 |
 |
|
España, España
|
|
MANUEL GARCíA
RUBIO
|
|
288 págs.
|
|
ISBN 84-96080-12-9
|
|
16,50 €
|
|
 |
|
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
3
Recarte, el capitán de intendencia,
lo había llamado tres veces a lo largo de la tarde,
pero él no se puso al teléfono: conocía
el motivo de tanta insistencia y, por eso, eludía
la confrontación. El capitán Recarte reclamaba
una solución urgente para el asunto de las sábanas
y, sobre todo, la parte de su comisión pendiente
de abono. Gracias a los auspicios del oficial, Víctor
Blanco había ganado un concurso de suministro de
equipamiento hospitalario y de campaña para el Ejército
de Tierra. Entre el material entregado coló una partida
de sábanas adquirida a precio de ganga a un intermediario
portugués. A Víctor no le importó desconocer
el significado de la llamativa rúbrica flamenca que
las adornaba, la cual atribuyó, sin más pesquisas,
a la marca de fábrica. En realidad, el jeroglífico
no decía nada de «Rijks / Van der Goes, Inc.»,
tal como el tratante luso aseguró exhibiendo notoria
solvencia en la lengua de Rubens. Sí, en cambio,
marcaba el destino para el que la remesa había sido
embalada en origen: «Ayuda a Centroamérica
Solidarios de Flandes». Mercado negro, trapicheo
fino. Víctor, acostumbrado a creer que todo el monte
es orégano, no fue capaz de sospechar el truco de
aquel momio, pero ahora el problema se le había echado
encima sin posibilidad de reenvío. Felizmente, aún
disponía de margen para la maniobra: Recarte estaba
dispuesto a hacer la vista gorda siempre que las sábanas
fueran sustituidas de inmediato por otras de curso legal.
La solución habría llegado de la mano de Miguel
García Jove, el gerente del hospital Rodríguez
de la Mata, si este hubiera dado los dos pasos que, por
otra parte, ya estaban pactados: uno, recibir en su nombre
las sábanas inmaculadas que Víctor había
importado de Seúl y que aguardaban en el aeropuerto
de Barajas a ser retiradas por quien correspondiera; y dos,
aceptar el canje de estas por las flamencas a cambio de
un merecido porcentaje. A última hora, el principal
competidor de Víctor Blanco, Francisco Monzón,
le había comido el pastel con una comisión
de más sustancia. Un buen patinazo. Había
quedado claro que a Miguelito García Jove no se le
ganaba con un ordenador Toshiba y cuatro perras más.
Un tipo digno, el gerentillo ese. Por lo menos, no un tipo
de tarifa reducida. Víctor había calculado
mal. Por precipitación. Sólo a él se
le habría ocurrido semejante táctica: entrar
de sopetón a un recién llegado, sin conocerlo
apenas. El gerente del Rodríguez de la Mata había
resultado fino. Si, encima, salía rencoroso, habría
que bajar la persiana y esperar a que escampara. Lo peor
era que las sábanas coreanas seguían aguardando
diez millones de pesetas en el aire más tasa
diaria de aeropuerto por almacenamiento y Víctor
sólo podría recogerlas si se presentaba en
la aduana con los papeles del crédito documentario
de su banco, Banesto, en regla. O con la pasta, claro. Banesto,
por su parte, ni confirmaba ni negaba: necesitaba instrucciones
de la Central, que era tanto como decir que esperaba una
señal en el cielo. Después de tantos años
gloriosos, ahora tocaban tiempos de confusión.
Víctor, si no necesitas
nada más me voy.
Víctor contempló con
descaro las caderas de Marta Cano. La secretaria estaba
bellísima. Eran las ocho de la tarde.
¿Por qué tanta
prisa? ¿Nos tomamos una copa?
En tu casa, ¿verdad?
Con Elena... respondió Marta sin pizca de un
rencor que la habría hecho irresistible.
Víctor sonrió ante
su nuevo fracaso. Esta vez se lo esperaba: Marta, además
de amiga íntima de su mujer, era imperturbable. Se
limitó a comentar:
De acuerdo, dímelo,
no te cortes: apesto a matrimonio.
¡Anda y felicítate,
que pocos pueden presumir de una compañera como Elena!
Pero Víctor no quería
regresar tan temprano a su hogar: no estaba para historietas
domésticas, ni para recetas de fisioterapeutas, sesiones
de erudición filosófica o descalabros de piscina
compartida en régimen de propiedad horizontal. Encima,
su hermano Heraclio regresaba a España y Elena lo
acribillaba con los detalles de su alojamiento en la casa.
Por otro lado, Paco Monzón le había jodido
la tarde. Y, quizás, el Toshiba, que bien habría
podido servirle para un próximo concurso. Víctor
no estaba acostumbrado a tanto contratiempo. Buscó
en la agenda electrónica el teléfono de su
verdugo, por ver si aún resultaba posible restaurar,
aunque fuera en una parte, las consecuencias de la catástrofe.
¿Monzón? preguntó
con ansiedad, sin esperar respuesta. ¡Paquito,
cabronazo! Ya me dirás cómo lo lograste.
¡Blanco! Eres Blanco,
¿verdad? ¿A qué te refieres?
¡Venga, venga! Sabes
que el concurso de las sábanas del Rodríguez
de la Mata me tocaba a mí. Invítame a un whisky
y me cuentas qué has hecho para llevarte al huerto
al novicio.
¿Al novicio? ¿A
García Jove?
No eches los balones fuera
del campo, Paco, que te pareces al Atlético cuando
mete el primer gol le cortó con una entrada
merecedora de tarjeta.
Cuando Víctor Blanco recurría
al lenguaje futbolístico, era para hablar en serio.
Perdóname, chico, hoy
no puedo verme contigo Monzón hizo un regate
en corto y se fue por la banda. Si quieres, quedamos
para otro día.
Víctor colgó después
de quejarse. Por un instante posó su mirada sin norte
sobre el display de la Casio. Tableteó la mesa con
todos los dedos de sus manos. Parecía increíble,
pensó: en aquella pequeña carcasa de plástico
provista de botoncitos estaba encerrada toda su vida: en
la tecla de private, los amigos íntimos; en
la de business, los sobornables. Aquel cacharro podía
almacenar hasta quinientos nombres. Para los primeros sobraban
cuatrocientos noventa y... Prefirió no calcular.
Buscó en business. Apretó la tecla
intro: «Abando, Luis».
¡Luis no, por Dios!
¡Ese es un pelmazo! recriminó a aquel
cacharro negro, nunca tan parecido a una enorme cucaracha.
Se apresuró a pulsar search
como quien invoca a un espíritu benefactor y salió
Benítez, Aurelio.
¡La jodimos! sentenció;
y, en seguida, cerró la agenda electrónica
con un golpe seco, abrumado ante las desalentadoras limitaciones
de la tecnología japonesa.
De nuevo tableteó sobre la
mesa. Por fin se levantó de su asiento para asomarse
al ventanal. Apoyó el antebrazo sobre el cristal
y la cabeza sobre aquel. Anochecía. Las luces de
las farolas acababan de ser encendidas. Un buen negocio,
ese de las bombillitas. Instalar y cobrar. Tendría
que enterarse del nombre del concejal responsable. Se volvió,
anotó la ocurrencia en su diario y dijo:
This is the end!
Se preparó una rayita de
coca. Le sentaría bien, apostó. Luego recogió
su chaqueta del perchero, impulsado por el vago presentimiento
de que acabaría quemándose en la noche.
Entró en el bar de Floro,
a esas horas atiborrado de clientela. No sin esfuerzo, entre
empujones, pudo llegar hasta el camarero y pedir un whisky.
(Floro, el dueño del establecimiento, que discutía
con un cliente a propósito del lamentable olvido
del concepto de «defensa escoba» en el fútbol
moderno, lo saludó desde lejos con una sonrisa).
Víctor se acomodó en una esquina del mostrador,
junto al teléfono de monedas. Dio dos largos sorbos
a su vaso. Suspiró. A pesar de todo, empezaba a sentirse
bien. Y eso que el capitán Recarte no se andaba con
bromas. Pero a cada día le bastaba su propio afán,
recordó el precepto bíblico, de modo que probó
con un nuevo trago, que resultó definitivamente reparador.
Una mujer se dirigió hacia él: quería
hacer una llamada telefónica. Víctor recogió
el pecho para dejar espacio y, de paso, aspirar el perfume
de aquella inesperada vecina de barra. La mujer le sostuvo
la mirada con descaro mientras habló; colgó
pronto. Al intentar salir del hueco que había ocupado,
su rostro quedó a escasos centímetros del
de Víctor. Se sonrieron. Alguien empujó al
hombre y este se precipitó adelante.
Lo siento.
¡Oh, no se preocupe!
la mujer se había protegido de la embestida
con las manos; no obstante, supo mantener la sonrisa con
coquetería. Luego se retiró.
Víctor la siguió un
instante con la vista. Levantó las cejas. Una buena
hembra, evaluó. A dos metros de él, un individuo
solitario se sumó al veredicto con una mueca cómplice.
Víctor le respondió lanzándole un guiño
de cortesía. «Domínguez, de Representaciones
Domínguez», resonaron en su cabeza las primeras
palabras que escuchó de aquel tipo, hacía
ya unos cuantos meses. Víctor apenas lo trataba.
Sabía que era un pelmazo. Otro pelmazo más,
de esos que a cientos pululan por las ciudades al oscurecer,
en busca de una víctima incauta a la cual inocular
el veneno de su indolencia. No había más que
verlo: una americana de cuadros marrones ceñida al
torso, la insobornable calva oculta bajo una peluca rubia
recién cardada, un cristal azul de tres kilos por
anillo. Lo había conocido en ese mismo bar, que ambos
frecuentaban desde hacía un par de años. Casi
siempre lo hacían a solas, cada uno por su lado.
En una ocasión, quizá por solidaridad de noctívago,
quizá por simple despiste, Víctor le envió
un saludo desde su extremo de la barra y Domínguez
se aferró a él como quien se acoge a un indulto.
Desde aquel día, el de las representaciones se tomaba
la licencia de invitarlo de vez en cuando a un whisky, que
Víctor compensaba con la ronda siguiente. Por el
medio, alguna conversación insulsa y breve sobre
el tiempo, la declaración de la renta o el sistema
defensivo de la selección nacional, que daba juego
para todo.
Pero hoy Víctor no estaba
para cargantes, así que, antes de que Domínguez
se le adelantara con el pago y lo comprometiera a una segunda
vuelta, llamó a Floro y le pidió su cuenta.
Tú, chaval dijo
Floro al camarero en una finta de profesional, sin perder
el hilo de la conferencia que estaba impartiendo,
cobra a Blanco, que quiere irse.
Mas, al llevar la mano al bolsillo
interior de la chaqueta, Víctor advirtió que
su cartera había desaparecido. La buscó en
el suelo y por todo su cuerpo; se palpó el pecho,
las nalgas y los muslos con precipitación y angustia.
No dio con ella. Se la habían robado, concluyó.
¡La mujer del teléfono!
¿Te ocurre algo? se
acercó Domínguez al verlo empalidecido.
¿Algo? ¡La tía
esa me ha robado la cartera, la muy hija de puta!
¡Coño! Pues ya
no la pillas. La vi subirse a un coche nada más salir.
Ahora comprendo las prisas de la gacela. ¿Tenías
mucho dinero?
¡Qué sé
yo! ¡Trescientos euros, por lo menos! Lo peor son
las tarjetas.
¡Ah, no, eso no! aseguró
Domínguez. Eso déjamelo a mí.
Y, con determinación tabernaria,
sacó de su bolsillo una cartulina roñosa,
buscó en ella un número y descolgó
el teléfono:
¿Comisaría?
Soy Domingo Domínguez, ¿quién está
de guardia? (...). Pásame con él. (...). ¿El
comisario Ciruelo? (...). ¡Ciruelo, machote! (...).
Tienes que hacerme un favor. (...). Sí, muy urgente.
A un amigo mío acaban de trincarle sus tarjetas de
crédito. (...). Sí, una rubia. Ancas de impresión,
por cierto (...). Ajá, conocida en el sector, bien,
más fácil todavía, ¿no? (...).
El caso es que necesitamos anular el plástico antes
de que la gachí lo recaliente.
Domínguez dominaba la jerga
paralegal con soltura sospechosa. Sin desprenderse de ella,
enfrascado como estaba en la resolución expeditiva
del problema, pidió a Víctor su nombre completo,
el deneí y la lista de sus tarjetas. Luego repitió
los datos por el auricular.
De acuerdo concluyó.
Dentro de media hora te llamo, ¿de acuerdo? ¡Gracias,
monstruo!
Víctor Blanco se encogió
de hombros y de alma, abrumado por la iniciativa inapelable
de aquel individuo.
Tendremos que esperar un poco
dijo Domínguez investido de autoridad.
Mientras tanto nos tomamos otra copa. Pago yo, por supuesto.
Por favor, ya te he molestado
bastante replicó Víctor Blanco con la
esperanza vana de quitárselo de encima.
El camarero llegó con dos
vasos, en los que descargó lo que quedaba de una
botella de whisky. Domínguez alzó su vaso
y brindó por el culo de la ladrona. Víctor
correspondió con una sonrisa desganada.
¡Tranquilo, hombre!
Peor fue lo que me pasó a mí hace unos días.
El de Representaciones Domínguez
soltó una historia sin puntos, ni comas, ni pausas,
ni elipsis, ni pies, ni cabeza acerca de un accidente de
coche con agresor en fuga y sin seguro. Una broma de tres
mil euros. Y las cervicales hechas polvo. Que sí,
que hay mucho delincuente suelto.
¡Ya! corroboró
Víctor Blanco con un bostezo.
Domínguez, consciente de
que su tesis no podía quedar sustentada en la anécdota,
extrajo las categorías de sendos robos sufridos por
un cuñado en el lapso del último mes. También
los describió sin puntos ni comas, pero con pelos
y señales. Víctor miró la hora en su
Festina de oro.
Aún es temprano Domínguez
abrió un paréntesis en su discurso;
pero tienes razón: esto está muy aburrido.
Bébete la copa, que nos vamos a un sitio que te va
a gustar.
Víctor intentó protestar,
aunque sin argumentos. El de la chaqueta de cuadros marrones
dejó sobre el mostrador un billete de veinte euros,
apuró su copa y dijo:
Vamos.
No caminaron mucho para llegar al
Antonella, un club de alterne al que se accedía tras
descender por unos escalones de moqueta raída. «Putas
al por mayor», jugó al acertijo Víctor
Blanco, bien es cierto que con ventaja, pues nada mejor
se podía esperar de ese personaje que ahora le apartaba
un cortinón granate con olor a moho.
Domínguez, yo no sé
si...
Calla, Blanco, y despreocúpate.
Esta noche corre de mi cuenta.
Víctor volvió a encogerse
de hombros, reo de la abrumadora amabilidad de aquel hombre.
El lugar, apenas iluminado por cuatro
o cinco lámparas rojizas y verdes, no tenía
a esas horas más ocupación que la de un par
de hombres de aspecto rufianesco, que jugaban a las cartas
en una mesa apartada. Uno de ellos, un individuo con gesto
de registrador de la propiedad y músculos de estibador
portuario, besaba el naipe antes de lanzarlo sobre el tapete;
luego gritaba: «¡Ave, Dios!». Dos mujeres,
a espaldas del otro, mascaban chicle y se contemplaban las
uñas sin ocultar su aburrimiento. Víctor Blanco
y Domingo Domínguez se acomodaron en un extremo del
mostrador, una barra de espuma y cuero zaherido aquí
y allá por los cráteres que abrieron mil cigarrillos
ociosos. Mientras Domínguez pedía dos whiskys,
Víctor se puso a hurgar con el meñique en
uno de ellos, eludiendo así la mirada libidinosa
de la camarera.
Buena hembra, ¿verdad?
rió el representante.
Víctor no respondió.
La camarera era bajita, morena, entrada en carnes. Vestía
una chaqueta roja de punto, bajo la cual resultaba notorio
que no llevaba sujetador. Su rostro era amable, de una serenidad
impensable en una mujer de su profesión.
Aquí, la Ani apostilló
Domínguez.
¿Podrías llamar
a la comisaría? Víctor hizo como que
no lo había escuchado. Estoy intranquilo y,
además, tengo un poco de prisa.
¡Faltaría más!
Vuelvo ahora... Por cierto, una jabata. Te lo digo yo: ¡una
jabata! ¿A que sí, Ani?
Domínguez desapareció
tras otra cortina. Demostraba conocer a la perfección
aquel territorio de sombras. Ani se acercó a Víctor
con dos vasos y una botella:
Nunca te he visto por aquí.
¿Eres de fuera?
No, la verdad es que no.
¿Cómo te llamas?
Víctor carraspeó.
Después de tomar un sorbo largo y calcular el riesgo
dijo:
Enrique.
Domínguez reapareció
risueño. Se arrimó a Víctor, le pasó
un brazo por encima del hombro, bebió su whisky en
un trago y ordenó:
Ani, pon otras dos copas.
¡Oh, no! volvió
a protestar Víctor.
¡Que sí, que
hay que celebrarlo! Tienen localizada a la tipeja esa. En
media hora nos llaman.
Es que...
¡Alegría, alegría!
Ani volvió con un nuevo vaso:
¿No vais a invitarme
a mí?
Mejor que eso se adelantó
Domínguez. Mi amigo quiere conocerte un poco
más y le guiñó un ojo.
¡Estupendo! ¡Me
gusta este muchacho!
Víctor dio un brinco sobre
el taburete.
Bueno, yo...
Víctor reparó en el
tupé postizo de Domínguez y no pudo reprimir
una sonrisa. Supo, así, que se encontraba borracho,
felizmente borracho, y desarmado de argumentos para no alargar
aquella estúpida noche que ya se le había
ido de las manos. «¡Una jabata, una jabata!»,
pensó en su descargo, estimulado por la mirada profesional
y tierna de Ani. Y, antes de que un soplo de lucidez le
hubiera revocado sus intenciones, la mano de la mujer lo
arrastró entre las mesas como a un colegial. Tropezó
con la silla del hombre que conjuraba las cartas, al que
tuvo que sosegar forzando un rictus de angelote.
Es Franchi, el director
general aclaró Ani.
¡Glub! las tripas
de Víctor le ahorraron el trabajo de responder.
Llegaron a un cuarto pequeño,
muy oscuro, de paredes cubiertas con un papel de color granate,
sobrecargado con pequeños tréboles celestes,
casi todos de cuatro hojas. Ani se adelantó para
encender una lámpara de mesa. Era un cuarto casi
vacío, sin más muebles que un canapé,
un galán, un espejo enorme colgado de la pared de
la cabecera y un aguamanil de diseño moderno.
Una inversión optimizada
se le escapó a Víctor.
¿Eh?
¡Ah, nada! Hablaba con
mi verdadero yo.
Ani sacó un pequeño
calefactor de bajo la cama. Luego, con timidez insospechada,
aclaró que el edredón era nuevo, que lo había
elegido ella personalmente: liviano y calentito. Estarían
muy a gusto.
Estamos a finales de mayo,
te lo recuerdo, my queen.
Víctor se sentó en la cama. Metió la
cabeza entre las piernas, luego se incorporó. Tenía
los ojos pletóricos. Soltó un suspiro. Con
parsimonia, se quitó los zapatos, después
la chaqueta y, en seguida, los pantalones y los calzoncillos.
¿Quieres que te lave?
preguntó Ani, quien hasta entonces había
asistido impasible al penoso espectáculo de su torpeza.
A Víctor no se le había
ocurrido que tuviera que lavarse; no en aquel burdel de
mala muerte. La joven, sin embargo resuelta, salió
de la habitación. Varios minutos después regresó
con una jarra de agua tibia, jabón y una toallita.
Vamos a ver qué tenemos
por aquí se dijo a sí misma como para
darse ánimos.
Ani enjabonó y secó
la entrepierna del hombre con mimo de nodriza, jaleándose
a sí misma con un repertorio de mamá imposible.
Luego le quitó la camisa. Con sus labios recorrió
todo su cuerpo. Parecía sorprendida ante el descubrimiento
de una figura varonil, velluda. Se puso a temblar como si
aquella fuera la primera vez que se encontrara a solas con
un hombre.
Víctor acarició la
cabellera negra de la mujer. Luego olisqueó su propia
mano, que ahora despedía un aroma de jazmín.
Otra sorpresa. Parecía impensable que Ani pudiera
ser la portadora de aquella fragancia que lo envolvía.
Pero así era. Como también era de Ani aquella
piel suave, sedosa, y esos pechos duros, grávidos,
y esa lengua juguetona que lo regaba de una baba limpia,
meliflua, imprescindible. Víctor le pidió
que interrumpiera sus libaciones para mirarlo a la cara.
La descubrió hermosa incluso así, sin maquillaje,
con las mejillas arreboladas y una sonrisa descarada de
niña pobre. Fue cuando Víctor supo que se
encontraba ante una muchacha muy joven. Y comprendió,
de esta forma, que tanta ternura e ingenuidad no eran el
resultado de un ejercicio profesional, sino la manifestación
espontánea de una mujer que apenas ahora empezaba
a serlo por su propia cuenta. Impresión cándida,
tal vez.
Ani quiso jugar hasta la extenuación.
Se regodeó con caricias pausadas, con besos breves
y blandos que envolvieron al hombre en el recuerdo de aquello
que él conoció un día como el amor.
Cuando la descarga llegó, Víctor se había
olvidado del lugar en el que se encontraba.
Así, sin conocimiento ni
memoria, transcurrieron cinco minutos.
¿Te gustó? preguntó
al fin a Ani, aún mecido por una, hasta ese momento,
preterida sensación de liviandad.
Ani recuperó la lucidez al
consultar su reloj.
¡Dios mío! ¡Casi
tres cuartos de hora! ¡Si paso de los cuarenta y siete
minutos me matan!
La muchacha brincó sobre
la cama, recogió las ropas del hombre y se las arrojó
a la cara sin piedad.
¡Ponte las pilas, que
me hostian!
Aún no me has respondido.
¡Pues claro, mi amorcito:
el mejor caliqueño de mi vida! Pero son doce... Mejor,
quince. Sí, quince mil. Franchi lo entenderá.
¿Pesetas?
¡Euros, si prefieres!
Todavía confuso, Víctor
buscó su cartera en la chaqueta. No tardó
en caer en la cuenta.
¡Oh, lo siento, Domínguez
te lo pagará! Aquí no tengo un duro.
¿Qué? ¿Qué
dices? ¡Domínguez se ha ido hace un buen rato!
Víctor sonrió, escéptico:
No puede ser. ¿Cómo
lo sabes?
¡Joder, porque se ha
despedido de mí un poco antes de venirme contigo!
El hombre tragó saliva.
¡Ah, bueno! ¡Pues
habrá dejado pagado... Víctor buscó
una palabra que no traicionara la impresión que aún
lo mantenía flotando en el éter ...esto!
¿Me crees gilipollas?
¡Venga, afloja el parné, que nos matan!
Es que no tengo nada. Me han
robado esta tarde. Pero no te preocupes: mañana paso
por aquí y te pago.
¡Que no, tío,
no me jodas! ¡Tú no sabes cómo se las
gasta el director general!
El director general terció
desde el otro lado de la puerta. Tenía la voz de
morsa:
Ani, no te quiero decir cuánto
va. ¿Ocurre algo?
¡No, no, nada de nada,
Franchi!
Ani cogió a Víctor
por las pecheras de la camisa y lo zarandeó:
¿Ves? ¡Cuarenta
y siete minutos! ¡El número fatídico
para Franchi! ¡Cuatro y siete,
once; uno y uno, dos; dos: el día y la noche, hombre
y mujer, Dios y el Diablo!
Dios y el Diablo, sí.
¡Dios y el Diablo, ¿no te das cuenta?!
¡Bah, o sueltas la pasta o ya te veo fiambre, coño!
suplicó la mujer con sordina.
Víctor se enfadó:
¡Alto ahí, my
flower! Podría pagarte este polvo y treinta más
con lo que gano en una tarde.
Con los brazos en jarras, Ani meneó
la cabeza nerviosamente:
¡Esto es increíble!
¡Pues no me va de vacilón, el tío este...!
¡A ver si te enteras: lo que tú ganas en una
tarde se lo gasta Franchi en una mano de póquer!
¡Pero el negocio es el negocio y el chulo es él
y no tú, so imbécil!
¡Ani, segundo y último
aviso! gritó Franchi, a quien su intuición
de cocinero antes que fraile lo tenía en alerta.
¡Ya voy, cojones!
El rostro de Ani, minutos antes
enternecedor, se había desencajado. Víctor
intentó tranquilizarla.
Voy a hablar con él
dijo recordando su época de recluta, cuando
hacía méritos ante el capitán de la
compañía para llegar a cabo tomatero.
¡Ja, estás borracho!
Haremos una cosa: dame tu reloj.
¡Qué dices! ¡La
borracha eres tú! No sé si te has dado cuenta,
my love: esta máquina es un Festina de oro.
Serie numerada. Hablamos de un pastón.
Fantástico: así
no habrá suspicacias.
Es que tiene otro problema,
chati.
¿Cuál?
Que es único e indivisible.
Fácil solución:
mañana me pagas y te lo devuelvo.
¡Te digo que este reloj
no baja de los quinientos papeles, coño!
¿Euros?
Pesetas. Miles de.
¡Mejor! se alegró
la mujer, refractaria a los argumentos de peso. ¡Para
dieciocho te sobra!
Víctor alzó las manos:
¡Alto ahí, dolly,
no te pases! ¿No habíamos acordado quince?
Con dieciocho Franchi se quedará
más tranquilo. Dieciocho: uno y ocho, nueve: el día
de su nacimiento. ¡No te imaginas lo supersticioso
que es!
Víctor la retó con
la mirada pero no consiguió que Ani agitara un solo
músculo de su rostro. Arrojó su chaqueta con
rabia contra el suelo.
¿Supersticioso? ¡Que
lo follen!
¡Que te follen a ti!
replicó Ani. Mira, haz lo que quieras.
Juégatela con ese energúmeno, si eso es lo
que te apetece. Y luego explícaselo a tu santa.
A Víctor le sobrevino una
premonición odiosa. Se mantuvo en silencio tres largos
segundos: los que dedicó a evaluar los riesgos que
corría. Por fin, desprendiéndose del reloj,
dijo:
¡Esto es un chantaje
asqueroso, Ani! ¡Pero no va a quedar así! Mañana
vendré con el dinero. Espero no tener más
líos. ¡No sabéis con quién os
las estáis gastando!
Ani no lo escuchó. Tomó
el reloj, se agachó para recoger la chaqueta de Víctor
y, lanzándosela bruscamente, dijo:
Sal rápido. No te entretengas.
Yo ganaré algo de tiempo antes de que Franchi se
entere. Adiós.
Víctor contempló el
rostro de Ani un último instante. La mujer estaba
asustada. O lo parecía. Acaso fuera una magnífica
actriz.
¡Supersticioso! ¡Nos
ha jodido!
Al salir del antro, entre bamboleos,
una brisa fresca le acarició las mejillas. Inspiró
con fuerza y recobró un asomo de serenidad. Recordó
que, esa misma mañana, debería acudir al aeropuerto
para reencontrarse con Heraclio, después de veinticinco
años. Un evento inoportuno: Víctor no estaba
en su mejor momento. Se quejó de su suerte.
Pero ahora sólo deseaba dormir.
¡Nos ha jodido! repitió
para sí mismo.
|