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Tijeras de Plata
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HUGO BUREL
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160 págs.
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ISBN 84-96080-03-X
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13,50 €
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EN
CIERTAS ZONAS de la memoria hay vivencias que permanecen
afincadas como en uno de esos depósitos de las casas
de subastas, llenos de muebles y objetos de variada procedencia
y valor. Están allí como aguardando que venga
alguien a interesarse, a sacudirles el polvo y a restituirlos
al presente. Algo así me sucedió hace un tiempo
mientras caminaba por la calle Yatay, con la magia de esa
palabra que se lee en los dos sentidos igual, un palíndromo
que empieza y termina con una letra que parece una tijera
abierta.
Yatay nombre
de una de las batallas de la guerra de la Triple Alianza
es una calle corta, apenas tres cuadras que van desde la
calle José L. Terra donde
muere Batoví
a la avenida San Martín, cruzando antes la avenida
General Flores que
comandaba nuestras fuerzas en aquella guerra deshonrosa
y luego Marcelino Sosa. La primera cuadra de su vereda norte
la ocupa el viejo edificio de la facultad de Química.
Enfrente, en la cuadra siguiente, el más viejo aún
de la facultad de Medicina. Frente a esta, la esquina con
el bar y pizzería La Puerta de Alcalá llamado
antes Alcalá a secas
se abre al panorama que ofrece la desagradable y cementada
explanada de la Plaza 1.º de Mayo, que precede al Palacio
Legislativo, ubicado en medio de una vasta rotonda rodeada
de fealdades diversas e indefinición urbanística.
Cruzando la calle Sosa, la última cuadra de Yatay
es un cúmulo de edificios de apartamentos de las
décadas de los cuarenta y cincuenta, pequeños
locales comerciales, lo que queda de la parte trasera del
ex cine Ástor que
daba también sobre la avenida Agraciada, paralela
a Yatay
y, ocupando la porción central de esa cuadra despareja
y hoy empobrecida, el viejo palacio de la Cerveza o, como
se le llama desde hace décadas, palacio Sudamérica.
En el siglo pasado, a mediados de
los cincuenta, yo empecé a frecuentar esa zona de
mi barrio para visitar la peluquería de la calle
Yatay casi en el cruce con Marcelino Sosa. El salón,
contiguo a un bar que ya no existe y que ocupaba toda la
esquina, contaba con tres peluqueros y esa fue la primera
peluquería que recuerdo. Era pequeña y provista
solamente de lo necesario. Mientras esperaba que me cortaran,
miraba las revistas manoseadas por los sucesivos clientes,
aquellas ediciones de El Gráfico, impresas
en tinta marrón con fotos y comentarios del fútbol
argentino.
Cuando llegaba mi turno, en general
me cortaba Iván, que era macizo de cuerpo, tenía
manos grandes y un poco bruscas, lentes de gran aumento
y unos tupidos bigotes de campesino de Georgia o Lituania.
Sujetaba mi cabeza con desaprensiva rudeza y procedía
a rebajar mi nuca con la máquina. O a veces me sentaba
en el sillón del medio, que atendía Toto,
lo opuesto a Iván en aspecto y trato. Usaba unos
lentes sin montura, como los de Rodó, era bajo, pálido
y amable, y su bigotito siempre bien recortado coronaba
una sonrisa rápida y afable. En el tercer sillón,
el más alejado de la entrada, trabajaba un peluquero
vivaz y conversador, cuyo nombre olvidé o nunca supe.
Él jamás me cortó, aunque siempre me
hacía alguna broma cuando yo llegaba o me regalaba
sellos que nunca coleccioné.
No recuerdo por cuánto tiempo
mi padre me llevó a esa peluquería ni por
qué un buen día empezamos a ir a otra, ubicada
en la calle Hocquart, frente a donde él trabajaba.
En todo caso, las peluquerías fueron cambiando a
medida que fui creciendo. Pero aquella, la primera, nunca
la olvidé.
Un mediodía pasé por
casualidad por la puerta y detuve mi auto. Un incontenible
impulso me obligó a estacionar media cuadra más
adelante y caminar hasta la esquina del bar. Todo parecía
abandonado y cerrado desde hacía mucho tiempo. Las
persianas de metal acanalado tenían la pintura descascarada.
Las correspondientes a la peluquería mostraban pegados
afiches de propaganda del último acto por el 1.º
de Mayo. Como siempre sucede, la geografía de la
cuadra me pareció más pequeña, más
desprovista, acaso como un apresurado simulacro del lugar
que yo recordaba. La distancia del universo de la niñez
al mundo adulto pasa por una cuestión de proporciones,
de tamaños relativos y de secretos pactos con la
memoria.
Como si estuviera en un lugar santo,
apoyé mi mano sobre la cortina metálica de
la puerta.
Imaginé el salón vacío
y la muda huella de los espejos sobre la pared de la izquierda.
Con la mano todavía apoyada, me dejé llevar
por los extraños pasadizos de la mente y entré
otra vez al salón. Traté de restaurarlo en
todos sus detalles: sillones giratorios, piso ajedrezado,
paredes pintadas de un verde pálido y brillante,
números de El Gráfico sobre una mesita,
la amable sonrisa de Toto y el ceñudo empaque de
Iván. Seguía faltándome un peluquero,
el más alejado de la entrada, el que nunca me cortó.
Todavía ensimismado, me sorprendió
la voz a mi espalda:
¿Lo
quiere alquilar?
Me di vuelta. Un anciano bajito,
sonriente y bien arropado aguardaba mi respuesta.
¿Cómo
dice? respondí.
Toda
la esquina se alquila, y este local está en la propiedad.
Se comunican por una puerta interior insistió,
afable y sin dejar de sonreír.
No
dije ,
sólo estaba de paso y me detuve a mirar, nada más.
Es
una buena propiedad, ideal para un café y bar, que
ya hubo. El salón da como para un club de video.
Una ganga, porque hoy los alquileres se han derrumbado,
¿verdad?
Sí,
claro, pero no estoy interesado expliqué .
Hace años que no pasaba por acá. Veo que todo
ha cambiado mucho, me parece irreconocible. Por eso me detuve.
¿Es suyo todo esto?
El viejito ensayó un gesto
como de orgullo, de tranquilo poder.
Vivo
aquí cerca, en el edificio del banco, sobre la avenida.
Tengo algunas propiedades en la zona. Tuve muchas más
que fui vendiendo. Esta también está a la
venta pero si la alquilo igual me sirve. La calle Yatay:
menos las dos facultades, fui dueño de unas cuantas
fincas, locales y apartamentos en estas tres cuadras. También
tuve una parte del cine. Ahora nada de esto vale mucho,
porque la zona se empobreció, cerró todo.
Usted
debió de ser cliente de la peluquería que
estaba aquí mismo, ¿no? dije,
y el anciano se sorprendió.
¿Cómo
sabe de la peluquería?
De
chico venía con mi padre. Por eso pasaba y me detuve.
Quería ver cómo estaba todo y por lo visto
no queda nada.
Hace
años que cerró dijo
el viejo
y nunca más nadie se interesó en poner aquí
ningún comercio, parece mentira. En un tiempo esta
fue una zona próspera: las facultades, el Parlamento,
dos cines, la famosa cervecería Don Pablo, la tienda
Soler, los bailes del Palacio, las mueblerías...
Y
la peluquería dije,
y ensayé un gesto de despedida.
La
peluquería, cómo no. Aquí trabajó
Tijeras de Plata, el famoso peluquero dijo
el viejo con una actitud en la que resonaban el orgullo
y la admiración.
Al oír el nombre algo en
mí se puso en alerta.
¿Tijeras
de Plata? repetí.
El viejo se sonrió y asintió:
Era
el apodo de Arístides Galán, ganado en buena
ley y contra los mejores de la época.
¿Dijo
usted que trabajó aquí? indagué.
Cómo
no: llegó a ocupar el sillón principal pese
a no ser propietario. Afeitó al general De Gaulle
cuando nos visitó, allá por el sesenta y pocos.
No aquí, claro. Lo hizo en la embajada, a pedido
de nuestro canciller de entonces.
¿Y
desde cuándo cortaba? pregunté,
cada vez más interesado .
Quiero decir cuándo empezó a trabajar en esta
peluquería.
El anciano vaciló, como si
la memoria lo hiciese dudar.
Si
mal no recuerdo, a mediados de los cincuenta. Yo trabajaba
en el cine, aquí enfrente dijo
finalmente.
¿Conoció
a Iván y a Toto?
Otra vez el viejo dudó, pero
enseguida su rostro se iluminó:
¿Los
recuerda? Usted debía de ser un niño. Veo
que tiene buena memoria. Cómo no: el Toto y el Iván.
El ruso cortaba contra la ventana porque no veía
bien. En el sillón del medio trabajaba el Toto. En
el del fondo, Arístides.
El
tercer peluquero, el que nunca me cortó dije,
agradecido. Había llenado un vacío en el recuerdo
que, de no mediar el viejito, nunca se habría completado.
Pero lo de Tijeras de Plata era un dato nuevo, una invitación
a que siguiera preguntando:
¿Qué
se hizo de todos ellos?
No
sé, nunca más supe de ninguno. Pero a usted
le interesa Arístides, ¿no? Vi su cara cuando
lo nombré.
Era
el que me faltaba expliqué ,
el que cuando venía me regalaba sellos o caramelos
y con el que nunca me corté. No recordaba su nombre
o no lo sabía, y ahora resulta que afeitó
al mismísimo De Gaulle y tiene, o tenía, un
apodo que parece de un pistolero del far west: Tijeras
de Plata.
¿Quiere
entrar al salón?, puedo abrírselo propuso
el viejo, queriendo interpretar mi admiración o mi
insistencia en el recuerdo.
No
se preocupe, prefiero el que todavía está
en mi cabeza, completo y al detalle me
cubrí, previendo el esfuerzo de subir la cortina
fría y herrumbrada.
Era
un hombre muy especial, Arístides dijo
el viejo, y me apretó el brazo con una mano pálida
y delicada. Había captado que yo necesitaba saber,
que el mecanismo se había desatado y que la historia
de Tijeras de Plata ya estaba fascinándome. Pero
no tenía por qué estar enterado de que era
escritor y que sin proponérmelo siempre andaba a
la caza de historias que contar, robando por ahí
argumentos y personajes para construir ficciones .
Cortaba y hablaba muy bien agregó.
¿Hablaba?
pregunté
intrigado.
Era
un gran conversador y contaba historias mientras iba cortando,
algunas muy extrañas. También le gustaba que
le contaran a él. Sabía escuchar, sonsacar.
Nunca conocí, no le digo un peluquero, sino a alguien
capaz de entretener tanto con lo que decía evocó
el viejo.
¿Y
por qué le decían Tijeras de Plata?
Porque
una vez las ganó dijo
el viejo, como si el hecho fuera obvio.
¿Qué
sabe de eso? Cuénteme le
pedí.
El viejo no respondió. Se
acomodó la bufanda y se apartó un poco, como
dando por terminada la conversación. Ahora un aire
sombrío le había escamoteado las maneras afables.
Está
haciendo frío y no ando bien de la presión,
voy a volver a casa. ¿Entonces no alquila? dijo,
preocupado.
No,
solamente pasaba, le agradezco la conversación. Pero
si cambio de opinión me gustaría ubicarlo.
¿Tiene teléfono?
Usted
no quiere alquilarme nada. Vaya tranquilo y déjeme
a mí en paz. ¡Linda manera de perder el tiempo!
Sin despedirse, el viejo dio media
vuelta y cruzó con lentitud Yatay para encaminarse
por Marcelino Sosa hacia la avenida Agraciada. Yo lo miré
alejarse y comprendí que sería inútil
seguir preguntándole. De golpe tenía una historia
que comenzaría a desvelarme, a sustraerme del agobio
de los inciertos días del primer año del nuevo
siglo.
«Tijeras de Plata»,
repetí mentalmente. Me sonaba como «Espuelas
de Plata», un viejo héroe de historieta. Procuré
forzar la memoria y buscar en aquel salón perdido
una imagen del peluquero que conversaba. Fue inútil:
sólo pude entrever una silueta borrosa, un perfil
indeciso ¿Por qué siempre tenía sellos
para regalarme? ¿Le escribían muchas cartas?
¿Cuándo y por qué había ganado
la famosa tijera? ¿Quién era o había
sido Arístides Galán?
[...]
TRATE DE NO mover las cejas, porque
eso me distrae. No mire hacia arriba, no es necesario. La
tijera vuela, tiene alas y a veces hasta parece que tiene
música. Puedo seguir los compases de cualquier melodía
cuando corto, como si cada estocada estuviera escrita en
una partitura.
Tuve un cliente muy excéntrico,
muy raro, al que le gustaba cortarse escuchando Rapsodia
en azul. ¡Pah, pa-pa-pa-pa-pa-pah-pa-pa-pahhh!
Llegaba con el disco de pasta y un pick-up portátil
y esperaba su turno, en silencio, sin leer revistas ni conversar
con los otros clientes. Tenía el pelo crespo, duro,
opaco, imposible de domesticar, salvo cuando yo lo atacaba.
Permítame que le cuente:
al principio pensaba que la música era para que aquello
tuviera un aire grandioso, como en una película,
cuando una escena se acompaña con una melodía
especial. A ver, un poco más de ese lado, ¿no?
Le pregunto por amabilidad porque yo ya sé. No necesito
que me ponga esa cara. Bien, seguimos.
El hombre se sentaba y yo enchufaba
el tocadiscos y ponía la música. Mi cliente
cerraba los ojos y entregaba su cabeza a mis manos. Los
otros clientes que esperaban se acomodaban en la silla como
si vieran un espectáculo. En realidad lo era. ¡Parabarún,
pah, pararará, pah, pah! La Rapsodia en azul
y mi tijera en contrapunto. Los mechones volaban y el fiero
monte de esa pelambre indómita iba tomando una forma
decente, agradable, humana. Mis manos se abrían paso
en esa selva inhóspita para podar, entresacar, alisar,
despuntar y llevar ese pelo a una condición más
que aceptable. Después lo mojaba, lo separaba en
mechones, lo apartaba y lo organizaba en un largo engañosamente
parejo. Me parece verlo a mi cliente, recogiendo el tocadiscos
y el long play, satisfecho, feliz de mi obra. Los
demás clientes aplaudían, lo que me obligaba
a hacer una reverencia, así, ¿ve?
Por supuesto que un día no
tuve más remedio que preguntarle a mi cliente el
porqué de esa música compuesta por un norteamericano
de apellido Gershwin así
constaba en el sobre del disco .
El hombre me miró con gesto evocador y me respondió:
«Porque sí. Porque intento recuperar un momento
perdido e inefable que está relacionado con la Rapsodia
en azul».
Entonces me contó la historia
de ese momento que lo lleva a la infancia, a un verano,
a la peluquería de un hotel en la orilla de un río.
Está con sus padres de vacaciones, allá por
mediados de la década de los cuarenta. Es hijo único
y disfruta de todas las atenciones y cuidados de la pareja.
Tiene nueve, diez años y no conoce la pena ni el
dolor. Han vuelto del río, luego de tomar el sol
y bañarse. Acaban de pasar por el comedor principal
y han merendado. Mi cliente niño pidió un
helado triple decorado con jalea y trozos de avellanas.
No obstante la paz, la molicie de la tarde, hay algo que
ensombrece el semblante de su madre. En la conversación
de la pareja, intrascendente, él cree advertir tirantez.
Hay como un recelo, una amenaza que va resbalando sobre
ambos. Su padre responde con monosílabos, sin dejar
de sonreír. La madre alude a temas que él
no entiende o desconoce. Después se levantan de la
mesa y van al salón de la peluquería, cercano
al comedor. El padre pide que lo afeiten y ordena que le
corten el pelo al chico, a mi cliente. La madre los deja
y regresa a la habitación pretextando cansancio.
El calor es inolvidable.
Ahora déjeme ubicarlo en
la escena: la culminación según
mi cliente
de un día perfecto. Se reclina en el sillón
y el peluquero lo cubre con el peinador. Se mira en el espejo
y ve su rostro encendido por el sol. Tiene restos de helado
en las comisuras de la boca y su padre conversa con el hombre
que ha comenzado a enjabonarle la cara.
«¿Cómo prefiere
que se lo corte, caballerito?», pregunta el profesional,
y el padre murmura: «Hágale una media americana».
No lo parece, pero ese es un corte
que hoy no figura en las revistas, que no es para cualquier
improvisado del centro, vestido como un maricón y
jugado al secador y al peinado con batido. Pero regreso
a la historia.
El niño aprueba la sugerencia
del padre, porque así está bien y el corte
va a aliviarle el calor que siente sobre la nuca y encima
de las orejas. Cierra los ojos y evoca la tarde llena de
diversión, de paseo en bote, de juegos en la orilla
con una pelota de playa. En la radio de la peluquería
empieza a sonar una melodía, un clarinete que parece
iluminarse, entretenerse con las notas tras el lento requiebro
del comienzo y sube en sus tonos llenando la atmósfera
del salón, posándose sobre los brillos de
cada objeto.
«Nunca había escuchado
una música como esa evocó
mi cliente al contarme .
Tanto me cautivó que he vivido para coleccionar sus
distintas grabaciones y apreciar a sus variados intérpretes»,
agregó. Pero regresemos al pasado, a ese momento
inefable en el que música y tijeras se encuentran
en el verano.
El peluquero ha empezado a cortar
y a seguir sutilmente el ritmo, a perseguir al clarinete
y luego al piano y toda la orquesta, para fascinación
del niño, que sin abrir los ojos se deja llevar por
el momento, sintiendo que esa felicidad que
nunca más pudo explicarse
debería durar para siempre.
Yo estoy repitiendo, evocando, reconstruyendo
lo mejor que puedo la historia, pero no se cómo describir
su verdadero sentido. Quizá, el final lo explique.
Esa tarde mi cliente no pudo escuchar
entera la Rapsodia en azul. El sonido del tiro se
escuchó claro y retumbó en los pasillos del
gran hotel como cuando una puerta se cierra por el viento.
El padre, todavía a medio afeitar, se levantó
del sillón y sin quitarse el peinador salió
del salón.
«Cuando llegó a la
habitación, papá encontró a mamá
con la cabeza destrozada y el revólver en una mano.
A mí no me dejaron subir a verla y permanecí
en la peluquería, sabiendo lo que había pasado
pero simulando no saber, tratando de que todo fuese hacia
atrás, en especial la música, llegar al momento
del clarinete, o antes, tal vez».
Ese fue un caso famoso en la época
y los diarios lo cubrieron con detalle. Siempre se sospechó
del origen del arma y de los verdaderos motivos de lo que
pareció un suicidio. Por supuesto que mi cliente
nunca se refirió a esa parte de la historia, que
para él culmina en el preciso momento en que el estampido
interrumpe la melodía de Rapsodia en azul. Yo
nunca insistí en saber más y me limité,
cada vez que venía, a cumplir con su especial pedido
de poner el disco, cortar e intentar volver atrás
el tiempo.
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