquellos falangistas y militares que llenaban cada centímetro cuadrado de mi vida, de la vida de todos. Pero me mantuve firme: puedo proclamarlo con orgullo.
      Durante los primeros años de, continué perfeccionando mi disfraz, y estoy seguro de que no llegaron a sospechar nada. Me casé con la señorita María Felisa de, cuya familia poseía un título concedido por el propio y que, evidentemente, nunca se enteró de nada, al menos en un primer momento. Dudo que llegara a ser feliz a mi lado; en todo caso, yo siempre tuve la seguridad de estar cumpliendo con mi deber, y éste es un bálsamo suficiente para casi cualquier herida. Por otra parte, fui ascendiendo en la cadena de mando de las diversas instituciones que surgían, engordaban, se refundían y desaparecían como setas, en aquella época: el Instituto para, la Organización Nacional de, la Junta Técnica Consultiva de, el Comité del Sindicato de. Algunos cargos los simultaneé con los de subsecretario de y director general de, durante cuyo ejercicio alcancé un notable grado de influencia, amén de aunque no me esté bien el decirlo una cierta fama de efectividad, cosa poco común en los ministerios por aquel entonces. En mis cada vez más prolijos informes confesaba al Partido que no creía en la posibilidad de seguir subiendo en la escala jerárquica y que, tras aquellos vibrantes nombramientos, la siguiente crisis ministerial me barrería del mapa, relegándome a un segundo y ya, probablemente, definitivo plano como alto funcionario en alguna delegación provincial.
      El hecho de no estar vinculado a ninguna de las «familias» del régimen era el pilar de mi argumentación. Solicité muchas veces a la dirección del Partido alguna orientación en ese sentido, pero, como siempre, sólo obtuve la callada por respuesta. Sin embargo, es probable que fuera precisamente esa falta de ubicación «política» concreta la que me catapultó a aquel puesto de Ministro en el que ocupé el año y medio más tormentoso de mi vida. Los rumores de cambio de gobierno circulaban por el Ministerio con más insistencia que nunca. Cuando don, entonces Ministro de, me llamó para ofrecerme el puesto, casi no me lo creí. Contesté que sí inmediatamente, claro está. Al poco, tuve una conversación telefónica con el propio. Al día siguiente, el anuncio oficial, y mi nombre en la radio y en los periódicos, entre los otros designados. A sólo le había visto de lejos y en la inauguración de una circunvalación, pero el día de mi toma de posesión me saludó e incluso departimos durante un rato. Yo apenas presté atención a lo que dijo, ni siquiera a las estupideces rimbombantes que pudo proferir mi temblorosa lengua. Solamente pensaba: estoy con él, a menos de veinticinco centímetros, haciendo un aparte mientras esperamos la llegada de los que faltan, podría matarlo, sería fácil, una pequeña arma escondida en la manga y luego salir, escabullirse, o ser atrapado, fusilado, qué más da, en todo caso me convertiría en un héroe, podría hacerlo, puedo hacerlo todo. Sólo necesitaba el permiso del Partido. Nunca lo obtuve.
      Tampoco les insistí demasiado: el Partido nunca había concedido demasiada importancia a los detalles supraestructurales. Sabía que el mal de era de una naturaleza mucho más profunda. Además, en aquella fase de mi trabajo como infiltrado la discreción era más necesaria que nunca: ya corría los bastantes riesgos enviándoles mi informe mensual, y no era cuestión de aumentarlos con la posibilidad de que interceptasen la respuesta. Comprendía el silencio del Partido, lo prefería incluso. Significaba que lo que les transmitía les parecía bueno y lo iban a utilizar provechosamente; el cómo no era de mi incumbencia. Por otra parte, no podía quejarme de cómo vivía. Mi trabajo como ministro no exigía demasiado y me capacitaba para manejar más información que nunca: toda la que quería, por lo menos en lo que a mi Ministerio se refería. Mis hijos se hacían mayores y cada vez tenía que mostrar menos preocupación hacia su crecimiento o su educación. El Ministerio fue, en todo caso, la excusa perfecta para afianzar el despego con el que trataba a mi esposa que, por otra parte, no parecía molesta con la situación.
      Fue entonces cuando empecé a sospechar que me habían descubierto o, al menos, que estaban al tanto de algo. La mirada torcida de los ujieres que poblaban los pasillos del Ministerio, el envaramiento de los guardias civiles de mi escolta personal, los gestos incomprensibles de mis subsecretarios, las bromas de los demás ministros en la antesala del consejo, el silencio de, todo se me antojaba diferente, premonitorio. Me vigilaban, estaba estoy casi seguro. Incluso en casa me sentía observado, extraño. Cada cocinero, cada mayordomo nuevo se me aparecía, en mis peores sueños, como el espía encargado de urdir mi perdición. Llegué a reconocer leves indicios de burla en la habitual indiferencia con que me correspondía Felisa, como si lo supiera todo, como si conociera cuál iba a ser mi destino y lo saboreara por adelantado. Al principio no di mucha importancia a estos signos, que creí fruto del cansancio y la presión. Ni siquiera me atreví a insinuar mis sospechas al Partido, aunque, eso sí, extremé hasta el paroxismo las medidas de seguridad de los envíos, espaciándolos en el tiempo cada vez más.
      Cuando al final decidí hacer saber a los responsables ante la que pensaba que habían descubierto mi juego y que quizá me estuviesen utilizando para enviarles información falsa, los rumores de crisis ministerial volvieron a flotar en el ambiente y, cómo no, mi nombre sonaba, pero esta vez como el de uno de los que caerían. Se me hizo eterno aquel verano. Esperaba a cada momento que llegase el motorista con el sobre e, inmediatamente después, los agentes de la policía y sus interrogatorios. No le temía a la muerte, pero sí al dolor, y a las consecuencias que para el Partido pudieran tener las revelaciones que, a no dudarlo, llegaría a hacer a nuestros enemigos.
      Nada de esto ocurrió. Mi cese, en aquel agosto de, fue tan anodino como el de cualquiera; ni una línea de la carta que me agradecía los servicios prestados dejaba traslucir lo que sabían o dejaban de saber. Tampoco nada de lo que vino después se salió de la norma habitual: ni la presidencia de aquel grupo de empresas estatales, ni mi corta experiencia como embajador en, ni los títulos que recibí, ni las medallas al mérito que colgaron de mi chaqué en aquella ceremonia en honor de.
      Nada fue extraordinario, pero en todo creí ver un tufillo extraño, una ironía maligna que impregnaba cuanto me estaba aconteciendo. Eso, sin contar con que en mis nuevos cargos de responsabilidad apenas si recibía información alguna que pudiera serle de utilidad al Partido. Este hecho fue el que me convenció de que sabían todo sobre mí, y que me habían condenado al peor de los castigos: a languidecer viviendo aquella vida de lacayo, sin tener la oportunidad de demostrar quién era, cuánto valía, por qué principios había luchado. Nada podía hacer, ni siquiera seguir escribiendo informes que, seguramente, a nadie interesaban allí, en.
      Hace dos meses me diagnosticaron un cáncer. No me queda mucha vida, y dudo de que pueda llegar a ver la victoria por la que he estado luchando durante tan largos años. He estado tentado de recurrir a los medios de comunicación para contarles mi historia, para revelar al mundo cuál ha sido mi verdadera labor. Pero no voy a hacerlo: controlan la prensa, las radios, la televisión, no dejarían siquiera que me acercase a ellos. Y, sobre todo, no tengo el permiso del Partido para llevar a cabo una acción propagandística de esa índole, pese a que opino que los argumentos que he esgrimido en mis últimas comunicaciones han sido convincentes y están basados en un análisis profundo de la actual coyuntura política y social. Por eso, en medio de los fuertes dolores que me atenazan, en los breves momentos en que me dejan solo y la morfina no embota mis sentidos, me he decidido a escribir este resumen que espero aún no sé cómo poner a buen recaudo, en espera de tiempos mejores: aunque yo no los llegue a conocer, sé que vendrán y que yo, que llegué a ser Ministro de bajo, fui uno de los que, en compañía de otros miles de militantes del Partido de, en la más asombrosa clandestinidad, contribuyó a crear el mundo nuevo.
      Sólo temo que ellos encuentren este texto, lo oculten, lo destruyan o, peor aún, lo censuren, o lo tergiversen, o lo alteren para que parezca que lo escribió un viejo que no estaba en sus cabales; que lo conviertan en un relato entrecortado por espacios en blanco, vacío como un cascarón. Sólo temo que me condenen, esta vez sí, para siempre.
      
New Manchester


      Tomemos el ejemplo de V. I. T., joven revolucionario que desde los días de mayo del 68 había pasado por (y a través de) todos los grupos y tendencias ideológicas de la izquierda posible e imaginaria, desde el más dogmático marxismo-leninismo teñido de stalinismo al trotskismo y al maoísmo, desde el anarcosindicalismo al socialismo cristiano y la teología de la liberación, por no mencionar los comandos de guerrilla urbana, los grupos de lectura popular de El Capital en las fábricas, las asociaciones ecologistas y antinucleares de más variada pelambre, el movimiento de objetores de conciencia, o los seminarios sobre materialismo histórico que había dirigido ocasionalmente.
      Decepcionado por un mundo, una sociedad que se negaban obstinadamente a evolucionar, y tras una profunda reflexión, el joven revolucionario ya no tan joven decidió al fin tomar medidas tan drásticas que, si bien implicarían su sacrificio individual irreversible, no podrían ser, según sus cálculos, más que el acicate y empujón definitivo que pondría en marcha el movimiento revolucionario que debía trastocar el podrido orden del mundo capitalista. Así pues, haciendo uso de una sustanciosa herencia era de familia bien hizo construir en la barriada más insalubre de la ciudad una enorme factoría gris de la que sobresalían largas chimeneas de ladrillo, en el más puro estilo de Lancashire de finales del siglo XVIII, y la pobló de jennies, selfactinas, telares mecánicos y máquinas de vapor, con los que pretendía fabricar dos mil piezas de paño al día. Alimentó sus hornos con el coque más barato y contaminante del mercado, e impuso un férreo sistema de trabajo a destajo en el que no eran raras las jornadas de doce, trece y hasta quince horas; empleaba, a cambio de misérrimos salarios, además de a una multitud de obreros, a un buen número de mujeres y niños a los que pagaba la mitad del jornal y a veces menos, y que cuando caían desfallecidos bajo el sofocante bochorno de las naves sin ventilación, eran arrojados sin miramientos por los capataces al frío de la calle. En su afán por lograr que la chispa que allí mismo prendiese la llama de la Revolución prendiera los más rápida y potente posible, prohibió la sindicación de la masa obrera, obligó a los trabajadores a comer y avituallarse en la cantina anexa a la fábrica, por precios exorbitantes, y a malvivir junto a sus familias en inmundos barracones sin calefacción ni agua corriente, privilegio por el que cobraba, cómo no, abusivos alquileres. Él mismo llevó al límite su caracterización engordando treinta kilos y vistiendo traje y chistera, amén de fumar enormes habanos a todas horas.
      Sin embargo, el nombre de V. I. T. nunca figurará en los anales del Movimiento Revolucionario. No voy a rememorar aquí como fue capturado, juzgado por un tribunal obrero y finalmente linchado, pues se trata de noticias de sobra conocidas por todos. Sí añadiré a las crónicas, sin embargo, que murió sonriente, sin exhalar una queja, seguro del triunfo final.
      Los trabajadores, tras su muerte, tomaron las riendas de la empresa, formaron una cooperativa y convirtieron la factoría en una de las empresas punta del país en la fabricación de electrodomésticos. Hoy día negocian con una delegación japonesa su integración en una poderosa transnacional.

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