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De
modo que esto es la muerte
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RONALDO MENÉNDEZ
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128 págs.
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ISBN 84-89618-90-9
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13,00 €
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A
J. L. Arzola
BILL
Vamos a robarnos una vaca.
Cirilo Ojo Tuerto y yo.
Somos dos, aunque deberíamos ser
tres o cuatro. Cirilo va delante, desgarbado bajo una luna
lechosa que le dicta el paso seguro sobre el trillo. Él
sabe, por eso me dijo que con nosotros dos bastaba, nada
de una cuadrilla famélica para después empezar
con el estira y encoge. Así toca a más. Yo
no, yo nunca lo he hecho. Pero ya se sabe, uno empieza por
pensar en las cosas y termina siendo parte de ellas.
Mi mujer me hizo prometer que esta iba
a ser la única vez. Me dijo: La ambición rompe
el saco, con esta vez resolvemos para un buen rato, después
vendrán tiempos mejores. Y yo le dije: Y si no mejoran
los tiempos lo vuelvo a hacer, así de vez en cuando
no te cogen, el problema es cuando uno se envicia, como
Cirilo que es un experto. Y ella me respondió: ¿Y
cómo crees tú que uno se envicia? Tú
eres traductor de lenguas clásicas y crítico
de Arte, no matarife. Lo haces esta vez, no lo haces más
y punto. Y me cortó los argumentos.
Cirilo tiene muchos argumentos y un ojo
tuerto que no es ningún argumento. Vive de esto,
no sé si por vocación o por vicio, aunque
en su escritorio aún cuelguen, como insignias de
la desesperación, sus certificados de Magister Ludi
y crítico de ballet. Es un profesional. Por eso voy
con él. Me dijo: Tú y yo nada más,
tú vigilas y luego me ayudas a deshuesar.
Matar y deshuesar es lo más importante.
Vigilar lo hace cualquiera. Hay que deshuesar y llevarse
la carne limpia y roja, fresca, despellejada, maciza. Según
tengo entendido, se empieza por los perniles para asegurar
la mejor parte. Luego se despanza, y ahí es donde
dicen que el animal se estremece porque están sacando
lo suyo. Dicen que los pulmones siguen respirando fuera
de la vaca. Pero hay que despanzar, porque si no es muy
incómodo limpiar las costillas, uno corre el riego
de que se resbale el facón y pinche los intestinos,
y entonces el animal empieza a defecarse por un costado,
a temblar como una gelatina, y cuando la sangre se mezcla
con lo otro toda la carne coge peste. De las costillas uno
va subiendo hasta el lomo que hay que trabajarlo para que
quede como el espinazo de un pescado, sacarle toda la carne
que ahí es apretada como el cedro. Luego las paletas
si da tiempo. El gaznate si da tiempo. Eso sí, le
aclaré a Cirilo que yo no dejo atrás el corazón
y el hígado, que bastante proteína le hace
falta a uno para desperdiciar el hígado que es pura
sangre. Mi mujer lo cocinará el domingo con bastante
vino seco y cebolla, en lascas y lascas y lascas. La salsa
queda cuajada, las cebollas marchitas y algunas papas con
sabor a carne. La carne se filetea, se muele, se deshilacha,
se comprime en el refrigerador, se fríe en manteca
de puerco, se contabiliza, se estira, se vende algún
pedazo silencioso, se caga, se gasta pero queda adentro.
Cómo
va la cosa, Cirilo.
Y él me responde muy bajito:
Ahí
va, ahí va.
CIRILO OJO TUERTO
No me gusta esto. Es un trillo muy estrecho,
y aunque no ha llovido, constantemente uno tiene que caminar
sobre las ranas que duermen en los charcos. Nunca he operado
en esta zona, la ignoro, me pone nervioso. Pero hay que
cambiar de zona, porque cuando uno tumba un par de reses
en el mismo lugar la cosa se pone viciada, te esperan, te
hacen una cama y ahí es donde te cogen. Luego nadie
te salva de veinte o treinta años a la sombra aunque
te vuelvas vegetariano, ecológico, verde con fotosíntesis
y todo. No comprendo eso de hacerse vegetariano, y menos
por designio superior. A fin de cuentas uno se parece más
a un tigre que a un oso panda. Coma carne: millones de felinos,
la tigridad misma, no puede estar equivocada. Aquí
no hay siquiera bosques de bambú. Sólo hierba
de Guinea que si uno no lleva puesto un pantalón
largo raja la piel; también el Marabú con
sus espinas de una pulgada, opacas espinas que no se ven
de noche, pasan cualquier pantalón y luego se parten
y avanzan por la carne. Este lugar no me gusta. A veces
una nube compromete a la luna y uno deja de verse las palmas
de las manos. Dejan de verse hasta las palabras de Bill:
Cómo
va la cosa, Cirilo.
Y yo le respondo taimado:
Ahí
va, ahí va.
Porque Bill es un buen muchacho, pero
torpe. No comprende que este sitio no me gusta, que hay
murciélagos de ojos sin ojos, que hay charcos donde
no ha llovido, que hay ranas que se desinflan. Cuevas al
borde del trillo que se tragan la poca luz. Serpientes de
pasos breves, de pasos evaporados.
Cómo
va la cosa, Cirilo.
Cállate,
Bill.
No comprende que cada palabra puede dispararse
como una luz de Bengala, y caerían sobre nosotros
los tigres de bengala, los depredadores de depredadores
que no sospechan estar equivocados. A veces, después
de dar un paso a desnivel, se deja oír en la penumbra
de nuestros sacos el tintinear de los fierros. Esto me pone
aún más nervioso, pues parecen cascabeles
de la fatalidad.
BILL
Ya llegamos. Cirilo lo advirtió
hace unos minutos, me dijo:
Se
huele el estiércol.
Es un establo trapezoidal, inflamado de
pequeñas montañas que son las vacas dormidas.
De noche todas las vacas son negras, y es difícil
buscar la vaca negra en el establo oscuro. Por eso pienso
que debe ser pinta bajo la luna; además, Cirilo,
con su ojo tuerto y su media voz, me dice:
Las
vacas negras dan mala suerte.
Nos movemos entre bosta y bosta como un
comando operativo, esquivando las sombras y hablándonos
con todo el cuerpo menos con la boca. Por fin Cirilo da
con una. Me dice guiñando su media vista:
Es
blanquita, fíjate qué mansa.
Tiene un trozo de soga que parece una
flema colgada del narigón, como si nos hubiese estado
esperando. Hay que llevársela a un lugar seguro en
el campo. Trabajar con tranquilidad para no darnos un tajo.
Lo mejor es un claro entre el naranjal. Las naranjas son
pompas de jabón bajo la luna. Traslucen como el matavacas
de Cirilo Ojo Tuerto. Su matavacas es una estalactita
de cristal. Por un momento todo se revuelve, las naranjas
son globos de luz que suben y bajan, los ojos de la novilla
se confunden en blanco, también suben y bajan cuando
Cirilo aplica el perfil de su matavacas a la piel del gaznate.
Hay un surtidor, un mar tibio entre nuestras botas que se
liga con el fango. Hay una vibración elemental y
luego un estiramiento, y luego otro estiramiento y entonces
aparece una impresión de silencio, como si hasta
entonces hubiera durado una estridencia en aquel sitio.
Cirilo se agacha y sin decir nada empieza por los perniles.
Pero hay algo que se mueve; le digo:
Cirilo,
mejor deja que se muera como es debido.
Él me responde:
Trabaja,
Bill.
Y sigue desvistiendo la carne azul de
los muslos. Pero en eso hay algo más que se mueve.
No son las naranjas bajo la luna, tampoco la única
pestaña de Cirilo, tampoco los muslos azules. Creo
que nos sorprendieron.
LOS FARMERS
Los cogimos mansitos mansitos. Robándose
una vaca. Una vaca sagrada, una montaña de carne
con ojos, una hamburguesa viva. Aunque ya no está
viva. Los muy cabrones le dieron la puñalada, liberaron
de un tajo su ánima del lastre bovino que la sometía.
Y ahora el ánima debe de estar en el paraíso
de las vacas (todas las vacas son inocentes); o haciendo
fila para reencarnar lo antes posible en algo profundo como
un calamar o una ameba.
(A continuación se abre un
paréntesis, pues el devenir fluye tan vertiginosamente
que casi se vuelve inefable: Bill y Cirilo no creen lo que
ven sus tres ojos y mucho menos lo que escuchan sus oídos:
Los cogimos mansitos mansitos... Se han materializado de
la nada cuatro jinetes, como si fueran la encarnación
al cuadrado del terror de los matarifes. Es entonces que
Cirilo Ojo Tuerto intuye lo impredecible y trata
de huir, salta sobre el animal muerto, dice Bill corre,
hay un atisbo de desesperación que corta uno de los
jinetes con un solo disparo. No se sabría adónde
fue a parar la bala, ni siquiera si es una bala -pudiera
ser un perdigón-, de no ser porque Cirilo alfilerea
la oscuridad con un quejido que parece el de un murciélago.
Algo, como un puntillazo, le ha pasado el muslo. Cae. Bill
permanece a su lado de pie y esperando a los jinetes que
ya están ahí. Vuelve a pensar: Ahora sí
que nos atraparon...).
LOS FARMERS
Ya estamos sobre ellos. Nos pregunta
el desgraciado que está de pie y el miedo está
a punto de tumbarlo:
¿Son
farmers o son policías?
Somos
los cuatro jinetes del Apocalipsis.
Reímos. No porque nos dé
gracia, sino porque comeremos carne. Una vaca muerta, que
no pudo ser robada, es una sábana de filetes sobre
nuestras mesas. Uno de los gusanos se retuerce del dolor,
parece que la bala lo tocó. Tendremos que ocuparnos
de ellos cuanto antes. Cuando los levantamos y los atamos
con la misma soga para conducirlos, están tan asustados
que sus ojos parecen luciérnagas. Superamos el trillo
sin hablar para no llamar la atención. El gusano
herido va dando tumbos, lo cual nos preocupa, pues la maleza
se hace eco de su andar desordenado. Alguien podría
escucharnos y antojarse. Por fin repechamos el pequeño
cerro y allí está el rancho.
BILL
Sin dudas, son farmers, ya que nos han
traído a un rancho. Ahora nos amarrarán hasta
el amanecer y luego nos entregarán a la policía.
Salen de veinte a treinta años por esto. Cirilo Ojo
Tuerto se podrá consagrar a lo suyo y yo continuaré
rastreando por el resto de mis días los vestigios
de la sintaxis etrusca en los diálogos de Plastón.
Hay conciliábulo de farmers; el
que parece liderear dice a otros dos:
Ustedes
vayan al cuartel y digan lo de siempre.
Entonces le pregunto:
Y
qué es lo de siempre, si se puede saber.
Me responde:
Cómo
no. Le informamos al oficial de guardia que encontramos
otra vaca muerta y los ladrones se dieron a la fuga. Siempre
se nos escapan los ladrones. Al amanecer la policía
vendrá, se llevará la vaca que como ustedes
saben es intocable, y asunto concluido.
Alcanzo a decirle, emocionado:
¿Quiere
decir que no van a delatarnos?
Por
supuesto que no. Qué ganaríamos con eso. Aquí
no se gana para nada, ni siquiera podemos comernos la vaca.
El farmer eleva la vista a las estrellas
que son miles de lunares blancos en una piel negra, como
evocando los tiempos inmemoriales en que la gente era dueña
de sus vacas. Los encargados de dar parte a la policía
se retiran, y los otros dos farmers desatan a Cirilo para
dejarlo ir. Les digo:
Hay
que curarlo, no puede caminar en ese estado.
Tranquilo,
tranquilo.
Y empiezan a desnudarlo, luego lo observan.
¿Son rateros o son sodomitas?
¡Dejen
a ese hombre que está herido!
Se ponen a tocarlo. Primero los muslos,
luego las nalgas.
Tiene
buenas nalgas le
dice uno al otro
y buenos muslos. El otro es más flaco
Me miran. Dicen que yo soy más
flaco.
Así
que mejor los deshuesamos, los fileteamos y repartimos la
carne por peso parejo.
Antes de comprender lo que dicen, aparece
un puñal de prestidigitador que desliga la yugular
de Cirilo. Mientras se revuelve en el suelo, empiezan a
desnudarme. Uno dice:
Los
huesos, como siempre, los enterramos en el patio -mira al
fondo de mis ojos-, no es nada personal, en este lugar todos
vivimos de esto. Una vaca muerta, que no pudo ser robada,
es una sábana de filetes sobre nuestras mesas.
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