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Lópéz
López
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JUAN APARICIO-BELMONTE
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224 págs.
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ISBN 84-96080-39-0
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16,95 €.
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Uno
(Esta me la pagas, Caramorsa, me la pagas)
Me llaman el Tuerto, bienvenido... Me
falta un ojo, por
eso me llaman así... Alegra esa cara, hombre, que
tampoco es
para tanto.
Dos
Nunca debí desembalar aquel cuadro.
«Qué tomadura de pelo», pensé.
Lo coloqué en el sillón azul y me tumbé
en el sofá a fumar
un cigarrillo mientras intentaba escudriñar el valor
real de
aquello; entender qué demonios aportaba a la pintura.
A veces uno se sorprende del vigor que tienen algunos cuadros
vistos al natural: obras que en revistas o catálogos
parecen
vulgares desprenden una poderosa energía cuando se
contemplan
de cerca; pero aquella, más que desprender, parecía
necesitar energía.
El cigarro se me apagó dos veces.
Me asombraba que un tío dedicara su vida a pintar
cuadros
monocromáticos con espirales y traté de entender
esa vocación,
pero por más que meditaba, me resultaba imposible
encontrar su sentido artístico. Qué satisfacción
podía reportarle
a ningún artista esa tarea tan poco creativa, repetida
día
a día, semana a semana, desde hacía más
de cincuenta años.
Sí lograba en cambio sentir cierta admiración
por El Pintor
en tanto farsante, porque había que reconocer su
capacidad
para el timo: era un estafador brillantísimo que
había
vivido toda su vida del cuento, sin dar un palo al agua,
permitiéndose
no sólo la utilización de ese seudónimo
tan vanidoso
como si toda la pintura se resumiera en él,
sino también
una actitud despectiva con pintores a todas luces muchísimo
más dotados y honrados que él.
Pero no era lo mismo estafar a sabiendas que hacerlo sin
ser consciente de ello. No era lo mismo timar a todas las
administraciones públicas, cajas de ahorros, patronatos
de
cultura..., con la conciencia de hacerlo, que ser un iluminado.
No era lo mismo reírse del mundo que ser uno más
del
mundo, un enfermo más, por mucho que la enfermedad
le
beneficiara. Y El Pintor concedía unas entrevistas
en las
que posaba lleno de soberbia, encantado de haberse conocido,
y en las que siempre se hacía evidente ese ego suyo,
tan
grande y obsceno. Daba la impresión de que su nombre
artístico no había sido una elección
irónica, sino una elección
hecha a conciencia, que resumía la magnífica
y endiosada
imagen que el tío tenía de sí mismo.
El Pintor era un
triunfador, pero también el primer estafado por su
estafa; y
esto lo alejaba de mi admiración. No era un verdadero
farsante.
¿O sí?
No lo sé, pero gracias a él y a ese maldito
lienzo, hoy estoy
como estoy.
El cuadro medía ochenta por sesenta. Lo toqué.
La superficie
era muy lisa. Para colmo, el tío gastaba muy poco
en pintura.
Serás tacaño...
La aurora verde había costado trescientos sesenta
mil
euros. Increíble. Encendí otro cigarrillo.
Agarré el cuadro y, bien arropado entre mis brazos,
me
puse a bailar con él, igual que hacía de niño
con esas amantes
tan cariñosas de mi padre. La sensación de
bailar con tantos
euros no era para nada desagradable. La radio expulsaba
la
canción más adecuada: Quiero bailar un slowly
tonight, y La
aurora verde se dejaba llevar muy bien. No había
peligro de
que me pisara. Jamás tropezaría. Era una bailarina
perfecta,
no como aquellas amantes de mi padre, siempre borrachas,
siempre risueñas y torpes.
Fui hasta la terraza grande y saqué el cuadro por
encima de
las macetas, saboreando esa sensación de jugar con
fuego, de que
si el cuadro se me caía desde aquel séptimo
mi vida se complicaría
muchísimo. Expuse el cuadro al vacío varias
veces para
revivir esa sensación, y en una ocasión el
viento sopló tan inesperado
y fuerte que casi me arranca el lienzo de las manos y lo
lanza hacia los árboles de la calle Alfonso XII.
Volví al salón con esa satisfacción
que proporciona la adrenalina.
Los jugadores de ruleta rusa arriesgan la vida por dinero:
si pierden, lo pierden todo; pero, si ganan, ganan mucho
o al
menos suficiente. Yo podía haber perdido casi todo
por nada,
pero qué bien me sentía.
Esa irresponsabilidad absoluta, ese riesgo absurdo me atrajo
una vez más y, de igual forma que quien sufre de
vértigo
tiene la tentación de lanzarse al vacío, estuve
a punto de regresar
a la terraza para repetir la insensatez. No lo hice. La
voz
de mi padre llamándome tonto, rematando cada frase
dirigida
a mí con aquel adjetivo, fue el recuerdo traicionero
que me
hizo recapacitar y que me amargó esa sensación
tan agradable
de la adrenalina flotando en el cerebro y bailando en el
corazón.
Aproveché la enorme altura del techo abovedado del
salón
para lanzar el cuadro hacia arriba, mantearlo como si fuera
el
Sancho Panza de los dibujos animados de mi infancia. Cayó
en
mis brazos y volví a lanzarlo hacia lo alto. Rozó
el techo,
arrancó varios trocitos de cal, y lo atrapé
antes de que tocara
el suelo.
Me sentía, de nuevo, muy bien.
Se había desprendido un poco de pintura verde.
«Lástima que los cuadros no se vendan por piezas»,
me
dije.
Deposité el cuadro en el suelo para dejarlo por debajo
de
todo lo demás, situarlo a la altura que merecía
con respecto
no sólo a mí sino a los objetos de la casa
incluido el horrible
paragüero de la entrada, y después de
volver a comprobar
que no era más que pintura verde con una espiral
en
una esquina, me eché a dormir en el sofá una
siesta que no
sé cuánto duró. (Supongo que bastante,
porque me gusta
dormir).
Tres
Lo de cuidar la casa de mi cuñado no estaba mal,
teniendo
en cuenta que se me pagaba por hacerlo, pero me dejaba
poca libertad de movimientos. El trato era no traer a nadie
a esa maravillosa casa desde la que se dominaba el Retiro
y
no estar ausente más de una hora, salvo durante el
paseo de
los perros, a quienes mi hermana mimaba demasiado. Para
ellos había habilitado un piso entero justo arriba:
una buhardilla
imponente, con techos altos e inclinados surcados por
vigas de madera, donde los animales vivían a su aire,
con las
necesidades y los caprichos satisfechos. Por la cuenta que
me
traía yo cumplía con el pacto, porque las
llamadas telefónicas
de mi cuñado con esa cara de piña, ese
pelo rizado
siempre engominado eran imprevisibles y a veces muy
mal intencionadas, vigilantes de que no me escaqueara del
deber, y yo no estaba dispuesto a arriesgar el dinero fresco
que me ganaba de tanto en tanto con ese trabajo tan sencillo;
prácticamente mi única fuente de ingresos
desde hacía
un lustro.
Cuando desperté el cuadro seguía allí,
humillado en el
suelo. Esta era la posición que merecía, boca
arriba en el enor-
me salón, como si fuera un relieve feo del parqué,
un pisapapeles
o un felpudo excéntrico e inútil.
Miré el reloj. Eran las seis de la tarde.
Me venía bien respirar el aire puro del Retiro, distraer
un
poco la peligrosa tirria que le había tomado al cuadro.
Subí a
la buhardilla. En cuanto abrí la puerta, los tres
dogos saltaron
sobre mí, con una excitación y una alegría
muy molestas.
Esos hilos de saliva no me hacían ninguna gracia.
Venga, venga... Dejadme en paz, coño.
Paseé con ellos cerca de hora y media por el parque
del
Retiro, que estaba luminoso, verde; invernal pero soleado.
A la vuelta, entraron en el piso resbalando por el parqué,
enloquecidos, como siempre que regresaban de un paseo.
Tuve que volver a encadenarlos porque estábamos en
el
piso séptimo. Me había equivocado. Me ocurría
de vez en
cuando. El de los dogos era el octavo. Los perseguí
por toda la
casa trescientos metros cuadrados agotadores de baños,
habitaciones de invitados, un salón enorme...,
y por fin logré
atraparlos.
Exhausto por el esfuerzo, los encerré en la buhardilla
con
los cuencos de la comida y el agua repletos, y ya me tumbaba
en el sofá con una almohada doblada bajo la nuca,
ya encendía
la televisión para ver alguna película de
pago, ya encajaba
un cigarrillo Dunhill de mi cuñado en la línea
de los labios,
cuando una fatal asociación de ideas me puso de pie.
«No puede ser», me dije.
El cuadro estaba desgarrado por varias partes y daba la
impresión de que los tres bichos se habían
conjurado para
provocar aquella desgracia, utilizando para ello pezuñas
y colmillos.
Desde la alacena y enmarcado en plata, mi cuñado
me
miraba acusador. Era la foto de su boda.
Dios mío. Dios mío. Ahora qué hago.
Maldecía, insultaba a
todo el mundo, a los perros y sobre todo a mí, daba
vueltas por
la casa con los nervios desatados y las manos en las sienes.
Incrédulo, volvía a confirmar el irreversible
estropicio. Más de
trescientos mil euros destrozados, mordidos, arrasados por
culpa de mi descuido.
El cuadro no tenía ningún arreglo. Estaba
roto por cinco
sitios, incluido el lugar donde figuraba la rúbrica
de El Pintor.
Como un niño, me arrojé en el sofá
con ganas de llorar y las
palabras con que mi padre me humillaba resonaron como
campanadas de la memoria: «Eres tonto, tonto».
Sólo pensaba en cómo excusarme ante mi hermana
y mi
cuñado.
Imaginaba un monólogo que siempre terminaba conmigo
más descorazonado, más seguro de que no habría
manera
de encontrar palabras convincentes para eludir su indignación.
«Tonto, tonto, tonto, tonto», repetía.
Llegué a subir a la buhardilla para gritar a los
perros, insultarlos,
amenazarlos con el puño cerrado mientras ellos fingían
no entender la lengua fuera, la mirada impasible,
inmóviles
sobre sus ancas como gigantescas figuras de Lladró.
La llamada telefónica de mi hermana obró el
milagro de
calmarme. Su voz, tan real, fue una bofetada que me despertó
de inmediato. Al hablar con ella, constaté que no
sería
capaz de afrontar la pifia desde la confesión, que
lo primero
era asumir mi cobardía y por tanto buscar la fórmula
más eficaz
y menos dañina para huir de mi responsabilidad. Me
contó que en Copenhague hacía mucho frío,
que ella se pasaba
el día dando vueltas por la ciudad mientras César
asistía
al congreso de hosteleros europeos.
Anochece pronto, pero no tan pronto como en Estocolmo...
¿Y qué tal es la gente?
Rubia respondió, cínica.
Me contó que unos gamberros habían decapitado
a la célebre
sirenita y, como era habitual, se interesó mucho
por los
perros. ¿Están bien? ¿Los has sacado
hoy a pasear? ¿Seguro?
Sí, mujer, sí.
Él sólo me preguntó por el cuadro:
¿Lo han traído ya?
Sí.
¿Lo has dejado en mi despacho?
No. Lo he rajado por siete sitios distintos dije.
No hagas bromas con eso, por el amor de Dios, que
me
matas del disgusto. ¿Lo has guardado en el despacho?
Sí, claro.
¿Qué te parece? ¿Impresiona?
Me parece un timo.
¡Qué ignorante eres, madre mía!
Es sólo un fondo verde con una espiral minúscula
en una
esquina... No tiene ni fuerza ni nada... Uno de tantos.
Madre mía, Martín. Qué atrevida
es la ignorancia...
Dicen que la mayor serenidad se alcanza siempre en el
peor momento, una relajación extrema muy común
entre quienes
se ven perdidos gravemente y sin remisión. Pero yo
no
podía dejarme llevar por esa serenidad traicionera:
aún no había
sido derrotado, debía buscar la salida, mantener
los nervios
funcionando sin llegar a la histeria.
De pronto lo vi todo claro. Sólo tenía que
conseguir que El
Pintor firmara el cuadro roto y, así, este volvería
a tener el
valor que tuvo. Bastaba la simple firma del artista y el
estropicio
parecería deliberado, como si el autor hubiese alentado
a unos perros contra la pintura con una intención
vanguardista.
Bastaba hablar con El Pintor, explicarle lo que había
ocurrido
y, voilá, asunto arreglado. Mi cuñado volvería
a tener un
cuadro consagrado por su artista predilecto.
¿No era esa su única pretensión, al
fin y al cabo?
La vida volvía a sonreír, pero tenía
pocos días para culminar
las gestiones. ¿Cómo localizar a El Pintor?
¿Dónde viviría?
El corazón me latía tan rápido que
no podía pensar. Miré
la hora. Eran las once de la noche. Me serví un whisky.
Mejor
dejar la acción para el día siguiente. Con
dos somníferos me
quedé frito. «Tonto, tonto, tonto», decía
aquella voz grave
desde la memoria y el sueño, y yo me tapaba la nuca
para
amortiguar el coscorrón. «TONTO».
Cuatro
Aquella mañana abrí los ojos con el sabor
del mejor sueño
posible y desperté en una celda: la de mi irresponsabilidad.
Cuando ya entraba en la ducha una radio portátil
cerca, cuando ya abría el grifo y, bajo el
agua caliente, planeaba
mi desayuno rebanada de pan tostado con aceite virgen
y sal, café con leche en vaso, recordé
el desastre que
marcaba mi vida.
El cuadro estaba destrozado y yo era el culpable de su destrozo,
esa era la realidad con que no contaba en mi sueño,
la
realidad tan distinta a ese harén de hawaianas que
todavía
palpitaba en el recuerdo al cerrar el grifo de la ducha.
No podía menos que indignarme con la disparatada
solución
que se me había ocurrido la noche anterior. La mente
puede ser muy necia cuando más se la necesita. Ir
a buscar a
El Pintor para que rubricara el cuadro resquebrajado era,
además de una insensatez o un suicidio, probablemente
un
imposible: un espejismo en mitad de la desesperación.
Era una insensatez y un suicidio porque, al cabreo de mi
cuñado y mi hermana, se añadiría la
indignación lógica del
artista y de todo lo que él significaba, ese magma
de poder
que lo aupaba, envolvía y arropaba. Todo lo que le
sostenía y
alimentaba los medios de comunicación, los
poderes públicos,
los galeristas, los coleccionistas, los alumnos de Bellas
Artes, los gánsteres, qué sé yo
se abalanzaría sobre mí
para castigarme sin piedad por haber destrozado una obra
excelsa, vaca sagrada del arte imperecedero, más
valiosa que
cualquier vida humana con una renta tan exigua como la
mía. Y era un imposible, porque en tan breve plazo
no me
daría tiempo a localizar a El Pintor y, menos aún,
a conven-
cerlo de que firmara un cuadro suyo, que para colmo estaba
destrozado.
Los perros corrieron por el Retiro con el mismo entusiasmo
que el día anterior, tan contentos, sin reflejar
siquiera una
leve desazón, cierta solidaridad hacia la preocupación
con que
yo los conducía entre la hierba, bajo los árboles
altos y calvos,
cerca de la estatua del ángel caído, cerca
también del lago
verde chillón, en el que algunas parejitas remaban
mansamente
en sus barcas azules.
Hay un tipo de sol que siempre me predispone al optimismo,
es ese sol que mantiene el cielo despejado y azul; que,
combinado con el frío, me llena de bienestar, porque
la atmósfera
se pone contradictoria y difícil, y se puede ver
a muchos
incautos en mangas de camisa, engañados por el sol
y anhelando
un jersey o una cazadora. Ese optimismo me hizo ver
que a lo mejor la solución que había pensado
por la noche no
era tan disparatada.
No, no. Qué absurdo. El optimismo no duró
nada. Qué necio
me sentía. («Tonto, tonto», el vozarrón
de mi padre me insultaba
de nuevo).
Además, ¿por qué pedirle su firma a
El Pintor si la podía
falsificar yo mismo?
Soy gilipollas...
Esa tarde hablé de nuevo con mi hermana.
Sí, sí, hermanita la tranquilicé.
Tus bichos están
viviendo como príncipes. No seas tan pesada, mujer.
Mi cuñado me hizo tragar saliva más de una
vez con sus preguntas
y yo deseé abandonarlo todo, confesar de una vez
y luego
emborracharme, pero aguanté bien las ganas de rendirme.
Me aseguró que estaba deseando regresar sólo
para contemplar
su adquisición.
Cuando se despidieron ya tenía preparado el pincel,
ya lo
había mojado en el óleo negro y ya me disponía
a firmar el
cuadro. Maldita sea, no. No era posible tanta irresolución,
tanta demora absurda en la búsqueda de un remedio
eficaz.
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