 |
 |
|
El
secreto del orfebre
|
|
ELIA BARCELÓ
|
|
96 págs.
|
|
ISBN 84-96080-07-2
|
|
10,00 €
|
|
 |
|
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
Las cuatro de la mañana.
Últimos de diciembre.
Escribo ahora para mí, a
mano, con mi menuda letra de orfebre, en este piso recién
alquilado, semivacío, mientras la nieve cae mansamente
tras de los cristales sobre esta calle Clinton en la que
ya no suena la música de la que hablaba Cohen. Escribo
para mí. No hay nadie más. No hay nadie más
ahora que no está Celia.
He consumido tres cigarrillos buscando
las palabras, el principio, el arranque de esta historia
que hoy me cuento, pero ¿dónde encontrarlo?
¿Cómo? ¿Cómo, si no hay principio,
y el final que marcó mi vida, ese final de hace tantos
años, está apenas a seis días de esta
madrugada neoyorquina?
Los recuerdos acuden enfurecidos,
luchando por imponerse al desorden de mi mente, y se confunden
en un magma vidriado que apenas deja entrever los contornos
de lo que fue.
Un posible comienzo: era septiembre,
una noche ventosa preñada de tormenta. Yo dormitaba
en el compartimento vacío del tren que me llevaba
a Oneira, a despedirme del tío Eloy, el último
pariente que me queda y a quien le debo mi oficio, el que
me acogió en su relojería cuando, desesperado,
a mis veinte años, salí de Villasanta jurando
no regresar jamás.
La luz del pasillo iluminaba débilmente
mi rostro que se reflejaba de modo fantasmal en el cristal
de la ventanilla y me hacía recordar el que tuve
en la infancia, el que naufragó para siempre en la
despedida, como si aquel niño se hallara agazapado
en algún lugar de mi interior esperando un descuido
mío para emerger de nuevo de las aguas fangosas del
pasado con su sonrisa feliz y sus ojos brillantes. Hacía
casi veinticinco años que me había marchado
de Villasanta de la Reina dejando atrás todo lo que
había sido mi vida hasta entonces, dejando atrás
la escuela, los amigos, los bailes, los paseos. Dejando
atrás a Celia.
Recuerdo que recordé entonces
con una intensidad que me hizo enderezarme en el asiento,
asustado de mí mismo, el instante preciso en que
la conocí, su perfil moreno en el vestíbulo
del Lys, la pequeña perla en su oreja, el pañuelo
blanco que se pasaba con cuidado por debajo de las pestañas
al salir del cine, su rápida mirada hacia la amiga
que la tranquilizaba sonriendo: «No, mujer, no se
te nota nada». Fue como si mi corazón no pudiera
decidirse, como si quisiera al mismo tiempo dejar de latir
o echarse a volar desbocado hacia esa mujer a la vez frágil
y dura, del traje sastre y el collar de perlas que parecía
una actriz de cine negro, una estrella caída en el
barro del cine de pueblo con su suelo sembrado de cáscaras
de pipas y papeles grasientos de empanadas de atún.
Entonces me enteré de que la llamaban la viuda negra,
me lo dijo Tony con un codazo en las costillas, mientras
ella se perdía en el tumulto de la salida de la sesión
nocturna.
Salí del cine como en trance,
dispuesto a hacer lo que fuera por volverla a ver, porque
me mirara, por oír su voz. No me enteré siquiera
de que los amigos me arrastraban al Negresco a tomar algo
antes de retirarnos y sólo cuando estuvimos sentados
en la mesa del fondo, bajo el espejo, me di cuenta de que
el camarero se estaba impacientando. Murmuré: «Un
cortado», y al retirarse Fabián, en lugar del
mandilón blanco que me había encandilado segundos
antes, la vi frente a mí, en mitad del café,
mirándome fijamente con una expresión que
no supe descifrar, algo que oscilaba entre la sorpresa,
la alegría y el terror, algo que sólo veinticinco
años más tarde comprendería, cuando
fuera demasiado tarde.
Ella se quedó parada a unos
metros de nosotros, apretando el asa del bolso como si de
ello dependiera su vida. La amiga, melindrosa y pizpireta,
con esa coquetería ridícula de cuarentona
soltera que sin embargo consigue siempre lo que quiere,
se nos acercó:
Chicos,
si no os importa..., hay más mesas libres... y nosotras
siempre nos sentamos aquí. A Fabián se le
habrá pasado decíroslo. No os importa, ¿verdad?
A Celia le gusta sentarse en esta mesa.
Me puse en pie de inmediato. Me habría puesto de
rodillas si me lo hubiera pedido. Los amigos, buena gente,
fueron levantándose también, haciendo señas
hacia la barra para que nos trajeran las consumiciones a
otra mesa, «Manías de viejas, qué se
le va a hacer». A mí Celia no me pareció
vieja. Tenía la piel pálida, cremosa y suave,
unas ligeras arrugas en torno a los ojos que no se apartaban
de mí, unos ojos que entonces me parecieron de color
cerveza y que sólo más tarde, ya orfebre,
comparé con los topacios brasileños, una luz
de atardecer cristalizada.
Los recuerdos se agolpaban tras
mis párpados cerrados como la gente que sale de un
inmenso cine por una sola puerta, empujándose, amontonándose,
cediendo terreno a la fuerza de otros más atrevidos
o menos cuidadosos para atravesar unos detrás de
otros el umbral. Imágenes que creía haber
olvidado aparecían durante unos segundos fulgurantes
para dejar paso a otras igual de intensas, igual de nítidas:
los paseos de los sábados por la calle Jardines;
los bailes del verano en el jardín del casino engalanado
para las Fiestas Mayores; las interminables conversaciones
con los compañeros del instituto en el Negresco imaginando
nuestro futuro, siempre brillante, siempre triunfal; los
primeros cigarrillos fumados junto a la tapia del cementerio;
los baños en el río; la nueva maestra de primaria
entrevista en enagua en la casa que le alquiló Remedios
la partera y que aún no tenía visillos, para
escándalo de las vecinas, que acabaron regalándole
unas cortinas para su dormitorio; los bocadillos de atún
en aceite que preparaba Florinda, la vieja de la fonduca,
la del marido holgazán que terminó de mala
manera en un tugurio de Montecaín.
Olores, sonidos, luces perdidas
para siempre en los pantanos de la memoria, junto a los
recuerdos de mi casa de la infancia, la que mis padres cerraron
para marchar a Oneira cuando mi hermana murió a los
veintidós años atropellada por una moto en
una calle de París el mismo día en que terminaba
su curso de verano, la casa que muertos
también mis padres
aún estaría allí, en Villasanta, con
todos sus muebles cubiertos de polvo, sus fotos antiguas
en los cajones, sus cubiertos de diario en la cocina, sus
sábanas quizá comidas por los ratones; esa
casa cuyas llaves había llevado yo siempre como extraño
amuleto desde la muerte de papá y que no había
pensado utilizar en la vida.
El tren atravesó el segundo
túnel de los tres que como un «ábrete
Sésamo» franquean la entrada de Umbría,
el país de las leyendas, según reza nuestro
eslogan turístico, y antes de salir del tercero,
antes de saber qué estaba haciendo y por qué,
había bajado las dos maletas que como todo equipaje
me acompañarían en mi traslado a Nueva York,
me había puesto la gabardina y el sombrero y me encontraba
de pie en la plataforma esperando ver aparecer tras la larga
curva la estación de Villasanta de la Reina.
No sé qué pensé.
No sé qué esperaba encontrar. Sólo
recuerdo que algo en mi interior repetía «ahora
o nunca» y que sabía que si dejaba pasar esa
ocasión, si seguía viaje hasta Oneira, luego
tomaría el chárter a Londres y de ahí
a Nueva York y nunca más volvería a ver el
pueblo de mi infancia.
|