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Mala suerte

JUAN APARICIO-BELMONTE

192 págs.

ISBN 84-96080-08-0

15,00 €

Mala suerte (00078)


 

 

1

    ...El otro día vi una película australiana en la que varios personajes acudían al siquiatra y me di cuenta de que tú eres un siquiatra antiguo, don Fernando. En Australia ya no se lleva lo de tumbarse en el diván, sino que el siquiatra y el paciente se sientan frente a frente en sofás mullidos y entablan una conversación casi de bar, donde el siquiatra habla tanto o más que el paciente. Tú, don Fernando, eres un siquiatra antiguo, porque estás siempre en silencio, guardando ese respeto reverencial por mi testimonio, evitando en todo momento condicionar con opiniones el rumbo de mi discurso.
    »Eres antiguo o eres un vago. Pienso a veces que no hablas porque estás dormido. Esas gafas oscuras te dan la apariencia de un torturador franquista y me pregunto si no las llevarás para esconder que cierras los ojos y duermes sin pudor mientras a mí se me va el dinero por la boca. Ni siquiera grabas las sesiones, porque en la película australiana la siquiatra, una actriz que me gusta mucho pero que ahora no recuerdo cómo se llama, graba todas las sesiones, y luego pega sobre la cinta una etiqueta que dice «confidencial». Qué serios son los anglosajones, qué profesionalidad. Tú eres menos profesional, más vago, más tacaño...
    Déjalo ya, Esteban.
    ...Coño, te has puesto anglosajón. Pensaba que estabas dormido. Te pido perdón por haber sospechado que dormías, me ha parecido incluso escuchar tu ronquido, pero a lo que se ve no era cierto. Lo de dejar de fumar es lo que tiene: no sólo me pone de mal humor sino que altera mis sentidos, escucho ronquidos donde sólo hay silencio. Veo cosas raras. El humor me cambia y me cambian los sentidos y me cambia la suerte, porque es proponerme dejar de fumar y mi suerte, que suele ser regular, se convierte en Mala Suerte, pero Mala Suerte con mayúsculas. Anteayer, por ejemplo, me llamaron por enésima vez en dos semanas de la compañía de seguros; están empeñados en que los visite y me temo lo peor. Estoy casi convencido de que quieren rescindir mi contrato de colaboración, ese que me da de comer, así que no hago más que inventar excusas de trabajo para no ir a la sede y demorar al máximo mi adiós forzoso a la compañía del chupete granate. (¿Quién sería el hortera que diseñó ese horrible logotipo, allá por 1857 en un pequeño pueblo de Nuevo México, donde según la leyenda un ex buscador de oro fundó la compañía?). Son muy pesados. Qué gente más insistente. No hay quien los aguante. No hay quien aguante la parafernalia con la que visten todo lo que hacen. ¡Que me manden los expedientes y me dejen en paz! Maldito Mister Robertson, tataranieto del buscador de oro, y maldita empresa...
    »Pero tendré que ir. Tarde o temprano uno tiene que enfrentarse a su Mala Suerte porque si no ella viene a por ti.
    »Lo quiera o no, tendré que ir...
    »La Mala Suerte es como el aliento de un borracho, que penetra tu nariz aunque la cubras con un pañuelo.
    »Ayer, por ejemplo, salí a la calle a tomar un café y el cielo estaba encapotado y yo lo miraba cagándome en el hombre del tiempo que había dicho que iba a hacer buen tiempo, valga la redundancia, y entonces me llovió una piedra, una piedra del tamaño de una patata, que no me descalabró de milagro y que, catacloc, golpeó contra el suelo. Todavía no me lo explico, y no se lo he dicho a nadie salvo a ti, ni siquiera a Layla, que últimamente está muy concentrada en su pintura.
    »No sé si lograré dejar de fumar, porque tal vez antes de lograrlo la Mala Suerte termine conmigo. En fin... En cuanto salga de aquí voy a reunirme con mi camello personal y le voy a pedir que me dé algo que me mejore el humor. Si dejo la nicotina, necesitaré una satisfacción alternativa. Dicen que la farlopa te pone de buen humor, y con buen humor la Mala Suerte se pasa mejor, ¿no crees?
    ¿Me estás tomando el pelo, Esteban?
    ...No, don Fernando, no. El pelo me lo estás tomando tú a mí. El pelo nos lo ha tomado a todos el maldito Freud, que era un cocainómano de tres pares de narices del que tú llevas viviendo lo menos veinte años... ¿Qué ha pasado?
    Un apagón.
    Vaya.


2

    Esteban Gómez Rescello mordía el bolígrafo en su despacho de la calle Juan Bravo, cuando su secretaria entró para anunciar que ya se iba.
    Gracias, Marta. Que descanses.
    Sobre la mesa, el abogado tenía dos carpetas repletas con los últimos expedientes enviados por la compañía de seguros, un ejemplar de la Ley del Contrato del Seguro y otro de la Ley de Enjuiciamiento Civil. Miró el reloj y calculó el tiempo que tardaría en redactar la demanda. Por lo menos tres horas.
    Layla llamó por teléfono. Llegaré tarde a casa. Ve cenando. Un besito.
    Abrió el cajón de su derecha, metió la mano hasta el fondo apartando varios objetos, una pipa, un abrecartas, mecheros, un planillo del metro, y sacó un pequeño envoltorio de papel. Lo desdobló cuidadosamente y dejó que cayera un montoncito de polvo blanco sobre la superficie lisa y brillante del escritorio. Con el DNI separó cuatro rayas. De pronto se detuvo.
    ¿Marta? ¿Eres tú?
    Del vestíbulo llegaba un ruido de frotación, como si alguien arrastrara los zapatos por el parqué.
    Esnifó a toda prisa las cuatro rayas y volvió a preguntar.
    ¿Marta...?
    La puerta se abrió.
    ¿Quién es usted...?
    Disculpe, la puerta estaba mal cerrada y me he tomado la licencia de entrar...
    Esteban se incorporó, pero volvió a sentarse para abrir el cajón de su derecha.
    Váyase, por favor, ya no recibo clientes.
    Parpadeó para dar crédito a lo que veía.
    No era que el visitante permaneciera en el umbral de la puerta ajeno a su negativa de recibirlo, ni que vistiera un traje negro descompensado, estrecho de talle pero sobrado de mangas, no eran tampoco los guantes negros; era que cubría su cabeza con un calzoncillo de flores estilo bóxer y no con el pañuelo pirata que Esteban había creído ver en un primer momento.
    El hombre sonrió, como si adivinara la perplejidad de Esteban. Pero era sólo una mueca que no ocultaba su tensión. Sudaba. Se frotaba las manos.
    Le repito que se vaya, por favor, no estoy para bromas ni para locos dijo Esteban, cuya mano tanteaba dentro del cajón en busca del abrecartas, preparado para utilizarlo como amenaza si fuera necesario.
    Espere. Tranquilo. Escuche dijo el hombre, acercándose hacia el abogado. Tengo dinero. Le pagaré dos millones por una cosita de nada.
    ¿Efectivo?
    Sí.
    Déjelo sobre la mesa.
    Aquí no lo tengo.
    Entonces, adiós.
    No. Escuche: la vida es como una noria movida por el dinero. Cada ser humano tiene su propia noria y yo seré capaz de hacer que su noria gire sin problemas durante el resto de sus días.
    Está bien. Vamos a la sala de reuniones se resignó Esteban, que no deseaba discutir. Empezaba a sentir un fuerte amargor en la boca, y una energía irresistible dominaba su cuerpo.
    Salieron del despacho, y calculó que era tres o cuatro dedos más alto que el molesto cliente, y le dio la impresión de que este renqueaba de una forma extraña, como si calzara un número pequeño de zapatos.
    Entraron en una sala desnuda y alargada, cuyo espacio se comía casi al completo una mesa ovalada. Se sentaron levantando el polvo acumulado en el tapizado azul oscuro de las sillas.
    Antes que nada, explíqueme por qué lleva esos calzoncillos en la cabeza.
    Las apariencias son sólo el barniz del dinero, y yo, que fui pobre, hoy puedo permitirme el privilegio de vestir como quiero, conducir coches caros y comprar la vida de otros hombres, manejar sus norias a mi antojo, frenarlas o hacerlas girar frenéticamente...
    Está bien le interrumpió Esteban, incapaz de decidir qué le confundía más: si las palabras del visitante o la sequedad pastosa de su boca y el latido acelerado del corazón, que sentía retumbar en las sienes. Pero dígame, ¿estamos ante un caso penal o civil? Yo soy abogado civilista...
    El hombre enlazó las manos sobre la mesa y, antes de contestar, pareció hacer memoria.
    Se trata de que usted encuentre a un hombre y lo mate.
    Está loco. Yo soy abogado. No soy un asesino. Váyase al barrio chino.
    Cuando Esteban se incorporaba irritado, el otro le sujetó del brazo.
    No, por favor, escuche pidió asustado: yo nací en un barrio humilde donde hasta las ratas me insultaban a mi paso, toda mi vida he sufrido el desprecio de los animales más despreciables, quienes también parecían conocer el valor del dinero. Ahora yo soy la rata humana que compra vidas.
    Váyase, por favor zanjó Esteban dirigiéndose hacia la puerta. Y quítese ese ridículo calzoncillo de la cabeza. No le sienta nada bien.
    Pero el hombre permanecía en el asiento, mirando hacia Esteban con los ojos de un animal indefenso.
    Le pagaré dos millones.
    Yo no mato gente.
    Como un miope descifrando un letrero, el hombre fruncía los párpados y parecía leer un mensaje escrito en el rostro del abogado.
    Le he dicho que se vaya insistía Esteban, que sujetaba la puerta y señalaba con la mano la salida.
    Le sangra la nariz, abogado...
    Esteban se tocó. Era cierto.
    ...No lo entiendo.
    Esnifa usted demasiado, abogado.
    Me ayuda a dejar de fumar.
    Mentira. ¡Nadie toma cocaína para dejar de fumar!
    El hombre había cambiado el tono de voz, ya no había súplica ni miedo; ahora era repentinamente colérico, como si se tomara la justificación de Esteban como una ofensa personal.
    Tampoco nadie va vestido de Armani con un calzoncillo en la cabeza replicó Esteban tapándose la nariz con el pañuelo.
    El cliente se palpó el calzoncillo y recobró la actitud miedosa. Sacó un Marlboro del bolsillo interior de la chaqueta y se lo ofreció a Esteban.
    Le he dicho que estoy dejando de fumar. Váyase.
    Le pagaré dos millones si hace el trabajo.
    Váyase.
    Está bien se incorporó guardando el tabaco. Pero, cuando alargaba la mano para estrechar la de Esteban, se desplomó sobre la silla como un fardo.
    ¿Qué hace?
    Nada. Ya me voy.
    Un hilo muy fino de sangre surcaba su frente desde algún punto de la cabeza oculto bajo el calzoncillo de flores, hasta terminar en la ceja izquierda de su rostro.
    Se desabrochó la corbata y empezó a resollar con fuerza, ensanchando el pecho como si se defendiera de un ataque de asma.
    ¿Qué le pasa? se alarmó Esteban.
    El hombre parecía delirar.
    De niño, mi madre me llevaba al río para bañarme al lado de otros niños pobres. Mi sueño de dejar la pobreza, de ser rico entre los ricos, lo he logrado no sobre un río, sino sobre un mar de cadáveres. ¿Qué significa otra gota de agua en el mar?
    Esteban también sangraba, cada vez más. La hemorragia empapaba el pañuelo y manchaba su mano.
    Voy al baño a limpiarme dijo. No controlaba la pierna ni el brazo derecho, sentía que esa parte de su cuerpo vibraba con vida propia. Cuando vuelva, no quiero verle aquí.
    En el baño, hundió la cara bajo el grifo. Se secó. Puso algodón en el agujero que sangraba y se palpó el corazón. Bum, bum, bum. Golpeaba como un reloj enloquecido.
    En el espejo, las pupilas palpitaban muy dilatadas.
    Lo importante era guardar la calma. Evitar el pánico. Despedir al hombre, tomar un lexatín, bajar a la cafetería, pedir un par de tilas o un par de cervezas, redactar la demanda, irse cuanto antes a casa...
    Este tío es un emisario de la Mala Suerte se dijo, y yo no debí meterme esa porquería.
    El visitante seguía allí. Con los ojos medio cerrados, su rostro había perdido definitivamente el color. Sus brazos colgaban a ambos lados de la silla y la cabeza oscilaba lentamente sobre el hombro izquierdo como si estuviera al borde del desmayo.
    Esteban le quitó el calzoncillo de la cabeza. Descubrió unas bragas negras encajadas en ella a modo de gorro de baño, y debajo de estas, un sujetador arrugado y también negro como un apósito levemente ensangrentado que cayó al suelo destapando una coronilla calva, de la que nacía el finísimo reguero de sangre a partir de una fístula minúscula pero de aspecto profundo.
    No se mueva. Voy a llamar a una ambulancia. La herida es muy pequeña, pero a lo mejor tiene algún daño interno.
    No llame a nadie, chivato reaccionó el hombre con súbita violencia, recuperándose.
    ¿Cómo? la visión de Esteban era borrosa: el rostro del individuo apenas era el manchón pálido de unas facciones difuminadas.
    ...La vida es como un viaje en tren, con vagones de primera, de segunda, de tercera y de cuarta volvía a delirar el cliente, llevándose las manos a la cara. Para viajar en primera hay que saber lo que es viajar en cuarta o en tercera, entender un día que el valor de la vida de uno se compra con la de otros hombres.
    Yo no mato gente.
    No mienta respondió el cliente, con un nuevo brote de agresividad. Usted esnifa coca, usted es abogado de narcotraficantes. Mentiroso. ¿Por qué miente? Canalla.
    Ya está bien. Voy a llamar a la ambulancia. Y si no se calla, a la policía.
    ¿Qué supone un cadáver más en un mar repleto de cadáveres? Yo no soy más que un hombre que nací humillado en la miseria más absoluta, en un mundo que era el cementerio al que yo ahora mando a otros hombres. Fue la vida que no elegí la que me impulsa a defender lo que he logrado, por encima de vidas, por encima de todo lo que pueda hacer tambalear lo que tanto me ha costado...
    Cállese.
    Esteban marcó el número de urgencias y pidió una ambulancia. La nariz le sangraba de nuevo y tuvo que volver al cuarto de baño para limpiarse.
    Unos minutos más tarde escuchó el timbre de la puerta. Mareado, guió a los enfermeros hasta la sala de juntas, pero el hombre no estaba; tampoco las prendas íntimas que había utilizado como vendas.
    Uno de los enfermeros reparó en Esteban.
    ¿Lleva mucho tiempo sangrando? le dijo señalando su nariz.
    ...Un buen rato reconoció Esteban con el corazón desbocado.


3

    Estás en el escenario, Fabio. Eres un buen Mafioso Sirelli. Me gusta el Mafioso Sirelli. El Mafioso Sirelli es como yo. Ha salido desde abajo sin que nadie lo ayude. Sin que nadie dé un duro por él. El Mafioso Sirelli habría sido un buen legionario. El Mafioso Sirelli no es malo. Es sólo una persona sensible que sufre, igual que sufro yo. Los pobres sufrimos mucho. Yo también haría bien de Mafioso Sirelli. Yo soy pobre, Fabio, y entiendo mejor que tú al Mafioso Sirelli. Ahora apago el foco lateral y enciendo el del fondo. Ya no se te ve mucho la cara, Fabio. Eres como un fantasma con la cara llena de sombras...
    ¿Qué haces, Fabio? ¿Por qué me gritas, Fabio? Lo siento, Fabio. Me he equivocado. Una equivocación la tiene cualquiera. Lo siento, Fabio. He olvidado el foco rojo. Fabio, no me grites. No es mi culpa, Fabio. Fabio.

 

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