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Celda 211
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FRANCISCO PÉREZ GANDUL
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224págs.
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ISBN 84-96080-20-X
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16.00 €
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I
Solo es una lipotimia. Quitadle
la corbata y subidle las piernas. Si el primer día
le pasa esto, qué no le ocurrirá cuando Malamadre
le enseñe los colmillos.
¡Qué vergüenza!,
qué pensará esta gente de mí. No se
lo contaré a Elena, se preocuparía, y no es
nada, solo los nervios, la maldita ansiedad que me atenaza
siempre el primer día. Me pasaba en el colegio. Llegaba,
veía a la seño Úrsula y vomitaba, allí
mismo, encima del pupitre, y le manchaba la cartera nueva
a Enrique, y ese olor a hiel que me acompañaba todo
el día, como si tuviera la nariz embadurnada de bilis,
viscosa y repugnante. Igual me pasa ahora, el mismo nudo
en el estómago, la misma sensación de ahogo,
la misma putrefacción en el ambiente. Si se me quitara
este lacre de la garganta les diría que no es nada.
Solo los nervios, la maldita ansiedad que me atenaza siempre
el primer día. Sabía que me pasaría.
Cuando le di el beso a Elena en la puerta de casa, le sonreí,
pero ya tenía la maroma de la angustia serpenteando
ahí abajo, buscándose las puntas con escorzos,
hasta que se hizo nudo al llegar a la puerta de la prisión.
«Es una buena oportunidad me dijo padre.
Aquí ya sabes lo que te espera, miseria de sol a
sol». Dos años preparando las oposiciones y,
al final, la carta del Ministerio de Justicia: «...
le ha sido adjudicada una plaza de funcionario de prisiones
en el establecimiento penitenciario Sevilla 2, debiendo
personarse ante el jefe de servicio el próximo día
20 de marzo, a las ocho horas». Ya deben de ser las
nueve, pero no estamos a 20. «Me pasaré por
allí el 19», le dije a Elena aquel día
en que terminamos amándonos encima de la mesa de
roble de la cocina. Ella removía la cazuela. Olía
a col. La bata, entreabierta, me mostró sus muslos,
y le dije: «Me estás poniendo cachondo».
Ella miró por la ventana y se cercioró de
que su madre seguía en el corral de la tomatera.
«¿Solo por esto?», me miró guasona,
se abrió la bata y pude ver allí su hendidura
a través de las bragas transparentes, y le dije:
«Ven para acá», y ella me abrazó
la cintura con las piernas, y se cayeron de la mesa las
lechugas y el aceite. «Como en El cartero siempre
llama dos veces», me recordó después.
«Sí le comenté, me pasaré
el día 19 por allí y así no me coge
de sopetón el primer día de trabajo. Conoceré
la prisión y a los nuevos compañeros».
Hoy es 19 y deben de ser las nueve.
¿Cómo estás?
Mareado.
¿Padeces alguna enfermedad?
No, solo ha sido un mareo.
Cuando te puedas poner en
pie te llevamos a la enfermería, ¿vale?
No hace falta, ya se me pasa.
Créanme si les digo que Juan
Oliver era un buen hombre. Lo supe nada más estrecharle
la mano aquella mañana de marzo. Calculé que
tendría unos veinticinco años «veintisiete
recién cumplidos», me aseguró después.
Era alto, con el pelo negro y cortado al modo cuartelero,
y las mandíbulas cuadradas y prominentes. Tenía
la tez de quien ha trabajado duro en el campo, y sus manos
refrendaban que no se había dedicado a tocar el piano
bajo los chopos. No era yo quien debía recibirlo,
pero se presentó un día antes de lo dispuesto,
y el jefe, José Utrilla, celebraba su santo. Como
segundo del escalafón, salí a atenderlo. Recuerdo
perfectamente su timidez, su forma nerviosa de asentir a
lo que le decía, y esa sonrisa media, franca pero
media, que dibujaban sus labios cuando, tratando de romper
el hielo, le conté un par de chistes de presos, de
esos que, por antiguos y manidos, parecen colgar de los
barrotes de las celdas como ripios en los azulejos de las
tabernas. Se sintió azorado en el cuerpo de guardia.
Germán Zafra, el más veterano de los funcionarios,
le dijo que con aquella vestimenta pantalón
y camisa gris con dos bolsillos con solapas en el pecho
debía andarse con cuidado, no fueran a confundirlo
con uno de los internos del módulo 5 y acabar en
la «nevera». Recuerdo que en compañía
de Germán, responsable ese día del módulo,
y de Fermín Solano, otro funcionario, le propuse
que recorriéramos las instalaciones de la prisión.
No se me olvidará cómo estaba de tenso cuando
caminábamos por las galerías. Se diría
que aquellos largos pasillos, flanqueados por las celdas,
le producían claustrofobia. Me alegré de que
los internos disfrutaran en esos momentos de su hora de
patio, porque aunque debía acostumbrarse, y cuanto
antes mejor, resultaba duro para el recién llegado
(lo sé bien, porque la memoria me sirve con desbordado
realismo mi propia experiencia dieciséis años
atrás en el penal del Dueso) cruzar las miradas con
ellos. Y en aquel módulo las miradas eran duras,
provocativas, permanentemente envalentonadas. Acababa de
preguntar por el sistema electrónico con el que se
cerraban las celdas cuando observé cómo el
sudor se deslizaba por sus sienes rumbo a las mejillas y
su rostro se ponía lívido. No dio tiempo a
preguntarle si se encontraba bien. Cayó como si lo
hubiese diseñado con una plomada y en un instante
su cuerpo fue un montón de escombros sobre el piso.
Llama al médico dijo
Germán.
La enfermería está
cerca, coño, lo llevamos y que lo vean replicó
Fermín.
No, mejor lo metemos ahí,
que se recupere, y después lo llevamos a la enfermería
ordené yo.
Maldita la hora en que no le hice
caso a Fermín, maldita sea. Me lo ha recordado muchas
veces. «Coño, te lo dije, pero Armando Nieto
de los cojones siempre tiene que llevar la razón».
No se lo hice, no. Lo trasladamos a la celda 211, que estaba
vacía, y lo tendimos en el camastro.
Solo es una lipotimia. Quitadle
la corbata y subidle las piernas. Si el primer día
le pasa esto, qué no le ocurrirá cuando Malamadre
le enseñe los colmillos dijo riéndose
Germán.
Y entonces fue cuando comenzó
todo.
¿Quién será
Malamadre? Ya parece que comienzo a ver. Se va el mareo
como los cúmulos allá en la vaguada, lentos
y parsimoniosos, jugando con los terrones como si recreasen
con ellos un tablero de ajedrez. El que me da palmadas en
la cara es Germán. Pero ¿quién será
Malamadre? Al que llamen así no puede haber salido
buen hijo. «Una madre mala es el ser más miserable
que hay; ni el animal más asqueroso de la Creación
no quiere a su cría», solía decir la
mía. La echo de menos. Ni siquiera Elena ha llenado
ese hueco. Añoro su ternura, esa capacidad que tenía
para ver sin necesidad de abrir los ojos, y su fortaleza.
De estar aquí ya me habría dicho que he salido
a mi padre, que cuando me duele algo parece que a nadie
le ha dolido nunca tanto, que me deje de tonterías
de angustias y que afronte la vida como hay que hacerlo,
mirándola cara a cara, sin perderle nunca de vista
los ojos verdes de la esperanza ni los negros de las desgracias,
sin chulearla pero sin convertirme jamás en rehén
del destino. «Puede ser que todo esté escrito,
hijo, pero nadie nos puede obligar a que lo escribamos nosotros
mismos», y miraba a papá con aquellos ojos
que rezumaban miel y que cuando se cargaban de razón
fraguaban en ámbar. A Malamadre, seguro, no le habló
nunca así la suya. Creo que ya me voy a poder levantar.
¿Cómo estás?
Mareado, le he dicho. Parece buen
tipo este Armando. Creo que me llevaré bien con él.
Es sencillo y se le transparenta la nobleza en el rostro.
Esperaba encontrarme un hueso. Bueno, aún no sé
si José Utrilla lo será. Tengo que preguntarle
a Armando qué tal es antes de volver a casa. Siempre
es mejor saber de qué pie cojean los jefes para no
meter la pata a las primeras de cambio. ¿Qué
ha sido eso? ¿Por qué suenan las alarmas?
Dime qué ocurre preguntó
Armando Nieto a través del walkie-talkie. ¿Cómo?
Estamos en el módulo 5. ¿Vienen para aquí?
No se nos puede culpar de lo que
pasó. Somos humanos. Acababa de preguntar qué
ocurría cuando Germán y Fermín, que
habían salido a la galería nada más
escuchar la alarma, volvieron crispados.
¡Vamos, vamos, tenemos
que irnos! gritó Germán.
No podíamos llevarnos a Juan
con nosotros. Fermín preguntó: «¿Qué
hacemos?», pero solo lo preguntó. No se podía
poner en pie, compréndanlo. Con él a hombros
no hubiésemos podido llegar a la zona de seguridad.
Imposible. No se recorren cincuenta metros en unos segundos
con un fardo de noventa kilos en los hombros. Y desde el
fondo de la galería oímos cómo corrían.
Y gritos. Claro que nos acojonamos. Llevamos muchos años
aquí y sabemos cómo es el módulo 5.
Prefiero mil veces un nido de víboras. Además,
algunos nos la tenían jurada. Desde la revuelta del
98. ¿Recuerdan? Bailarín le había rebanado
el cuello a aquel moro que días antes le estafó
cortándole con demasiado talco el gramo de coca,
y los árabes quisieron hacer una yihad. Bailarín
no era cristiano, no tenía alma, era un animal, pero
Malamadre, Pincho y Gardel se convirtieron en sus cruzados.
Nosotros lo recordamos muy bien, pero que muy bien, por
fortuna, no como Anselmo, a quien ensartaron allí
mismo cuando trataba de reducir a Bailarín. Treinta
puñaladas le dieron, treinta, que nos lo sopló
el forense, y qué quieren que les diga, Pincho y
Malamadre llegaban corriendo y teníamos el tiempo
justo para tratar de llegar a la zona de seguridad.
¡Corred, mierda, corred!
gritó Germán, y eso hicimos.
No nos podíamos llevar a Juan, compréndanlo,
mejor que cojan a uno que a cuatro. En el 98 murieron cinco:
Anselmo, tres moros y el Plastilina, y si nos cogen nos
matan. A Fermín seguro, que Malamadre se la tiene
jurada desde el día en que a su amenaza le respondió
que le iba a chupar los huevos. A trocitos, como en la guerra
de África, se los hubiesen metido en la boca de haberlo
cogido. A punto estuvo. Resbaló y se golpeó
la rodilla, menos mal que Germán venía detrás
y lo metió a rastras tras la verja. «Eres mi
padre», decía después abrazándose
a él. Y Malamadre y Pincho golpeaban los barrotes,
y escupían con espuma en la boca que ya nos cogerían,
que era solo cuestión de tiempo. Así empezó
el motín. No pudimos hacer nada por Juan, ¿lo
entienden?
¿Qué está pasando?
No entiendo nada. Me da vueltas la cabeza, he debido de
quedarme echado. Pero ¿qué ocurre? ¿Por
qué esa alarma y esos gritos? No oigo lo que dicen,
estoy aturdido. ¿Adónde habrán ido?
Escuché a Germán decir algo así como
«Tenemos que irnos». Pero ¿adónde
tenían que irse? Me duele la mejilla. Tengo sangre.
Lo mismo me caí al desmayarme. Ya sé, les
he asustado y se han ido a buscar al médico. Nunca
he soportado bien el dolor. Fran y el Cabrillas aquel día
se creían que me estaba muriendo. Había hecho
un paradón y me di con el palo de la portería
en la cabeza. ¡Qué dolor! Parecía que
la vida se me iba, como si la sangre saliera de estampida
de la cabeza y quisiera huir por los pies. Y aquel dulce
viaje, muy dulce, hacia la nada. «Coño, Juan,
te movías muy raro, como si tuvieras rabos de largartijas
metidos en el cuerpo». «Una especie de epilepsia
diagnosticó el médico. Despierta
con el dolor y produce un cortocircuito en el sistema neurovegetativo».
Recuerdo sus palabras. Parecía muy serio eso del
sistema neurovegetativo, se me quedó grabado. Lo
mismo me han dado las convulsiones igual que entonces. Se
habrán acojonado y habrán ido en busca del
doctor. Pero, joder, ¿por qué se han marchado
los tres? Voy a levantarme.
¿Quién coño
eres tú?
¿Y tú?
Soy Releches.
¿Releches?
Mira, tío de mierda,
déjate de preguntas y dime quién eres o te
muelo a hostias.
Me llamo Juan.
¿Qué haces en
la 211?
Me han traído.
Desde la zona de seguridad vimos
entrar a Releches en la 211 y empezamos a rezar. Releches
es una escoria de arrabal, uno de esos tipos sin carácter
que se convierten en parásitos de los matones, los
manejan como quieren. Ya conocen ese perfil, lo han visto
muchas veces en los expedientes: analfabeto, violento pero
sin iniciativa, necesitado del amparo del grupo, una especie
de «chico para todo» de los jefes. Hace unos
años lo fue de verdad para todo. Sus facciones
de niño lo hacían muy apetecible, y lo que
le faltaba de cabeza le sobraba de culo. Ya no, desde que
cogió el sida, no. «Te has vuelto vieja y apestada,
ya no sirves ni de puta», le suele decir Malamadre
en el comedor. Y él sonríe. Mejor sonreír,
¿saben?, que contestar a Malamadre. Fue Releches
el que entró en la 211. Se lo señalé
a José Utrilla, que acababa de llegar.
¿Habéis llamado
al director?
Sí, lo ha hecho Fermín.
Viene para acá. También al Ministerio. Los
de operaciones especiales no tardarán en llegar.
¿Cómo está
la situación?
El módulo 5 lo controlan
por completo y, según parece, tienen bloqueado el
acceso al 4, al que también pueden entrar. Pero no
es eso lo que me preocupa.
Y qué es lo que te
preocupa, joder, Armando.
El nuevo está dentro.
¿Qué nuevo?
El nuevo compañero,
Juan Oliver.
¡Tenía que venir
mañana!
Pero vino hoy. Le estaba enseñando
la prisión cuando se mareó, lo tendimos en
el camastro de la 211 y en ese momento se desencadenó
el motín. Tuvimos que dejarlo allí, no se
podía mover y esos cabrones venían por nosotros.
Mierda, un rehén.
Ojalá no sea un muerto.
Releches acaba de encontrárselo, mira.
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