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En la red

JESÚS TORRECILLA

224 págs.

ISBN 84-96080-36-6

16,95 €.

En la red (00090)

 

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-California -dijo Sierra.
Hunter miró las palmeras y se pasó la lengua por los labios:
-All right.
Llevaban muchas horas de desierto, de piedras resquebrajadas, de autopista humeante con arbustos de formas atormentadas a los lados. La vista del río y el verde de la hierba les cambió el estado de ánimo. En algún momento habían creído vislumbrar a lo lejos un canal de agua corriente atravesando el paisaje como un remoto espejismo, pero ahora era distinto, ahora se trataba de un río, de un río auténtico con hierba y árboles en sus orillas, árboles probablemente llenos de pájaros. Al pasar el puesto de inspección del Departamento de Agricultura, la agente pelirroja esbozó una señal para que continuaran. Sierra leyó en voz alta del folleto turístico:
-Blythe, doscientos siete pies sobre el nivel del mar, ocho mil cuatrocientos habitantes, situada en la frontera de Arizona y California, donde la Interstate 10 cruza el río Colorado. Típico clima desértico, con humedad extremadamente baja y temperaturas muy altas en verano. Como promedio recibe unas cuatro pulgadas de lluvia al año. Su población se triplica en invierno con visitantes que llegan huyendo del clima frío de sus lugares de origen.
Hunter continuó con la vista pegada a la carretera.
-¿Cuánto queda para Los Ángeles?
Sierra cerró bruscamente el libro y miró hacia atrás.
-Hunt, nos olvidamos de la foto.
Se sentía feliz, con ganas de bromear, aunque ese no era su carácter. Hunter venía pensando en otras cosas. Agarró la botella y apuró el resto del agua. -¿Quieres que paremos? -No, aquí no. Tenía que haber sido antes. -¿Dónde? -En el puente, delante del cartel de bienvenida. -Demasiado tarde. Hunter estiró los brazos contra el volante mientras observaba los letreros del casino de Indio. Estaba deseando llegar al
hotel y darse una ducha. -¿Qué salida había que tomar? Hunter volvió a repetir la pregunta, pero Sierra, en lugar de contestar, agitó alegremente la cámara delante de sus ojos.
-Hunt, la foto. Hunter comprobó que no venía ningún auto en sentido contrario.
-Okay. Giró bruscamente el volante, cruzó la franja de tierra que separaba los dos tramos de autopista y se dirigió de nuevo hacia Arizona. Sierra se agarró sobresaltada al salpicadero. Miró a Hunter y luego indagó alrededor, temerosa de que los hubiera visto la policía.
-¿Qué haces?
-¿No decías que querías una foto?
Sierra sonrió.
-Sí, claro.
En los últimos meses Hunter había recibido varios tiques: por exceso de velocidad, por giro indebido, por exceso de velocidad otra vez, por casi atropellar a una señora en un paso de peatones... Siempre le había gustado arriesgar, pero desde que decidieron mudarse a Los Ángeles las cosas habían empeorado. Una infracción más y se quedaba sin licencia. Sierra se lo advirtió.
-En Los Ángeles vas a necesitar el auto. Hunter miró a los lados. Había casas, campos cultivados, cercas para el ganado.
-Gracias por recordármelo.
Cruzaron de nuevo la frontera de Arizona, hicieron un cam-bio de sentido en el primer paso elevado y volvieron a entrar por el puente. Hunter detuvo el auto delante del cartel de bienvenida. El camión que venía detrás cambió de carril.
-Dame la cámara.
Hacía viento. Sierra se sostuvo el pelo con la mano.
-¿Dónde me pongo?
-Ahí, al lado del cartel.
Apretó el botón y se dispuso a volver al auto, pero Sierra protestó.
-Ahora tú.
Al confrontar el objetivo, Hunter puso cara de mal humor. Sierra enmarcó cuidadosamente.
-Sonríe.
Sabía que no lo haría, pero no se perdía nada por intentarlo. Volvieron a subir al auto y al pasar la caseta de Agricultura la agente pelirroja les hizo la misma seña aburrida. Hunter sacó la guía de la Triple A de la guantera y se la tiró a Sierra a las piernas.
-Mira a ver dónde tenemos que salir.
La tierra a ambos lados de la carretera estaba bien cultivada. El heno se apilaba acá y allá en grandes montones rectangulares. A pesar de que el día estaba totalmente despejado y la temperatura era calurosa (traían el aire acondicionado prendido), algunos charcos de agua salpicaban el pasto verde. Debía de haber llovido recientemente. Junto a una de las casas, un hombre joven con sombrero tejano salía de un potrero rodeado de caballos.
-¿Cómo dijiste que se llamaba el hotel?
-No me acuerdo -luego añadió-: Mira en Blythe, tiene que haber un asterisco y el precio al lado.
Sierra hojeó el libro.
-¿El Best Western Sahara?
-Sí, el Sahara.
-Salida de Lovekin Boulevard, 825 West Hobsonway.
-Okay.

La recepción estaba adornada con un árbol navideño de plástico y tiras plateadas alrededor del mostrador. Había en el cuarto un olor desagradable a restos de comida rápida. Sobre la pared del fondo, una media roja y verde de Papá Noel colgaba de un clavo al lado del reloj. Las luces de colores del árbol parpadeaban febrilmente y luego se extinguían unos segundos y volvían a la carga con renovada violencia. Hunter tocó el timbre y se quedaron esperando a que saliera la recepcionista. Un hombre de unos cincuenta años seleccionaba vídeos agachado sobre una estantería. "Dos vídeos por cliente y noche sin coste adicional", informaba un letrero pegado junto a la puerta con cinta adhesiva. Sobre los cristales alguien había pintado "Happy Holidays" en grandes letras rojas y las había rodeado de trozos de algodón a manera de copos de nieve. Era una pretensión divertida, porque la temperatura exterior debía de ser de unos ochenta grados.
-¿En qué puedo servirles?
La recepcionista era gorda y desaliñada. El cuero cabelludo se le transparentaba entre los escasos pelos grises. Hunter se acercó al mostrador.
-Habíamos hecho una reserva para hoy, pero no podemos quedarnos. Nos ha surgido un imprevisto. Tenemos que llegar a Los Ángeles esta misma noche.
La señora abrió el libro con expresión aburrida.
-¿Su nombre?
-Hunter Weber.
La señora le dio un papel y un bolígrafo y le pidió que lo escribiera. Luego recorrió la lista con el dedo.
-¿Hicieron la reserva para hoy?
-Sí, para el 31 de diciembre.
-¿En el Best Western Sahara?
Hunter miró a Sierra.
-Quizás la hicimos a tu nombre.
Y se dirigió de nuevo a la señora.
-¿Puede mirar Sierra DeMent?
La señora repasó la lista de nuevo, hizo una cruz junto a uno de los nombres y tecleó unos números en la calculadora.
-Son 74 dólares y 52 centavos. ¿Se lo cargo a la Visa?
Hunter sabía que debían haber hecho la cancelación antes del mediodía.
-Sí, está bien.
Cuando salieron a la calle, Sierra se quedó mirándolo con expresión divertida.
-¿Qué pasó?
Hunter siguió caminando hacia el auto.
-Cambio de planes.
-¿Qué vamos a hacer en Los Ángeles en una noche como esta? Fin de año y sin ningún tipo de reserva. Además, no conocemos la ciudad.
-Ya nos las arreglaremos.
A Sierra le atraía esa capacidad de improvisar, tal vez, en parte, porque ella no era así. Le costaba relajarse y Hunter había añadido un poco de espontaneidad a su vida.
Al entrar en el auto, Hunter le tiró de nuevo la guía de la Triple A sobre las piernas.
-Vete buscando hoteles en Westwood y Santa Mónica. De cinco estrellas. Vamos a recibir el año a lo grande -echó una mirada alrededor y añadió-: Este pueblo es para jubilados.
Nada más salir de Blythe volvieron a entrar en el desierto. Grandes montañas de color ocre pálido se sucedieron a lo lejos, sin solidez, sin consistencia rocosa, como enormes pilas de material inservible que hubieran sobrado de la creación y alguien hubiera amontonado allí provisionalmente hasta encontrarles algún uso. Sierra empezó a decir nombres de hoteles y a anotar asteriscos. Veinte millas más adelante, un letrero advertía de la proximidad de una prisión estatal (Do not pick up hitchhikers). Casi a continuación divisaron a un mexicano caminando al borde de la freeway. Era extraño, porque no había ningún poblado en los alrededores. Hunter disminuyó la velocidad y bajó el cristal.
-Eh, amigo.
El hombre siguió andando sin apresurarse hacia donde ellos estaban y luego se asomó a la ventanilla sosteniéndose el sombrero con la mano. Hunter le preguntó:
-¿Necesita ayuda?
El hombre sonrió.
-No, muchas gracias. Se me averió el auto. Pero no se molesten, está ahí mismo.
-No es molestia, suba.
Pero el mexicano volvió a disculparse con el mismo tono amable. Evidentemente no estaba dispuesto a que lo ayudaran. Una milla más adelante encontraron el auto a la derecha con el capó levantado.
El desierto continuaba ofreciendo su paisaje color ceniza. Patéticos arbustos de formas retorcidas medraban acá y allá, alcanzando en ocasiones una consistencia casi arbórea. Consumidos, anémicos, sin apenas un resto de apagado verdor recubriendo los nervios castigados del tronco y de las ramas. No lo tenían fácil. Parecían los milagrosos supervivientes de una catástrofe bíblica. En Ford Dry Lake atravesaron un gran llano desolado de arena blanca, pero al llegar a Indio, nada más cruzar las montañas areniscas de Chiriaco Summit, cambió de nuevo el decorado y se divisó un gran valle cultivado. Casino de Indio.
-¿Por qué no paramos a beber algo? Sólo de mirar el paisaje tengo la garganta reseca.
El edificio moderno del casino parecía acabado de terminar. Bien trazado, con muchas plantas tropicales, con muchas fuentes, con un alarde de agua saltarina manando por todas partes. El aire olía a acondicionador de pino. Sierra y Hunter pidieron unos refrescos y salieron de nuevo a la carretera.
La decisión de venir a Los Ángeles la habían tomado en noviembre, después de muchas dudas. ¿Por qué? Difícil era de saber. Bruce Tepper, el director de Detechtives Incorporated, le había pedido a Sierra que considerara la posibilidad de mudarse a Los Ángeles para vivir más cerca de las oficinas centrales de Culver City. Aunque, por supuesto, se trataba de una sugerencia. Bruce no acostumbraba a imponer nada. Durante sus cuatro años en la compañía Sierra había demostrado poder hacer su trabajo a distancia, desde Little Rock, sin ningún tipo de problemas. En el reciente caso sobre el secuestro y asesinato de una mujer en Bakersfield, por ejemplo, era ella la que había conseguido proporcionar las pruebas que llevaron a la identificación del culpable. No se trataba de eso. Tampoco de que a Bruce le gustara conocer físicamente a sus trabajadores y saludarlos y tomarse café con ellos de vez en cuando (extraña costumbre en una persona que vivía de procesar imágenes). La decisión, obviamente, no la habían tomado por él. Se trataba de algo más vago, más complejo, más sutil o impreciso. En todo caso, más difícil de explicar. Sierra y Hunter habían tenido largas conversaciones sobre el tema, pero finalmente Sierra tomó la decisión porque pensaba de ese modo interpretar la voluntad de su compañero: una voluntad que él, por diversas razones, no quería o no se atrevía a expresar. Y posiblemente estuviera en lo cierto. Si no un deseo, tal vez algo más confuso, una predisposición, una inquietud, una ansiedad. Hunter había soñado con vivir en California desde su época de adolescente, desde que pertenecía a un grupo de música rock que llegó a grabar un disco con una compañía local y disfrutó de cierta notoriedad en la zona. Luego lo había dejado por falta de talento, o de suerte, o de lo que fuera, pero el deseo quedó ahí y ahora había comenzado a despertarse con la sola mención de Los Ángeles. Parecía como si el sueño de hace años se removiera levemente e introdujera una pequeña grieta de esperanza en la costra de conformismo con la que había sellado sus ilusiones juveniles. No es que alentara ningún proyecto ni que contemplara siquiera la posibilidad de volver a la música (le había costado demasiado separarse de ella como para pensar ahora en comenzar de nuevo). Era algo inconcreto, indefinido. Algo, sin embargo, que le hacía sentirse un poco más vivo. Como cuando concertamos una cita con una mujer a la que quisimos hace mucho tiempo y a la que no hemos visto desde el momento turbulento de la separación.
Sierra estaba ahora al volante. El paisaje había perdido la desolación anterior y se veían árboles y cultivos. Las mismas montañas gastadas a los lados, pero al fondo habían comenzado a aparecer algunos picos más altos con las cumbres ligeramente nevadas. Después de mirar un rato el paisaje, Hunter sacó el Gameboy de la guantera y se puso a jugar. Parecía mover los dedos distraídamente, con desgana, como si lo hiciera por matar el tiempo, pero Sierra sabía que, cuando se lo proponía, podía ser realmente bueno. Mucho mejor que ella, de hecho, aunque le costaba reconocerlo.
Thousand Palms, Cathedral City, Casino de Agua Caliente. La mente de Sierra hervía de anticipación. Algunos trozos de cubierta esparcidos en la calzada la obligaron a desviarse bruscamente hacia la derecha, y, de pronto, después de pasar un grupo de palmeras que alguien había plantado y abandonado hacía tiempo en una parcela alambrada, cuando se acercaban a la desviación de Palm Springs, aparecieron de improviso los molinos: cientos, miles de estructuras metálicas con sus aspas girando cansadamente en distintas direcciones, perfectamente alineadas, extendiéndose por el llano y por las laderas de las colinas como un ejército tenaz y disciplinado. Sierra pensó en las ilustraciones de un libro que había leído hacía tiempo.
-La aventura de los molinos -dijo. Pero Hunter estaba abstraído en el juego.
Aspas blancas, idénticas, agitándose por todos lados, imponiendo su movimiento incesante sobre el paisaje muerto, como si intentaran impulsar esa tierra castigada hacia un clima más amable.
Y entonces Sierra tuvo por primera vez la impresión de haber entrado en California. Contempló la extensión inacabable de torres relucientes, de brazos afanándose voluntariosamente en medio del desierto, y pensó que ese entorno le gustaba.
Vio el cartel de un área de descanso y salió de la autopista.
-Kodak moment.
Se sentía pletórica, feliz. Hunter se incorporó en el asiento.
-¿Qué?
-Hemos llegado.
-¿Adónde?
-A Los Ángeles.
Hunter miró alrededor.
-¿Otra parada?



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