1
Antes de que el arquero zurdo encare por
tercera vez la diana, los hechos precedentes convergen hacia
la punta de la flecha para determinar si falla o no el tiro.
Así, aunque Jean Underwood no conoce aún al arquero zurdo,
su callejear es una de las infinitas circunstancias que
predisponen la trayectoria de la flecha. Incluso si pasea
a la deriva de sus propias inquietudes, incluso si no es
más que otro individuo que se debate en el conglomerado
de avenidas y edificios que forman Ciudad, la inmensa metrópoli
donde millones de seres comparten un mismo ovillo e intentan,
ahogados por la urgencia, desmadejar una historia que les
sirva de flotador y de futuro.
Un parpadeo de luz late en el asfalto. Allí, entre los
coches, resplandece una línea dorada. Jean Underwood sortea
varios automóviles, se agacha en medio de la calzada y recoge
el objeto que brilla.
No cabe duda, es un hilo.
Pese a ser grueso, el hilo es suave al tacto, y el color,
áureo, centellea al reflejar los últimos rayos de la tarde.
Jean Underwood toma asiento en un portal y lo extiende sobre
los muslos.
¿Qué utilidad le podría dar a un hilo como este?
Se le ocurre una idea. Después otra, y otra, y otra. Las
desecha a medida que aparecen. Ninguna resulta apropiada
para el hilo de oro que acaba de encontrarse.
El sol se oculta detrás de los enormes edificios. El hilo
ha quedado suspendido entre las piernas de Jean Underwood.
Su mirada camina por encima de tan estrecha pasarela, de
derecha a izquierda, de izquierda a derecha, hasta que brota
un extraño pensamiento que se convierte en una imagen.
La cuerda que se coloca en un arco para lanzar las flechas.
Aparte de esta sorprendente conjetura, que juzga impropia
porque él no es hombre de armas, no imagina qué otro cabo
atar con la hebra dorada. Decide continuar paseando. En
la oscuridad no se distingue bien el color del hilo, y además,
la brisa que barre las aceras le hace estremecerse de frío.
Al meter el hilo en el bolsillo le viene a la mente su
amiga Alma Shakti. Es lógico que su cerebro haya establecido
ese vínculo. Alma Shakti lleva años practicando el arte
del tiro con arco. Su maestro, Usdat, quiere hacer de ella
una arquera insuperable.
El castillo de Usdat está lejos. Pero el fuego de la chimenea,
en la sala del trono, es una posibilidad tentadora para
este gélido anochecer. Más todavía si se consideran las
bajas temperaturas de la buhardilla donde vive Jean Underwood,
en la que, por otra parte, le espera sobre la mesa una hoja
en blanco, silenciosamente cruel.
Jean Underwood siente un escalofrío al recordar que debe
enfrentarse al siguiente capítulo de su nuevo libro. De
la novela que los editores esperan desde hace meses, apenas
existe, por ahora, un puñado de páginas revueltas en un
cajón de su escritorio. Eso es todo. Un montón de párrafos
confusos y esa hoja, silenciosamente cruel, que lleva semanas
atascada en la máquina.
No será hoy cuando reanude el libro. Alma Shakti y el
fuego del castillo son una buena excusa para aplazar la
escritura del dichoso capítulo.
Después de años de estricta disciplina en el tiro con
arco, a su sabia amiga le resultará fácil concebir un propósito
para el hilo que sea, al mismo tiempo, benévolo y oportuno.
2
Jean Underwood no permanece ni media hora en el castillo.
Sale de allí a grandes trancos, muy molesto, incluso olvida
llevarse el hilo. Desde lo alto de la muralla, Alma Shakti
lo ve alejarse por el puente que salva el foso. Un viento
helado sacude las almenas. La joven regresa aterida a la
sala del trono. Se sienta junto a la chimenea enrollando
y desenrollando el hilo en un dedo, con una pregunta murmurada
entre los labios.
-¿Qué me está pasando?
La discípula de Usdat trata de hallar alguna razón que
justifique la reprimenda que le ha soltado a Jean Underwood.
El fuego ilumina su inquietud con un incesante vaivén de
luces y de sombras.
Son varios meses sin hacer progresos con el arco. Una
tarde tras otra, el blanco parece alejarse en el campo de
entrenamiento. Se siente atenazada en cuanto sopesa una
flecha, y el maestro, en lugar de tranquilizarla, es cada
día más duro.
También es cierto que su amigo ha llegado en mal momento,
precisamente hoy, la única noche que Usdat no duerme en
el castillo.
Todos los años, en esta fecha, el maestro se muestra irritable
hasta la medianoche. Luego se marcha sin mencionar adónde
se dirige. Alma Shakti prefiere no indagar sobre el asunto.
Si ya es complicado solicitar la atención de Usdat para
cualquier cosa relacionada con el arco, peor sería entrar
en preguntas personales. Seguro que la expulsaría de inmediato
del castillo.
Falta poco para que den las doce. La joven juguetea con
el hilo pensando en que debe pedir disculpas a Jean Underwood.
Es posible que su amigo sea un inmaduro. Debería concentrarse
en terminar el libro en vez de importunarla con sus dichosas
manías, como esa obsesión de dar significado a los objetos
que se encuentra por la calle. No obstante, reconoce que
ha sido injusta. No ha debido contestar en tales términos
a una pregunta inocente sobre la finalidad de un hilo.
Son los días durmiendo mal lo que le pone tan nerviosa.
Eso, y los continuos errores con el arco, es absurdo, cuanto
más se esfuerza más se desvían las flechas.
-Necesito ese hilo -dice Usdat, que irrumpe de improviso
en la sala.
-Podría mostrarse más cortés al pedirlo -contesta Alma
Shakti.
-Mi cortesía no puede mejorarte.
-Tampoco su rigor me ayuda mucho.
-¿Estás segura de que quieres afrontar tus deseos? -Sí.
-¿Has luchado con decisión para corregir tus fallos?
-Sí -afirma la joven arrojando el hilo a los pies de Usdat.
El maestro alaba la sinceridad con que Alma Shakti muestra
sus opiniones y la agarra con firmeza por el brazo. De un
tirón la saca de la sala del trono. La conduce por pasillos
y escaleras hasta la entrada que da a la parte exterior
de la muralla. Su cólera se redobla a medida que se aproximan
al foso que protege el castillo.
-¿Seguro que deseas progresar? ¿Has tratado de doblegar
tu cuerpo y tu espíritu? -grita Usdat mientras caminan.
Ya en la orilla, el maestro fuerza a arrodillarse a su
discípula. Le agarra la nuca y le mete la cabeza en el foso.
La joven chapotea hasta que el cuerpo pierde su vigor. Los
brazos caen a los costados y las burbujas se atenúan en
la superficie del líquido.
Un momento antes de que se asfixie, Usdat la coge del
pelo y la saca del agua. Alma Shakti vomita, empapada y
tiritando, en tanto que oye entre náuseas los alaridos del
maestro.
-Cuando ambiciones una solución de la misma forma que
has deseado el oxígeno, se tornará tan clara como el agua,
tan real como el frío.
3
A fuerza de ejercer su peculiar oficio, el maestro es
un hombre acostumbrado a leer en el presente el fluir de
los futuros. Cualquier instante, según las enseñanzas de
Usdat, ofrece una solución para escoger el porvenir que
uno desea. Así pues, el hilo dorado que el maestro esconde
entre los hábitos ya tiene utilidad, un fin específico ligado
a los acontecimientos que han de producirse esta madrugada,
la única del año en que se ausenta del castillo.
El maestro atraviesa raudo las calles de Ciudad. No siente
ira por lo que acaba de acontecer con su discípula. La elección
consciente de una acción es definitiva, diría Usdat, de
nada sirven las emociones pasadas si enturbian las actividades
del ahora.
En una esquina aparece una construcción de fachada decadente.
Cerca del portal merodean prostitutas y traficantes. Varios
vagabundos improvisan hogueras en bidones cubiertos de herrumbre.
El maestro se resiente por la larga caminata. Habituado
a actitudes metódicas, su vejez no se ajusta bien a estos
horarios de rufianes. Si no aprovecha los impulsos del furor,
como ocurrió en el foso, las piernas y los pulmones se quejan
del esfuerzo.
Se concede un breve suspiro en el portal desvencijado.
Ignora a las meretrices con un gesto despectivo, entra en
el edificio y comienza a subir las escaleras. Al llegar
al octavo piso, tuerce por una galería. El inconfundible
aroma del opio está prendido en las paredes.
Como en años anteriores, en otras tantas noches como esta,
el maestro cruza el corredor a la luz de una bombilla desnuda.
Camina con cuidado para no pisar a los hombres que están
recostados a lo largo del pasillo. La bombilla apenas ilumina
esos bultos oscuros que, al paso de Usdat, lanzan juramentos
indescifrables bajo las brasas de sus pipas.
Los dedos de Usdat tiemblan antes de golpear una puerta.
Del otro lado, suena una voz de mujer.
-¿Qué deseas?
-Una oportunidad para disparar hacia tu centro.
-¿Con qué ofrenda pagarás?
-Un pobre atavío.
La entrada se abre a una estancia amplia. Algunas velas
salpican de luz los escasos enseres de la sala. A un lado,
un armazón muestra los arcos, y en una mesa circular, baja,
se amontona un haz de flechas. Tres de las cuatro paredes
están desnudas. En la otra, como un alucinado ojo de cíclope,
cuelga una diana.
Un círculo pintado en el suelo indica la posición de disparo.
El maestro cierra los ojos y se arrodilla. Saca el hilo
dorado de entre los pliegues de la túnica. Extiende los
brazos y lo sostiene por encima de la cabeza. Un diamante
pende del centro del hilo, engarzado en una filigrana de
oro. Grabadas sobre el metal pueden leerse dos palabras.
Una es Zakar, la otra, Reveille.
Zakar Reveille, ese es el nombre de la mujer que abrió
la puerta. El débil resplandor de las velas se refleja en
su hermoso pelo negro. Avanza hacia Usdat en silencio. Una
serpiente tatuada se enrosca alrededor de su ombligo. Recoge
el hilo que le tiende el maestro y se lo anuda a la cintura.
El diamante se balancea a la altura del sexo.
-Tres disparos -dice Zakar Reveille. En el tono se advierte
que ha repetido la frase innumerables veces-, porque tres
es el número que anula la casualidad y prueba lo cierto.
La dueña de la hermosa cabellera abandona la sala. Usdat
se pone en pie y alarga la mano hacia los arcos. Repasa
las empuñaduras a la luz de una bujía. Elige decidido uno
de ellos.
La diana aguarda como mujer desnuda que se entrega.
El maestro entra en el círculo de tiro. Arma con suavidad
el arco y ejecuta el primer disparo. El lanzamiento atraviesa
el blanco, no en el mismo centro, sino un par de milímetros
por debajo, para dejar sitio a las otras dos flechas. Usdat
respira profundamente y encara de nuevo la diana. Otro disparo
sublime. Esta vez con una imperceptible desviación arriba
y a la izquierda, de modo que, en el tercer intento, la
flecha pueda penetrar en el sitio exacto, el blanco perfecto,
el lugar donde la diana oculta su más sagrado misterio.
Después de un par de largas inspiraciones, Usdat se enfrenta
por tercera vez a la diana. La flecha está a punto de partir
cuando una polilla, atraída por la luz, revolotea cerca
de una de las velas. El insecto arde y produce un pequeño
fulgor que modifica la iluminación de la sala. La tercera
flecha roza uno de los astiles ya clavados, se desvía y
se incrusta más allá del blanco.
Ha fallado.
Ni siquiera se acerca a la diana para comprobar el tiro.
Las sensaciones del lanzamiento le sobran para admitir su
fracaso. Se marcha de la sala mascullando maldiciones.
En el corredor, alguien le tiende una bola de opio. Usdat
paga la droga y se acurruca en un rincón del pasillo. De
vez en cuando, un sollozo cruza las sombras de la galería.
Algún arquero lamenta sus errores con el arco.
4
Separada por un delgado tabique de la sala de tiro, Zakar
Reveille no precisa ver la posición de las flechas. Le basta
juzgar el silencio posterior al tercer disparo, el chasquido
de los pasos que se alejan, para comprender que uno de los
aspirantes ha estado cerca de conseguirlo.
¿Cuánto tiempo tendré que esperar?, se habría preguntado
Zakar Reveille hace doce años. Esta noche, la cuestión es
diferente. ¿Cuánto tiempo me queda junto a Arrow?
El mueble principal de la habitación es la cama en la
que yace. Un cabo de vela titila en la ventana, y los destellos
de la llama, que se deslizan nerviosos por los paneles de
bambú, acentúan el encanto de la mujer de pelo negro.
Nada altera la sonrisa impenetrable de Zakar Reveille,
ninguna arruga agrieta su hermosura. Aun así, los gruesos
labios, las altas mejillas, el confín de carne y sueño de
su cuerpo encierran una inquietud, alma adentro, donde sólo
ella se sabe vulnerable.
Cada año acuden más arqueros a la cita. Los nuevos vienen
mejor preparados, como si conocieran de antemano la penumbra
y las dimensiones de la sala de tiro. Acaso algún pretendiente
consiga clavar las tres flechas en el centro de la diana.
Si tal hecho aconteciese, aceptará que la obtengan como
premio. No puede echarse atrás ahora, tras las muchas ofrendas
recibidas. Ese es el trato. Fue ella quien dispuso las reglas
del juego.
Cierra los ojos y roza la joya que descansa en su ombligo.
Las reglas son sencillas. El día de su cumpleaños, desde
la medianoche hasta el amanecer, quienquiera que la pretenda
debe traer un obsequio. En caso de que acepte el regalo,
el aspirante tiene derecho a escoger un arco y lanzar tres
flechas. Si logra tres dianas, ella se rendirá sin condiciones
al arquero.
La prueba asegura un pretendiente de pulso firme y espíritu
elevado. Nadie sin una voluntad robusta, sin una concentración
insuperable, es capaz de acertar tres veces seguidas en
la tenue luz de la sala.
Al principio fueron pocos los que se atrevieron. Entre
ellos el arquero zurdo. Zakar Reveille recuerda la maravillosa
ofrenda que hizo. Una lástima. Su destreza con el arco no
parecía estar a la altura del obsequio. La primera flecha
se clavó fuera del blanco.
En años más recientes, quizá estimulados por el reto o
por las leyendas que agrandan de boca en boca el misterio
y la belleza de Zakar Reveille, hay un grupo más numeroso
de arqueros en cada aniversario.
El arquero zurdo, no. Él sólo lo intentó una vez, hace
doce años.
Doce años antes, a Zakar Reveille no le habría importado
que alguno de los aspirantes hubiera hecho tres dianas.
Se habría sometido con gusto a la aventura de salir de Ciudad,
conocer a un hombre, visitar el mundo. Sin embargo, hoy
hace exactamente doce años que el arquero zurdo hizo el
mejor de los regalos.
La mujer de pelo negro se repite soñolienta las reglas.
-Si se producen tres aciertos, he de entregarme sin condiciones
al arquero...
No será este año. El amanecer está próximo y hace rato
que no golpean la puerta. Se siente agotada. Entre sueños
se pregunta qué hará el vencedor con las ofrendas.
¿Dejará que se las lleve con ella?
Poco le importa. Le dan igual todos los regalos salvo
el del arquero zurdo. Esa ofrenda cuyo perfil se recorta
en uno de los paneles translúcidos. Ese obsequio que entra
en la habitación, se arrodilla junto a la cama y juega con
el hilo dorado. Ese regalo de ojos profundos, al que puso
por nombre Arrow. Ese niño que acaba de cumplir doce años
de edad y que aún nadie sabe si es capaz de hablar.