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Autobiografía
de Marilyn Monroe
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RAFAEL REIG
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192 págs.
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ISBN 84-96080-41-2
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15,95 €.
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I feel life coming closer
Help Help
Help I feel life coming closer
When all I want to do is to die
Marilyn MONROE
Fragmento de un poema de 1958
Ayuda Ayuda
Ayuda Siento que la vida se acerca
cuando lo único que quiero es morir
ESCUCHE USTED:
Querida Marilyn:
Por favor, querida niña, me gustaría recibir
una carta
tuya. Todo es horrible en este lugar y quiero salir de aquí
lo
antes posible. Creo que una madre merece el amor de su hija
y no solamente su odio y su desprecio. Una carta, una sola
carta es todo lo que pido. Ni siquiera te suplico que vengas
a ver a tu madre que sufre. ¿Es esto pedir demasiado
a una
hija? Te quiere, tu Madre.
¿No le parece extraño que mi
madre me llame Marilyn?
Debería llamarme Norma, pero me llama Marilyn, ¿sabe
usted por qué? Es un mensaje: te he reconocido, sé
quién
eres, sé todo lo que has hecho, no creas ni por un
momento
que no conozco la infamia de tu vida; eso es lo que intenta
decirme, en realidad.
Está escrita desde un manicomio. Mi madre está
completamente
loca. Es una característica familiar, como el
color de los ojos, la longitud de los muslos o esa costumbre
nuestra de mantener siempre los labios entreabiertos.
No sé si la quiero o no la quiero. A lo mejor lo
único que
me sucede es que tengo miedo de enloquecer igual que ella.
¿Usted qué cree? ¿Usted cree que una
persona que ha perdido
el juicio sabe que ha perdido el juicio? ¿Entiende
lo que le
quiero decir? ¿Usted cree que un loco se da cuenta
de que se ha
vuelto loco? Una vez leí que una cabeza cortada sabe,
duran-
te unos segundos, que es una cabeza cortada. ¡Imagínese!
Debe de ser horrible. En cierto modo, un loco es como un
decapitado: una cabeza que sabe que ya ha rodado por el
suelo, separada de su cuerpo, ¿no le parece a usted?
Mire, aquí tengo otra, ponga atención:
Querida niña:
Arrepiéntete. Arrepiéntete mientras puedas:
¡el tiempo
está próximo! Recuerda lo que dice el salmo
del Señor: «Temblad
y no pequéis, meditad esto en vuestros corazones,
en
vuestras alcobas, y pensad». El castigo del Señor
se acerca, ya
no puede tardar, y entonces, querida niña, todos
seremos quebrantados
por su mano. Escucha a Isaías: «Todo hombre
será
derribado, todo mortal humillado, no los perdonarás.
Meteos
en los escondrijos de las peñas, escondeos en el
polvo, ante la
presencia aterradora de Yahvé, ante el fulgor de
su majestad
cuando venga a castigar la tierra». Antes de ser aniquilada,
¡mírate a ti misma, hija mía! Y arrepiéntete
de todo. Mírate:
¿no te da vergüenza? ¿Es que no te da
vergüenza?
¿Qué le parece? Esta es mi madre.
Me estoy quedando
ronca de tanto suplicar misericordia; afónica de
pedir perdón
y piedad. Me tiemblan todos los huesos y ya no puedo implorar
más compasión y, sin embargo, todavía
no sé qué pecado
he cometido.Todavía no sé por qué merezco
ser castigada. No
lo sé. He sido educada así, para convencerme
de que soy culpable
de antemano. Y tengo miedo. Pienso: y tengo miedo.
No, no creo que me haya educado mal, en absoluto. Es
más sencillo: ella no me educó. Pasé
mi infancia en hogares
ajenos y en orfanatos. Nadie me ha educado nunca. Nadie
me ha querido. Nadie me ha dicho nunca lo que era la vida,
lo que me iba a encontrar.
No lo sé, ninguna información en particular.
No se trata
de eso. Pero hay cosas que los niños deben saber.
Deben saber que les quieren, por ejemplo.
Desde luego, cuando tenga una hija, le diré la verdad.
La querré,
pero también le contaré todo lo que a mí
nunca me dijeron.
Algo sencillo y verdadero. Querida, sé feliz. Eso
es lo que
le diría. No le hablaría de Dios ni del pecado.
No tengas
miedo, cariño, porque yo te quiero, yo siempre te
quiero,
pase lo que pase, recuérdalo. Eso le diría.
Pero no sólo se lo diría: me esforzaría
en lograr que ella
lo sintiera, que ella se diera cuenta de que la quieren,
¿me
comprende? Que supiera que la quiero, pero no porque yo
se
lo diga ni tampoco porque ella lo piense, sino de la misma
manera en que uno sabe si tiene hambre o si tiene sed, como
una sensación corporal.
Los niños tienen que sentir cariño a su alrededor.
De lo
contrario, nunca podrán ser felices porque a quienes
les ha
faltado amor incondicional en la infancia les faltará
siempre
la capacidad para sentir el amor de los demás, para
darse
cuenta de que es real, con la misma realidad que posee
un día de sol o como sentimos el viento en la cara.
No sé si
me comprende.
Y le hablaría de la vida. Sé feliz, amor mío,
le diría. Deja
que tu chico, Harry, Doug, Jimmy o como se llame, te toque
por debajo de la ropa. Dale un beso en la boca. Acuéstate
con
él en el asiento de atrás del coche. Empaña
los cristales. Mira
crecer la luna. Y date prisa, cariño, no tienes todo
el tiempo
del mundo. Algún día, muy pronto, tú
y Jimmy tendréis que
empezar a vivir escondidos. Jimmy tendrá que ocultarse
y
sólo será visible el señor James; y
a ti te pasará lo mismo.
Tendréis que acabar viviendo en una casa de las afueras,
acostándoos pronto y desayunando cereales con leche.
Tomaréis absurdas medicinas y tendréis que
preocuparos
por el colesterol. Acabaréis comprando en los supermercados
y llegará el día en que estaréis completamente
convencidos
de que no se pueden poner los pies encima de las
mesas de caoba. Y tendréis que cenar con matrimonios
amigos,
los sábados por la noche. ¡Por el amor de Dios!
Y siem-
pre será así, clandestinos, escondidos, inmensamente
ocultos.
Empezaréis a utilizar nombres falsos, como, por ejemplo,
señor y señora Mulligan, o algo semejante.
O Papá y
Mamá, sin ir más lejos.
Asusta pensar todo lo que tendréis que hacer vosotros
dos, Jimmy y Dotty, para encontrar un escondite; cómo
vais
a tener que vivir en las tinieblas, por debajo del agua,
sin
ser vistos. Como fugitivos. Como animales acorralados. No
habrá más remedio: Tommy y Linda, Johnny y
Betty, Charlie
y Sue, ¿qué quedará de ellos? ¿Qué
quedará de vosotros?
Cuando seáis otros, los que ahora sois no van a desaparecer
del todo. Eso es lo malo. Siempre van a estar ahí.
Vivirán
en la oscuridad, a sombra de tejado, parapetados tras
una identidad fingida: el señor Thomas, el señor
John, el
señor Charles. Os acordaréis de la vida, la
verdadera vida,
pero ya no sabréis cómo encontrarla. Sólo
sentiréis que ellos
siguen ahí, en silencio, como una mano al otro lado
de la
pared: Tommy, Johnny, Charlie. Intentaréis disfrazaros
lo
mejor posible, acudir a reuniones semanales, organizar partidas
de canasta, participar en las actividades de la comunidad,
en los bailes benéficos y en la fiesta de fin de
año, y
hablaréis siempre en voz muy alta, para que nadie
pueda
descubrir a Timmy y a Peggy, para lograr que pasen inadvertidos,
para que nadie les escuche ni mire hacia ellos,
aunque vosotros no podréis dejar de oírlos,
sobre todo de
noche, sin sueño, a solas, cuando cerréis
los ojos al tropezar
en el pasillo contra las patas de los muebles.
Así será para vosotros, así ha sido
siempre. Por eso
tenéis que daros prisa, antes de que sea demasiado
tarde.
Amor mío, intenta siempre ser feliz, por encima de
todo,
contra todos, porque sabes que yo te quiero.
Eso le diría. Este sería el discurso de Marilyn
Monroe a
las jóvenes norteamericanas. ¡Jóvenes
de los Estados Unidos,
uníos, mirad alrededor! ¡No os dejéis
engañar! Os lo
dice Marilyn Monroe, la novia de América.
Hay que saber estas cosas, ¿no lo cree usted? Los
hombres
mueren y no son felices. Es así de sencillo. Por
eso me
asusta la vida, Andrew. Me da miedo, mucho miedo.
Pero escuche:
Querida Marilyn:
En primer lugar, yo nunca quise que fueras actriz. Acabarás
mal y te voy a decir por qué: has cometido muchos
pecados.
Demasiados. Has ofendido al Señor una y otra vez.
Él ha
derramado en la cruz su sangre para liberarte: ¿qué
crees que
debes hacer ahora tú por Él, hija mía?
¿Te figuras que no tienes
que pagar tu deuda? Consulta a tu conciencia. Pero, claro,
vosotros nunca pensáis en eso, porque sois jóvenes
todavía y
eso os hace creer que la muerte está lejos. Nada
más falso, querida
niña. La vida del hombre es un relámpago muy
breve
entre dos oscuridades, la vida huye como sombra, pasa como
soplo y no subsiste. Sois una generación indócil,
pero acordaos
de sus palabras: «Circuncidad vuestros corazones y
no endurezcáis
más vuestra cerviz». El Señor seguirá
agonizando en
la cruz por todos vosotros, hasta la consumación
de los tiempos,
y mientras tanto, ¿cómo podéis conciliar
el sueño?, ¿cómo
sois capaces de olvidaros de Él? ¿Por qué
seguís pecando? Querida
niña, arrepiéntete de todo y tiembla, ponte
de rodillas,
implora su perdón, que tus gemidos hagan crujir tus
huesos
hasta que llegue a Él el clamor de tu arrepentimiento.
Limpia
de inmundicias un corazón que te lleva incluso a
la iniquidad
de aborrecer a tu propia madre, sangre de tu sangre.
¿Qué le parece? Casi todos los meses recibo
alguna carta
semejante. Tengo cientos de ellas. Por eso es para mí
absolutamente
necesario que mis hijos sean felices, que no se
sientan culpables.
Me miro a mí misma y me pregunto: ¿qué
ha sido de mi vida?
Se lo podría decir en dos palabras: a mí nadie
me ha querido,
no he vivido.
Taint dishes, taint wishes
What I want to tell
Is what is on my mind
taint dishes
taint wishes
flinging
by
before I
die
Marilyn MONROE
Poema garabateado para Norman Rosten
en los años cincuenta
Lo que quiero contar
es lo que tengo en la cabeza
platos sucios
deseos sucios
flotando
alrededor
antes de que yo
muera
HOLA, ANDY. ¿PUEDO llamarle Andy? ¡Hola! Sí,
estoy contenta.
Dígame hola. No, así no, tiene que ser con
más alegría.
Usted siempre está muy serio. ¿Sabe lo que
pienso,
señor Andrew Jones? Pienso que le intimido. Se pone
serio
porque le intimido, ¿no es verdad? ¿De qué
tiene miedo?
¿Qué es lo que le da vergüenza?
Mejor así. ¡Hola! Guarde el cuaderno y míreme
a los ojos.
¡Hola! ¡Hola, Andy!
No me escuche: míreme. Las palabras no significan
nada. Míreme a los ojos. Los ojos son la mejor forma
de acercarse.
Las palabras son aire. En cambio cada mirada es un
ancho brazo de agua. Una corriente de agua de unos a otros.
Como una vía fluvial abierta a la navegación
entre los que
se miran, como el Canal de Suez, ¿no le parece, Andy?
Mirándose a los ojos es lo más cerca que pueden
estar dos
personas, con la ropa puesta y sin tocarse, quiero decir.
Mucho más que hablando. ¿No opina lo mismo?
¿Por qué me lo pregunta? Bueno, un poco sí.
Sí, pero no
mucho. No he tomado más que un par de botellas de
Dom
Perignon. Es mi bebida favorita, ¿le gusta a usted?
A mí me
encantan las burbujas.
No, estoy bien. Podemos seguir perfectamente.
De acuerdo, le hablaré. ¿De qué quiere
que le hable?
¿Mi vida? ¿Qué quiere saber de mi vida?
Un lento laberinto,
sin centro: eso es mi vida. Un despeñadero. La vida
me da vértigo, Andrew. No sólo la mía.
Es la vida, en general,
lo que no tiene arreglo.
¿No le interesa más la parte de mi vida consagrada
al
delito? Le voy a contar mis crímenes. No se asuste.
¿Le interesan
los asesinatos? Pues ya verá, mi vida es una larga
sucesión de asesinatos. He cometido cientos de ellos.
Me
declaro culpable. ¿Me pregunta por mi vida? Muy bien,
confesaré,
lo diré todo: mi vida ha sido un genocidio.
Escuche. Todo empezó por culpa del matrimonio, ¿le
parece extraño? No lo es, en realidad: el que se
casa descubre
siempre algo de sí mismo que no sabía. Es
un hecho
comprobado. En mi caso, el matrimonio puso al descubierto
mi mano de asesina.
Así empezó todo: Grace McKee, mi tutora, estaba
harta
de mí. En primer lugar, su marido, Doc Stoddard,
había
tenido un hijo conmigo, a usted se lo puedo contar, aunque
me tiene que jurar que no se lo dirá a nadie.
Bien, tuvimos ese niño, como le digo. Eso no es agradable,
¿verdad que no? No señor, no es agradable,
así que
Grace tenía en parte buenas razones para querer perderme
de vista. ¿Sabe usted cómo lo hizo? Muy sencillo.
Tuvo una
idea simple y eficaz: casarme.
Era un plan perfecto, una idea brillante, luminosa. Pero
había un pequeño inconveniente: se necesitaba
un cómplice,
alguien que estuviera dispuesto a unirse en santo vínculo
conmigo. Y así es como aparece Jim.
Se llamaba Jim Dougherty y tenía veinte años.
Era alto,
bien parecido, buen deportista, excelente jinete, más
honrado
que una lata de sardinas y muy trabajador. Un hombre
de una pieza, ya se imagina. Jim trabajaba en la Lockheed
Aviation y, por las noches, como embalsamador de cadáveres.
Quería ahorrar dinero, un capital, para el día
de mañana.
Ese era Jim. Ese fue mi primer marido.
A mí me gustaban sus camisas blancas y su bigote.
Yo no
tenía más que quince años.
Así que Grace se dirigió a Jim, que vivía
al lado, y le propuso
abiertamente la cuestión. Le propuso que se casara
conmigo. Él me dijo que aceptó en seguida,
porque era lo que
siempre había querido. La verdad es que, o se casaba
conmigo,
o a mí me mandaban de vuelta al orfanato. Eso es
lo que
debió de impulsarle a tomar la decisión. Y
yo se lo agradezco
mucho, por supuesto que sí. El orfanato no es el
mejor alojamiento
para una jovencita, ¿no piensa usted lo mismo?
De manera que nos casamos, en cuanto cumplí los dieciséis
años. El día de la boda, Jim se afeitó
el bigote.
Era la primera vez que tenía mi propia casa. Una
casa,
un hogar, un sitio al que volver, usted no sabe lo importante
que es eso. Aprendí a cocinar. Lo que mejor me salía
era
la carne de venado y el conejo. En cambio, no lograba entender
las ensaladas. Yo hago ensaladas combinando los colores,
mientras que Jim parecía prestar más atención
al
sabor. Era divertido. Jim estaba orgulloso de mí.
Dormíamos en una cama grande, con una ventana al
lado. Por las mañanas entraba el sol en la habitación.
Yo creo que el hombre y la mujer siempre deben compartir
el mismo dormitorio. Si están en habitaciones distintas,
cuando a uno se le ocurre algo que decir, no queda más
remedio
que andar a oscuras por el pasillo, y eso cansa. Por esta
causa, se puede olvidar lo que uno quería decir.
Lo mejor es
dormir en la misma cama. Yo pienso que las personas necesitan
calor humano, cercanía, incluso cuando están
dormidas.
Pues, en ese sentido, fue más bien aburrido. Jim
tenía
unas necesidades muy limitadas, si sabe usted lo que quiero
decir. Para mí el sexo siempre ha sido algo natural,
agradable,
hermoso.Y además, gratuito. Lo más agradable
sobre
la tierra y gratis, de manera que yo soy partidaria de practicarlo
con frecuencia.Todos estamos tan solos, todos nos necesitamos
tanto unos a otros, que me parece que debemos
follar de modo casi constante, en primer lugar, por la satisfacción
que produce, y aunque no proporcione placer, como
casi siempre me sucede a mí, debemos acostarnos por
una
razón mucho más importante: para hacernos
compañía.
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