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| Ciérrate Europa,
ábrete América |
Las tesis de Le Pen se imponen en Europa sin
que éste tenga que ganar las elecciones. Solapadamente,
sin agitar las banderas del racismo o de la xenofobia, se
imponen leyes de inmigración racistas y xenófobas,
además de controles abusivos y paranoicos a los inmigrantes.
Queda la hipocresía de las grandes palabras: "igualdad
de los hombres, hermandad de los pueblos, derecho de asilo,
solidaridad con el Tercer Mundo agobiado por la miseria
y el hambre". Blablablá, babas sonoras, bocas
llenas de buenas intenciones, discursos dictados (de dientes
para afuera) por la mala conciencia, pero a la hora de los
hechos y de la verdad, solamente una muralla de desprecio
contra todos los que vivimos por fuera del mundo blanco
y "civilizado". Europa se convierte en una gran
fortaleza medieval, con sus mares como foso de agua y sus
corbetas como cocodrilos, con el puente levadizo de los
aeropuertos, y las ballestas, los cañones y el aceite
hirviendo de las visas imposibles de conseguir.
Perdónenme si saco a relucir un caso personal para
ilustrar lo que está sucediendo. Estuve casado once
años con una italiana, estudié cinco años
en Turín y trabajé otros cuatro en Verona
como profesor universitario. Tuve dos hijos que nacieron
en esas dos ciudades y que viven allá. Como yo nunca
he sentido ni vergüenza ni orgullo de ser colombiano
(las nacionalidades me parecen irrelevantes a la hora de
juzgar el mérito de las personas), nunca intenté
sacar otro pasaporte u otra nacionalidad. El año
pasado quise ir a ver a mis hijos y rogué en la Embajada
de Italia que me dieran una visa por un año, para
poder ir en cualquier momento que tuviera tiempo. No fue
posible: después de revisar con lupa mis menguadas
cuentas bancarias, me dieron una visa por tres meses. Que
yo haya traducido del italiano varios libros, que yo haya
divulgado a decenas y decenas de escritores italianos, que
algunos de mis libros, a su vez, estén traducidos
en Italia, que yo haya sido profesor en dos universidades
de ese país, todo eso les tuvo sin cuidado, les pareció
irrelevante. Tres meses era lo máximo que me podían
dar.
Este año quería volver. No a trabajar clandestinamente,
no a asaltar joyerías ni a llevar cocaína
o traer éxtasis, simplemente a ver a mis hijos italianos.
Pues en la Embajada de Italia contestan (cuando contestan)
que hasta finales del año 2002 no se nos concederá
ni una visa más a los repugnantes colombianos. No
dan citas, y cuando uno trata de explicar el caso por teléfono,
cuelgan. No les voy a rogar. Afortunadamente Colombia es
un país menos bárbaro que Italia (al menos
en políticas migratorias), y mis hijos, a pesar de
tener pasaporte italiano, pueden venir a Colombia a ver
a su apestada familia subdesarrollada cuando quieran, y
así se hará.
El mío es un caso aislado y poco representativo.
Pero si así tratan a alguien que podría fingirse
italiano si le diera la gana (¿qué es la nacionalidad?
¿Un color, una lengua, un acento, una historia, una
memoria? Todo lo podría tener, o fingir que lo tengo),
que podría hallar los contactos, encontrar las palancas
y dar los rodeos mafiosos que tanto nos gustan en Colombia
y en Italia, para ser recibido en el consulado por la puerta
de atrás; si es así con los que conocemos
y podríamos usar esa cultura de hipócritas
compromisos en la que "tutto si può sistemare",
¿qué no les pasará a los inmigrantes
del Sahara, que no pueden fingir el color, o a los asiáticos,
que carecen del acento, o a los latinoamericanos que no
han ido nunca y no pueden falsear una memoria?
En estos días se reúnen en Roma todos los
ministros de interior de la Unión Europea. Ellos
son los que definen las políticas de inmigración,
los derechos de asilo, las reglas de policía para
eso que, con delicioso eufemismo, en Europa llaman los "extracomunitarios".
Que no son los canadienses ni los norteamericanos ni los
japoneses (aunque en rigor lo serían), sino todos
los otros, todos nosotros, los pobres y los apestados del
mundo. La Europa de la "Libertad, Igualdad, Fraternidad"
da risa. A la hora de la verdad muestra los colmillos de
lo que siempre ha sido: racista, etnocéntrica, xenófoba
y despiadada. Le Pen solamente cometió el error de
decir en voz alta aquello que no puede reconocerse en público,
y que solamente debe quedar sembrado, arraigado en el fondo
del corazón, activo en las manos y silenciado en
la lengua. Aquello que no se debe decir, pero que en el
momento de los actos aparece claro, limpio, nítido,
en todas las decisiones. Europa erige sus murallas contra
el Tercer Mundo, inexpugnables. Y América Latina,
que fue durante siglos la válvula de escape de todos
los pobres de Italia, de España, de Portugal, mira
pasiva, sumisa, anonadada. Como siempre. Al mismo tiempo
que sus ciudadanos son humillados y ofendidos, nuestros
gobiernos le abren las puertas a los inversionistas de Europa,
para que ellos vengan a comprar los bancos, la electricidad,
los supermercados y hasta las aguas y las selvas.
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