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TINA DÍAZ

288 págs.

ISBN 84-96080-25-0

16.50 €

Celda 211 (00083)


 

   Capítulo I

    Cuántas veces en las noches me vuelven los ojos amarillos de Antonio Amat, su mirada me lleva, revuelve en el tiempo como el mar debió de revolver su cadáver que nunca fue encontrado. En el Puente de Piedra son sus ojos las fosas comunes de cuando la guerra.

    Contaba mi padre que el 18 de julio del 36 habían entrado los requetés por el Puente de Piedra, los falangistas por el Puente de Hierro a arrasar con urgencia, en un día con su noche, a los hombres de la provincia que entera era republicana. Aquí, en los primeros días de la insurrección contra la República, asesinaron de un tajo, ocuparon la ciudad y los pueblos y, luego, siguieron encarcelando y fusilando. Así que años después de esas matanzas sin razón aparecían en el periódico local crónicas de muertes aisladas: disputas por los lindes de tierras, por los límites entre regadíos..., coartadas que ocultaban las únicas venganzas posibles de los crímenes cometidos en la guerra, en esta tierra, por un único sector de la contienda. Solo dan miedo los vivos, decían. Solo los vivos.

    Si yo viviera aquí, en Logroño, cuidaría la tumba de mis padres. Me llega toda la humedad del río en un día oscuro en el que no va a llover, solo dan miedo los vivos. Vendría yo a cuidar la tumba de mis padres como esas viejas que vienen, aunque ya vengan poco. Bien atendida, la tumba del padre de mi amiga Socorro, aunque el templete austero y pesado está medio hundido. Era esa familia de lo más de la República aquí, pero después de la guerra jamás volvieron a poner los pies en el Círculo Logroñés ni volvieron siquiera a pisar las bodegas. Tuvieron que malvenderlas. Tampoco iban a los actos del colegio. Socorro vivió apartada como vivían sus padres: una infancia encerrada en el sufrimiento de los perdedores. Por los años cincuenta, su padre se ahorcó: Judas Iscariote cuyo cuerpo lamerían por siempre las llamas inextinguibles del infierno, azotado por los miles de fieros demonios, herido por sus tridentes, los cuernecillos colorados y las rocas vivas -cubiertas apenas por una capa de lava hirviente, humeante- sobre las que iba a permanecer para toda la eternidad, escamoteándome así la otra pesadilla, esa otra lava más espesa en que se convirtió a la vuelta del colegio la visión del hombre de ideas avanzadas colgando de la lámpara del cuarto de estar; la lava viva del hermano del ahorcado, un médico recién salido de la cárcel, tan enfermo, tan empobrecido; la ausencia de lloros en Socorro y la tortura de las monjas, que en todas las misas y rosarios nos obligaban a rezar por el alma de su padre, por su alma. La viuda, Piedad, que era joven todavía, se vistió de negro, y hubo habladurías de que se había hecho morfinómana. Ayer la vi: una anciana acompañada por una muchacha negra y escuálida que corría detrás de los biznietos. Me crucé con la comitiva atravesando el Espolón, hacía mucho frío y el Espolón estaba desierto; la sirvienta se frotaba los ojos legañosos y se le veían unas uñas larguísimas de mandarín, pintadas de granate; por debajo del abrigo azul marino, su cuerpo se movía dentro de un uniforme blanco envuelto en un delantal enorme cuya tela, cuando se quedaba quieta, parecía coger peso y aplastarla. Una muchacha con uniforme como las que antes decían que nos llevaban en lenguas, pero negra. Las hijas de Socorro venían detrás, a lo lejos, y, justo antes de llegar a donde su abuela y yo estábamos paradas, la mayor se señaló la sien como diciéndome que no le hiciese caso, que su abuela estaba loca.
Baja el río marrón, el paisaje inmediato aparece cubierto de inmundicias entre las que resulta difícil andar sin enredarse. La desolación de esa casa acompañó mi infancia. Por entonces, decían aquí: "Un día me tiro al Ebro", y se tiraban del puente; haría falta una determinación extrema para, sabiendo nadar, dejarse ahogar como lo hizo Antonio Amat: ahogados sus ojos amarillos en el mar, más brillantes bajo el agua que la última vez que los vi. Todos están muertos, todos muertos, y yo solo deseo que los días sean más cortos y no sentir tan aguda la pena agresora del silencio.

    Dejada como una mendiga gorda vuelvo hacia la ciudad -por el Puente de Hierro no nieva del frío que hace-, delante van los gitanos, la tristeza extraordinaria de la droga añadida a sus miradas y añadida a su cante. Yo me sabía los cantes, sabía tantas cosas... Por debajo de los puentes desliendraban las gitanas a sus niños, echándoles luego aceite de oliva en el pelo, y el tiempo iba poniendo en su piel finísimas capas de roña que les dibujaban transparencias mates, oscuras. Después de las peleas con navaja acudían al hospital de la salida de los puentes. Venía a mi casa a pedir una gitana con un jersey cosido en el pecho por cinco sitios diferentes, de las cinco puñaladas leves que había encajado el marido. "Ánimo, ánimo", le decía mi madre. Los sigo hasta la plaza de San Bartolomé y los escucho un rato viendo el agüita que toman en un pocito inmediato. Enfrente de la iglesia, sentada en un banco para descansar de la caminata desde el cementerio, no reparan en mí hasta que les hablo y murmuro sus cantes. A esta hora, la gente no se atreve a pasar por aquí, pero yo, con el pelo sin teñir, con estos dos dedos de raíz blanca, parezco una mendiga. Hablamos de las letras de los cantes, recitamos unas y otras, y me hablan de dónde se puede comer gratis, dónde le dan a uno cobijo. Son tan hermosos aún, con el gesto ansioso de la droga. Tocan soleares los gitanos: "Ayyyy -murmuran-, ay, ay, ay, ay, ay". La rabia contra lo que ha sido mi vida se precipita en mis pensamientos.
Madrid fue nuestra tumba: mi marido no servía para aquello, yo supe siempre que no servía. Si en el 84 no lo hubieran echado de aquellas maneras, achantándolo para siempre, habrían encontrado la forma de liquidarlo con cualquier otra excusa, no le habrían dejado ser diputado. Ser diputado en Cortes era la ilusión de su vida. Hacían chistes, se reían, no hablaban de él más que para difamarlo; así es que en el 84, cuando tenían aquel poder impune, cuando nadie ni nada podía enfrentárseles, aprovecharon para segar su carrera política. (Pero, además, yo sé que para aquello él no servía).

    Va a ser de noche, el frío seco que corta la cara casi podría helar las aguas marrones del río, los mimbres de las lenguas del río. Soy como una mendiga gorda que ayer se compró un visón reluciente pero que hoy, envuelta en un viejo abrigo grisáceo, escucha los ayes de los gitanos que se van sin despedirse.

    Asaltan mi cabeza imágenes, personas que no consigo enlazar con sus nombres, tal vez esté perdiendo la razón. A veces, cuando alguien se muestra amable conmigo, le dispenso atenciones excesivas que llegan a incomodarlo. Por ejemplo, insisto: "¿Fuma?", ofreciendo un cigarrillo negro a un fumador de tabaco rubio. Mi vida se torció cuando nos fuimos de aquí y él no valía.

    En Madrid, antes del divorcio, antes de dejarlo, a rastritas salía yo a las compras, lloraba por la calle, entraba a los bares a tomar café y bollería mientras las amas de casa y los parados jugaban a esas máquinas que han hecho la fortuna del marido de Socorro; y yo lloraba y, al volver a aquel piso de lobos, le decía a él: "Esto parece Filipinas, los pobres se pasan el día jugando". Se ponía como una hiena, me respondía furioso: "Nunca la gente ha vivido aquí como vive ahora". Tampoco podía yo mencionar la fortuna que Rusdel había hecho con aquellas maquinitas, porque el marido de Socorro, decía él, era su amigo y un compañero y, además, era ministro. Yo lloraba, lloraba. Ese desaliento y esa desesperación me empujaron a irme, aunque él, después de todas las mujeres que había tenido, aburrido de amores, no tuviera ya ninguna. Nunca entendió mi incapacidad para hacer las cosas que para no llorar hacían las otras mujeres.

    De pequeña, al volver del cementerio con la tía Dorotea y después de cruzar el puente mirando los colores del río, nos sentábamos en estos mismos bancos de los que acaban de irse los gitanos. Mi tía Dorotea arrastraba el carro de desperdicios para los cerdos; en su andar, los jirones de sus zapatillas de paño parecían moverse en torno a ella como los pececitos acompañan a los peces grandes en el mar. Yo había nacido de una vez en que mi madre se las había arreglado para pasar la noche con mi padre en el penal donde estaba preso.

    "Esto va a durar mucho. Nunca, nunca levantes el brazo -hablaba como sola mi tía-. Los curas nos fusilaban frente a las tapias a cristazos, a cristazos, con el Cristo en una mano y la pistola en la otra". O me decía: "Tú tienes que ser una señorita culta como lo fui yo, solo que más, más, tú serás más", y abrazaba mi cuerpecito, muchas veces lloraba.

    Mi tía Dorotea hizo una de aquellas colas para obtener el divorcio que había en la República: no había podido soportar la vida de suegra, cuñadas y visitas, el encierro también con aquellos hombres de distintas generaciones que vivían sin trabajar, paseando las rentas por las veredas que los llevaban del Círculo a las casas cerradas de las putas y, de estas, a las otras casas más abiertas de las mantenidas, y otra vez con sus familias. Aunque la mayor parte de la burguesía y los comerciantes eran de Azaña, todos seguían teniendo las mismas costumbres. Dorotea era hermana de mi padre, de soltera había estado un solo curso en la Residencia de Estudiantes, en Madrid qué bien resistes; le consiguió la plaza Amós Salvador, cacique republicano de la provincia y amigo íntimo de mis abuelos. Aunque durante el franquismo eterno la vida de Dorotea se convirtió en otra cárcel, ella nunca se arrepintió de nada; al morir, hacía ya muchos años que había perdido la noción de cuándo sus últimas esperanzas fueron muertas, suplidas por aquella dedicación absorbente a sus gorrinos. Por este muro del Carmen me llevaba pegadita a ella y al carro de los desperdicios, la tía Dorotea, que hablaba francés y podía leer en inglés y que hasta su muerte siguió oyendo las radios extranjeras.

    En la tiendita con escalones de este muro por el que ahora paso cansina y derrotada, comprábamos los periódicos: nunca dejó la tía Dorotea de leerlos. Ahora estos no quieren que leamos los periódicos ni que escuchemos las radios y, sin embargo, enfrente de esa tienda que todavía está abierta, vuelve a ocupar su sitio la estatua de Sagasta.
Contaba mi madre que recién acabada la guerra habían llegado una noche con cuerdas y con machetes para sacar a Sagasta de los jardines del Instituto. Exiliada su estatua del otro lado de los puentes, con machetes y con cuerdas le habían arrancado la cabeza del tronco y la tiraron al río. Mi amiga Olvido supo siempre que había sido su padre quien, vestido de falangista, encabezó la expedición que pasó los puentes en la noche borracha en que desterraron a Sagasta y tiraron su cabeza al Ebro. El padre de Olvido, tísico perdido, desesperado, decían que loco de tanto matar en los paseos y en las sacas, lideró aquella acción en la noche borracha. Después, Franco lo sacó de aquí, le dio un cargo en Madrid y ordenó que lo curasen; pero de su destino en Madrid volvió pronto, enfermo otra vez, y a los pocos años murió tísico, loco, decían, de tanto matar. La desolación de esa casa también acompañó mi infancia. La mujer hacía lo posible por ocultar su estado, recibían con mucha pompa en la finca de la presa en el Ebro que les habían requisado a los Losada. Mis padres nunca quisieron ir allí. Los Losada eran tíos lejanos de Socorro, pero yo bajaba a bañarme a la finca robada porque el padre de Olvido y el mío se debían la vida. (Los débitos de las vidas en la guerra). Justo antes de la insurrección, por una criada habladora en mi familia supieron del arsenal de pistolas fascistas que el padre de Olvido guardaba en su humilde casa de entonces. Mi padre fue a verlo y, sin contarle el cómo de su conocimiento del arsenal, lo convenció para que se lo entregase; luego le llevó las pistolas a la policía y dijo que se las había encontrado abandonadas en una besana.

    Cuando estalló la guerra, con mi padre ya en la cárcel, venía su mujer a mi madre a contarle que en las amanecidas llegaba el borracho con los brazos cargados de ropa blanca, de joyas, y manchados de sangre. Lo que aquella mujer llorosa no le contaba era que después ella misma lavaba las ensangrentadas ropas blancas de los asesinados y de los huidos; ni le contaba cómo recortaba las iniciales y las suplía con otro pedazo de la misma tela: con una servilleta, si es que era una mantelería, con el borde de abajo cuando se trataba de una sábana. Zurcía y bordaba hasta volver imposible la adivinanza de las iniciales primeras, ocultando los orígenes igual que en la transición nosotros habríamos de bordar minuciosamente el olvido de las cosas que a todos interesaba enterrar.

    Adrián, el único hermano de Olvido, murió hace poco, asesinado. De joven, había llevado a su boda el ajuar ensangrentado que le regalara su madre sin que Genoveva, la novia, supiese del origen terrible de aquella ropa blanca y de los brocados antiguos con los que, años después, en la transición, yo vi que tenía tapizado su vestidor. "Son antiguos", me dijo cuando el golpe militar; yo había ido a su casa para pedirle ayuda.
Genoveva se casó embarazada. Sus padres no podían ver a los de aquí; Olvido la llamaba Genoveva niña bien y se reía de su educación impecable: la inquina de los sitios pequeños. A la bordadora de ropas ensangrentadas, en cambio, se le llenaba la boca con la boda. El padre de Genoveva había sido ministro con Franco durante muchos años, pero era buena persona, honrado, y tenía además mucho dinero. Luego, Adrián también fue ministro, con Suárez; por entonces se lió con otra y abandonó a Genoveva niña bien.

    "Cuenta, cuenta -me decía mi marido, escuchando entre amedrentado y complacido las cruentas historias de la guerra de aquí; venía él de fuera y quería saber-. Cuenta, cuenta". Pero luego ya de la muerte de Franco, cuando algo me venía a la memoria, él me hacía callar.
El coloracho de la transición expandía el olvido y expandía su propio miedo a que en las conversaciones aparecieran algunos de ellos, que ahora eran de los que tenían el poder entre los nuestros. Para entonces ya habían entrado en el Partido muchos hijos de los vencedores, como antes los hijos de los vencidos se hicieran del régimen, todos mezclados, hecho el silencio, vuelto todo un coloracho que no era ni rojo ni azul sino el coloracho del olvido voluntario y de la nueva situación, bordando todos juntos, zurciendo tan tupido que nadie sino los fanáticos deseaba que las cosas de la guerra fueran recordadas.

    Y, sin embargo, recordaba yo cuando tiempo atrás decían: "A ese lo he de matar yo". No quisieron, o no pudieron, y el padre de Olvido murió en la cama, tísico perdido y medio loco de tanto matar, decían.
Socorro y Olvido se han marchado, y en el club puedo leer los pensamientos del conserje -emocionada yo con mis dotes de adivina-, mientras mantengo el diálogo real que el anciano alimenta servicialmente como si fuera un diálogo imaginario. Un momento. Recuerdos de mi remota soltería.

    "¿Se acuerda, se acuerda?", dice el conserje. "Mala suerte, qué mala suerte ha tenido", sé que piensa. Sus pensamientos corresponden puntualmente con los míos, volviendo la conversación ininteligible para cualquier espectador normal. Los nietos del conserje son ingenieros, arquitectos, "¿sabe, señorita?". Hay como una piedad al decir señorita, y en la mirada una crueldad soterrada cuando comenta haber visto a los nietos de la señorita Socorro, una crueldad que arrecia en su mirada afilada al decir que Olvido no dejó ningún recado. "¿Va a cenar la señorita?". El club está ruinoso: los salones de mármol donde bailábamos en las puestas de largo y en las fiestas, cerrados; el bar de boiseries que llamaban el bar inglés, y que en la guerra habían llamado el bar alemán, da cobijo a unas cuantas viejas arregladísimas y a viejos arruinados que almuerzan el menú a mediodía o se toman un café que dura toda la tarde en el frío invierno de aquí. Cuando éramos niñas, cruzaba el conserje los salones arriba y abajo, rezando con un misal o un rosario entre las manos. Lleva ahora entre las manos una radio de transistores y, agobiado por la urgencia de oír alguna noticia que espera, se despide apresuradamente después de mirar el reloj: "¿Se queda más días, señorita? Ya la veré, señorita". A pasitos cortos hacia algún refugio más seguro donde nadie le interrumpa la escucha de los rezos de las radios.

   

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