|
Hartos de tanta violencia, los narradores tiran
a dar
«Con la abyecta complicidad de los medios de
comunicación, el poder inunda las mentes de
consignas explícitas e implícitas, de
promesas que no cumple y presuntas amenazas de enemigos
construidos a la medida de sus intereses. Modela el
imaginario colectivo a su imagen y semejanza. Complementa
la corrupción política, económica
y jurídica con la corrupción semántica
[...]. Si quienes hemos hecho de la pluma nuestro
instrumento de trabajo y nuestra arma no salimos al
paso de los que pretenden detener el flujo de las
ideas encadenando el discurso a una sarta de jaculatorias,
consignas y sentencias (de muerte), ¿quién
lo hará? Bush y Sharon lo han dicho bien claro:
"Quien no está con nosotros, está
contra nosotros". Y en eso tienen razón,
seguramente más de la que creen. Aunque habría
que formularlo al revés: quien no está
contra ellos, contra sus planes de expolio y exterminio,
está con ellos. Quien no se opone a su criminal
discurso, lo refuerza con su silencio. Y el silencio
es la cobardía del escritor. Cobardía
que en circunstancias como las actuales se convierte
en imperdonable vileza, en alta traición a
la cultura y a la humanidad» (del prólogo
de Carlo Frabetti).
«Europa se encoge, se achica, se le atragantan
las palabras que han ido perdiendo su sentido: todo
aquel viejo sueño utópico de igualdad,
fraternidad y libertad. Asiste el espectáculo
en segunda fila y de vez en cuando se pone gallito
e interviene para demostrar que también ella
puede, que es capaz, que tiene misiles imponentes
y guarda la bomba para casos extremos, de necesidad.
Una vieja Europa charlatana, de retórica fácil
que se acompleja y quiere menear su cresta, sacudir
su cola o golpear su pecho con los puños para
sentir que todavía existe ante el descaro de
vaquero prepotente del gran hermano poderoso que desprecia
el discurso y simplemente actúa. A por todas,
sin complejos, sin disimulo» (del texto de Lourdes
Ortiz).
|