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Grillo
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JOSÉ MACHADO
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288 págs.
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ISBN 84-96080-19-6
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16,50 €
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Parte primera
El final del final
I
Esto es el principio; y ahí
es adonde me dirijo.
O al menos eso creo. Llevo veinte
minutos en el aeropuerto, haciendo cola frente al mostrador
de una nueva compañía aérea. Uno de
sus aviones tiene previsto llevarme en primera clase hasta
Atenas, donde no pienso permanecer más tiempo del
que tarde en enlazar con un vuelo de Olympic Airlines que
me dejará en la isla de Kýthira, al sur del
Peloponeso. Allí empezará de nuevo mi vida.
O al menos eso creo.
Cuando llega mi turno, dejo la maleta
sobre la cinta transportadora y le entrego mi pasaporte
a una azafata que me atiende con una sonrisa decididamente
neutra y unos dedos largos y fuertes; tiene las manos preciosas,
las uñas limpias y cuidadas. Noto que me mira demasiado
mientras manipula los documentos. Se toma tiempo para comprobar
todos los datos, y luego dice:
No sabía que utilizara
pseudónimo.
Lo heredé de mi abuelo
respondo. Era el nombre de un héroe celta.
A los seis años era capaz de vencer a ciento cincuenta
adultos. Cuando luchaba, el pelo se le ponía de punta
y de su cabeza parecía surgir un halo de fuego, o
algo por el estilo y aquí me obligo a hacer
una pausa, mientras busco un cigarrillo y me rasco la barba
y luego me quito un mechón del flequillo de los ojos,
e intento recordar si llevo las gafas puestas o un mechero
encima y me pregunto por qué estoy tan neurótico
esta mañana, a qué viene toda esta cháchara
de aeropuerto. Pero tenía tres defectos: su
juventud, su temeridad y su excesiva belleza. ¿Qué
le parece eso?
La azafata se ríe con discreción.
Tampoco lleva usted el apellido
de su padre.
No digo nada; ella busca un gesto
cálido en el archivo de sus sonrisas. Después,
baja la vista y coteja el visor de la báscula.
Pesa demasiado dice.
Eso mismo pensaba él.
Ahora, es ella la que no dice nada.
Busco un poco de amabilidad en los bolsillos, pero sólo
encuentro un fajo de billetes calientes con los que pago
mi exceso de equipaje.
«Ya está bien de hacer
vida social», me oigo decirme a mí mismo, quizá
demasiado alto. Probablemente la azafata con sus manos preciosas
y cuidadas, sus lecturas puestas al día y la curiosidad
afilada, lo haya oído. Pero no importa, porque yo
ya no estoy aquí. Así que me dirijo a la puerta
de embarque que lleva mi verdadero nombre.
Kýthira es un secreto que
no debería ser revelado por nadie. Una isla inmaculada
a salvo de la violación inmobiliaria. Vista desde
el aire, parece el coño salvaje y desmadejado y vuelto
del revés de una provinciana demasiado virtuosa,
y está herida de muerte por una garganta de piedra
calcárea que le otorga el violento encanto de la
deformidad, de lo que un día fue un todo completo
y útil pero hoy es sólo mutilación
e incapacidad y por tanto ya no puede aspirar más
que a ser algo hermoso. Tiene unos trece mil habitantes,
todos niños o ancianos, tres cajeros automáticos,
dos puertos gemelos y un aeródromo casi de juguete.
Al caer la tarde los pescadores juegan al backgamon y beben
un vino infecto, y los toros clavan sus pezuñas en
la fina arena de las playas y se pasan horas mirando las
aguas donde nació Afrodita, con los cojones de Urano
prendidos en el escote. Mañana, cuando caiga el telón,
pasearé muy tranquilo e indocumentado por las calles
de Kapsáli, guiado tan sólo por el crepitar
de un metrónomo líquido, y después
me sentaré a la mesa de una taberna en el puerto
y me emborracharé quedamente hasta perder el reloj.
Pero aún falta para eso.
El personal de vuelo de la compañía
aérea acaba de abrir la puerta de embarque. Todos
los viajeros se ponen en pie al unísono y arrastran
sus equipajes de mano en fila india hacia el mostrador.
Apuran sus últimos cigarrillos en tierra, repasan
mentalmente el contenido de sus maletas, buscan al tacto
sus pasaportes y carteras, y rezan en secreto para encontrar
a su regreso todo lo que dejan atrás por un tiempo
limitado: treinta horas de televisión y cuatro borracheras
solapadas por semana lectiva, once meses de ahorro y otras
tantas maratones hasta el despacho del final del pasillo,
que es todo lo lejos que se ha conseguido llegar después
de correr y arrastrarnos por el universo durante quince
mil millones de años. La cola se disuelve con demasiada
lentitud porque a nadie se le ocurre nunca llevar la tarjeta
de embarque en la mano. Así que rebuscan en todos
sus bolsillos, realmente preocupados por la posible pérdida
de un simple trozo de papel, olvidándose por completo
de que poseen la capacidad de retener algo de información
sin necesidad de recurrir por sistema a un chip de silicio,
y llenan el mostrador de monedas y llaves y teléfonos
móviles mientras se baten con las azafatas en un
duelo de sonrisas mecánicas. Yo no me inmuto, permanezco
sentado viendo cómo el avión engulle sueños
y nervios. Al cabo de veinte minutos todo ha terminado y
comienza a escucharse por megafonía un nombre pegado
a mi número de vuelo. Tardo en darme cuenta de que
ese nombre fue algún día el mío, que
encabezaba mis exámenes del colegio y de la facultad.
Aunque hace tiempo que no me pertenece. El nombre que repite
el altavoz no es nadie; yo soy otro. No soy el hijo de mi
padre. Soy el que ahora se levanta y comienza a caminar
con las manos en los bolsillos por los neutros pasillos
de la Terminal Internacional del aeropuerto Madrid-Barajas,
el que va dejando sus salas de embarque a la espalda, el
que con su sola presencia acciona las células fotoeléctricas
de las puertas automáticas, que se abren únicamente
para escupirlo a la calle, fuera de sí, donde aún
resuena un nombre que ya no es el mío. No tengo familia.
Sólo tres muertos, una ex mujer y una demencial capacidad
para convertir mi vida en una novela cómica y triste.
Así que será mejor que no nos engañemos
demasiado. Este comienzo está realmente bien, sí,
pero no hay quien me mueva de este agujero. Sigo creyendo
que tengo demasiadas cosas que hacer en esta ciudad para
poder pensar en largarme tan lejos como me lleve mi miedo.
Me llaman Grillo Setanta. Tengo
casi treinta años.
Mañana, quizá pasado,
cuando en una de las realidades paralelas de mi imaginación
esté en una taberna de Kapsáli bebiéndome
una botella de licor, y en otra quizá buscando en
Erfoud un guía que me lleve a la Gran Duna de Merzouga,
o en cualquier otro lugar que se me ocurra siempre y cuando
no sea este, aquí y ahora, me encontraré con
Klaus para almorzar en La Ancha y me dirá con razón
que lo he vuelto a hacer, que no voy a ganar dinero suficiente
en esta vida para pagar tantos billetes de avión
que nunca utilizo. Yo le responderé que es lo único
de lo que ando sobrado, y luego elegiré los platos
más caros de la carta, dando a entender sin ningún
género de dudas que no pienso pagar la cuenta. Me
preguntará entonces por mi trabajo, que cómo
va, o si he avanzado, o si puedo enseñarle algo,
y yo intentaré mostrarme excitado e ilusionado con
el nuevo traje del emperador. Luego regresaré al
estudio, me tumbaré a fumar en el sofá y pensaré
qué voy a hacer el resto de mi vida.
Y hasta ahí llega el futuro,
hasta pasado mañana.
Pero para llegar a pasado mañana,
necesito primero encontrar mi coche en mitad de este aparcamiento
tercermundista. Es un 911 Targa color yema del año
73, así que no tiene pérdida. De todas maneras,
me paso casi diez minutos dando vueltas entre ataúdes
con el sol de la una cayéndome sobre la nuca como
la hoja de una guillotina antes de dar con él. Por
supuesto, una vez me pongo en marcha, caigo en la cuenta
de que se me ha olvidado pagar el ticket, y se arma fuerte
pifostio con el personal de la garita de salida, a los que
no hago más que repetir que estoy hambriento. Cuando
el altercado toca a su fin conduzco como un autómata
hasta la entrada de la Avenida de América, a unos
setenta kilómetros hora por encima del límite
de velocidad permitido y sin poder pensar en una sola razón
que justifique mi espantada, y al llegar al estudio estoy
tan cansado que ni siquiera soy capaz de meter el coche
en el recibidor. Entro por la puerta de invitados, echo
un somero vistazo al desastre y compruebo que todo está
prácticamente igual que cuando salí esta mañana,
a excepción del correo de hoy, que el conserje ha
dejado sobre la encimera de la cocina, junto con un gran
paquete remitido desde Inglaterra. Debe de ser la absenta
que encargué: media docena de Hills, embotelladas
en la República Checa, a cuarenta libras esterlinas
cada una, más los gastos de envío. Inmediatamente,
desestimo la idea de probar la mercancía. Me quito
los zapatos y la camisa, me tumbo en el sofá y saco
un cigarro del bolsillo, pero justo antes de encenderlo
cierro un momento los ojos y entonces, casi sin poder evitarlo,
me
De qué estamos hechos; y
de qué nuestras pesadillas.
pero en seguida me despierta el
teléfono, que grita como una perra desde algún
lugar no identificado del estudio, así que tengo
que buscarlo desde la toma de la cocina, tirando del cable
como si fuera el hilo de Ariadna, hasta que salta como una
fiera desde una de las librerías de la casa de mi
abuelo. El aparato vuela hacia mí, sin dejar de sonar
a mi padre. Una vez me alcanza, levanto el auricular.
Veo que aún sigues
aquí.
tan que tú bien. Veo
Desde aquí no puedo
ir muy lejos a ningún sitio.
tan Me poco, que temo yo padre.
El brevísimo silencio que
sobreviene se quiebra con un inconfundible tintineo de fondo,
conozco bien ese ruido: es mi talento intentando reordenar
este desfase léxico, es también mi padre hurgando
en la nevera. Mi padre, que busca algo de comer.
¿Es que no hay nada
decente que llevarse a la boca en esta casa; un poco de
foie o de jamón de pato, ni siquiera un buen vino?
No esperaba visitas logro
decir.
Mi padre cierra la nevera con desdén
y después se vuelve hacia mí. Tiene mucho
mejor aspecto que la última vez que le vi. Ha perdido
algo de peso, pero la mano con la que sostiene el auricular
está aún demasiado hinchada.
¿Qué es lo que
miras?
Nada. Tu mano.
Son estos jodidos catéteres
dice, al tiempo que trata de arrancárselos
en vano, porque están conectados al auricular desde
el que me habla, y este a mi propio teléfono.
Eso, y tu abuelo, que ahora se ha empeñado en echarme
pulsos a cada momento.
Ya. ¿Qué tal
está?
Viejo y preocupado. Por eso
pierde.
No sé muy bien qué
más decir, así que espero la siguiente pregunta,
que se hace esperar. Mi padre saca del tostador un poemario
de mi abuelo, unta en él un poco de su propia sangre,
extraída de uno de los catéteres que nos unen,
y se lo lleva a la boca.
Había olvidado estos
pequeños placeres dice, divertido, con los
dientes llenos de letras. Bueno, ¿cómo
te encuentras?
Bien.
Pues tienes mala cara. Deberías
descansar un poco.
Descuida. Oye.
¿Tu mujer? me
interrumpe.
Se fue.
Suele ocurrir sonríe
de nuevo.
Ya, supongo que no habrás
hecho un viaje tan largo para tener esta charla de portera
conmigo.
No te creas, Grillo. La muerte
es aburrida y ahora se descojona.
¿Y para eso me despiertas,
para que descanse? Te lo agradezco en el alma, pero ya te
estás largando.
No seas tan insolente ya
no hay un ápice de divertimento en su tono.
Ni creas saberlo todo.
Lo siento, padre y esto
lo digo con un finísimo hilo de voz. Luego bajo la
vista buscando el suelo y compruebo que tengo las rodillas
sucias, llenas de heridas. Alguien me da una colleja y sale
corriendo. Me escuece la nuca, pero no me muevo.
Me ha llamado tu profesor
de Literatura. Ese pequeño bastardo me ha dicho que
te quiere ver en septiembre con la lección aprendida.
¿Tienes algo que decirme?
Enmudezco de súbito. Mi padre
me mira con severidad. Se enciende un cigarro y después
expulsa el humo a través de su tráquea perforada.
Soy muy bajito.
Esto es vergonzoso. ¿Un
cigarrillo?
No me fumo, gusta no pero.
Me llevo la mano a la boca pierdo
un diente clavado en la lengua.
No he cruzado mi eternidad
para escuchar las disculpas de un crío, así
que ya te estás inventando algo mejor.
Sólo quiero dormir
un poco.
Y quién coño
te ha dicho a ti que estás despierto dice.
Y entonces cuelga.
De carne y huesos, de sangre y miedo.
Mis sueños son elegantes,
sofisticados. Están instalados en un territorio donde
la dialéctica no tiene ya vigencia, y eso parece
dotarlos de una violencia como desmayada, casi irreal. Poseen
una orquestación ampulosa y barroca, que limita mis
funciones en el desarrollo de la acción, reduciéndome
a un simple observador de la pieza representada, siempre
sutil a la hora de encadenar los diferentes actos que la
componen, pero abrupta al mostrarme el secreto que encierran,
justo antes de despertar ahogado en un charco de luz blanquísima.
Y eso es quizá lo más aterrador, despertar
ya de día y no el sueño en sí, porque
entonces uno no es capaz de encontrar una sola sombra donde
esconderse de la cara de la pesadilla que dibuja su aliento.
La luz me ha abordado en el sofá,
con el torso y los pies desnudos, y los restos del cigarrillo
enterrados en el puño. Por un momento creía
estar en mi butaca de primera clase volando hacia el principio
de todo, dondequiera que eso se encuentre, pero aquí
no hay consuelo que valga. Estoy despierto y estoy en tierra.
No me he ido a ninguna parte. Vuelvo a estar en mi estudio,
mirándome desde el espejo del cuarto de baño,
muerto de frío. Ningún lugar es lejos para
dejar de temblar, ningún destino suficientemente
cálido. Acabo de tener una conversación telefónica
ciertamente desquiciada con mi padre en mi propia cocina,
pero no debería preocuparme en exceso. Todo está
en su sitio, cada cosa donde siempre ha estado: los vivos
esperando a la Muerte y los muertos diciéndoles que
no es divertida. Ahí afuera hace un calor que fractura
las rocas y a través de mis huesos como flautas sopla
una música gélida, de una quietud poliédrica.
Aquí dentro no debería decir estas cursilerías,
pero qué cojones, el miedo puede ser tan relamido
como le plazca porque su reinado es vitalicio: no pierde
el tiempo en conspirar contra sí mismo ni ha de esforzarse
por complacer a sus súbditos. No se casa con nadie
y de todos los dioses es el único que merece su nombre
porque es ciego y no respeta las fiestas. Estoy hambriento,
me muero por prenderle fuego verde a mi garganta.
Mi padre murió hoy hace cinco
años y medio. Y voy a brindar por ello.
Efectivamente, no hay nada que llevarse
a la boca, y son las cinco de la tarde. Es la peor hora
del día: demasiado tarde para almorzar y muy pronto
para cenar. Sé también que es pronto para
empezar a beber, pero tarde para arrepentirse por haberle
abierto los ojos a la botella.
Siempre es demasiado tarde, pero
no será esta la primera vez que beba antes de ponerse
el sol. Así que todo irá mucho mejor si no
construyo una tragedia en cinco actos alrededor de este
asunto. 3 de agosto, treinta y siete grados; y no hay más
que hablar. Al distrito centro de la ciudad le apesta el
aliento a azufre, y la botella de absenta parece un enorme
caramelo de eucalipto sobre el tapete verde del escritorio.
Su cuello es como un periscopio en busca de tierra fértil,
la inflamada invitación a dejar de vadear el río
de la locura por unas cuantas horas y zambullirse en él,
como si fuera diecisiete de marzo y el mundo anunciara su
colapso para después de la medianoche. No hay nada
mejor que hacer un día como hoy, echado a perder
desde esta misma mañana. Necesito las rancias migajas
de la redención, como todo Cristo, pero para eso
debo pecar primero. Sé que no es el camino más
corto (y quizá tampoco el más complicado),
pero es el único. Me estoy encendiendo pero sé
lo que me digo. Que se jodan los padres comprensivos y amigos
de sus hijos, que se joda la facción progresista
y al cabo de la calle de la Iglesia de Roma, que se jodan
también los apóstoles socialdemócratas
de la tercera vía: no siempre existe otra forma de
hacer las cosas. Tengo una botella de absenta de una pureza
del setenta por ciento, una copa de cristal de Lalique,
una cucharilla, una caja de terrones de azúcar, un
mechero y una botella de agua encima del escritorio, así
que no hay más huevos que cegarse como un piojo.
Voy a profanarme sin miramientos y a probar el sabor de
mi estirpe; a deshilar las viejas ideas del alma, a soltarle
los bajos al traje del emperador. Necesito todas estas chorradas:
soy escritor. Y va a ser necesario algo parecido a un milagro
para evitarlo.
Suena el teléfono. Por si
acaso, decido contestar. Esta vez no se trata de un padre
muerto y famélico, tan sólo es un milagro
travestido de agente inmobiliario en busca de comisiones.
Con una confianza desmesurada me recuerda la cita que tuvimos
la semana pasada, a la que no asistí, para firmar
el contrato de compraventa de la casa familiar. No doy crédito,
pero mientras miro mi reloj el tipo me relata las numerosas
dificultades que se le han presentado a la hora de dar conmigo.
...pero supongo que eso es
lo que tienen.
¿Qué? replico.
¿Perdón?
Que quién tiene nada
el tipo no contesta, me hago entender: Ha dicho
que eso es lo que tienen. Y yo le pregunto que quién.
Ah, ustedes. Los artistas
dice; pronuncia esa palabra con la burda naturalidad
de una folclórica. Lo dejo correr, pero vuelve a
la carga:
Necesito su firma para cerrar
la operación ahora soy yo quien decide callar.
A no ser que se haya echado atrás, ¿no? Si
pudiera pasarse por nuestras oficinas...
¿Tiene el periódico
a mano? el hombre recula, pero responde afirmativamente
una eternidad después. ¿Puede mirar
la fecha de hoy, en el margen superior izquierdo de cualquiera
de sus páginas?
Jueves, 3 de agosto. ¿Algún
problema?
No. Tan sólo una «comprobación
de rutina».
¿Mañana entonces?
pregunta ahora, haciendo funambulismo sobre sus cuerdas
vocales,
y yo corto el tembloroso hilo que
nos une.
Jueves, tres de agosto. Treinta
y siete grados.
No sé qué coño
le pasa a este mundo de mierda.
Ya nadie respeta nada. Ni siquiera
el olvido de un niño.
Lo siento,
pero el olvido es el futuro, que
calla mientras reparte otra mano de cartas.
Hacía cuatro meses que no
pisaba esta casa, desde el mismo día que Pía
y yo nos dijéramos nuestras últimas palabras,
«Lo siento», y todo acabara al fin de venirse
abajo. Durante los últimos catorce años, he
asistido a su agónico proceso de demolición.
Y eso es demasiado tiempo, se mire por donde se mire. Nunca
creí que fuera capaz de volver, así que después
de aquel día me he limitado a supervisar la mudanza
y su venta a través del teléfono, y a vivir
en pequeños apartahoteles hasta encontrar el estudio
donde ahora, al menos, es un alivio estar despierto. Pero
no aquí. Aquí los muertos danzan en pelotas
a plena luz del día sin importarles lo que pueda
llegar a pensar de mi propio equilibrio emocional, a desconfiar
de la inocencia de cada copa que me llevo a la boca, a dudar
de la composición de cada cigarrillo que enciendo.
Y aunque la casa esté vacía y limpia de bienes,
yo sé que sigue llena de nosotros. Por eso voy a
entrar por última vez. Después, firmaré
ese maldito contrato, engordaré hasta rozar lo escandaloso
mi cuenta corriente y no volveré a pisar la acera
que conduce hasta ella. Y ahora un poco de valor, recuerda
lo que es eso.
Abro.
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