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Materiales para una expedición
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PEDRO UGARTE
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224 págs.
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ISBN 84-96080-02-1
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15,50 €
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71. Informe de Max Brod desde el Parnaso
Hay hombres silenciosos
que iluminan a otros hombres, pero hay también hombres
oscuros que abren las ventanas para que la luz de aquellos
llegue a todos los rincones.
Mi voz no me ha salvado
del olvido. Todo se lo debo a una virtud bella y humilde:
la fe ciega en otro ser humano.
Sin embargo, todas las
biografías que a él le dedicaron son una invitación
para la infamia: a veces casi escupo la palabra amigo para
siempre. En las fraudulentas biografías me eximen
de todo conflicto: sólo Kafka sufría.
Pero él y yo
ahora sabemos, a pesar de tantos libros y mentiras, que
mis dudas y temores siempre fueron tan humanos (tan perfectos)
como aquellos que taladraron sus venas.
A Franz todo esto le
parece una injusticia. Él, que tanto supo de mí,
no entiende por qué me excluyen del dolor, ese vasto
imperio que recorrimos juntos paso a paso. Pero, y si aun
así, ¿de verdad fuéramos distintos?
A mí este olvido no me importa, pero mi amigo lo
sigue registrando cada día y por eso, implacablemente,
se tortura.
154. Fecundación
Llegaron hasta la aldea
mensajeros a caballo y la noticia que traían de la
lejana capital era la que nosotros, los jóvenes varones,
siempre habíamos temido: tras haber dado a luz al
último príncipe, la Reina había descansado
algunas semanas y ahora estaba dispuesta a concebir un nuevo
vástago real.
Los jinetes recién
llegados llamaron por su nombre a todos los jóvenes
del pueblo, contrastaron en secreto genealogías campesinas,
manejaron documentos y cifras. Por fin, a la mañana
siguiente, dieron a conocer el nombre del elegido.
El elegido era yo.
Rápidamente tuve
que preparar un saco con algunas pertenencias. Abracé
a mis padres y hermanos. Hubiera querido despedirme de la
maestra de la aldea (esa joven con la que apenas hablaba,
porque me sonrojaba en su presencia), pero los jinetes recordaron
que ya era hora de partir. Luego supe que ella lloró
mi marcha. Y aquella noticia fue a partir de entonces una
secreta esperanza que alumbraba el regreso.
El viaje hasta la capital
fue largo y tortuoso. Los jinetes me escoltaban con respeto,
sabedores de que, desde el momento de la designación,
estaba investido de una condición sagrada. Habrían
dado la vida por protegerme si nos hubieran asaltado los
bandidos.
Acerca de la Reina circulaban
por aldeas como la nuestra toda clase de rumores y leyendas.
Que vivía recluida de por vida en palacio y que toda
su labor se reducía a generar uno tras otro pequeños
príncipes y princesas con el objeto de ampliar la
familia real. Cada nacimiento era festejado en todo el país
durante varios días (hacerlo era, de hecho, una obligación
cuyo estricto cumplimiento quedaba en manos del ejército).
La celebración del nacimiento de un nuevo príncipe
era el único descanso que estaba permitido en las
aldeas campesinas. Ello garantizaba nuestra alegría
cada vez que se anunciaba que la familia real contaba con
un nuevo vástago. Nadie conocía la edad de
la Reina y prácticamente nadie conocía su
aspecto. El palacio estaba protegido por un regimiento de
fanáticos guardianes y una corte de mujeres estériles
la atendía día y noche, mientras ella iba
consumando sus prolongados embarazos.
En la capital pasé
a disposición de un anciano consejero. Los médicos
reales examinaron mis dientes, tocaron mis músculos,
sopesaron con científico impudor mi pene y mis testículos.
Extendieron un pergamino oficial con su aprobación.
Después fui conducido a los aposentos de la Reina
(los guardias me trataban cortésmente, pero presentí
que si me hubiera resistido no habrían dudado en
conducirme por la fuerza). Se abrió una pesada puerta
y luego se cerró a mis espaldas. A la luz de unas
antorchas, me sentí extraviado en una estancia enorme,
inabarcable para los ojos de un pobre campesino. En medio
de la penumbra, me era difícil identificar las formas
y los colores.
Un lánguido suspiro
de mujer indicó que no estaba solo. Quizás
ni siquiera fue un suspiro: se trató de algo parecido
a un resuello, una femenina y pesada expectoración,
algo así como el respirar de una gran sirena. Distinguí
una plataforma de dimensiones inconcebibles que me costó
identificar como una cama. Entonces comprendí que
allí, en aquel lecho recubierto de finas sedas, algo
extraño se movía.
Nadie me había
hablado del tamaño de la Reina. Quizás los
innumerables embarazos la habían convertido en aquella
informe masa de carne, o quizás fue elegida como
Reina debido precisamente a su volumen portentoso. Temeroso,
me acerqué. Percibí nuevos movimientos, pero
me costó distinguir en ellos el perfil de una mano.
Una mancha oscura en otra parte descubrió la forma
de un pezón gigante. Todo lo que había ante
mí era una marea de sebo que se extendía,
repulsiva, desfiguradamente, a lo largo y ancho de la cama.
La Reina, más que un ser humano, era una vasta superficie
untuosa, informes depósitos de grasa. A veces, de
forma monstruosa, algo humano se hacía visible (un
ojo, unas uñas, el contorno de un labio), aunque
la mayor seguridad de que aquello era algo vivo procedía
de la respiración, asmática, profunda, como
la de un animal que agoniza lentamente.
Alguien se movió
a mis espaldas y me di la vuelta con pavor: era el anciano
consejero. Había entrado en silencio, acompañado
por un séquito de eunucos.
Tenemos
mucho trabajo por delante dijo
el anciano.
Los eunucos instalaron
junto al lecho un complicado artefacto de ingeniería.
Había en él poleas y palancas. Aturdido, dirigí
al consejero real una mirada interrogante.
La
Reina es excesivamente pesada explicó .
Para proceder al coito es preciso desplazarla con esta compleja
máquina.
Permanecí en
silencio mientras el ejército de eunucos terminaba
de montar el brazo mecánico. Por fin aplicaron varias
abrazaderas al cuerpo de la Reina. Se accionaron palancas,
se tensaron todos los cabos. Entonces el consejero acercó
una antorcha hasta la máquina: apareció ante
mis ojos una pavorosa gruta de carne. Con un gesto expeditivo,
el consejero exigió que cumpliera mi alta misión.
Estaba rodeado de eunucos
obedientes y de un anciano consejero que evaluaba mi trabajo.
Habría sido imposible encontrarme en condiciones
de penetrar a aquella mujer (a aquella mujer o a aquella
cosa) de no ser por una masculina estratagema: pensé
en la maestra de mi aldea, aquella muchacha frágil,
de tez cobriza y ojos verdes. Conseguí que mi miembro
se endureciera. Por otra parte, había cerrado los
ojos hacía algunos minutos, para no sentirme invadido
por el asco. Mientras entraba en aquella cueva aceitosa
(algo respiraba fatigosamente allá a lo lejos) me
sentí completamente avergonzado, pero el recuerdo
de la joven maestra logró mantener la excitación.
Fue como si me estuviera masturbando sobre alguna superficie
suave y confortable que nada tuviera que ver con un ser
humano.
Cuando terminé
abrí los ojos (La Reina había lanzado algún
bufido, que no supe si identificar con el placer) y retrocedí,
confundido, avergonzado. Los eunucos me cubrieron con una
túnica y el consejero, ahora, sonreía, como
si hubiera asistido a la culminación de una delicada
gestión diplomática. Pensé que su trabajo
(sobrellevar la burocrática inspección de
aquellas laboriosas fecundaciones) era aún peor que
el mío.
Mientras salíamos
de allí, pensaba en cómo explicar al consejero
real que, efectivamente, jamás revelaría nada
sobre aquel asunto, nada sobre el modo en que se concebían
los jóvenes príncipes de la familia real.
Deseaba despedirme, correr hasta la aldea, encontrarme con
la maestra y decirle al fin todas aquellas cosas que nunca
antes me había atrevido a decir.
Distraída, casi
involuntariamente, el anciano consejero me había
conducido hacia las profundidades del palacio. Accedimos
a una mazmorra en cuyo centro había un grueso tocón
de madera y sobre él, clavada, un hacha. Dos sombras
enormes, con los brazos cruzados, confirmaron la presencia
de los verdugos. Entonces la débil mano del anciano
se posó sobre mi nuca y me invitó a inclinarme.
138. Obras completas
Vivir en una ciudad.
Una ciudad como tantas otras ciudades. Un barrio donde la
gente no era demasiado rica, ni demasiado pobre, ni demasiado
lista, ni demasiado tonta. Un barrio donde posiblemente
nadie tenía mucho que decir y donde era difícil
decirle nada a nadie. Allí eran los trabajos, las
nóminas, los horarios, las diminutas mezquindades,
los mínimos gestos de coraje, los domingos de luz
civil y colectiva. También las noches: al menos también
hubo algunas noches.
Cuarenta años
(es un decir) de obras completas.
32. Estadísticas oficiales
En aquel pequeño
país del África ecuatorial, famoso por su
mala organización administrativa, el inesperado terremoto
produjo infinidad de problemas médicos y asistenciales.
Pero lo más triste es que nadie pudo cuantificar
fiablemente los daños sufridos, ni siquiera el número
de muertos. El presidente, en un dramático mensaje
radiado, habló con aproximación de 10.000
víctimas, pero el Departamento de Interior, al día
siguiente, dio como más probable la cifra de 8.000.
A medida que los trabajos de desescombro progresaron, cálculos
entre 9.000 y 10.500 eran los más barajados. La Cruz
Roja ofreció una aproximación de 9.850 muertos,
y el Departamento de Sanidad Pública aventuró
los 10.200. Fue 10.150 el fatídico guarismo que más
se repitió en los días siguientes y que todos
los medios de información reprodujeron con leves
variaciones (10.000, 10.080, 10.185...) salvo un periodista
norteamericano que envió, seguramente por error,
una crónica con la cifra de 1.150.000 muertos. La
ONU aventuró un cálculo de 10.300 muertos,
que el gobierno, al fin, corroboró, aunque no así
ciertos observadores europeos que elevaron la cifra a 10.800.
Tras innumerables recuentos, listados de desaparecidos,
etc., las autoridades de aquel Estado fijaron el número
de muertos entre 10.400 y 10.600. Sólo en un país
tan desorganizado puede esperarse que haya aún 200
muertos dudosos, aguardando, angustiados y expectantes,
un nuevo cambio en las estadísticas oficiales.
48. Llamada de auxilio
Yo estaba desolado.
Necesitaba su ayuda. Le escribí una carta.
Estoy muy triste.
Pero sé que mi
letra es nerviosa, atropellada, absolutamente ilegible,
por eso ella sólo acertó a leer luego
supe :
Estoy en Trieste.
Me quería y ni
siquiera lo dudó. Hizo las maletas y, en su afán
por ayudarme, partió hacia las perdidas costas del
Adriático, es decir, muy lejos de mí.
127. ¡Madame Bovary no soy yo!
Como tantos otros, me
acerqué a Madame Bovary con ese atolondramiento que
nos impone la historia de la literatura y su fatigoso ejército
de comentaristas. Al tomar por primera vez el libro, estaba
totalmente predispuesto a identificarme hasta en las huellas
dactilares con el laborioso personaje de Flaubert, a percibir
cómo cada una de sus experiencias armonizaba con
mi delicada sensibilidad y a exclamar al fin, ebrio de admiración,
clavado de hinojos ante el libro: ¡Madame Bovary soy
yo!, celebérrima sentencia atribuida al literato
y que todo erudito a la violeta gusta de pronunciar cada
vez que hay ocasión.
Cuál no sería
mi estupor (y casi mi tristeza) al comprobar que, según
iba leyendo, mi sensibilidad, quizás menos delicada
de lo previsto, tenía poco que ver con la legendaria
heroína. En el colmo de la indignidad, en medio de
una denodada e infernal lucha interior, y a pesar de mis
agónicos esfuerzos, tuve que aceptar que Madame Bovary
me parecía una verdadera estúpida.
Desde el principio Emma
Bovary es un personaje voluble, desagradecido y egoísta.
Nada más tomar posesión de su nueva casa expulsa
sin miramientos a la anciana criada que había servido
hasta entonces a Charles Bovary, su marido. A pesar de que
este, médico de pueblo, la sacara de una vida oscura
en una granja de aldea, ella no muestra en ningún
momento no ya agradecimiento, sino una mínima satisfacción.
Por supuesto, Emma envidia a vizcondes y marqueses, aunque
si ahora puede rozarse con ellos es gracias al mejor estado
de su esposo. Se acuerda a veces de cuando «desnataba con
el dedo los cuencos de leche en la vaquería», pero
da la espalda a la evidencia de que ha salido de allí
gracias a ese afortunado matrimonio con un pequeñoburgués.
Imaginando la sofisticada vida de París, Emma se
pregunta a sí misma «¿Cómo será
el París ese?», expresión de arrabal que no
merecería ni una mujer exquisita y culta, ni una
atractiva muchacha de pueblo dispuesta a progresar. Emma
Bovary considera una meridiana expresión de la mediocridad
de su marido que este no sepa aclararle un término
de equitación que ella se había encontrado
en una novela. E incluso hay un momento en que se atreve
a meditar: «¿No debía ser un hombre justamente
todo lo contrario, sobresalir en todas las actividades?».
No fue la mala impresión del libro lo que emborronaba
las letras sino el temblor de mis manos al leer aquello.
Mi terror llegó a un punto extremo cuando Emma, analizando
con desprecio a su marido, le describe del siguiente modo:
«No sabía nadar, ni esgrima, ni manejar una pistola».
Para entonces ya era
inútil engañarme.
Estaba hablando de mí.
161. Un desconocido
El tema literario del
doble, tan rico y sugestivo, se ha desvanecido para siempre.
Antes, la literatura o el cine siempre daban oportunidad
de encontrar algún doble imaginario (el más
célebre de los míos, que yo sepa, era un vulgar
ratero que frecuentaba el café Rick's, en Casablanca;
sin olvidar a un marino desquiciado que retrató Baroja)
pero ahora Internet nos rescata del reino de la ficción
y nos emplaza en la misma realidad. Sí, el mito del
doble ya se ha desvanecido. Gracias a Internet nos hemos
dado cuenta de que el doble no es un tema literario: el
doble existe. Es abrumadoramente real.
De Pedro Ugarte, mi
contemporáneo, sé ya muchas cosas y ello no
es producto de una ardua investigación ni de la paciencia
de minuciosos detectives. Me limito a leer distraídamente
las noticias que de él va dando Internet, esa incalculable
biblioteca de Babel, y a seguir la estela de sus viajes.
Pedro Ugarte es fotógrafo
y trabaja para la agencia France Press. Durante mucho tiempo
se dedicó al mundo de los deportes: desde la liga
de fútbol americano hasta las olimpiadas de Sydney.
También son notables sus reportajes aeronáuticos.
En Canadá ha fotografiado para revistas especializadas
muchos modelos de avión, así como en Argentina
la majestuosa ascensión de globos aerostáticos.
Durante los últimos años se está centrando
en cuestiones de política internacional, vinculadas,
supongo, a los encargos de su agencia.
Pedro Ugarte estuvo
a finales de año en Madagascar, pero el último
de sus trabajos del que he tenido noticia ha sido en el
Congo. La red constata que también ha visitado Tanzania
y Kenia. Recientemente Ugarte ha recogido con su cámara
las tensiones políticas malgaches (desde retratos
del señor presidente al ambiente de las calles de
Tananarive durante la ley marcial). También ha fotografiado
la tremenda erupción del volcán Nyiragongo,
muy cerca de Goma, en la República del Congo.
La vida es así
de complicada (las erupciones volcánicas, los viajes
de Pedro Ugarte). Yo tomo un café en el bar que hay
al lado de mi casa y Pedro Ugarte dirige su objetivo a una
ceremonia tribal en Kenia. Yo me acuesto después
de haber leído un poco y Pedro Ugarte toma un barco
para cruzar de Zanzíbar a Pemba. Yo bostezo mientras
relleno la cazoleta de mi pipa y Pedro Ugarte pone pies
en polvorosa, cargando su pesado equipo fotográfico,
ante el avance de la lava de un volcán.
Me temo que, con la
vida que lleva este individuo, no es muy probable que llegue
a saber nada de mí. Yo también me asomo a
veces a la red, a cuenta de alguno de mis libros, pero reconozco
que las entradas que propicia Pedro Ugarte son mucho más
numerosas, más espectaculares. Las fotos del volcán
en Goma, por ejemplo, eran estremecedoras. Sus fotos deportivas,
por el contrario, resultan cálidas, dinámicas,
coloristas. Cuando retrata aviones en vuelo me lo imagino
montado a lomos de una nube, y en sus fotos creo percibir
algo de Dios, perdido allá en el horizonte, y también
algo de la seguridad, la confianza, que transmiten los últimos
avances de la ingeniería aeronáutica.
Pero debo decir más:
la vida de Pedro Ugarte me consuela. Agitado aventurero,
ha recorrido el planeta de punta a punta y yo siento un
alivio difícil de explicar, como si me hubieran dado
una dispensa. A veces me pregunto (por ejemplo, cuando juego
con mi hijo en el parque) de qué demonios está
hecho el universo y cuáles son los secretos que aún
me esconde. Pero gracias a Pedro Ugarte me siento más
tranquilo: él se dedica a investigar todas esas cosas.
Espero poder decírselo algún día, quizás
agradecérselo. Debido a que él es un viajero
infatigable, yo puedo, sin ningún remordimiento de
conciencia, concentrarme en mis asuntos.
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