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Coda
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ESTHER GARCÍA LLOVET
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160 págs.
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ISBN 84-96080-05-6
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13,50 €
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Texto de la presentación en
la Universidad Autónoma de Madrid
el 23 de abril de 2003
por Sara Bamba
Coda está compuesta
por seis historias muy diferentes entre sí y, sin
embargo, unidas por un sutil hilo conductor engarzado a
la perfección por la autora. Un hilo conductor construido
con personajes que aparecen sesgadamente, que aparecieron
en su momento y vuelven a hacerlo fantasmalmente, perfilados,
desdibujados, como sombras, en una historia que no es la
suya. Un finísimo entramado de elementos que se repiten
continuamente, se superponen, apareciendo en diferentes
contextos, retratados de diferente manera, pero estando
presentes para crear ese algo inquietante que hay en el
libro de principio a fin. Son detalles que se hacen un hueco
inesperadamente, provocando el pálpito, la reflexión,
y que se evaporan como humo.
Esta estructura fragmentaria en
la que se acumulan elementos y en la que todo parece estar
entrelazado, podría haberse construido de forma típica,
es decir, una historia vista desde muchos puntos de vista,
personajes que se ven unos a otros y se retratan. Sin embargo,
en Coda, este proceso se realiza con una enorme maestría,
ya que los personajes que se intercalan en unas y otras
historias, se nos muestran a pinceladas, el lector ha de
estar atento para encontrarlos y realizar su propia elaboración
del texto. Ahí reside una de las claves principales
de Coda, una de las cosas fundamentales que ha de
poseer un buen libro, la capacidad de sugerir, las pistas
dadas al lector para que él construya y reconstruya
la historia desde dentro.
La autora consigue crear momentos
de escalofrío gracias a elementos que aparecen y
que en ese instante se nos sugieren suprarreales, extraños,
ajenos a la realidad más cotidiana. Pero no es necesariamente
que sean episodios de misterio o de terror, sino que nos
muestran lo que está por debajo de la realidad más
aparente, pero que no por ello deja de ser la propia realidad.
Cosas que podrían ser pero que no son sino en la
mente de la persona que lo está mirando, detalles
que sólo son perceptibles para alguien que realmente
observa, que realmente atrapa el lado más fantasmal
de la realidad.
Esta realidad se transmite en una
atmósfera que inunda todo el libro, un ambiente que
a mí se me ha sugerido árido, inmenso, desolado,
enmarcado por campos de maíz, sobrevolado por cuervos,
barnizado por un terral seco que se va apoderando de los
personajes. Es en sí un paisaje muy cinematográfico,
y es que el libro gracias a la forma en que está
construida la narración, consigue evocar en el lector
imágenes tan potentes que la historia se dibuja en
la mente como una película, como si pasara delante
de nuestros ojos.
También se nos sugieren los
personajes: en ocasiones desde el principio sabemos quiénes
son y qué hacen, todo parece que es sencillo, que
está totalmente claro, pero no sabemos el secreto
que esconden; en otras ocasiones el personaje aparece ubicado
en un lugar concreto, en una situación concreta,
pero no sabemos qué hace, quién es, podemos
tan sólo especular, soñar que sabemos de quién
se trata, por qué está ahí o si volverá
a aparecer después como un fantasma de la realidad
más tangible.
La forma externa de las historias
es diferente entre sí: en primer lugar el punto de
vista: dos están contadas por un narrador omnisciente
y las otras están narradas en primera persona, unas
en presente pero viajando al pasado o retratando el pasado
mientras se viaja al presente. Esto ya hace que las historias
sean un prisma por el que asomarse a mirar la realidad desde
diferentes lugares y percepciones. A esto se añade
el hecho de que cada historia está narrada en un
tono distinto, el monólogo interior, el relato de
la realidad circundante, las aventuras de dos ladrones de
coches, la cotidianeidad aparente...
La prosa que Esther construye en
este libro posee un ritmo narrativo que no decae en ningún
momento, un ritmo perfectamente acorde a la situación
que se cuenta; las descripciones de personajes y situaciones
se unen a interesantes reflexiones, todo ello salpicado
de unas imágenes arriesgadas, maravillosamente logradas
que envuelven al lector en una atmósfera suprarreal,
como ya hemos comentado anteriormente.«Ella trae su
recién nacido en brazos, un recién nacido
como un cosquilleo», «Casas desvalijadas que
quedaban con los intestinos al aire como un perro atropellado,
casa intervenidas con una pulcritud de hipocondríaco,
casa descompuestas y verdosas como una mala digestión.
Casas agotadas» «El viento raspaba el maíz
como el fósforo al prenderse»
Hay un párrafo que me ha
llamado especialmente la atención por la forma de
describir la situación que está contando,
por su eficacia y su capacidad de evocación, por
todo lo que dice con tan poco. Me parece que puede resultar
muy ilustrativo de la prosa de la autora:«El cedro
de las paredes...»
Y por fin, las historias en sí
mismas, historias que sólo quiero esbozar sesgadamente,
porque todo perdería el misterio si no se accede
directamente a su lectura: un conductor de autobús
atraviesa todos los días el maizal omnipresente y
ve un autobús tirado en la cuneta por el que se pasean
cuatro mastines. Un hombre perdido porque ha perdido su
vida y lo único que posee es el trayecto que realiza
todos los día días, el mismo trayecto, la
misma carretera. Esta primera historia nos adentra ya en
este mundo de personajes que vagan en la misma atmósfera
desolada. Han quedado apuntados ya muchos detalles que serán
constantes en el libro y enigmas que se irán resolviendo
al adentrarnos en las otras vidas en las que iremos entrando
poco a poco, en una cadencia de personas y situaciones.
Una fotógrafa es contratada
por una extraña agencia que le encarga hacer fotografías
de casas que han sido robadas, de lugares deshabitados,
incendiados...Más tarde tendrá que realizar
inexplicables encargos en casas y hoteles y convertirse
en una sombra que coloca la realidad siguiendo las órdenes
de otros. La dependienta de una joyería en la que
suele entrar una mujer que inquietantemente cada día
pronuncia un nombre distinto para dirigirse a su hijo. Un
hombre que duerme con un perro en un banco enfrente de la
joyería. Pablo y Jacobo roban la caja negra de un
avión accidentado, un chico que trabaja en una gasolinera
y ve pasar por allí a las personas que ya son conocidas
para el lector, Lobo y Casio, dos hermanos que roban coches
y que han hecho una apuesta: encontrar un Ford negro del
75.
Las piezas del puzzle de Coda
están desperdigadas en las páginas de estas
historias, se muestran y se ocultan. Encontrarlas y encajarlas
no supone desentrañar un misterio convencional, eso
sería demasiado sencillo; ordenarlas es contemplar
el misterio de la propia existencia que no tiene por qué
presentar un orden cuando todo parece resuelto. El misterio
de personas que se buscan a sí mismas, que tratan
de compensar lo que han perdido.
Y una frase ¿Qué está
pasando? Eso es, la vida está pasando, la vida extraña
que parece a veces irreal y que nos hace preguntarnos ¿qué
está pasando? porque no podemos creer lo que vemos,
no podemos entender la propia realidad que nos circunda,
esa parte de realidad que está en los márgenes,
fuera del encuadre de la fotografía. Esa realidad
reinterpretable a los ojos distintos del que la mira, del
que la escribe, del que la plasma en una hoja en blanco.
En la primera historia un conductor
de la línea 6 de autobús, que atraviesa todos
los días el maizal omnipresente y que ve un autobús
tirado en la cuneta por el que se pasean cuatro mastines.
Un hombre que está perdido porque ha perdido su vida,
y que lo único que posee fuertemente y que es seguro,
que no cambia invariablemente es el trayecto que realiza
todos los días, el mismo trayecto, la misma carretera.
Este primer relato nos adentra ya en este mundo de personajes
perdidos que vagan en el mismo espacio vital, en la misma
atmósfera desolada. Han quedado apuntados ya muchos
detalles que serán constantes en el libro y enigmas
que se irán resolviendo al adentrarnos en las otras
vidas que se nos van a ir narrando, poco a poco, en una
cadencia de personas y situaciones.
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