Inicio
Inicio
Atrás
Siguiente

No he venido aquí a hacer amigos

JAIME MIRANDA

224 págs.

ISBN 84-96080-43-9

16,95 €.

No he venido aquí a hacer amigos (00096)

 

En el principio...


¿Qué sucede, pitonisa, si una cicatriz te
parte en dos la línea de la vida?
ANÓNIMO

IBA CONDUCIENDO CUANDO tuve un primer instante para
tomar conciencia y repasar cómo había llegado hasta ese magnífico
asiento tapizado en cuero blanco.
No era mi coche.Yo no podría haber pagado una máquina así.
Era un BMW de tamaño extragrande, nada de versiones
baratas para wanabes1. El motor no se dejaba oír, pero sí sentir:
si mi pie vibraba sobre el acelerador, respondía de inmediato
pegándome al respaldo.
Nos dirigíamos hacia Galicia a una media de ciento ochenta
kilómetros por hora, los números del velocímetro digital
cambiaban tan deprisa que no podían leerse.La manada de caballos
que corría dentro del capó daba para mucho más, pero yo
no estaba acostumbrado a la hipervelocidad. El dueño del coche,
mi jefe, Antón Goliardo, sí.
Había estado con él en ese mismo habitáculo otras veces,
visitando clientes. En todas esas ocasiones, había escuchado
ese mismo cedé de los Stones que se había puesto a rugir al
darle al contacto. Incluso una lata de refresco de mi propiedad
estuvo una vez en la bandejita para vasos del salpicadero,
haciendo que se ganase ese nombre.
Cualquiera que hubiese pensado que Antón Goliardo no
me habría dejado conducir aquel misil ni muerto, se habría
equivocado: muerto, sí.
Su cadáver, grandote y desbordado, iba sentado en el
asiento del copiloto. Le había colocado el cinturón procurando
que estuviese en una postura lo más digna posible, pero
en algún bache se movió y su cabeza acabó con la barbilla
apoyada sobre el pecho.
En vida, tenía el gesto crispado, amenazante, la cara enrojecida,
incluyendo la extensa calva. Cuando se erguía, la
papada tomaba la forma de una segunda boca. Sin embargo
allí, en el asiento del coche, parecía un abuelillo amodorrado
tomando ese sol que atravesaba tenuemente los cristales tintados.
Llevaba varias horas muerto y temí que se descompusiera.
Con la idea de ralentizar su putrefacción, había puesto el
climatizador a la temperatura mínima. Me estaba pelando
de frío. Mi piel se veía ya más azul que la suya.
Tampoco yo estaba en mi mejor momento: llevaba el
mismo traje, la misma camisa y la misma ropa interior que
hacía veinticuatro horas. Había pasado la noche conduciendo,
las bolsas de mis ojos parecían las de la compra y mi
barba oscurecía de forma desigual varias zonas de mi cara.
Un hambre lobuna me poseía. Lo único que había tomado
en las últimas nueve o diez horas era agua. Mi jefe siempre
llevaba agua en la guantera. Tenía la creencia de que ir
bebiendo te mantenía despierto. Quizás fuese así, pero por
hacer caso a su teoría tuve que dejar el coche en el borde del
camino tres veces, la última hacía sólo diez minutos, momento
a partir del cual decidí abandonar el experimento.
Había mucha prisa por llegar.
Mi mano apretaba un plano contra el volante. Era un
papel térmico de fax que describía cómo llegar a nuestro destino
y se iba desintegrando poco a poco. Intenté memorizarlo
pero estaba demasiado nervioso, así que, de vez en cuando,
lo repasaba sobre la marcha. Al segundo volantazo tuve
que admitir que se me daba muy mal conducir y leer al mismo
tiempo.
Me obsesionaba que pudiese pararme la Guardia Civil. Mi
corazón ya parecía un martillo neumático sin ayudas extra.
Con un poco más de presión se me podría reventar una válvula
coronaria y me pondría a vomitar sangre sobre el agen-
te. El rojo no queda bien sobre el verde del uniforme, así que mi
acción no sería interpretada como un gesto de paz.
El móvil de mi jefe nos obsequiaba de vez en cuando con
La marcha turca en versión polifónica. Desde el amanecer, la
frecuencia era especialmente machacona.

Ora et labora

 

Señorita: baje al archivo y súbame la carpeta
de proyectos irrealizables, que hoy tengo
el día chorra.
FORGES

MUCHO ANTES DE convertirme en un chófer amateur de coche
fúnebre, me había convertido en informático. Hacía ya siete
años que ejercía la profesión; los cuatro últimos, echados a perder
en la compañía de la que habíamos salido a toda mecha
hacía unas cinco horas. Siete años ejerciendo por casualidad.
Me licencié en Historia años atrás. Los sueños de encontrar
un curro de lo mío se desvanecieron rápidamente. Estar
tirado por casa no era una actividad que mis padres vieran
bien, así que, ni corto ni perezoso, me dirigí a una agencia de
trata de esclavos, también conocidas como etetés. Entré en
aquellas oficinas acristaladas con desparpajo y una carpeta.
Había preparado mi ridículum vítae a conciencia.
A pesar de tener todo mi historial en la mano, donde estaba
claramente omitida cualquier referencia a mi capacidad
con las máquinas de computar caseras, el tipo que se hacía
llamar «gestor» me preguntó:
—¿Cómo andas de informática?
Sorprendido, contesté la verdad:
—Hombre, tengo un ordenador, pero no soy Bill Gates.
—¿Lo has destripado alguna vez? —quiso saber.
Su peinado, imitación del de Mario Conde, empezaba a
rezumar sudor mezclado con gomina y tinte barato.
—Sí, le he puesto más memoria y un disco duro extra.
¿Qué tiene esto que ver con...?
Mi pregunta no terminó.
—¿Y usas el Office?
—Hombre, pues para los trabajos de la universidad y esas
cosas. Lo justito.
Aquel día aprendí algo muy importante: una exageración
no es una mentira, sino una verdad en potencia.
El tío de la eteté me envió a hacer de soporte telefónico a
una empresa que vendía y reparaba ordenadores. Supongo
que así me convertí en informático.
Estando allí, envié cartas a todos los anuncios que vi en los
que necesitasen licenciados en Historia, que, por lo general,
eran menos explícitos y pedían licenciados en «historia, sicología,
sociología, turismo, ciencias de la información, antropología
americana o carreras similares».Vamos, que lo que querían era
un estudiante de letras decentito para hacer trabajos varios
que implicaban saber leer y escribir. No me llamaron nunca.
Envié uno solo en el que requerían a alguien con experiencia
dando soporte y que supiese de centros de respuesta, y me
echaron el lazo.
La paga era un asco, pero me hicieron fijo. Tenía que ir
vestido con traje y pensé que ese curro daba el pego, parecía
de más importancia. Acepté el puesto sin regatear y aprendí
una segunda buena lección: véndete lo mejor posible al entrar,
tal vez no tengas una segunda oportunidad.
La experiencia que adquirí allí fue muy importante. No
llevaba ni dos horas contratado, cuando el director que me
había entrevistado, Luis Mascarpone, argentino, de treinta y
tantos, afincado en España desde mucho antes de que yo
supiese lo que era un corralito, me metió en su coche.
—Vamos a un cústomer2. Cuando lleguemos, tú sígueme
la corriente. Se trata de un banco nuevo que quiere poner
una IVR3. ¿Sabes lo que es una IVR?
Negué con la cabeza.
—Es uno de esos cacharros que te contestan cuando llamas
por teléfono..., y te ponen un menú..., y tú tienes que
pulsar un número...
Entre frase y frase hacía unas pausas cargantes.
—Sí, las notas de la universidad las da algo así —traté de
simplificar.
No mucho después, más que nada porque no me quedó
más remedio, aprendí que esos cacharros que te dicen lo de
«Si quiere el uno, pulse el tres» con la bonita voz de la hermana
de Dart Vader, son en realidad máquinas, sobre todo
PCs, en los que hay una especie de supermódem capaz de
atender varias líneas telefónicas. En estos ordenadores se
ejecuta un programa que es el que hace todas esas cosas
bonitas, como saludarnos, pedir que pulsemos teclas, e incluso
que digamos algo, si son más modernas.
Aprendí muchas otras cosas que no vienen al caso.
A punto estaba Mascarpone de creer que yo tenía una
noción de lo que me estaba contando, cuando llegamos. Nos
bajamos del coche y nos metimos en un edificio en obras. Mi
jefe me puso la mano en el hombro y me guiñó el ojo. Fue desconcertante,
nos conocíamos poco para que iniciase un acoso
sexual. Debía de estar pidiéndome que le siguiese la corriente.
Un hombre alto y de cráneo descapotado nos recibió sonriendo.
Algo en mi interior me decía que esa sonrisa no iba a
durar mucho.
Mi querido director estrechó la mano del hombre alto y,
con una voz firme, sin abandonar ese ritmo tan porteño que
se traía cuando quería camelar, dijo:
—Hola, José Manuel, este es Bruno, Bruno Medinaceli. Es
nuestro nuevo consultor CTI4.
Hubiese deseado que en el coche, además de explicarme lo
de las otras siglas, me hubiese dicho lo que eran las que acababa
de pronunciar.
Ambos me miraron. Sonreí, creo que el gesto pareció sincero.
Estreché la mano del hombre alto.
Aquel día me convertí en consultor. Esa misma noche,
aprendí lo que era CTI buscándolo en Internet. Diez días
después, el hombre alto se dio cuenta de que el conocimiento
que yo había adquirido no era suficiente y se le borró la sonrisa.
Así, llegando por casualidad a todos sitios, sin vocación,
aunque no creo que nadie pueda tener vocación para esto, fui
desarrollando una mala leche crónica, la mala leche que me
había llevado a manejar una preciosa berlina automática y
que no me dejaba disfrutar de esa conducción.
Llegué a ser definido por algunos como «Bruno Medinaceli,
consultor CTI».
Me pusieron el nombre de Bruno por mi abuelo. Se supone
que me parezco a mi abuelo. Pero él era policía, que es un
trabajo respetable y digno. Yo, en cambio, soy informático.
En realidad, decir que soy informático es una imprecisión,
un comodín: tan informático se llama al que diseña un videojuego
como al que actualiza una página web. Es un término
confuso, antipático, estereotipado: suéltalo en una fiesta y
alguien te pedirá que le arregles la impresora. O imaginarán
que tu vida social consiste en pasar la noche bajándote porno
de Internet. O pensarán que te pasas el día cómodamente
sentado y que tu trabajo no deja de ser una confusa bicoca
para empollones y gente rara y que, por lo tanto, te paguen
lo que te paguen, es demasiado.
Mejor diré que soy un consultor informático. Pero resulta
que eso es una falacia. Es una profesión que realmente no
existe. Mira consultor en un diccionario y te encontrarás con
lo que no somos.
Dice un viejo chiste que un consultor te quita el reloj para
decirte la hora, incluso si no se la has preguntado. Mi mentor,
mi primer día de trabajo, me dijo: «Un consultor ha de
quedarse en lo general sin bajar nunca hasta lo particular».
Desde entonces he tenido que oírle muchos más aforismos,
copiados en su mayor parte de grandes de la literatura como
¿Quién se ha llevado mi queso?
En el ranking de profesiones menos sexy, los consultores
informáticos tenemos un lugar intermedio entre los contables
y los sexadores de pollos. Es normal, no hay más que
mirar a mi alrededor. La media muestra sobrepeso, gafas de
pasta y alopecia galopante, trajes que van estando más ajustados
a cada hora que pasa, nada de metrosexuales. Los
temas de conversación varían: unos hablan de software,
otros de hardware, otros de móviles, algunos de coches, y
muchos otros del dinero que cobran los demás. Por supuesto,
también están las conversaciones babosas que harían enrojecer
a los obreros de la construcción.
No me gustaría entrar en el olor corporal, cada uno tiene
el suyo, pero no os acerquéis a un informático que se haya
quedado solo en casa en verano.
Las corbatas que vestimos nunca estuvieron de moda. Los
vendedores son una excepción, ellos sí que consiguen estar al
corriente de lo que pasa más allá de nuestras paredes.
Si bajase un extraterrestre y viese a un puñado de nosotros
junto a una foto de Brad Pitt, creería que somos dos especies
diferentes.
Si conocieses a alguien en un bar: ¿te daría corte decir que
eres bombero, o maestro, o corredor de bolsa, o corredor de
fondo, incluso? Probablemente no. Pero hay informáticos que
se ocultan tras la máscara de consultor porque suena diferente,
más chic.
Es lógico: imagina que eres una mujer y vas a tener una cita
a ciegas. Imagina que te dicen que tu cita es un informático.
¿Qué piensas?
Ahora piensa que te dicen que es un profesor de baile
especialista en ritmos tropicales...
No hay color, ¿eh? Pues algunos piensan que consultor
suena como algo intermedio. Por mi parte, prefiero decir que
toco el piano en un burdel. La mayoría se descoloca unos
segundos. Muchos no se atreven a seguir indagando.
Mientras conducía, por aquello de dar explicaciones llegado
el caso, por tener una excusa preparada, puse una fecha de inicio
a lo que me había llevado hasta los asientos del BMW. Puse
que había empezado hacía un año y medio. No puedo decir con
exactitud el día, pero paradójicamente sí la hora: las doce y
cuarto de la noche. Elegí el momento porque era anterior a los
correos de despedida. Elegí la fecha porque lo anterior no importaba,
los proyectos anteriores se desvanecían ya en la memoria
de la compañía, una memoria RAM, una memoria que se vacía
al apagar las luces. Empezaba el proyecto que iba a marcar el
punto de inflexión de mi existencia. En este negocio eres tan
bueno como tu último acierto, tan malo como tu último error.
Lo recuerdo con claridad meridiana: no paraba de mirar
el reloj. En ese momento pensé que si me concentraba lo suficiente
podría detener el tiempo, o algo así.
Me encontraba en una sala de reuniones encerrado con
otras tres personas. El más cercano físicamente, Berroqueño,
era compañero mío, es decir, que compartíamos rango. Era
más ancho que largo, de pelo escaso y muy corto, un tipo educado
hasta lo insoportable. Seguidamente, se hallaba Ricco
Buonaparte, por entonces responsable de la cuenta para la
que estábamos elaborando una oferta de servicios: muy ordenado,
muy bajito, muy incómodo de ver. Dicen que era familia
de los Buonaparte de toda la vida, y yo estaba convencido, porque
con esa talla y esa mala gaita encajaba en el perfil. Gracias
a Dios, sólo le veía de pascuas a ramos en la elaboración de propuestas,
porque era lo más plasta que me he echado a la cara.
Y por supuesto, con nosotros, motor de nuestras vidas
muy a nuestro pesar, estaba el único, impredecible e inconmensurable
Antón Goliardo, vendedor de servicios y software
por excelencia, gallego de origen y carácter, según él mismo
proclamaba, y personaje clásico en el vestir como ningún
otro, siempre que dispusieran de una talla XXL.
El cliente era una entidad bancaria de prestigio en todo el
país y parte del extranjero. Por razones de confidencialidad,
esa palabra tan gastada, me ahorraré el nombre.
Se ofertaba un sistema de gestión de relaciones con los
clientes basado en una programación a medida, integrado con
centralita telefónica, con correo electrónico, con faxes, chat
y hasta videoconferencia. En resumen, un mogollón de chatarra
y líneas de código destinadas a explotar todo lo posible a
los curritos y a sacar datos que aburran hasta la náusea a los
clientes de la entidad.
Me encontraba al borde del desmayo y Goliardo ni siquiera
había bostezado en las últimas seis horas. Agotado, apoyé
la cabeza en la mesa un par de veces, confiando en que breves
descansos impedirían que me durmiese de repente y me
abriese las dos cejas de un golpe contra el borde de un mueble
de oficina.
Se droga, pensé. ¡Eso es! ¡Seguro que se droga!
No encontraba otra explicación al hecho de que estuviese
tan alerta, su traje pareciese recién planchado, su escaso pelo
recién peinado y sus zapatos recién cepillados. Los demás, en
cambio, parecíamos papel de aluminio usado.
Su humor no estaba tan fino como su aspecto. Antón, con
su tamaño extragrande y las venas por fuera del cuello, parecía
un ogro que nos gritaba con reiteración desesperada:
—¡Un año y medio! ¡Un año y medio! ¿Os habéis vuelto
gilipollas?
Se volvió hacia Berroqueño, que se encendía una pipa con
el aplomo de un viejo lord inglés.
—Es lo que nos sale —dijo este encogiéndose de hombros
y con voz calmada.
Eso debió de encolerizar más a Goliardo.
—Pues... ¡no puede ser! ¡Y punto! —sentenció.
Se volvió hacia mí. No sé si esperaba que yo aportase algo
o sólo comprobaba que no me hubiese dado el piro. No dije
nada. No podía más. Ese mismo día antes de comer, se cumplía
el plazo para entregar la propuesta. Llevaba hecha dos
semanas, pero a Goliardo no le había dado por revisarla
hasta esa misma tarde, a eso de las cinco, y había decidido
que no le gustaba y que había que arreglarla.
Berroqueño y yo habíamos estado trabajando en ella tres
semanas a razón de doce horas diarias, y ahora el jefe pretendía
rehacerla de arriba abajo en una noche. Decía que
salía demasiado tiempo y demasiado caro, que así no se vendía
ni de coña, frase que demostraba no sólo su total desacuerdo
sino, además, que había entrado en una de sus fases de
cerrazón.
—Habrá que paralelizar las tareas —espetó. Lo dijo con
tono de mafioso siciliano, con los párpados entreabiertos y
subiendo una ceja. Nos miró a todos deslizando los ojos y sin
mover la cabeza. Eran todo gestos destinados a intimidar, pero
no le salía igual de bien que a los Corleone y la peña se le ponía
contestona.
—¿Y cómo se supone que vamos a hacer eso? —preguntó
Berroqueño.
—Pues... ¡haciéndolas a la vez! —dijo Goliardo.
Ante semejante proposición, me hice daño en el cuello
intentando reprimir la risa. Me tapé la boca y esperé a que
alguien más dijese algo. Paralelizar es una palabra imaginaria
que quiere decir ‘hacer dos o más cosas al mismo tiempo’.
Supongo que el usar neologismos idiotas provoca también
explicaciones circulares.
—¿Cómo? —volvió a intervenir Berroqueño.
Goliardo comenzaba a sufrir un verdadero atasco cerebral.
Hubiese jurado que se le veían los coágulos bloqueándole
las venas del cráneo.
—¡Pues poniendo más recursos!
—¿Qué recursos? —Berroqueño interrogaba sin cambiar
el rictus, pero con una cierta mala baba. Señalaba su equipo,
un gráfico de Gannt5 ocupaba buena parte de la pantalla.
Usábamos el Microsoft Project para hacer los cálculos de
tiempos, esfuerzos y caminos críticos. Bien usado era una
herramienta adecuada, mal usado, un arma que mataba de
forma lenta y dolorosa durante cualquier proyecto cuyo
esfuerzo no estuviese bien estimado.
—Pues más... ¡lo que digáis!
«Más lo que digamos» era la forma de decir «estoy cansado
de pensar, ahora toda la responsabilidad es vuestra».
—Y... ¿cómo reducimos el tiempo poniendo más de lo que
digamos? —preguntó Berroqueño.
Era una versión infantil de un diálogo socrático. Goliardo
tomó aire, estaba cogiendo carrerilla para empezar a vocear.
Quedó claro que los del comité de empresa no iban a derribar
la puerta de una patada para salvarnos. Tuve que interrumpir.
—Lo que quiere decir Berroqueño es que...
Me fijé en la cara de Goliardo. Parecía una bomba y yo
estaba intentando escupir en el detonador para estropearlo.
—... que dos embarazadas no tienen un hijo en cuatro
meses y medio.
Esta vieja indicación, que debería venir en la portada del
Manual de los jefes de proyecto, le alcanzó a Goliardo en
medio del bebe. Quitarle la razón, ¡y encima argumentarlo!
Me estaba jugando el escroto. Agaché la cabeza esperando
una humillación sin precedentes. Sin embargo, no llegó.
Goliardo hizo un ruido parecido a «Mmmmjjj». Cogió el
equipo de Berroqueño y, sin mediar palabra, hizo «algunos
cambios». Esas importantes modificaciones consistían en
repasar el tono de fondo de los gráficos en la presentación.
Estaba escapando a la conversación. No iba a darme la
razón, tampoco a quitármela. Le bastaba con darme esquinazo
mientras se rehacía para el ataque.
Así llegamos a una de sus partes favoritas: «Límites de la
propuesta. Supuestos básicos».
—¿Qué es esto? ¿Qué es esto? ¡Aquí no dice nada concreto!
—nos recriminó.
—¿Y qué quieres que pongamos? —le dije.
Fingí estar sorprendido, pero en realidad esperaba que se
quejase. Tenía razones para prever esa reacción, por una
parte, porque se quejaba siempre y, por otra, porque en el
último proyecto salimos tan escaldados que nada nos parecía
lo «suficientemente inclusivo6» a la hora de «delimitar responsabilidades», lo que nos había impulsado a poner una
frase tal que: «No serán responsabilidad de los integradores
y desarrolladores todos aquellos elementos imputables al
cliente o proveedores o a cualquier otra circunstancia ajena
al desarrollo del proyecto». O sea: «Lo que no sea culpa mía,
no es culpa mía; si no queda claro, es culpa tuya y tú lo
pagas».
—¡Quiero una lista de todos los problemas desconocidos que
no sepamos que nos podemos encontrar! —ordenó Goliardo.
Esta vez fue Berroqueño el que no pudo evitar que su boca
apuntase una u exagerada que destacó sus mofletes. Sus
orbiculares le hicieron poner cara de esquimal. Dejó que una
carcajada reventase en la habitación.
—¡Que no funcione! ¡No te jode! —dijo.
Yo me dejé contagiar por esa risa. Incluso Buonaparte,
que había permanecido en segundo plano, mudo y feo como
una gárgola, acabó por reírse. Solamente Goliardo se mantenía
en su sitio, ignorándonos. Cogió su vasito de plástico con
agua y dio un sorbo.
Estaba tan serio, tan aparentemente concentrado, que
hasta hizo que me sintiera culpable.
«Este tío es todo un profesional», pensé.
En realidad lo que le pasaba es que la mala leche no le
dejaba reírse. Estaba realmente preocupado por el calendario.
Fue Buonaparte el que, animado por fin a intervenir, dijo:
—Habrá que llegar a una solución intermedia con lo de la
duración. ¿Lo intentamos rebajar a un año?
—Vale —dijo Berroqueño.
—Bien, yo pulo ahora mismo lo de los límites —añadí.
Fui a ponerme al teclado, pero mis dedos no llegaron a
rozarlo.
—¿Vale? ¿Cómo que vale?
Goliardo disfrutaba de la lucha casi más que de la victoria,
en otra vida pudo haber sido un comandante macedonio, y
empezaba a acostumbrarse a que no se discutiese su voluntad.
Aun a pesar de haberse dado cuenta de que lo que pedía era
sencillamente imposible, se disponía a montarle un pollo a
Berroqueño por haber claudicado tan fácilmente ante Buonaparte,
después de haber batallado cuando él había ordenado el
recorte. Tampoco era tan extraño que mi compañero hubiese
dado la razón a don Ricco, ya que tras tantas horas, tantos gritos
y tantas discusiones que no llegaban a ningún sitio, hubiese
yo confesado haber cometido el magnicidio de Dallas.
—¡Que vale! —insistió Berroqueño fumando su pipa y
gesticulando con la mano libre—. Recortaré un poco de aquí
y un poco de allá. Ahora veo que es posible.
Aquello sonaba igual que si hubiese asegurado ser brujo,
hereje y comeniños.
Hubo un silencio. Si fue incómodo o no, depende de cada
uno. A mí personalmente me pareció más largo que la tertulia
de Garci.
—Muy bien, ahora pasemos a otra cosa... —dijo Goliardo.
—Son las doce y media. Deberíamos dejarlo para mañana
a primera hora —dijo Buonaparte.
—¡Si hubiese querido terminar mañana, habría convocado
la reunión mañana! —gritó Goliardo.
Hubo un nuevo momento de estupor, pero también de
risas, que casi acaban por agotar mis fuerzas. Pregunté:
—Bueno, ¿y de qué hay que hablar?
A esas alturas, mi cara ya parecía una calabaza con dos
puñaladas.
—De los proveedores —aclaró.
Contra todo pronóstico, Goliardo logró despejarme. Esa
frase le bastó para hacerlo. Me quedé esperando de la misma
forma que hacía cuando los profesores en el instituto se ponían
a leer las notas en voz alta. Barruntaba un mazazo.
—Vamos con Deumvoice.
Me eché las manos a la cabeza. Incliné la cara hacia el techo
y me derrumbé en la silla, como si me hubiese derramado.
—¡No me jodas! —grité.
Goliardo encendió un puro que junto con el humo de la
pipa de Berroqueño y las buenas noticias, casi me hace llorar.
—No podemos hacer otra cosa. Si no, no nos dan los precios
y... —su tono había pasado del iracundo a algo más parecido
a una excusa.
—¡La vamos a cagar! —advertí.
—Posiblemente —contestó asintiendo.
De Deumvoice, lo único bueno que se podía decir es que...
No nos engañemos, de Deumvoice no se podía decir nada
bueno.Vale que eran hasta un cincuenta por ciento más baratos
que la competencia directa, pero eso, como decía mi bisabuela,
era sólo un ejemplo de que lo barato sale caro.
Los de Deumvoice no sólo me producían rechazo por tener
uno de los nombres más fatuos que se pueden encontrar escarbando
en el registro: no disponían más que de una referencia
de venta, lo que me llevaba a creer que se trataba de un producto
hecho para un comprador en concreto y que ahora querían
venderlo. Hasta ahí, nada excepcional. Más mosqueante
resultaba que no tuviesen ni un maldito documento técnico
publicado.
Aunque sí que tenían algo bueno, sí: el vendedor.
Se llamaba Mario Bermellón. Tenía una edad indefinida
entre los cuarenta y los cincuenta, el pelo corto, rubio, los
ojos claros, bajo de estatura pero bien proporcionado, podría
decirse que era guapo pero sin avasallar. La primera vez que
le vimos, vino hacia nosotros con la mano ya abierta y el
brazo extendido. Saludó a Goliardo como si fuese un viejo
amigo y a mí como si fuese una promesa del béisbol. Portaba
una sonrisa de esas perpetuas, pero suave, entrenada para
no parecer estúpida. Si uno se entretenía en observarle,
podía percibir cómo la perdía siempre un segundo antes de
responder a una pregunta comprometida. Como si se tratase
de un adivino televisivo, llevaba bien aprendida la lección:
—¡Antón Goliardo! Ya me habían avisado de que eras el
hombre más elegante del sector... —dijo al descubrir los gemelos
de mi jefe cuando se dieron la mano.
Clavó los ojos en los de Goliardo. Se trataba de un gesto
de sinceridad fácil de fingir. Yo confiaba en que Goliardo
fuese suficientemente listo como para no caer en un truco
que debe de venir en la segunda página de los manuales de
venta, pero me equivoqué. En pocos minutos estaba comiendo
de la mano de Mario Bermellón.
Nos sentamos alrededor de la mesa beis de la sala de reuniones.
Lo primero que hizo fue darnos dos tarjetas de visita.
De las caras, impresas en un papel impermeabilizado, brillante
y con el logo de la empresa repujado. Su nombre, escrito con
una fuente de catorce puntos en cursiva, era legible a casi dos
metros.
De un maletín de cuero que estaba tan nuevo que aún
apestaba, extrajo un portátil Toshiba con pantalla panorámica.
Se veía carísimo. El logotipo de Microsoft Windows XP se
asomó a la pantalla al segundo de darle a la tecla.
Cargó una presentación haciendo doble clic en un icono
preparado en pantalla. No llevaba ni dos diapositivas explicadas
cuando dijo:
—Espero no aburriros. Con el bagaje que tenéis todo esto
debe de resultaros recurrente...
—No, no..., es mejor tener una visión general —dije.
En realidad era un pestiño, pero me daba palo decirlo así,
abiertamente.
Lo que pretendía Mario Bermellón era saltarse todo lo
posible para que no viésemos el producto, y eso que se trataba
de una presentación, que si llega a ser el software funcionando,
nos dispara para que no divulguemos el secreto.
Vimos gráficos de andar por casa, las explicaciones estaban
más pirateadas de las instrucciones de otros productos
que un disco del top manta, no había ni un comentario técnico
sobre compatibilidades, versiones, ni requisitos para instalar.
Pero como todo lo malo es susceptible de ir a peor, resultó
que el logo de la empresa, que figuraba en todas las páginas,
consistía en la palabra Deumvoice dentro de un triángulo y con
unas líneas imitando rayos de luz que venían desde las letras.
Igualito que una secta.
Cuando las diapositivas dejaron de pasar comenzó el interrogatorio.
—¿Dices que necesitáis un servidor Windows como enlace?
—pregunté.
Era un ataque directo, algo equivalente a: «¿Tu flamante
coche tiene que remolcarlo una vespa?».
Mi intención era quitármelo de encima como ya lo había
hecho en otras ocasiones con otros proveedores. Bermellón se
giró hacia Goliardo en vez de contestarme directamente a mí:
—Antón, tú que eres un profesional con casta en este
terreno, si me permites decirlo así, sabes que este tipo de
características técnicas no son lo más determinante a la hora
de venderlo.
Cuando vi a Goliardo darle la razón, me sentí muy confuso:
¿debía hacerles saber lo repugnante de la situación, semejante
a las escenas de amor de Tienes un e-mail, o hacerle la
ola a aquel peaso vendedor?
Preferí continuar con la siguiente cuestión.
—¿Y dices que sólo tenéis una referencia?
Mientras le escupía la pregunta, el tío no desvió la mirada
ni un milímetro, pero cuando me quise dar cuenta, estaba de
nuevo contestando a Goliardo.
—Hombre, Antón, tú que tienes una experiencia tan grande,
sabrás cómo manejar...
A Goliardo continuó cayéndosele la baba. Al ver el rango de
precios de referencia en el que se movían, creo que engordó.
Fue la última vez que yo le vi. Goliardo, en cambio, se reuniría
a solas con él para hacer unos negocios que nos iban a costar
caros. Intenté advertirle del peligro cuando Bermellón desapareció
por la puerta acristalada que daba paso al edificio.
Insistí, no nos convenía trabajar con ellos.
Dos días después de conocer a Bermellón, me vi en el
asiento de atrás del coche de Goliardo. Iba con él y con Buonaparte
a visitar al cliente al mismo lugar donde iba a pasar
encerrado uno de los peores años de mi vida adulta.
No llevábamos cinco minutos en el carro, y recordé por
qué prefería moverme en mi propio coche.
—Cojo este camino porque a estas horas es más directo
—explicó Antón.
Nadie le había preguntado. Los dos que estábamos encerrados
en ese posible féretro con ruedas éramos veteranos
tratando con él.
En realidad, no sabía ir directamente, así que había cubierto
los últimos cuarenta kilómetros para llegar a un lugar de
la M40 desde el que conocía el camino.
—¿Os pongo música? —dijo.
Era su coche. No íbamos a negarnos.
—¿Queen? ¿Os gusta Queen?
—Claro —dije sin tono.
Era uno de los discos que ponía siempre que viajaba con
él. Lo consideraba cool.
A saber lo que tenía por ahí guardado.
—¿Vas a ir de vacaciones arriba? —le dijo Buonaparte. Se
refería a Galicia. Estábamos en fechas.
—Claro, tengo apalabrada una comida en casa del alcalde
—ignoro si es casualidad o una tendencia real, pero todos los
individuos que conozco que conocen a gente que mola me
caen gordos. Puede, también, que sea envidia.
No, no es envidia.
Es que me repatea la gente cuya vida se basa en contar lo
que molan por sus conocidos.
Por mi parte, conozco a un actor porno. Preferiría follar la
mitad que él a saber su nombre. Goliardo continuó con el pavoneo:
—La última vez que nos vimos, puso un vino..., ¡a cincuenta
mil pesetas la botella!
Con Goliardo se puede hablar de todo, siempre que sea de
vinos. No del sabor, o del color, o del aroma, sino del precio.
Goliardo ejemplificaba de esta forma el mandamiento número
dos o tres del ejecupijo: «Tanto te gastas, tanto disfrutas».
El primer mandamiento es: «Tanto tienes, tanto vales».
Desconecté. El resto de la conversación transcurrió sin
mí. De vino solamente sé que sale de la uva y que lo hay en
varios colores.
Leovigildo Contreras y Matatoros de San Juan, director
de tecnología de la entidad, parecía tener una prisa extraordinaria
por poner a funcionar un Call Center, con su sistema
de voz, su centralita, sus bases de datos, su correo electrónico,
su chat, vamos, un completo. Debía de estar muy bien
informado sobre el tema, cosa que no es tan habitual como
podría pensarse, y se le notaba nervioso mientras veíamos la
parte promocional.
En ella salía un tipo que se despertaba por la mañana en
una cama de diseño, se metía en la ducha y la ducha le decía:
«Buenos días, ¿cómo desea hoy la ducha?». Él contestaba:
«Caliente y muy jabonosa, por favor». Después se le veía
frente a una pantalla gigante extraplana y decía: «Léeme el
correo». Y se veía pasar un texto mientras una voz algo
mecánica se lo leía. «Muéstrame el mapa meteorológico»,
ordenaba después. En la pantalla aparecía el mapa. «Hace
muy mal día. Hoy me quedo trabajando en casa. Veamos.
Quiero escribir un mail. Toma nota». Seguidamente, se ponía
a dictar y en la pantalla se iba escribiendo lo que él decía.
A mí me recordaba a una película. No sé si a Blade Runner
o a Mi tío, de Jacques Tati.
El cliente hacía gestos bastante claros: quitarse pelusas
falsas de la ropa, resoplar, dibujar en un cuaderno...
Por fin, mi jefe se dio por enterado y prefirió cortar la presentación
promocional.
—Creo que será mejor que vayamos al grano —dijo mientras
daba al botón de escape que permitía recuperar el control
sobre la animación.
—Sí —contestó el cliente, que pareció recuperar las esperanzas
en nosotros.
Entonces mi jefe presentó el refrito que llevaba en un
cedé. Había cosas hechas por nosotros, y cosas que había
tomado prestadas directamente de Deumvoice. Cuando
captó que se estaba pasando con la tecnología, comenzó la
suelta de tópicos: «Es diez veces más caro encontrar un cliente
nuevo que mantener uno antiguo». «Por cada queja que
tenemos, hay entre diez y veinte clientes que no dicen nada».
«La tecnología es sólo una commodity7». «La actitud es para
mí más importante que la aptitud».
Al oír esta última, el cliente nos lanzó una bola ardiendo:
—Eso es lo que me suelen decir para traerme un montón
de lechuguinos recién licenciados sin ni puta idea.
No había emoción en su voz. No era la primera vez que se
lo indicaba a un proveedor. Me podía imaginar a los de la
competencia, esos que llamaban vending a las máquinas de
Coca-Cola, con sus gemelos y su gomina, sufriendo el corte
bajo su mirada perturbadora.
Antón Goliardo enrojeció. Pero un segundo después ya
había reaccionado.
—Te garantizo que el equipo estará formado por gente
experimentada.
No teníamos gente experimentada. Ni siquiera yo, que llevaba
ya un lustro y pico en el mismo puesto, tenía la experiencia
necesaria.
—¿Qué referencias tenéis? —preguntó el cliente.
Eso sí era una cagada. No teníamos apenas referencias
que cubriesen todo lo que quería el cliente.
—¡Uff! Deja que te las compruebe mejor, porque tenemos
todas las que ya hemos comentado antes y además las del
resto del equipo.Te prometo que quedarás impresionado —dijo
Goliardo.
—Muy bien. Veréis, voy con prisa. Vuestra presentación me
ha impresionado —es habitual que si alguien emplea una palabra
con cierta sonoridad, empiece a usarla cada persona que
interviene hasta hacerse cargante—. He visto la arquitectura,
pero no veo las operadoras virtuales. ¿Es que no las tenéis?
—preguntó.
Imagínate que un día salieses por ahí, te entrasen ganas de
comer algo y fueses a sacarlo de una máquina expendedora.
Imagínate que echases las monedas y la máquina te dijese:
«Dígame el producto que desea». Tú cogerías y contestarías:
«Una chocolatina». Y la máquina te diría: «Tenemos tres tipos
de chocolatina. ¿Cuál de ellos desea?». Tú le dirías el tipo de
chocolatina y por fin la máquina te la daría.
La tecnología está disponible.
La voz que has estado escuchando siempre dice las mismas
cosas, frase más, frase menos. Son mensajes pregrabados.
Pero imagínate que en realidad hubiese un tío encerrado
dentro de la máquina. Que fuera el tío el que interpretase lo
que dijeras y eligiese la chocolatina.
Sería muy cutre. Pero sería rápido y seguro.
Así es como funcionan muchos sistemas de reconocimiento
automático. En especial los que interpretan idiomas locales,
como el euskera. Hay personas escuchando las respuestas a
lo que se dice y escribiéndolas, o peor, traduciéndolas.
Es lo que se conoce como gestoras transparentes, o fantasma,
o virtuales.
Tecnológicamente hablando, son baratas. Resultan más
rápidas que si cogieran simplemente el teléfono porque hacen
preguntas concretas, porque no dan lugar a quejarse, porque,
en definitiva, no hay diálogo con el cliente.
Sólo respuestas que interpretar.
Pero entienden mejor que cualquier máquina.
Por esa razón, por su fiabilidad, el cliente quería a toda
costa que dispusiésemos de esa posibilidad. El producto
que vendíamos, instalábamos y programábamos no lo permitía.
Al menos no que yo supiese, que era el que más sabía
de los tres (lo que significa que sabíamos muy poco). Por
eso, cuando mi jefe me hundió los dedos del pie con un
plantillazo rápido y eficaz antes de que yo contestase y lo
hizo él aprovechando mi distracción, supe que estábamos
perdidos.
—¡Por supuesto que sí!
De vuelta en el coche, Goliardo y yo discutimos.
—Mira, Goliardo, eso no se puede hacer y punto. ¿Es tan
grave decirle que te has equivocado? Podemos..., podemos
buscar otro producto —dije.
—¡En informática todo se puede hacer! —me gritó.
—Sí, pero no en ese tiempo, y no con ese producto.
—¡Mira, yo hago mi trabajo, si tú no sabes hacer el tuyo no
es culpa mía! —sentenció. Ahí llegamos al punto sin retorno.
Aceleró su BMW, yo solté maldiciones en voz baja. Buonaparte
se limitó a ejercer de don Tancredo.
Incluso con toda la perspectiva que me ha dado el tiempo
transcurrido desde entonces, no consigo entender este negocio.
Nuestra oferta de servicios tenía un calendario caníbal,
increíble, imposible de cumplir para el cliente y para nosotros.
Íbamos a instalar un producto desconocido en su género.
Parecía elaborado por un charlatán de feria. Cualquiera en
su sano juicio hubiese ido a comprar en otra tienda. Pero a
pesar de lo mucho que recé para que no saliese este proyecto,
para que el cliente no nos tuviese en cuenta, mis oraciones
no fueron escuchadas.
La propuesta prosperó.
Comenzaba un tedioso, complejo y estricto proceso interno
para empezar a trabajar.
Lo primero era reunir un equipo adecuado. Las reglas disponían
que se enviasen unas solicitudes, detallando los perfiles
requeridos, al Departamento de Gestión de Recursos, que
era una subdivisión de Recursos Humanos. Ellos consultaban
unas bases de datos de personal mediante una aplicación
desarrollada para ello, y organizaban un equipo tentativo. La
lista era remitida al gerente, en este caso, Goliardo, con fechas
de disponibilidad y otros detalles. Goliardo tenía la potestad
de vetar a los integrantes que quisiese. Aquí había un claro
hueco legal, dado que el proceso no estaba preparado para
alguien como él. En una ocasión llegó a vetar a seis jefes de
proyecto consecutivos.
Así es como conoció Mona Fernández a Antón Goliardo.
Corría el año 1998. Goliardo le había encajado un gol a una
importante Caja de Ahorros, vendiéndole un software de gestión
de cuentas. Estaba empecinado con que el jefe de proyecto
en esta ocasión fuese un tal Pompeyo Cebrián, que había
trabajado con él los últimos cinco años para otro cliente. Le
había ido muy bien con el tal Pompeyo, ya que era suficientemente
sumiso. Pero el tipo estaba ocupado y los de Recursos
fueron presentando alternativas. Uno detrás de otro, los jefes
de proyecto iban cayendo.
Agotados ante este récord de negativas de todos los tiempos,
los de Gestión de Recursos alertaron a su director, que
resultó ser amigo del superior de Goliardo. Este último le dio
un ultimátum: o se quedaba con el próximo jefe de proyecto,
o se retiraban del concurso. Eso hubiese hecho perder un
montón de pasta a todo el mundo, y probablemente hubiese
supuesto un retroceso en la carrera de Goliardo hacia el
ascenso. Tenía que pasar por el aro.
No contaron con la posibilidad de que renunciase el candidato.
Goliardo sí.
Mona Fernández fue citada por Goliardo en la sala 810 de
la sede central. Una sala pequeña al final de un pasillo largo
y estrecho. No era un lugar demasiado agradable, todo el
mundo evitaba reunirse allí. Como no se usaba, ante la falta
de espacio en despachos y otras salas, se dejó olvidado allí un
buen número de pesados armarios metálicos, que cubrían
por completo la pared donde estaba la única ventana. La luz
artificial se hacía, pues, indispensable, y, de los cuatro fluorescentes,
dos funcionaban, pero no iluminaban mucho, otro
estaba fundido y el cuarto parpadeaba de forma perceptible.
Algunas leyendas del edificio aseguraban que había provocado
al menos un ataque de epilepsia.
Para solicitar el arreglo, había que usar una aplicación
cuyo manejo nadie recordaba, ya que era anterior a Windows,
así que los pocos que se reunían allí, aguantaban el
tirón y lo dejaban para el siguiente.
La mesa sí era de las grandes, debía de medir dos metros
por uno, más o menos. Un modelo antiguo de color pardo que
robaba aún más luz y que no dejaba espacio para que se ocupara
uno de sus laterales. Dos personas en aquella sala eran
multitud; tres, intimidad.
En la puerta, una fotocopia amarillenta, con un gráfico de
PowerPoint, esa socorrida aplicación que Microsoft nos dio a
los consultores, decía: «¿Te sientes solo? ¡Convoca una reunión!
En ella podrás dibujar, hablar como si supieses de qué
va el tema, impresionar a tus contertulios, tomar café... ¡Y
todo haciendo como si trabajaras!».
A las siete menos diez, cincuenta minutos después de terminar
el horario oficial, tal y como era su costumbre, Goliardo
había citado a Mona Fernández. Todo lo que sabía de ella
era lo que ponía en la aplicación de personal que podía consultarse
en la intranet. En su enlace, aparecía la fotografía
que nos sacaban al hacernos la ficha. Como a casi todos, no
le hacía justicia.
Antón Goliardo era un fumador compulsivo, aunque lo
suficientemente educado como para preguntar si te importaba
si estabas presente. Pero había estado sin compañía en la
sala durante más de media hora y el humo de sus cigarros
había cuajado como gelatina en aquel reducido espacio.
Mona llegó hasta la puerta corriendo. Había tenido que
atravesar Madrid para volver a la sede y a esa hora del día
el taxi había tardado un par de telediarios. Recuperó el
resuello y se atildó un poco antes de entrar. Se había arreglado
mucho. Casi siempre iba de punta en blanco, pero además
estaba advertida sobre lo observador que podía llegar a ser este
gerente. Se había metido en un vestido rosa, corto, muy ade-
cuado para la temporada recién estrenada, que permitía adivinar
su trasero amplio pero aún bien colocado y su muslamen
de levantadora de peso de las de antes. Unos zapatos
abiertos de tacón alto, prácticamente recién estrenados, y un
bolsito a juego remataban un conjunto algo estridente, muy
personal en cualquier caso. Tenía los treinta y nueve recién
llegados, pero podía aparentar algunos menos. Llevaba a
dieta de forma intermitente desde los treinta, a pesar de lo
cual su pecho no había cedido ni una talla. Mucha gente la
consideraba atractiva, algunos añadían: «En plan morboso».
Empujó la puerta de la sala y se sintió asfixiada por aquellos
vapores de combustión. No había visto nunca a Goliardo.
Su tamaño la impresionó. Calculó que tendría el diámetro de
una tapa de alcantarilla, quizás más. Su barriga, su calva y
las canas que la circundaban, su bigote blanco, el traje azul,
de un corte que ya era clásico en los setenta, y los zapatos de
rejilla le hicieron pensar erróneamente que era mucho mayor
que ella.
Él ni siquiera se levantó para darle la mano. Hizo un ademán
para que ella se sentase. Como no había otra disposición
posible, quedaron uno junto a otro, a la cubana, que le
dicen. Goliardo giró un poco la silla para ponerse frente a
ella, se rascó una rodilla, tomó un vasito de café que estaba
a la mitad y lo apuró.
Ella se fijó en su boca. Era una boca de esas con el labio inferior
por delante del superior, quizás una adaptación lamarckiana
para que la comida cayese mejor en el buche y que, en cualquier
caso, otorgaba un aire de bulldog a su portador.
Él dejó el vaso y dijo:
—De entrada no me gustas. Sé que no te conozco, pero yo
no te quería en mi proyecto y me han impuesto que seas tú,
así que no me gustas. Voy a estar vigilándote y, si metes la
pata..., ¡si metes la pata, a la reserva! Mañana es el kick off,
te explicaremos de qué va la cosa. ¿Todos de acuerdo?
Mona casi se vuelve a mirar a su alrededor, para ver quiénes
eran «todos», pero pudo reprimirse a tiempo. No tuvo
ocasión para sacar las uñas, ni para pensárselo, él salía ya
por la puerta cuando ella logró musitar:
—Bien...
Se quedó en la sala un rato. Una lágrima rodó por su carnosa
mejilla de mujer con curvas, manchando de rimel por
donde pasaba. Tomó aire. Era su primer destino como jefe de
proyecto. Decidió no rendirse. Se fue de allí con un cerco
oscuro en los ojos, pero con la cabeza bien alta.
Ha pasado ya un tiempo desde aquello. A pesar de esta
entrada, Mona resultó ser la medicina que Goliardo necesitaba.
Aunque nunca lo reconocería delante de ella, terminó
tan contento con su desempeño que ahora su nombre era el
primero que le venía a la cabeza cuando necesitaba un jefe
de proyecto.
El nuestro era uno de esos casos.
Goliardo usaba heurísticos para razonar. Recordaba exclusivamente
a la gente con la que trabajaba más frecuentemente.
Pompeyo quedó en el olvido, muy a su pesar. Dicen que
deambula por el edificio, cual fantasma en busca de proyecto.
El papeleo que había que rellenar, validar, registrar y
generar para poder emprender un proyecto podía llegar a ser
extenuante.Varias generaciones de burócratas habían intentado
agilizar el proceso, creando aplicaciones, escribiendo
instrucciones, dibujando miles de diagramas de flujo, pero lo
que habían conseguido en realidad era promover un sistema
heterogéneo en el que tan pronto había que rellenar una hoja
de cálculo como repetir los datos en una página web y enviar
un correo con la propuesta, o hacer un «resumen comprensivo
de los requisitos».
Goliardo, que venía de una empresa de la que era socio
fundador y que compró en sus horas más bajas y por cuatro
perras nuestra gran compañía madre, reaccionó ya de entrada
ante todo ello. Rezongaba continuamente e intentaba saltarse
a la torera cualquier formato oficial.
Entre todos estos documentos de obligado cumplimiento,
se encontraban los de evaluación del riesgo. Había que
enviar la contabilidad prevista, los recursos necesarios, indicación
de si había experiencia por parte del personal y por
parte de la empresa, de si se había trabajado ya con los proveedores
y si el cliente era nuevo o antiguo. También era
obligatorio poner nombre y apellidos a los recursos, los cuales
serían evaluados como adecuados según su rango y el
nivel de riesgo resultante de todo lo anterior. Más de una
vez, Gestión de Recursos había tenido que rehacer la lista de
personas, con lo que había que comenzar de nuevo, puesto
que, variando los rangos, variaba también la contabilidad
interna.
Para optimizar —otro bonito vocablo para El dardo en la
palabra—, no se escatimaban esfuerzos. Antes de la diagnosis
final y el pronunciamiento de todas las partes, se reunían
el gerente y el encargado de sopesar todos los factores para
dar el veredicto, con el fin de tener más clara la información
y aportar cualquier dato relevante que no estuviese disponible
en los papeles, desde: «El cliente hubiese requerido que
se hiciese así», hasta: «Ha dicho el arquitecto que, si no lo
hace él, se va de la empresa». En este caso concreto, se vieron
las caras Antón Goliardo y Jacinto Corvato, un individuo
hasta entonces amable y equilibrado.
—¡Goliardo, te digo que no, que Mona no puede ser el jefe
de proyecto! ¡No tiene la puntuación suficiente en la tabla de
destrezas! —insistía Corvato.
Jacinto Corvato, señor de cincuenta y seis años que esperaba
como agua de mayo que le jubilasen, había sido desplazado
de ocupación en ocupación hasta que se le otorgó el título
de Director de Evaluaciones de Riesgo, un puesto que
podría aburrir a un brazo robot. En cuanto a la tabla de destrezas,
era una extensísima base de datos en la que presumiblemente
estaba toda la información que nos concernía,
incluida la extraescolar, donde decía todo lo que habíamos
hecho o dejado de hacer, aunque fuese dar masajes, escribir
poesía o tener el cinturón magenta de jujitsu. Pero, claro,
dejaban al criterio de cada uno cómo cumplimentarla y siempre
había huecos de importancia.
Llevaban ya más de dos horas juntos. Corvato ejercía el
papel de fiscal y Goliardo el de abogado defensor. Este último
presionaba por todas partes para que las cosas se hiciesen
a su modo.
—Hay que tener en cuenta su experiencia —señaló Goliardo.
—¿Qué experiencia?
—¡Su experiencia con el producto, claro! —exclamó Goliardo.
Lo dijo como si resultase tan obvio que fuese un insulto
preguntarlo.
—¡Pero si es un desarrollo a medida! En un desarrollo a
medida, se programa lo que el cliente pide en un lenguaje
estándar, Java, C++, VisualBasic o algo así. El resultado es
un producto nuevo, por lo tanto no ha lugar a la experiencia.
—No completamente. Hay un producto de integración.
—Pero no figura que tengamos experiencia con él.
—En ningún sitio dice que no se pueda dar por válida la
experiencia tenida fuera de la empresa.
—No, pero debería estar en la base de destrezas.
—No siempre está todo. La gente a veces no lo pone todo
porque no lo cree necesario.
Jacinto echó una visual a los papeles. Mona llevaba seis
años en la empresa y el producto tenía...
—¡Tres años! ¡Me la estás intentando colar!
—Se llamaban de otra forma —aclaró Goliardo.
Jacinto le miró a los ojos. Intentaba ver una flaqueza, un
gesto que delatase a su contrincante. No lo obtuvo. Anotó
mentalmente no jugar nunca al póquer con él.
Para no darle más tiempo a pensar, Antón soltó:
—Además, está la experiencia con el cliente.
Lo hizo calmado, de la misma manera que se hace un
repaso de la lista de la compra.
—¡Pero si nunca hemos trabajado con ellos! —Jacinto
Corvato estaba pasando al estado de «escandalizado».
—Hicimos una propuesta para ellos hace tres años —Goliardo
entornó los ojos y asintió con la cabeza al mencionarlo.
—¡Ni siquiera salió! —Jacinto estaba al borde del infarto
cerebral.
—¡Pero es la persona que más ha trabajado con ellos!
Jacinto Corvato, cansado en cuerpo y alma, claudicó en
ese punto.
—Bueno, por lo menos convendrás conmigo que el riesgo
es un... tres, medio-alto por lo menos.
—¡Espera! ¿Cómo que medio-alto? ¡Pero si es un desarrollo
a medida y tenemos el culo pelao de hacerlos! —dijo Goliardo
alzando la voz.
—¡Hace un momento decías que había un producto de
integración! —Corvato quedó perplejo.
Ignoraba que se estaba enfrentando a todo un experto en
la guerrilla burocrática. A Goliardo no le interesaba que el
riesgo saliese más allá de medio porque, si no, le obligarían
a encarecer el total y él quería venderlo a toda costa. Había
que luchar por el riesgo bajo-medio.
—Sí y no. No afecta al total.
Corvato tenía que ser realista. Ofrecer más resistencia en
ese momento sólo le procuraría unos años menos de vida.
—Bueno..., pues la metodología.
—¡La que ha pedido el cliente! —interrumpió Goliardo.
—¡Pero si es un pandemónium! —Jacinto estaba ya en un
estado deplorable.
—Les ha parecido más práctico —resultaba mejor de cara
a los gastos no seguir la metodología de nuestra empresa,
pues hubiese exigido más personal, más documentación y
más reuniones. La que había en la propuesta se saltaba al
menos tres fases obligatorias.
Jacinto Corvato ya boqueaba como una sardina encima de
una sartén. Le quedaba poco tiempo en la compañía, incluso
menos tiempo del que iba a durar aquel despropósito que
tenía delante. Además, nadie le había pedido cuentas, y eso
que, de las propuestas de Goliardo, al menos las tres últimas
habían dado problemas. Tenía que pasar de todo, pero en el
fondo se sentía mal dejando que aquello le superase.
—¡Está bien! ¡Aprobamos el proyecto y Mona Fernández
se queda de jefe!
De esta manera, se inició una época.
Nuestra empresa acababa de anunciar una fusión. Fue un
movimiento extraño. Cuando uno lee las noticias económicas
y ve la cara de su presidente o de su director general en las
páginas salmón de un diario de tirada nacional, dándole la
mano a otro pez gordo del sector, se pone a temblar.
A reunión de lobos, oveja muerta.
Los lobos esta vez habían sido de los grandes.
Primero vino la incertidumbre de un montón de esclavos
encorbatados que se pasaban el día con los dedos cruzados.
No tardaron en llegar los rumores. Rumores por mail, por
chat, por fax, por teléfono fijo, por teléfono móvil, en mentideros,
en pasillos, en cafeterías, por SMS; rumores, en resumen,
a los que no se podía escapar por más oídos sordos que
se pretendiese hacer, rumores que se clavaban en la espalda
del personal. La frase «Ya están escritas las cartas de despido
» me llegó de tres fuentes independientes, por tres vías de
comunicación diferentes.
Eran las doce de la mañana. Fui a fotocopiar la propuesta.
Tendríamos que contársela a decenas de personas, y no a todas
a la vez. Necesitábamos, pues, unas cuantas copias. No podía
imprimir las suficientes, los servidores de impresión controlaban
el tamaño de lo que se enviaba a la impresora y, para poder
imprimir, tendría que haber enviado mil doscientas hojas en
grupos de diez. La medida tenía buenas intenciones. Así la
gente no enviaba presentaciones como la nuestra, bloqueando
el trabajo de los demás en misteriosas memorias virtuales,
para acabar olvidándolas por haber tardado demasiado.
Encontrar una fotocopiadora que funcionase era difícil. La
política de restricción que nos obligaba a usar papel reciclado
había provocado un aumento dramático de los atascos.
Teníamos un servicio de reprografía, pero tardaba días en
darte las copias. El hecho de que usasen papel blanco y encanutillasen
los hacía demasiado golosos. Los que siempre terminábamos
con dos minutos de antelación, teníamos que
valérnoslas solos.
Cuando encontré una que no marcaba errores en el display
ni tóner bajo, miré celosamente a mi alrededor, me sentí
como si hubiese desenterrado la momia de un faraón en perfecto
estado. Puse las hojas en el cargador y apreté el botón
verde, grande y desgastado. Se tragó la primera hoja. Salió
una fotocopia grisácea y calentita. Acaricié la superficie con
los dedos. Entonces, sentí el impulso. Busqué papel en blanco.
Salí al pasillo. Nadie se acercaba. Con un rotulador negro,
de punta gruesa, en mayúsculas y con la mano izquierda
escribí en una hoja:
¡SALID DE AQUÍ MIENTRAS PODÁIS, HE PUESTO UN EXPLOSIVO!
Me desabroché la manga de la camisa y la estiré para
poder cubrirme la mano con la tela. Asiendo la hoja con el
mensaje, abrí la fotocopiadora e hice diez fotocopias. Cogí dos
de ellas. Volví a abrir, siempre con la mano cubierta por la
manga. Retiré el original y dejé una de las fotocopias. Pedí
cien más, y mientras se hacían, me fui. El original lo doblé y
me lo quedé. La otra copia la llevé a otra sala de fotocopiadoras
del edificio. Volví a tomar mis precauciones. Pedí otras
cien y, de nuevo, me largué.
Una hora después, aún encanutillando las hojas que de verdad
tenía que fotocopiar, me temblaban las manos. Pensé en la
estupidez que había hecho. Noté un sabor amargo. Debía de
estar masticando epinefrina y cortisol. Demasiado tarde para
volver atrás. Sonó el timbre avisándonos de una emergencia.
La última y única vez que lo había oído, era un simulacro.
Casi me entrego.
A los seis minutos estábamos todos esperando fuera. A los
ocho llegó una primera patrulla. A los diez, un policía salió
con el folio. Desde la barrera, sólo se veía que era una hoja y
poca gente podía saber lo que había escrito en ella. Pero yo lo
sabía. Yo y quien hubiese avisado a seguridad, claro. Creo
que se la quedaron. Era una única prueba de nada. Aquella
mísera hoja no demostraba nada, sólo que todos teníamos
miedo, y unos pocos, muy mala leche.
A los tres cuartos de hora volvimos a entrar. Me preguntaba
qué habría sido de mi hoja.
A las tres horas, ya me habían llegado varios correos electrónicos
hablando de la amenaza. En uno decía: «... la amenaza
de bomba la firmaba un radical antitecnología. Parece
ser que las cámaras de la entrada ya han localizado a un sospechoso
que consiguió sortear a los de seguridad».
En otro, además, ya había consecuencias anotadas: «... y la
empresa de seguridad va a ser despedida».
Otro estaba más cerca de la verdad: «... y el culpable es un
empleado de la compañía, al parecer de alto rango, que trabaja
como agente doble para la CIA. Lo de trabajar aquí es
sólo una tapadera, claro...».
Los mensajes se multiplicaron en días posteriores. Y ya se
sabe, toda situación desesperada es susceptible de empeorar.
A la semana siguiente se encontró otro mensaje:
¡PODRÍA HABEROS VOLADO EL CULO Y NO ME HABÉIS CREÍDO!
¡ESTA VEZ VA EN SERIO!
Y no fui yo.
Se había abierto la veda.
La policía iba a cansarse de volver.
Se pusieron códigos a todas las fotocopiadoras, para asegurarse
de quién era el último que las había usado. Era o
eso, o poner cámaras en todas las plantas. Optaron por la
solución más barata y la que menos polémica iba a levantar.

PrepublicacionesLista de CorreoPremios Búsqueda
NovedadesColección RescatadosColección Nueva BibliotecaColección Otras Lenguas