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Desde las ruinas de su presente, angustiada por la
conciencia de la degeneración de su cuerpo,
Soledad transita por los recuerdos de una existencia
en la que se entreveran la historia política
y las tragedias íntimas: le duelen los muertos
de la guerra y los rencores familiares, la humillación
de los vencidos, el fracaso de su matrimonio y de
su marido que nunca llegó a nada, las vidas
tontas de sus hijos; le duelen los años negros
de la dictadura, la Transacción
con que terminó resolviéndose el tránsito
a la democracia; a Soledad, como a Unamuno, le duele
España..., y le arden los pies en su vagabundeo
por las calles de Madrid y Logroño.
Se asoma a la locura; la muerte la ronda; habla desde
el desencanto: hubo un tiempo en que ella estuvo entre
los políticos que luego se harían con
el poder, y ahora la suya es la voz lúcida
y a la vez enajenada de quien por fuerza ocupa los
márgenes y termina identificándose con
los marginados, revuelto entre los perdedores.
La memoria, contenida en un lenguaje que reproduce
magistralmente algunas sonoridades periféricas
del castellano, se vierte en el texto a golpes, fracturada,
recupera a veces las palabras de otros -fragmentos
de conversaciones, recuerdos ajenos, lecturas-, o
se ensimisma, incapaz de pronto de sortear las trampas
de una personalidad torturada, presa en la contemplación
de una imagen que evoca la figura de uno de los líderes
socialistas de la clandestinidad: los ojos amarillos
de Antonio Amat -de quien Gregorio Morán, en
Los españoles que dejaron de serlo,
dijo que era el socialista más brillante de
las décadas de los cuarenta y cincuenta-, muerto,
en el mar.
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