1. El grabado italiano
Era un grabado del XVII, el seicento, como decía
Marianna, uno de aquellos minuciosos trabajos en que un
arco de triunfo romano aparecía en blanco y negro, con todos
los detalles amorosamente dibujados, medallones, cenefas,
guirnaldas, perfiles, inscripciones. Los dos grupos de pastores
que aparecían a izquierda y derecha del monumento meros
comparsas junto al motivo central: el arco, destacándose
nítido contra un cielo en el que algunas nubes enfatizaban
la perfección que se imaginaba azul, de un azul romano,
tras de las lanzas oscuras de los cipreses.
Pero lo que destacaba en la imagen, por lo demás anodina
y similar a cientos de grabados que había visto en su vida
en láminas de libros o en tiendas de anticuarios, era la
impresión que producía, causada tal vez por el ángulo que
había escogido el dibujante. Al mirar el grabado, tan firmes
sus líneas arquitectónicas, tan sólido el monumento, tan
circunstanciales y efímeros los personajes, lo que destacaba
realmente era el vano, la luz del arco, el fragmento de
aire, de vacío, de posibilidades que quedaba entre la solidez
afiligranada de los dos fustes de apoyo. Lo que saltaba
de inmediato a la vista era que aquel arco era un pasaje,
un camino de este lado al otro lado, un umbral.
«Italiano. Seicento-settecento. Escuela de Roma.
Hay miles así», había dicho Marianna por encima de su hombro,
desentendiéndose de inmediato para dedicarse al resto de
tesoros que presumiblemente aguardaban en esa y en el resto
de las habitaciones de la casa y que aún tenía que revisar.
Los documentos no eran su especialidad y por eso la había
llamado a ella, que en rigor no era especialista en nada,
pero amaba los viejos libros y los papeles antiguos, con
la esperanza de que algo de lo contenido en aquella caja
de cartón pudiera servirle para algún proyecto de investigación
subvencionable, uno de aquellos proyectos que le habían
dado de comer en los últimos quince años.
Con un poco de suerte podía haber un diario editable,
una colección de cartas interesantes -al fin y al cabo el
propietario de la casa había sido un eminente filólogo hispano-italiano
que acababa de morir a los noventa y tres años-, algún manuscrito
secreto. Pedir por pedir, algo fuera de lo común, poemas
eróticos, cuentos infantiles, la confesión de un crimen,
quizá.
Novelerías. Bobadas. ¿Cómo iba a quedar nada de interés
en una caja que representaba el último resto de un legado
que había enriquecido a dos bibliotecas y varios parientes
a partes desiguales? Lo que quedaba allí era, obviamente,
lo que nadie había querido, lo que no podía tener más valor
que el sentimental, si alguien sentía algo por aquellos
papeles dispares, amarillos de puro viejos, listas de nombres
y lugares que en otro tiempo debieron de significar algo
y que ahora, así, sueltos, aislados, fuera de contexto,
no eran más que basura.
En la base, lo único que valía algo era aquel grabado.
Y eso sólo por la impresión, profundamente personal y subjetiva,
que producía en ella. Esa apertura, esa certidumbre de estar
ante un pasaje, una respuesta, una solución. Pero respuesta
¿a qué pregunta?, solución ¿a qué acertijo?
Le dio la vuelta al grabado buscando quizá eso, la pregunta,
el enigma previsto por el dibujante. Abajo, a la izquierda,
escrito a lápiz duro en una caligrafía como de patas de
araña, constaba el nombre de la obra: Questa è la Prima
Porta, sin fecha, sin indicación de lugar.
-¡Marianna!
-¿Quéee? -la voz de Marianna le llegó desde el fondo de
la casa.
Se levantó y, con el grabado en las manos, recorrió el
largo pasillo en penumbra flanqueado por altísimas estanterías
desnudas como esqueletos, ya que todos los libros habían
sido enviados a sus destinos finales: la Biblioteca Nazionale,
la Biblioteca Universitaria de La Sapienza o las bibliotecas
privadas de dos sobrinos nietos del erudito.
Marianna estaba sentada a una mesa, con un reloj que representaba
un coche de caballos conducido por un fauno; tomaba notas
en su cuaderno y la luz que entraba por las dos altas ventanas
nimbaba su melena rubia con un halo dorado, a lo Boticelli.
-¿Hay en Roma una Prima Porta?
Marianna levantó la cabeza.
-Hay un montón de puertas. A ver... Porta Pia... no, espera,
ya sé. Prima Porta es un pueblecito de las afueras. O un
cementerio. Hay un cementerio que se llama Prima Porta.
Le enseñó de nuevo el grabado:
-Mira, aquí pone que esto es Prima Porta.
-Pues no es verdad.
-Vaya.
-¿Qué? ¿No hay suerte?
-Hasta ahora no. Pero aún no lo he mirado todo. ¿Y tú?
-Yo no necesito suerte. Necesito paciencia.
Las dos se rieron y ella volvió a su caja de papeles sintiendo
cómo la pequeña esperanza que le había hecho sentir la llamada
de Marianna se iba disipando como la niebla bajo el sol.
La había llamado casi a las doce de la noche y el timbrazo
del teléfono la había hecho saltar de la cama como un muelle
con esa opresión repentina de lo inesperado, de lo tal vez
ominoso, porque a esas horas sólo se reciben malas noticias.
Sin saber bien por qué, se empeñó en llegar al aparato antes
de que se pusiera en marcha el contestador automático, y
lo consiguió apenas, tropezando con el pico de la horrible
cómoda que algún compañero de piso de quien no se acordaba
más que nebulosamente se había dejado en la casa común cuando
su camino profesional lo elevó un grado sobre los colegas
que, ya mediada la treintena, tenían que seguir compartiendo
aquella casa antigua y destartalada porque sus desiguales
ingresos no les permitían lo que él iba a poder tener desde
ahora: un pequeño apartamento moderno en un edificio de
reciente construcción.
Sin garantías, había dicho Marianna. Si quieres venirte
a echarles una mirada, los papeles que haya son tuyos, pero
que conste que no tengo ni idea de si hay algo que merezca
la pena.
Había murmurado algo de llamarla al día siguiente, se
había vuelto a la cama y se habría olvidado de todo de no
ser porque, justo antes de que la despertaran los timbrazos
del teléfono, había soñado algo tan vívido y curioso que
la había llevado a hacer la maleta nada más abrir los ojos
por la mañana. En su sueño ella iba en un tren con su abuelo
y, aunque sabía perfectamente que estaba muerto, de algún
modo era muy natural irse juntos de vacaciones a Roma. El
abuelo Manuel estaba de buen humor, como casi siempre, pero
esta vez parecía especialmente contento, como si hubiera
conseguido por fin algo mucho tiempo deseado. Entraba el
sol por las ventanillas y las fachadas ocres y rosadas de
las casas de campo brillaban como recién lavadas. Se sentía
bien, descansada, alegre, feliz de poder estar de nuevo
con el abuelo después de tantos años. Se veía el mar por
todas partes, como si el tren corriera por un puente en
dirección a una isla, como si estuvieran llegando a Venecia.
Entonces él le hacía señas desde la puerta del vagón, ella
se acercaba y, detrás de la puerta había una habitación:
el salón de una casa señorial que ella, en el sueño, reconocía.
Él se quedaba en el umbral y, con una sonrisa, la animaba
a avanzar por la casa y a abrir las puertas que daban a
otros cuartos igual de hermosos que el primero y que ella
iba reconociendo con un escalofrío de alegría, como si hubiera
conseguido recuperar algo perdido desde su infancia.
Sin garantías, decía la voz de Marianna. Si quieres venir,
lo que haya es tuyo, pero sin garantías. Y el abuelo sonreía
y la animaba en silencio con el gesto de la mano, como cuando
de pequeña dudaba sobre si tirarse del tobogán más alto
del parque. Si quieres venir...
Y ella había ido, claro. Era una locura gastarse lo que
costaba el billete de tren para echar una mirada a aquellos
papeles, pero había ido. El abuelo se lo había aconsejado
en su sueño.
En el peor de los casos, eran unos cuantos días en Roma,
viviendo en el piso de Pia y de Marianna, bañándose en la
luz dorada de la ciudad eterna, llenándose los ojos con
los ocres de sus fachadas decrépitas. Y podía haber algo.
Le hacía una falta enorme que lo hubiera, porque se le estaba
acabando la financiación del último proyecto y no había
nada en perspectiva. Por no haber, ni siquiera había nadie
a quien recurrir si todo fallaba. Sus padres habían muerto
hacía años en un accidente de tráfico, su único hermano,
medio hermano realmente, estaba casado con una niña bien
de la mejor sociedad vienesa y desde hacía un tiempo parecía
empeñado en hacer carrera en la política local, Alec había
desaparecido de su vida igual que había llegado, de un día
para otro, sin explicaciones, sin peleas. Una mañana se
había levantado para ir a la biblioteca y de su repisa del
baño había desaparecido la mitad derecha: sólo quedaba una
superficie blanca y lisa, increíblemente larga, donde hasta
ese momento habían estado sus cosas de afeitar, su colonia
y su hilo dental. Pegado a la puerta de la nevera, un papel
amarillo informaba sucintamente: «Lo siento. Esta no es
la vida que yo quería. Ya te llamaré». De eso hacía catorce
meses y en ese tiempo sólo había recibido una postal de
Buenos Aires: «Estaba seguro de que la vida podía ser así».
Veinte años dedicada a la literatura y nunca había leído
nada más cruel.
Desde entonces, nada: proyectos que no acababan de cuajar,
promesas inconcretas, hombres que se esfumaban antes de
llegar a ser una posibilidad.
Cuando oyó el carraspeo de Marianna, se sorprendió a sí
misma agarrada al visillo polvoriento de una de las ventanas,
mirando sin ver las imponentes frondas de Villa Albani.
-¿Pensativa?
-Teniendo un ataque de autocompasión.
-¿Lo de siempre? ¿Casi cuarenta años y sin novio, ni perrito
que te ladre?
Se debatió un instante entre la risa y la rabia y se decidió
por la risa:
-Algo así.
Estuvo a punto de decirle que para ella las cosas eran
muy fáciles: tenía un trabajo fijo que le gustaba en uno
de los antiquariati más importantes de Roma, dinero
seguro a fin de mes, un piso coqueto y soleado en la Via
Giulia, alguien que la quería y la esperaba para cenar.
-Si te decidieras por las mujeres, se te acabarían las
penas.
Sacudió la melena y volvió a la caja. No tenía sentido
contestarle a Marianna, no quería empezar otra vez con el
eterno tema que habían discutido hasta la saciedad, incluso
desde antes de que conociera a Pia.
-¿No te das cuenta de que hay muchas más mujeres atractivas
que hombres? Y no me refiero sólo al exterior. ¿No podrías
tú nombrar, así, sin pensarlo, muchas más mujeres que valen
la pena que hombres? Mujeres valientes, decididas, trabajadoras,
cariñosas, guapas. Y tú, como una imbécil, esperando al
príncipe azul. ¿Cómo es posible que no te hayas dado cuenta
de que no hay más que batracios? Batracios auténticos, ranas
de la más pura estirpe, que no van a transformarse en nada
mejor cuando las besas. ¿No estás ya hasta las narices de
acostarte con ranas?
-Déjalo, Marianna, por el amor de Dios.
El tono debió de expresar claramente su angustia porque
Marianna se encogió de hombros:
-Vamos a dejarlo por hoy. Como han cortado la luz, ahora
mismo no se verá ni torta, así que no hay nada que hacer.
Mañana más. Ahora nos vamos aquí al lado, te invito a un
campari, nos vamos a casa, dejamos tus trastos, nos acicalamos
y te llevo a cenar a La pace. Hoy Pia tiene una reunión.
Ella levantó los ojos de los papeles con una chispa de
diversión.
-Te juro que va sin segundas. Tú sabes lo que yo quiero
a Pia, pero no soporto verte poner esa cara de mochuelo.
¡Anda, recoge!
Sabía que era estúpido, pero metió el grabado y los papeles
que lo acompañaban en una carpeta amarilla y los guardó
en su mochila para leerlos por la noche en la cama, aunque,
bien mirado, no hubiera mucho que leer. La caja podía quedarse
donde estaba hasta la mañana siguiente. No se la iban a
robar.
Con ternura y agradecimiento miró a Marianna, que se estaba
poniendo la chaqueta y acababa de sacar un cepillo para
alisarse la melena rubia. Era una buena amiga. De hecho,
era la única amiga que tenía. Ella la descubrió mirándola,
le sonrió y le lanzó el cepillo de pelo:
-Píntate un poco los labios, mujer. Pareces el fantasma
del castillo.
-No me he traído pinturas.
Marianna se acercó sobre sus altos tacones que hacían
ecos misteriosos en la casa vacía y ya en penumbra, la tomó
por los hombros y la besó en los labios cerrados, fuertemente:
-Me sobraba un poco, tesoro. Ahora estamos bien las dos
-se dio la vuelta y se dirigió a la puerta de entrada. Ella
la siguió, cargando la mochila con la cabeza baja.
Marianna cerró con doble vuelta de llave la enorme puerta
de madera noble y rejilla dorada y empezó a bajar las escaleras
de mármol en silencio, balanceando el maletín de piel. Ella
echó a andar detrás, obedientemente, sintiéndose, como de
costumbre, un poco halagada y un poco fuera de lugar, torpe,
inadecuada, con sus vaqueros y sus casi cuarenta años a
cuestas, un peso más evidente que el de la mochila. No se
habría cambiado por Marianna, pero a veces, demasiadas veces,
le gustaría tener algo de lo que a ella le sobraba: esa
seguridad, esa arrogancia, esa belleza altanera tan italiana
que se expresaba en su perfume, en su forma de sujetar el
bolso, de ajustarse una media, de quitarse los pendientes
de clip para contestar el teléfono, esa femineidad desbordante
que, sin embargo, se guardaba para otra mujer.
En la calle le sorprendió la luz, un sol de poniente que
hacía mucho tiempo que había huido del piso del erudito
y que ahora se derramaba como miel sobre la ciudad iluminando
los tejados rojizos, las copas de los árboles, las cornisas
decoradas de los palacetes de aquella zona de ricos del
siglo XIX. Casi en la puerta del jardín una pareja muy joven
se besaba apasionadamente sobre un motorino, apenas
capaz de sostener los dos cuerpos adolescentes en un precario
equilibrio que, sin embargo, no se rompía. Los dos llevaban
el casco colgado del brazo y parecían encerrados en una
burbuja de pasión en medio de la calma de los coches aparcados
sobre la acera. Katia sintió una punzada de envidia que
le preocupó, sobre todo, por la frecuencia con la que empezaba
a presentarse. Ella también había tenido momentos como esos,
muchos momentos de entrega, de magia, de amor absoluto en
plena calle, ausente y olvidada de todo lo que no fueran
los brazos del otro, su boca caliente, su respiración. Pero
hacía mucho tiempo, demasiado tiempo que nadie la abrazaba
con esa locura, con esa imperiosa necesidad de tenerla,
de saborearla.
Marianna la esperaba con la portezuela abierta y una sonrisa
cruel en los labios, o al menos eso le pareció a ella. En
ese momento, un hombre joven, con americana y gabardina,
cruzó de acera dirigiéndose hacia ellas:
-Perdonen, ¿podrían decirme si don José María Valcárcel,
el difunto profesor Valcárcel, vivía por aquí? Llevo un
rato buscando, pero es difícil en este barrio, la numeración
no es sucesiva -hablaba buen italiano pero con algún tipo
de acento latino, español o griego probablemente.
Marianna contestó enseguida:
-Aquí, en la puerta trece, el palacete desconchado que
hace esquina, pero no hay nadie en casa.
-Sí, claro, lo suponía. ¿Y no sabrían ustedes si hay alguien
que tenga la custodia de sus papeles?
Katia estuvo a punto de decir algo pero Marianna le puso
la mano en el brazo y ella siguió en silencio:
-Todos sus papeles, correspondencia, notas, artículos
inéditos y demás, son propiedad de sus herederos. Son ellos
los que tienen que decidir si los confían a una biblioteca,
a una universidad o a algún investigador en particular.
Nosotros sólo nos ocupamos del legado con valor artístico:
relojes, espejos, algún mueble, ya sabe.
-¿Cuadros también?
Katia sintió que en aquella inocente pregunta había algo
que no era capaz de precisar. -El profesor Valcárcel tenía
muy pocos cuadros y los pocos que tenía debían de poseer
un simple valor sentimental. No son gran cosa, la verdad,
pero si le interesan, puede pasarse por el Antiquariato,
los tenemos allí.
Él sonrió, haciendo un gesto con la mano, como para quitarle
importancia al asunto: -No, no. Yo soy filólogo. A mí lo
que me interesaría son los papeles inéditos del profesor.
Pensando en una edición crítica, ¿comprenden?
Las dos asintieron con la cabeza, Katia divertida en su
interior de que el hombre hubiera resultado un colega, otro
pobre desgraciado alimentándose de las migajas de la erudición
ajena.
-¿Sabrían decirme cómo puedo ponerme en contacto con sus
herederos? Trabajo en la Universidad de Palencia y, la verdad,
no tengo mucho tiempo.
Marianna hizo un vago ademán hacia su bolso, luego metió
la mano en el bolsillo de la americana y sacó una tarjeta
de fino borde dorado:
-Llame mañana al Antiquariato, ellos le darán la dirección
de los dos sobrinos del profesor.
Él, mientras tanto, había sacado otra tarjeta y, apoyado
en el techo del coche, estaba garabateando algo:
-Esta es mi dirección en Roma. Si pudiera usted darme
la información que fuera, le quedaría muy agradecido, señorita
Grimaldi.
-Veré lo que puedo hacer.
Se estrecharon las manos y las dos mujeres se metieron
en el coche. Al pasar por la perpendicular, para enfilar
Via Nizza vieron al hombre parado frente al palacete con
las manos hundidas en los bolsillos, la cabeza echada hacia
atrás y la vista perdida en los pisos superiores. Frente
a la puerta del jardín, la pareja adolescente seguía besándose.
-Otro buitre -murmuró Marianna, al pasar.
Katia se encogió de hombros:
-¿Qué se le va a hacer? Cada uno sobrevive como puede.
-Pero no me negarás que somos todos unos carroñeros.
-Psé. ¿Cómo se llama el tipo?
Marianna sacó la tarjeta del bolsillo y se la tendió.
Katia leyó en voz alta:
-Fernando Cabrera. Adjunto del departamento de crítica
literaria.
-¿Y la dirección? -preguntó Marianna, atenta a cambiar
de carril frente al Muro Torto.
-Hostal Le Fontane, Via Cavour.
-Un tacaño.
-¿Por qué?
-Porque está claro que es una fonda de mala muerte; hay
muchas por esa zona. No me dirás que te gusta ese tío.
Katia suspiró:
-No. No me gusta especialmente. Creo que es un maldito
reflejo. ¿Estará casado?
Las dos soltaron la carcajada mientras los coches de detrás
empezaron a hacer sonar el cláxon furiosamente porque el
semáforo acababa de ponerse verde.
La luz de poniente entraba en el salón filtrada por los
cortinajes de color índigo, espesos y teatrales, creando
un ambiente de cueva submarina decorada al estilo de las
mil y una noches por un interiorista posmoderno. Pierluigi
Bellochi, «Il divino», se acariciaba la perilla blanca cuidadosamente
recortada que dulcificaba la expresión de sus labios demasiado
finos y severos, mientras miraba sin ver las cartas extendidas
sobre el velador concentrándose en el ligero perfume que
flotaba en el ambiente, mezcla de sándalo y jazmín con un
toque de incienso, que solía impresionar muy favorablemente
a las visitas porque de modo subconsciente se asociaba con
lo misterioso y lo secreto, los dos elementos que más convenían
a su negocio y que él trataba de utilizar ahora como estímulo
mental.
Llevaba un buen rato sumido en sus pensamientos porque
en los días pasados había sentido con absoluta certidumbre
que había sucedido algo en la ciudad que podía ser de importancia,
pero ni la observación de los posos del té, ni la concentración
en la bola de cristal, ni siquiera la lectura del Tarot
habían conseguido proporcionarle la información que deseaba
y eso era algo a lo que no estaba acostumbrado. Siempre
había una respuesta y para alguien con su experiencia de
lo arcano esa respuesta siempre estaba a su alcance. El
problema, el verdadero problema, residía en que sólo era
posible obtener una respuesta a una pregunta concreta, y
cuanto más concreta fuera la pregunta, más reveladora sería
la respuesta; por tanto, encontrándose, como ahora, en la
situación en que no sabía qué preguntar, porque el consultante
era él mismo con una simple intuición de partida, la respuesta
aparecía difusa, borrosa, como un negativo varias veces
sobreimpresionado. Podían distinguirse algunos perfiles
pero ninguna imagen comprensible. Sabía que en alguna parte
se había abierto un pasaje, pero no podía ni tan sólo conjeturar
dónde, ni en qué dirección, ni quién lo custodiaba. Y eso
era molesto, irritante, ofensivo.
Sonaron unos golpecitos discretos en la puerta que comunicaba
con la recepción y el «divino» cerró los ojos unos segundos,
volvió a abrirlos, esta vez perfectamente enfocados y al
acecho, y contestó con voz sonora, bien modulada:
-Adelante, sé bienvenida -mientras con movimientos fluídos
y elegantes recogía los arcanos después de echarles una
última mirada, y los envolvía en el pañuelo de seda azul.
Un ligero carraspeo lo hizo volverse en dirección a la
puerta. En lugar de la Onorevole Cinzia Legnano,
Roxanna, su secretaria, esperaba con las manos cruzadas
sobre la falda de hilo color marfil a que el «divino» le
dedicara su atención:
-La Onorevole Legnano lamenta no poder acudir a
la cita de hoy y le ruega que la reciba mañana a la misma
hora, si le es posible.
-¿Estoy libre?
-Sí, Eccelenza.
«Il divino» se pasó una mano larga y fina por la frente:
-Entonces de acuerdo. Pero ruéguele que no vuelva a cambiar
de planes; llevo una hora preparándome mentalmente para
entrar en sincronía con su situación.
-Se lo recordaré.
-Bien, Roxanna, puede marcharse. No la necesitaré más
por hoy.
La muchacha, con la suavidad de muchos años de práctica,
abandonó silenciosamente el salón, tras una pequeña inclinación
de cabeza. Él esperó en silencio, con las manos cruzadas
sobre el regazo, hasta que oyó el ruido de la puerta exterior
al cerrarse. Luego sonrió, una sonrisa fugaz que controló
enseguida, se puso en pie, extendió los brazos por encima
de la cabeza y empezó a desabotonarse la larga túnica blanca
y dorada que le daba un aire de jeque árabe en el exilio
o de monje de lujo, según la posición corporal que adoptara,
pasó a la habitación contigua por una puerta disimulada
por el entelado de la pared y, una vez dentro, se quitó
la túnica, la dejó tirada sobre el respaldo de un sillón
y se sirvió un whisky sin agua y sin hielo, el primero del
día.
Debajo de las ropas de trabajo llevaba unas mallas negras
de bailarín que hacían resaltar su cuerpo aún fuerte y en
forma. Nunca le había gustado la imagen clásica del santón
gordo, de panza prominente, que tan de moda estaba en los
programas de televisión y, al correr de los años, sus gustos
le habían dado la razón traducidos en el número y el nivel
social de sus clientes. Él no necesitaba anunciarse en las
revistas del corazón, ni acudir a entrevistas de Canale
Cinque, ni pagar dos minutos de spot publicitario en una
cadena local; a los cincuenta y tres años podía permitirse
el lujo de elegir su clientela, de hacer esperar semanas
a los políticos más relevantes y a las más cotizadas estrellas
del mundo del espectáculo y sólo de vez en cuando concedía
audiencias con menos de una semana de aviso.
Él era un adivino serio, un profesional del futuro, de
los futuros individuales, un explorador del gigantesco mosaico
formado por las vidas entrecruzadas de cientos, de miles
de individuos que se interconectaban y se interinfluían
constantemente creando ondas y más ondas en el estanque
de la existencia. Una profesión difícil, que no se podía
estudiar en ninguna institución, para la que había que tener
unas condiciones especiales de partida y una voluntad de
hierro para pulirlas y afinarlas como si de un instrumento
proteico se tratara, para poder sacar los matices a todas
las vibraciones que le llegaban procedentes de mil lugares:
de la angustia de sus clientes, de su entorno, de sí mismo.
Dio un largo trago y salió a la terraza llena de adelfas
floridas, de mimosas a punto de florecer y de rosales que
despuntaban. El barrio de Parioli se extendía a sus pies
envuelto en una niebla de luz rosada que desdibujaba los
contornos y prestaba a los cipreses una elegancia ingrávida,
como si en lugar de estar plantados en jardines de tierra
flotaran a unos centímetros del suelo, en un paisaje soñado.
Al fondo, a su izquierda, la cúpula de San Pedro era un
espejismo sombrío que pronto ocultaría el disco del sol
que se marchaba.
Inspiró profundamente el aroma de los jardines de su alrededor
mezclado con el aliento pungente de la ciudad, los escapes
de cientos de miles de coches que apenas si se oían desde
su terraza, los hornos de la legión de pizzerie y
tavole calde, la sutil miasma de sudores, digestiones
pesadas y café negro de varios millones de conciudadanos
de a pie y sonrió de nuevo, sintiéndose a salvo de la vulgaridad,
a salvo en su torre en el corazón del mundo.
En sus sueños se veía como Gandalf el Gris, el gran mago
de Tierra Media, a punto de dar el salto que lo convertiría
en algo más que humano, Gandalf el Blanco, el supremo. Pero
para ello tendría que penetrar el secreto que sentía al
alcance de su alma, tendría que interpretar las señales
que desde hacía unos días se habían disparado como luces
de alarma a todo su alrededor sin ofrecerle más que una
pequeña indicación de su procedencia. Sólo conocía realmente
su alcance, su intensidad, y eso era algo que tensaba sus
nervios hasta lo insoportable porque si fracasaba ahora,
si se cerraba el pasaje, quizá no volviera a presentarse
otra ocasión en su vida. Había tenido que actuar casi a
ciegas, guiado simplemente por su instinto y eso no le gustaba.
El instinto era el comienzo pero no lo era todo, era sólo
un punto de partida.
Detrás de él, en su despacho privado, sonó el teléfono,
el número que no conocían más que tres personas en todo
el mundo y estuvo a punto de derramar el último sorbo en
su prisa por acudir a contestar, de modo que se controló,
inspiró hondo, dejó que sonara dos veces más y levantó la
antena:
-Pronto.
-Tengo lo que me mandó a buscar, Eccelenza.
-Magnífico. Envuélvelo en papel de regalo, ponle un lazo
llamativo y envíamelo cuanto antes por mensajero.
-¿Entrega en mano?
-Que se lo entregue al portero; él me lo subirá.
-Entendido. ¿Algo más?
-De momento, no. Llámame mañana a través de Roxanna con
el nombre de siempre.
-Buenas noches, Eccelenza.
Colgó, cerró los ojos unos instantes y se permitió una
sonrisa de triunfo de casi un minuto de duración, luego
se puso el chándal, cogió la bolsa y se marchó al club a
nadar sus cuarenta minutos diarios. Cuando volviera, habría
algo interesante esperándolo.
Como queda perfectamente expresado en la lengua alemana,
aunque la mayor parte de hablantes nativos no sean conscientes
de ello, el mundo de las cosas, y la realidad no son idénticos:
el término 'Realität' se deriva del latino 'res' y se refiere
a las cosas mientras que 'Wirklichkeit' procede de 'wirken',
'actuar sobre, tener efecto'. «El sentido común nos dice
que las cosas de la tierra tienen bien poca existencia y
que la verdadera realidad sólo se encuentra en los sueños»,
Baudelaire, dedicatoria a Les paradis artificiels.
El artista que se decide por la Realität acepta la
existencia de esa realidad y la usa como modelo tratando
de reproducirla en su obra del modo más preciso que su técnica
le permite; el que, por el contrario, se decide por la Wirklichkeit,
utiliza el mundo como materia prima, como cantera de la
que extraer materiales que le sirvan para crear una imagen
real de una realidad que va más allá de la mera copia y
que tiende a expresar tanto el mundo de fuera del artista
como el de dentro.
¿Es más realista describir el fracaso vital de un minero
o el dolor de un fantasma ante su imposibilidad de comunicarse
con sus seres queridos?
¿Existe el amor o imaginamos su existencia a través
de la acción que produce en nosotros?
¿Es ésta que nos rodea la única realidad o bien la
única a la que tenemos acceso?
¿Es generada la realidad por un consenso de opinión
entre los que la comparten?
¿Está dotado el ser humano de fantasía para permitirle
el acceso a otros niveles de realidad? ¿Realidad o autoengaño?
¿Sein o Schein?
El profesor Duroselle pasaba las fichas distraídamente,
leyendo una de aquí y una de allá, cartoncitos de los de
antes, rayados, de distintos colores, mientras trataba de
decidir cómo abordar el asunto y a quién llamar. Aunque
en esos momentos tenía otros problemas en la cabeza, llevaba
una vida dedicado a las cuestiones que aparecían en los
cientos de fichas que llenaban la estantería de detrás de
su escritorio y, si en su juventud, ya lejana, había creído
entrever una salida, una posible explicación asombrosamente
simple que solucionaría, de una vez por todas, las preguntas
que lo acosaban, con el tiempo y la experiencia había acabado
aceptando que la complejidad del asunto era demasiado grande
para que ni él ni cualquier otro ser humano pudiera encontrar
una respuesta universalmente válida. Cuando, ya cerca de
los cincuenta, sus tesis fueron haciéndose más comedidas,
más humildes, cuando su prosa fue perdiendo la agresividad
sesentayochista que lo había llevado a gritar sobre el papel
el triunfo de la fantasía y la imaginación por encima de
cualquier otra realidad, cuando acabó por acomodarse al
hecho de que la realidad era no más, pero sobre todo, no
menos que lo que lo rodeaba día a día, cuando dejó de esperar
que en el momento más inesperado y sin previo aviso se produjera
el vislumbre intersticial, el pasaje entre esta y la otra
realidad en cuya existencia siempre había creído, recibió
una absurda llamada telefónica que cambió su vida.
Era primavera, todos los castaños de París se habían llenado
de flores blancas y rosadas, piramidales, como velas en
árboles de Navidad; las muchachas andaban de manga corta
y acudían a sus clases sin medias dejando ver esa piel lechosa
e invernal que en pocas semanas de paseos junto al Sena
se pondría dorada; los colegas se reunían al atardecer en
los bistrots que ya habían retirado los plásticos
que en invierno representaban un parco abrigo frente a la
persistente lluvia parisina, los pequeños anticuarios del
Marais sacaban a la calle tesoros de dudoso origen para
atraer a los turistas, y todo el aire olía a resurrección
después del largo invierno. Llevaba ya un año separado de
Sandrine, había empezado a aceptar que la vida tenía un
sentido sin ella, aunque fuera pequeño y sin mayúsculas,
estaba decidido a dedicarse más a sus clases y menos a la
investigación científica, acababa de pasar por una agencia
de viajes y había llegado a casa con un montón de folletos
a todo color cantando las alabanzas de lugares a los que
jamás se le había pasado por la cabeza viajar, ya que las
vacaciones siempre habían estado dedicadas al trabajo de
archivo; incluso, en un impulso repentino, había quedado
citado para cenar con una joven colega, quince años más
joven, de hecho, cosa que le daba una agradable sensación
de haber recuperado su virilidad, aunque le asustaba bastante.
Había llegado a casa silbando una canción que había oído
mientras estaba en la agencia, había dejado todos los folletos
sobre la mesa de café y, en contra de sus costumbres, se
había servido un coñac aunque aún no eran las siete de la
tarde. En el momento en que se acomodaba en su sillón favorito,
junto al mirador, sonó el teléfono, un aparato de los de
antes: negro, brillante, con una estridente campanilla que
siempre lo hacía saltar y le daba dentera. Por un instante
pensó en no contestar, luego se le ocurrió que podía ser
la colega para decirle que había surgido algo imprevisto
y tendrían que posponer la cena y precisamente por eso se
levantó del sillón y lo cogió. Habría sido un alivio.
La voz al otro lado del hilo sonaba lejana, como si lo
estuvieran llamando de otro planeta, con un desagradable
ruido de fritura:
-Profesor Duroselle -había dicho la voz-, ¿sigue usted
pensando que hay otras realidades contiguas a la que nos
rodea?
La pregunta era tan absurda que la respuesta fue automática:
-Por supuesto.
-Tengo el placer de informarle de que ha sido usted elegido
para formar parte del Club de los Trece.
Estuvo a punto de tener un ataque de risa. Aquello sonaba
como una novela juvenil: Los cinco se separan, La momia
y los siete secretos, Tres tontos en apuros. No le dio
tiempo a reírse. La voz le estaba dando una dirección en
la Isla de San Luis, una hora, una contraseña.
-Venga usted solo. No lo comente con nadie. No se arrepentirá,
profesor. Esto es lo que ha estado buscando toda su vida.
Sintió cómo se le ponía todo el vello de punta como si
una mano gigantesca lo hubiera frotado de pies a cabeza.
-No faltaré. Había llamado inmediatamente a la muchacha,
antes de darse tiempo a pensarlo. Podía tratarse de una
broma de mal gusto pero no podía dejar pasar esa oportunidad.
¿Cuántas veces en la vida se siente uno tocado por el Misterio?
No le molestó que lo llamase viejo egoísta. Faltaba menos
de una hora para la cita y no sabía con quién iba a encontrarse
ni para qué. Pero la voz había hablado de otras realidades
y de un pasaje. Tenía que ir.
Y ahora era primavera de nuevo, tenía casi sesenta años,
era presidente del Club de los Trece, que mientras tanto
contaba sólo ocho miembros y habían empezado a surgir problemas
porque uno de ellos había cometido una estupidez.
Cogió el teléfono, ahora pequeño, moderno y vibrátil -por
lo menos se había librado de los timbrazos y de los pitidos
que siguieron a los timbrazos- y, dándose golpecitos con
el índice en los labios cerrados, esperó que contestara
un cierto número de Milán. En Roma, desde hacía unos días,
el puesto estaba vacío.
Hacía un tiempo repugnante: un aguanieve casi líquida
que, impelida por un viento cortante, se colaba por el cuello
de los anoraks y golpeaba con fuerza las perneras de los
pantalones mientras iba pegando el pelo al cráneo como una
gomina helada. Habían tenido un tiempo glorioso durante
todo el mes de febrero pero ahora el invierno había vuelto
sin previo aviso y parecía dispuesto a vengarse de la estupidez
de humanos y vegetales que habían creído por unas semanas
que se iban a salvar de lo peor.
Wolf Altmann y Gabi Mayr dieron un suspiro de alivio al
atravesar la primera puerta de la Universidad Vieja y verse
en el vestíbulo, rodeados de placas y bustos de hombres
eminentes, porque aunque la temperatura no era mucho más
alta que en el exterior, por lo menos el viento había cesado.
Atravesaron rápidamente la siguiente barrera: unas puertas
automáticas de cristal, y fueron saludados por una vaharada
de olor a cocina procedente de la Mensa estudiantil, situada
en los sótanos del edificio. La garita encristalada del
portero estaba vacía, así que se limitaron a subir por la
gran escalera de mármol hasta la planta noble, donde los
pasillos eran más anchos que la sala de estar de cualquier
familia media, y, una vez allí, buscar leyendo las placas
de las puertas hasta encontrar el Decanato de la Facultad
de Letras. Tocaron el timbre y esperaron a que se liberara
el cerrojo de la puerta.
Los recibió una señora de mediana edad con una sonrisa
que debía de estar acostumbrada a usar como efectiva barrera
contra cualquier tipo de intromisiones.
-Altmann y Mayr, Kripo Innsbruck. Tenemos una cita
a las diez con el señor decano.
La secretaria del decano abrió la boca, volvió a cerrarla,
se dio la vuelta y apretó una tecla en el interfono.
-Tengan la bondad de esperar un momento. El señor decano
está reunido.
Gabi y Wolf cambiaron una mirada y empezaron a quitarse
los anoraks mojados buscando dónde colgarlos, hasta que
una secretaria joven y con cara de boba, siguiendo la orden
muda de su jefa, se los quitó de las manos y los colgó en
el perchero del personal. Pasaron cinco minutos en silencio,
viendo cómo las tres mujeres contestaban teléfonos, tecleaban
en sus ordenadores y les lanzaban miradas curiosas, desviando
los ojos inmediatamente cuando se veían sorprendidas. Por
fin se abrió la puerta del despacho y cuatro hombres encorbatados,
todos de mediana edad, salieron con cara de pocos amigos
y se marcharon sin despedirse de nadie.
En el umbral, un hombre trajeado, con cara de cansancio,
escuchaba las explicaciones susurradas de la secretaria
jefe. Enseguida avanzó hacia ellos tendiéndoles la mano
y ofreciéndoles una de esas sonrisas forzadas que indicaban
a las claras que estaba haciendo de tripas corazón:
-Perdonen el retraso, señores. Acabamos de tener una de
esas sesiones... mm... difíciles.
Pasaron al despacho del decano donde otro hombre, que
había estado sentado en el sofá junto a la ventana, se ponía
en pie apresuradamente.
-Me he tomado la libertad de pedirle al director del Departamento
en cuestión que esté presente. Espero que no les moleste.
Permítanme presentarles al profesor Mötz.
El profesor Mötz, un hombre de unos cincuenta años, grande
pero un poco fofo, parecía un niño envejecido con sus mejillas
rosadas y el pelo peinado con una especie de flequillo.
Era evidente que estaba asustado.
-Bueno -dijo Altmann, instalándose en el sillón que acababa
de ofrecerle el decano con un gesto-, pues ustedes dirán.
-¿Nosotros? -contestó apresuradamente Mötz-. Nosotros
no tenemos nada que decirles.
Altmann desvió la vista hacia el decano:
-Bien, comisario, verá, nosotros, en eso no puedo por
menos de darle la razón al colega, de hecho no tenemos nada
que decir.
-Pero saben ustedes que el hijo del profesor Fink ha presentado
una denuncia a raíz de la desaparición de su padre.
Los dos asintieron con la cabeza. Nadie dijo nada durante
unos segundos.
-Quizá haya sido una decisión prematura por parte del
joven Fink -dijo por fin el decano.
-¿Le parece? -la voz de Gabi Mayr era suave pero cortante,
de alguna manera-. En su opinión, ¿cuánto tiempo debería
pasar un hijo sin noticias de su padre hasta dar aviso en
una comisaría? ¿Le parece precipitado comunicarlo al cabo
de cuatro semanas?
El decano cambió una mirada nerviosa con Mötz, que desvió
la vista hacia la ventana.
-Verá usted, señorita...
-Inspectora.
-Perdone. Verá usted... un catedrático universitario tiene
ciertos privilegios, ciertos derechos... y uno de ellos
es el de no tener que dar explicaciones a nadie sobre su
paradero. No estamos hablando de un adolescente, al fin
y al cabo.
-O sea, que un catedrático deja de asistir a sus clases
en mitad del semestre, brilla por su ausencia en todas las
reuniones y compromisos contraídos con anterioridad y nadie
se pregunta qué narices le ha pasado, ni dónde se ha metido.
-Yo llamé personalmente al profesor Fink a su casa en
varias ocasiones sin recibir respuesta -intervino Mötz,
con el tono de un niño que quiere quitarse las culpas de
encima-. Pregunté a los colegas pero nadie sabía nada, al
final me figuré que se habría ido unos días de archivo,
a Roma quizá.
-¿Por qué a Roma?
-Porque su campo de investigación es sobre todo la épica
culta del XVI; es muy frecuente que se tome unos días de
investigación en Roma.
-Y usted, como director del Departamento, ¿no debería
estar informado?
Mötz hizo una sonrisa que pretendía ser sarcástica y se
quedó en simple mueca:
-A mí nadie suele informarme de nada, y mucho menos Fink.
El rostro del decano se contrajo como si acabara de morder
un limón verde.
-Se van a enterar de todos modos -continuó Mötz, dirigiéndose
al decano-, así que da igual. Fink y yo no nos hablamos
desde hace años. Cuando le toca a él ser director del Departamento,
yo hago lo que me da la gana, cuando me toca a mí, lo hace
él. Estamos iguales.
-De todas formas, señor Mötz -intervino el decano-, no
creo que los inspectores se hayan tomado el trabajo de venir
hasta aquí para que les saquemos nuestros trapos sucios.
¿En qué podemos colaborar?
Altmann sacó un pequeño cuaderno de anillas de tapas negras:
-Ayer por la mañana el doctor Johann Fink, hijo del profesor
Helmut Fink, vino a vernos porque hacía cuatro semanas que
no sabía nada de su padre. Como quizá sepan, Fink hijo trabaja
en Hannover y se mantiene en contacto con su padre principalmente
por teléfono y por correo electrónico. Según él, suelen
hablarse de un modo u otro casi a diario desde la muerte
de la esposa del profesor Fink. El muchacho lamenta estar
tan lejos de su padre y trata de colaborar llamándolo con
frecuencia. En los últimos tiempos lo había encontrado extraño,
no ha sabido precisar si distraído o preocupado pero evidentemente
tenía la cabeza en otro sitio, dice el hijo. En una conversación
telefónica, al preguntarle qué le pasaba, el profesor contestó:
«No lo sé ni yo mismo. Supongo que echo de menos a tu madre.
Tal vez me tome un par de días libres por Pascua». Por eso
no se preocupó demasiado hasta que vio que pasaba el tiempo
y no conseguía localizarlo. Preguntó a todos los amigos
de su padre y nadie sabía nada.
-Sí -concedió el decano-, a mí también me llamó la semana
pasada.
-En vista de la situación, la policía le pareció la salida
más adecuada.
-¿Para que lo busquen y se lo encuentren en cualquier
hotel de montaña con una jovencita? -dijo Mötz, tratando
de ser gracioso.
La inspectora dirigió una mirada interrogativa al decano:
-Eso es ridículo, señores. El profesor Fink es un caballero
y sus cuarenta años de matrimonio han estado siempre a salvo
de cualquier rumor.
-Entonces, aunque por supuesto no podemos descartar la
posibilidad de una, digamos, aventura galante, tenemos que
considerar otras posibilidades -dijo Altmann.
-¿Cómo por ejemplo? -el decano, con las manos fuertemente
enlazadas, se inclinaba hacia ellos.
-Secuestro, por ejemplo -dijo Mayr-. O suicidio. O, por
supuesto, asesinato.
El decano se puso en pie y empezó a pasear por el despacho:
-Pero eso es una barbaridad, señores, eso es imposible.
-¿Qué es imposible, señor decano?
-Todo, todo es imposible. Fink es un hombre de una pieza,
quiero decir, no es de los que se suicidan. Además, ¿qué
motivos podría tener? La muerte de su mujer, por supuesto,
fue un golpe muy duro, pero hace ya más de un año. Y secuestro,
por el amor de Dios, ¿quién iba a querer secuestrar a un
catedrático de literatura? ¿Para qué? Y además se habrían
puesto en contacto con su hijo, por el rescate, digo. Y...,
vamos, no, es sencillamente imposible.
-¿Y qué me dicen del asesinato?
De repente, Mötz empezó a reírse descontroladamente, hasta
las lágrimas. Todos se quedaron mirándolo.
-¡Mötz! ¡Por el amor del cielo! -el decano estaba visiblemente
perturbado.
El catedrático fue calmándose poco a poco:
-Disculpen. Me he sentido por un momento como en una serie
de televisión y me he figurado que la siguiente pregunta
iba a ser si tenía enemigos, si alguien podía tener interés
en matarlo.
-¿Y bien?
-¿Lo pregunta en serio?
-Sí.
El decano se había quedado rígido, esperando la respuesta
de Mötz. Él, mostrando las manos con las palmas hacia arriba
en un amplio gesto, volvió a sonreír:
-Por supuesto que no, señores. ¿Dónde creen que estamos?
Esto es una universidad. No les voy a negar que existen
rencillas y peleas, sería demasiado ingenuo además de increíble,
pero aquí no nos matamos unos a otros. Tratamos ocasionalmente
de fastidiarnos, eso sí, de conseguir una subvención para
nuestras investigaciones o un puesto adicional de asistente,
pero nada de venenos y cuchillos.
El decano se había relajado visiblemente al oír la respuesta
del romanista.
-Esa es también mi opinión.
-¿Alguno de ustedes ha visto al profesor Fink en las últimas
semanas?
Ambos movieron la cabeza negativamente.
-En mi caso es normal -contribuyó Mötz-. Tenemos horarios
de trabajo muy diferentes, cada uno tiene su despacho, no
solemos encontrarnos más que en las reuniones oficiales
y en el mes de abril no coincidimos en ninguna.
El decano había sacado una agenda de color burdeos y estaba
repasando fechas:
-Aquí está. Me sonaba pero no podía asegurarlo. El 26
de marzo teníamos una cita aquí mismo a las nueve quince.
No se presentó. Y recuerdo que me extrañó mucho porque Fink
es un hombre extremadamente puntual y cortés. Lo normal
habría sido que se disculpara por teléfono, pero no lo hizo.
Luego lo olvidé. Tengo tantas cosas encima...
-¿Para qué quería verlo?
Se le quedó la cara en blanco:
-Ni idea. Me dijo que serían sólo cinco minutos, no añadió
más.
-¿Sabe usted si sus secretarias lo vieron ese día?
-Eso se puede averiguar enseguida -fue hasta la puerta,
asomó la cabeza y unos segundos después las tres mujeres
escuchaban la pregunta del inspector. Las dos más jóvenes
no sabían nada, la mayor inclinó la cabeza hacia un lado,
lo que de golpe le dio un impresionante parecido con un
pájaro, y miró fijamente al decano.
-Si tiene usted alguna información que ofrecer, Frau Lechner....
-El día en que estaba citado con el señor decano, el profesor
Fink llegó mucho más temprano, poco después de las ocho
debían de ser porque yo estaba regando las plantas y es
lo primero que hago, día sí día no. Le informé de que el
señor decano aún no había venido y, ya a punto de marcharse,
me pidió que le abriera la sala de reuniones del Senado.
-¿Para qué? -preguntaron a la vez los dos policías.
Frau Lechner puso cara de ofensa, como si fuera impensable
que una empleada, aunque fuera jefe de la secretaría del
decanato, tuviera el atrevimiento de preguntarle a un catedrático
para qué quería entrar a una sala de la universidad:
-No se lo pregunté, por supuesto.
-Así que le abrió.
Asintió vigorosamente con la cabeza:
-Le abrí, me sonrió muy amablemente, me dijo que no necesitaba
mucho tiempo y que ya pasaría después a ver al señor decano.
-¿Y se quedó allí?
-Sí, señor. Al mediodía, antes de salir a comer, pasé
por la sala, me aseguré de que estuviera vacía, cerré con
llave y me olvidé del asunto.
-¿Y no le extrañó que el profesor Fink no acudiera a su
cita?
-Yo no soy quién para extrañarme de nada.
-¿Qué hay en esa sala? -preguntó Gabi.
-¿Quieren verla? Se la enseñaré con mucho gusto -dijo
el decano-. Frau Lechner, ¿sería tan amable?
Salieron todos en procesión, la secretaria cogió la llave,
rotulada a máquina, que colgaba de un ganchito debajo del
mostrador, y los precedió por el ancho pasillo. A unos cincuenta
metros, pasada el Aula Magna, se detuvo frente a una puerta
grande y blanca, como todas, insertó la llave, la giró dos
veces y se hizo a un lado para dejarlos pasar.
La sala era de mediano tamaño, toda la pared del frente
ocupada por grandes ventanas de estilo antiguo divididas
en pequeños cuadrados que ahora dejaban pasar una luz grisácea
y mortecina. Estaba amueblada con pequeñas mesas funcionales
dispuestas en un rectángulo rodeado de sillones tapizados
de negro; las paredes estaban adornadas con retratos de
antiguos rectores de la universidad, cuadros de diferentes
estilos que representaban invariablemente hombres maduros
con cara de estar convencidos de la propia importancia.
Uno de ellos estaba vestido con una especie de disfraz oriental,
otro en mangas de camisa miraba hacia su izquierda, hacia
algo que quedaba fuera del ángulo de visión del contemplador,
todos los otros llevaban toga y la cadena de rector.
-¿Esto es todo? -preguntó la inspectora, levemente decepcionada.
Nadie contestó.
Salieron de nuevo al pasillo, Frau Lechner cerró la puerta
con llave y se quedaron mirándose unos a otros sin saber
qué decir.
-Profesor Mötz, nos gustaría echar una mirada al despacho
del profesor Fink.
-Por supuesto. Les acompañaré.
Se despidieron del decano y su secretaria en la puerta
del Decanato, recogieron los anoraks y quedaron en seguir
en contacto. Antes de que se fueran, el decano los llevó
un momento aparte:
-¿Sería posible -dijo en un susurro- mantener este desagradable
asunto en unos límites... discretos?