Alfonso Armada presenta el libro de Miguel-Anxo Murado, Fin de siglo en Palestina

Extractamos unas palabras de Alfonso Armada a cerca del libro de Miguel-Anxo Murado: 

«En el capítulo introductorio, en cursiva, está todo Miguel-Anxo Murado: su estilo, su posición en el mundo, sus dotes de observador político y espacial, la mirada poética y moral, la distancia posible e imposible ante lo que le afecta y ante lo que puede hacer exactamente lo que hace, y convertirlo en prosa.[…] Les voy a proponer un juego en vista de que son tantos los libros y tan corta la vida, un juego con una sola regla: lean tan sólo esas páginas introductorias: son sólo cinco. El riesgo no es muy grande. Al menos eso parece. En realidad sí lo es. Ya no podrán dejarlo.Mi papel de presentador es el de invitarles a seguir mis pasos, porque a fin de cuentas el camino es el que trazan las propias palabras en un espacio blanco, manchas negras que han cobrado sentido gracias a la pericia y al arte de este autor. No ahorra Murado críticas a unos y a otros, pero no pierde la perspectiva, no trata de mantenerse en una equidistancia impecable. Es justo, pero no está ciego. Es ecuánime, pero no es un idiota. No es anti-judío ni anti-árabe, cuenta lo que ve con instrumentos de alta precisión. Y el reflejo es este libro que ilumina y entristece. […]  Después de leer este libro entiendo mejor lo que crece y se degrada allí, pero no ha amartillado mi deseo de ir a verlo con mis propios ojos. Me gusta su distancia interior, su escepticismo, su melancolía, su ironía, que no es jamás sarcástica, esa contención ante tanto dolor que el leve humor intenta mitigar, aunque el resultado es de una tristeza política y literaria que no se puede remediar. Lo irremediable. Con lo que hay que vivir. A lo que es preciso seguir prestando atención».

Alfonso Armada.
Círculo  de Bellas Artes de Madrid, miércoles, 12 de marzo de 2008.

Algunas preguntas a RONALDO MENÉNDEZ, autor de RÍO QUIBÚ

Sabemos, y así se afirma en la nota de cuarta del libro, que Río Quibú constituye la segunda entrega de una trilogía abierta con Las bestias, ¿en qué sentido está dada esta continuidad?
Cuando se habla de «trilogía», me preocupa que el lector llegue a pensar en esa especie de longaniza degenerativa que se da en trilogías del cine como Alien, Matrix o la saga de Hanibal Lecter; para seguir con analogías cinematográficas, la relación de las tres novelas en esta trilogía de la que Río Quibú forma parte, se parece a la de cineastas como Kieslowski: su unidad es temática, conceptual, formal, pero no estrictamente argumental. Es decir, no se «continúa» la historia iniciada con Las bestias, sino que se explora un universo común, con una retórica enfrascada en búsquedas muy semejantes, y con un personaje que se repite. Digamos que ambas novelas comparten el horror, la bestialidad y la forma en que todo esto se presenta. ¿Y existe alguna diferencia notable?Me da la impresión de que Río Quibú, aunque no exenta de humor, es algo menos «graciosa» que Las bestias. A falta de un mejor término, digamos que exploro con mesura registros retóricos «poéticos», y tiene un componente erótico, pero sobre todo sexual, que atraviesa toda la trama y marca una diferencia temática importante. 

Algo hay de novela negra, policial y de humor en Río Quibú, ¿por qué crees que el humor y el policial se llevan tan bien?
Es curiosa esta alianza por conveniencia. Desde que Poe fabricó a Aunguste Dupin hemos ido conociendo detectives graciosos: Holmes, Poirot, el Padre Brown, Colombus… Una trama pseudopolicial o negra como la de El proceso de Kafka también tiene algo de broma. Muchas veces, en Literatura, la des-gracia da-gracia (ni qué decir las vísceras y la sangre). Y mientras más graciosa sea una situación atroz, más retorcida y profundamente humana puede ser esa experiencia estética del lector con el texto. El humor es la sustancia viscosa que llena el recipiente, impidiendo que en ese recipiente entren el patetismo, el kitsch, la solemnidad, el poder, el dogmatismo. Y esa misma sustancia viscosa hace de catalizador para que surjan dentro del mismo recipiente la imaginación, la crítica, la felicidad, la curiosidad, la libertad. 

¿Cómo se escribió Río Quibú, cuál es su origen?
Cortázar una vez explicó que ciertos cuentos aparecen como una «masa informe», una latencia o intuición dolorosa donde el autor tiene muy poco que hacer, tan sólo servir de instrumento, valerse de cierta «veteranía» para no falsear «aquello que está deseando ocurrir», al darle forma escrita. Dice Cortázar: «Escribir un cuento así no da ningún trabajo, absolutamente ninguno; todo ha transcurrido antes y ese antes, que aconteció en un plano donde la sinfonía se agita en la profundidad, para decirlo con Rimbaud, es el que ha provocado la obsesión, el coágulo abominable que había que arrancarse a tirones de palabras». Las bestias, y ahora Río Quibú, me permitieron una experiencia de esa calaña. Fue como un cuento que se escribía solo. Demoré poco y corregí menos. 

Se habla mucho de tu ritmo, tú qué opinas… ¿cuál es tu ritmo? ¿cuándo sentiste que estabas ante un tono que podía ser el propio?
A veces el escritor tiene suerte y da con el «tono» sin siquiera buscarlo. Este tono provoca que el conjunto tenga un ritmo determinado, o sea, que las frases obliguen a cierta velocidad de lectura sin la cual se perdería lo que Poe denominó «unidad de impresión». Obviamente no todas las historias se mueven a alta velocidad, algunas necesitan exactamente lo contrario. Mientras no tengo el tono me cuesta creer y avanzar en la historia, pero cuando aparece es como si me hubiera tragado una droga euforizante. Ese impulso tobogánico que sienten algunos lectores, yo lo sufrí mientras estaba escribiendo. Eso es el ritmo: una danza bienllevada entre dos, y la palabra escrita es la música. 

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TEST DE TRAPO 

Sobre la novela
«Intento partir de una trama negra y psicológica: el asesinato y violación de la madre del protagonista, para hablar acerca del hambre, la animalización del individuo, la depauperación de una sociedad. He tenido la quimera, la aspiración, de que cada capítulo posea la esfericidad, tensión y relativa unidad del cuento». 

Mi obra anterior
«Ha evolucionado del realismo de época, crudo y directo, a la elaboración de una realidad autónoma y universal, donde en cierta medida se mantiene el sentido crítico con respecto a la realidad social. Comencé escribiendo sobre el mundo físico, cotidiano; ahora prefiero sobredimensionar lo físico hacia lo metafísico. O hacia dentro de mí, que quizá es lo mismo: emprender un perpetuo safari por mis monstruos y obsesiones».  

Mi vida
«Quizá la fuente esencial de mi felicidad está en que soy narrador y lector de mi propio relato, y precisamente por ello hay una trama oculta y esencial cuyo desenlace me es avaro, aunque me sorprende constantemente. Soy el gran asombrado de mi propio periplo. Siempre se está mejor en otra parte: hay que irse. Cada día creo más, siguiendo a Valéry, que lo más profundo es la piel». 

Lo que pienso de la Literatura
«Simplemente sé que la gran literatura, la escrita para la memoria, existe. Entonces me da mucha pena con la literatura porque estamos en una era iletrada. La literatura, en parte, está en manos de mercachifles de baja estofa, y no hay dios que pueda echarlos del templo de la Literatura. Luego están los autores que necesitan lectores y los lectores mayoritarios, es tan triste todo esto que prefiero escribir». 

Mis proyectos
«No tengo ‘proyectos’: trabajo. Cuando alguien dice que ‘trabaja en un proyecto’ enseguida pienso en un oxímoron como ‘reposo dinámico’ o algo por el estilo. Desde hace alrededor de cinco años trabajo en la novela La guerra florida, es muy posible que esta vez, antes de dar un paso más, publique dicho libro, aunque aun le quedan muchos meses de trabajo. Siento que estoy en esa encrucijada donde es necesario ‘parir’ mi obra más ambiciosa, que ya le corresponde el turno».

Río Quibú, la última novela de Ronaldo Menéndez

Ricardo Menéndez Salmón presenta en Madrid Gritar, su último libro de cuentos

 «Gritar confirma las mejores cualidades de su autor y su maestría en el manejo de las distancias cortas (cuento, novela breve) que en mi opinión es el formato que mejor se adapta a su escritura. Es tal vez su libro más sereno hasta la fecha, el más depurado, el más irónico también –con abundantes referencias a la pintura–, sin renunciar a las que son sus principales señas de identidad: el poderío expresivo, la persistencia de la memoria, el rastreo de las huellas de la Historia y el pasado en nuestro presente, todo lo cual da lugar a textos recorridos por una suerte de indignación ética» (Eloy Tizón en la presentación en Hotel Kafka).


 

«Gritar es un libro con un alto voltaje emocional, un libro repleto de lugares y paisajes para la emoción»

ENTREVISTA Y TEST DE TRAPO A RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN 

TEST DE TRAPO 

Sobre la novela
«La novela es uno de los grandes inventos de nuestra especie. Para mí es tan importante como la máquina de vapor. La novela es el depósito de lo que somos, de los logros que hemos alcanzado, de los fracasos que nos definen. El escritor es alguien que cultiva una esperanza desesperanzada. No parece descabellado ver en él a un Sísifo que acarrea, una y otra vez, la piedra del lenguaje a una ladera por la que acabará rodando. En ese sentido, la literatura es un intento por aproximarse hacia una meta que jamás se alcanza, la aspiración hacia una finalidad constantemente defraudada. Y creo que la novela, su propósito de erigirse en summa, en resumen, en glosa de lo que somos, lleva esa ambición a su más bello resultado. Lo que intento decir es que, si algún día, dentro de mil años, alguien preguntara cómo era la vida en la Tierra en el siglo veinte, acaso la mejor forma de que lo entendiera fuera dándole a leer una novela, por ejemplo, Submundo, de Don DeLillo». 

Mi obra anterior
«Lo que resaltaría del conjunto de mi obra es su coherencia. Toda ella indaga en unas pocas obsesiones, a las cuales creo haberme mantenido fiel. Los diez años que median entre Los desposeídos, mi primera publicación, y Gritar, la última, los contemplo como el alfa y el omega de un proceso de formación. Ha sido una década de mucho trabajo y de intenso aprendizaje. Sobrevive el qué, lo que quiero contar; ha cambiado el cómo, la manera de trasladar esas preocupaciones a la ficción. Mis temas son los mismos; mi forma de contarlos se ha vuelto mucho más despojada, menos enfática. Por usar una imagen anatómica, mi literatura ha perdido musculatura pero ha ganado hueso». 

Mi vida
«Quizá por vivir en la periferia (y Asturias no sólo es periferia física, sino también mental) mi relación cotidiana con lo que rodea a la literatura es escasa, lo cual, por cierto, me parece un lujo. No vivo entre escritores, aunque tengo amigos que escriben. Eso me permite disfrutar de la literatura descontaminada de paraliteratura: habladurías, vanidades mal entendidas, ese cúmulo de miserias que tanto incordian. Lo que sucede es que, desde la publicación de La ofensa, todo se ha vuelto increíblemente veloz. La visibilidad que ese libro ha traído me ha robado cierta intimidad y bastante tiempo. En todo caso, el saldo final es magnífico, es un precio que se paga con gusto. Ahora mismo disfruto escribiendo, disfruto de lo que la literatura me entrega y disfruto del lugar que ocupo en eso que se denomina literatura española contemporánea». 

Lo que pienso de la literatura
«No sabría vivir sin ella, sobre todo como lector. La literatura me regala consuelo, me protege de mis miedos y me hace tolerar una realidad a menudo insoportable. Mi deuda con la literatura va más allá, pues, de los placeres del entretenimiento y del reconocimiento. La literatura no sólo me sirve para interrogar a lo que me rodea y a mí mismo, sino que supone un asilo contra la tentación constante que tengo de dimitir de la realidad. Para mí escribir es, antes que nada, nombrar el mundo, llenarlo de significado, procurar un vector de sentido a algo que carece de él. La necesidad de grandes relatos que me contengan, que me definan, que me recojan, me parece la justificación última de la literatura, la deuda decisiva de la escritura con la oralidad. Un pueblo sin narradores es un pueblo sin horizonte. Un hombre sin narración es un hombre sin memoria y, por lo tanto, sin futuro». 

Mis proyectos
«En primavera de 2008 publicaré con Seix Barral una segunda novela, Derrumbe. Y hay un texto sobre el 11-M que sigue buscando su momento oportuno. Luego, ya se verá. No siento una urgencia especial por publicar y, en la actualidad, tampoco tengo un proyecto abierto que me comprometa lo suficiente». 

ALGUNAS PREGUNTAS AL AUTOR 

Existe la opinión común de que los narradores suelen empezar con el cuento y luego incursionar en la novela, como si se tratara de un «natural» proceso evolutivo, pero en tu caso vemos que primero aparecieron algunas novelas, y posteriormente tu primer libro de relatos, ¿cómo se ha ido dando en ti la convivencia de ambos géneros?
De forma absolutamente natural, porque yo no soy (al menos yo no me siento) un novelista al uso, canónico, un Dostoievski o un Marsé, para entendernos. El término novela, aplicado a algunos de mis libros, incluido La ofensa, que es el que más resonancia ha tenido, no deja de ser una etiqueta formal, en algunos casos interesada, pues es obvio que la palabra novela posee un prestigio del que la palabra relato carece. Yo me siento un narrador, no un novelista o un escritor de relatos. La narrativa es mi país, mi lengua, mi instrumento, el artefacto con el que me siento cómodo para contar lo que quiero y como quiero, para intentar dar cuenta del mundo que me ha tocado en suerte. Dicho eso, me resulta indiferente el nombre que se le quiera dar a lo que escribo. Yo no sé si La muerte de Iván Ílich es una novela, una nouvelle o un relato. Lo único que sé es que es narrativa. Y de la buena. 

Una escritora norteamericana una vez afirmó que «todo tema contiene su propia extensión», ¿crees que existen temas y asuntos «novelables» y otros más apropiados para el cuento?
No. En esto, como en otras cosas, me reclamo borgiano. Se puede narrar la historia de Alejandro o la de un piojo en el mismo número de páginas, cuatro o cuatrocientas, y con el resultado de un fracaso absoluto o de un absoluto deslumbramiento. Todo depende del talento del escritor. Pensemos, por ejemplo, en Richard Ford. ¿De qué trata Rock Springs? Pues de parejas en descomposición, vidas truncadas, anhelos de superación, segundas oportunidades, bifurcaciones. ¿De qué trata El periodista deportivo? Exactamente de lo mismo. Aquél es un magnífico libro de relatos; ésta, una magnífica novela. Imagino que cuando Ford comenzó a escribir estos dos libros no pensó: «Ahora voy a escribir relato; ahora voy a escribir novela». Sencillamente, se puso a escribir y los relatos de Rock Springs le llevaron en una dirección y la vida de Frank Bascombe en otra. 

Gritar reúne nueve cuentos, como el famoso libro de Salinger, quien además decía que un libro de cuentos no es una suma, sino un sistema: ¿qué tienen en común tus cuentos para conformar este libro?
Me temo que la comparación con Salinger se quede en el número. Ya quisiera yo haber escrito «El hombre que ríe» o «El periodo azul de Daumier-Smith». Más que de una comunidad que conforme un sistema, yo diría que en Gritar subyace una actitud compartida. Todos los cuentos, independientemente de que sean fantásticos, de amor, de terror o metaliterarios, son sorprendentes, incluso aquellos que parten de modelos canónicos, y en todos existe un propósito de derribar o, al menos, de cuestionar las expectativas y los prejuicios del lector. Que grite al final de la lectura. Lo que sea, una interjección, una palabra de gratitud, un taco incluso, pero que lo haga. Añadiría, además, que Gritar es un libro con un alto voltaje emocional, un libro repleto de lugares y paisajes para la emoción. Creo que ahí radica la comunión más intensa entre estos nueve relatos, en su anhelo por devolver a la literatura esa capacidad increíble que posee para emocionarnos. 

Hay autores que consiguen dotar a sus obras de un fuerte contenido filosófico sin que ello sea resta de valores exclusivamente literarios. ¿Cómo influye tu formación en filosofía en tu obra narrativa?
De dos modos: dotándome de una visión del mundo y nutriéndome de temas. La filosofía me ha regalado un parapeto contra la estupidez, un paraguas contra la tentación de ser un bruto, un tonto o ambas cosas a la vez. Cuando alguien me pregunta para qué sirve la filosofía, respondo siempre con una frase de Deleuze. La filosofía no sirve ni al Estado ni a la Iglesia. La filosofía no sirve a ningún poder establecido. La filosofía sólo sirve para entristecer, para detestar la estupidez, para hacer de la estupidez una cosa vergonzosa. Su poder reside ahí: en denunciar la bajeza del pensamiento bajo todas sus formas. Esa tristeza liberadora que la filosofía genera se traduce, en mi caso, en una serie de temas que me han fascinado siempre como escritor, y que me atrevo a concretar en tres preguntas, preguntas que, por supuesto, pueden rastrearse en Gritar: ¿por qué existe el mal en el mundo?, ¿cómo podemos dotar de sentido a una vida que carece de él? y ¿a qué se reduce la libertad una vez aceptado que sólo existe el azar?  

Iban Zaldua presenta en Madrid Porvenir, su último libro de cuentos

Hotel Kafka acogió el pasado viernes la presentación de Porvenir, traducción al castellano del libro de cuentos Etorkizuna del escritor vasco Iban Zaldua, galardonado con el Premio Euskadi de Literatura en Euskera 2006. 

La presentación estuvo a cargo del escritor Rafael Reig, quien situó a Iban Zaldua entre los grandes cuentistas y describió Porvenir como una indagación en el pasado que es también un grito o cuña de la realidad que rompiendo el curso natural de los acontecimientos le hace sabotaje. Reig alabó a Zaldua por ser uno de los pocos escritores que se ha atrevido a utilizar el humor —a veces negro— en sus escritos, y aseguró que Porvenir es un libro «para leer con urgencia», pues al ofrecer la oportunidad de hacerlo «con placer e intensidad», responde a la pregunta que se plantea todo lector sobre cuál es la finalidad de la lectura.  

El autor situó a Porvenir entre la recopilación y el libro de relatos, ya que no se corresponde precisamente con ninguna de las dos categorías: los cuentos surgieron de manera individual, pero al juntarlos se dio cuenta de las relaciones que había entre ellos, por lo que trabajó para aunarlos. El resultado es, en su opinión, un libro más compacto que los anteriores que ha escrito, pues en él ha renunciado a la variedad en aras de la coherencia y la profundidad. Zaldua quiso recalcar lo que no es Porvenir: no es un libro de ciencia-ficción, aunque sí un homenaje a este género, que reconoce como su escuela. Tampoco es un libro de literatura fantástica ni de literatura realista, aunque ambas posean características que le interesan y que utiliza: de la fantástica, su capacidad para abrir una brecha en la realidad, y de la realista, la posibilidad de mostrar la parte absurda de la cotidianeidad o la inexistencia de lo que se conoce como “normalidad”.  

Iban Zaldua presenta en Madrid su último libro de cuentos Porvenir

Rafael Reig, presentando el libro, Iban Zaldua y el editor Pote Huerta.

 

«Mi vida ahora, desde que me dedico a escribir, no es autobiográfica, no me parezco a mí»

Algunas preguntas a Pepe Monteserín, autor de La lavandera, ganador del XIII Premio lengua de Trapo de Novela  

No es la primera vez que incursionas en cierto tipo de «novela histórica» ¿qué tienen en común tu obra anterior Matómelo Dumas y La lavandera?
En una y otra novela, los biografiados son dos hombres extraordinarios que desafiaron muy pronto a la muerte (Evaristo Galois, 1811-1832; Manuel Acuña 1849-1873); ambas están narradas en primera persona, por una vieja: en Matómelo Dumas es la madre del biografiado, en La lavandera la que le lavaba la ropa, y coinciden en la época, primera mitad del siglo XIX; pero el punto en común más importante soy yo.    

¿Por qué precisamente una lavandera cuenta la historia de un célebre poeta mexicano? ¿Cómo lograste construir de manera tan convincente esta voz narrativa?
Se dijo que Manuel Acuña pudo haber tenido tratos con su lavandera, aunque nada se sabe de ella, y eso me animó a inventarla, a darle un pasado y una vida excepcional. Como es ella quien escribe, me dediqué una temporada a lavar, a escribir en aguas turbias, a buscar ideas entre la espuma, a tender mis páginas al sol y a plancharlas.   

La Lavandera es una novela donde hay un especial cuidado por el detalle de época y la ambientación, pero también se intuye cierta intención lúdica de no ser rígidamente veraz ¿dónde termina la «historia» y empieza la fabulación?
La lavandera es un personaje ficticio y, en consecuencia, la hija que tuvo con Acuña, poeta histórico, así como toda su relación, es verdad a medias; hablando de ella, trato de hacer creíble mi fantasía, contando a Acuña, miento la verdad lo mejor que puedo. Historia y fabulación son dos caras de mi vida.    

El protagonista de tu historia se suicida, se dice de manera generalizada que «por amor», ¿tienes otra hipótesis que de alguna manera se filtre en los temas de tu novela?
Su precariedad económica, la muerte del padre, amores desordenados, su frágil salud y sobre todo, el exceso de abono. Las plantas del desierto, acostumbradas a los terrenos incultos y secos, mueren en lugares fértiles. A Acuña, un cactus de Coahuila, nostálgico de su tierra, lo mataron sus ojos saltones, ante la exuberancia de la ciudad; vivió demasiado vivo.     

Es sabido que cultivas dos géneros literarios bien diferenciados, el ensayo y la novela, ¿qué aspectos de tu personalidad como escritor logras canalizar en uno u otro sentido según cada uno de estos géneros?
«Cultivo esos dos géneros y otros muchos, pero en mi huerto no están bien diferenciados; la mejor demostración es que La conferencia es una novela que ganó un premio de ensayo, y no me extrañaría que, una vez editada, obtenga con ella un premio gastronómico, por aquello del refrito. Mis novelas son más autobiográficas que yo mismo. Mi vida ahora, desde que me dedico a escribir, no es autobiográfica, no me parezco a mí. Ahora vivo en el papel con plenitud; amo y mato, disfruto y lloro a mi antojo».   

Eres un autor muy versátil capaz de incursionar en diversos registros y géneros, ¿crees que la Poesía como exploración de la belleza y la fantasía es el elemento unificador de tus búsquedas?
«Sí, absolutamente. Hacer un poema es más que filosofar. La poesía es el escalón más alto, el alma de la Literatura; más allá está la música y luego, a saber…, la página en blanco, el silencio».  

«Somos algo en la medida en que alguien construyó la vida en la que crecimos»

 Algunas preguntas a Fernando Palazuelos, autor de Pura chatarra, ganador del XXXVIII Premio «Ciudad de Barbastro» de Novela Corta  

Pura chatarra cuenta la singular historia de un hombre reivindicando o rescatando lo que suele ser considerado como desechos, ¿es éste un gesto simbólico?Es la crónica de un hombre sencillo que parece enfrentado al mundo por su modo de entender la realidad. Sin embargo, el lector descubre que en él se mueven razonamientos diáfanos, nobles, tenaces. La novela habla de las relaciones humanas, del amor, de las cicatrices del pasado, del miedo al futuro. Un hombre simple puede ser capaz de leer en estos asuntos como lo haría un sociólogo o un filósofo; la diferencia estriba en que lo hace con palabras simples, con sus ojos vivaces, con las fibras más rebeldes de su alma.  

Respecto a esa rebeldía, ¿el protagonista es un hombre a contracorriente o alberga esa indomabilidad que deberíamos manifestar en ciertas ocasiones?
Antes que un solitario o un tipo raro, Andrés es un hombre íntegro. Late en él una insurrección sana, una acidez cautivadora y honrada. Parece imposible reflejar ternura cuando se habla de hierro, de óxido, de soledad, pero he logrado demostrar que no es así. La mezcla de insurrección y honestidad de Andrés es la verdadera chispa del libro, la corriente eléctrica que mueve al lector a acompañarlo en su aventura vital.  

Además del lado humano, verdadero motor de la historia, ¿subyace un interés por homenajear el pasado industrial del Bilbao metropolitano?
Rotundamente, sí. Me gustan las cosas antiguas, los vestigios. Lamento que a menudo la modernidad olvide el pasado. Somos algo en la medida en que alguien construyó la vida en la que crecimos. Por eso me agrada que se restauren algunos objetos viejos, que alguien decida salvaguardar del olvido un antiguo libro, una máquina de coser, un invento peculiar. En mi ciudad natal aún quedan restos de la época industrial, y debemos evaluar si determinadas construcciones merecen sobrevivir. No se trata de nostalgia, sino de memoria.  

La aparente sencillez de un hombre que mantiene, a su vez, en secreto un talento innato y una perseverancia poco habitual hacen del libro una propuesta peculiar… Aunque Andrés parece estar diametralmente colocado respecto a la modernidad, a través de la creación manual (y artística) consigue estar muy cerca de ella. Es paradójico y hermoso que una persona no muy culta que recela además ante los desmanes del progreso más incisivo acabe por tener un vínculo con el arte más vanguardista, precisamente en un lugar relativamente cercano al Museo Guggenheim, referencia del arte del siglo XXI en el País Vasco.  

En Pura chatarra da la impresión de que eso que llamamos «progreso» amenaza al hombre, casi lo devora, ¿consideras que existe una puerta de escape?
La novela muestra paisajes degradados, lugares desiertos, restos de maquinaria oxidada: un mundo en el que el ser humano parece haber desaparecido a causa de un sortilegio. Me parece fascinante la atmósfera que emana del lugar en el que se ubica la historia, un barrio real conocido como península de Zorrotzaurre. Pronto cambiará. Maduré este proyecto porque es el momento de fijar su realidad en un libro para que el olvido no la borre para siempre.   

«Escribir es un proceso de aprendizaje continuo»

Algunas preguntas a Iban Zaldua, autor de Porvenir,  ganador del Premio Euskadi de Literatura en Euskera 2006   

Algún crítico ha afirmado, refiriéndose a tus artes de cuentista, que dominas a la perfección las reglas del género corto ¿nunca has sentido que este dominio pueda llegar a «automatizar» el acto de escribir un cuento, y por lo mismo afectar cierta vitalidad y placer en la escritura?
Creo que es mucho decir que domino a la perfección las reglas del género y, en todo caso, me alegro mucho de no haberlo dicho yo (¿seguro que ha sido algún crítico? ¿No habrá sido mi madre, por casualidad?). El mejor antídoto para eso, pienso yo, es descartar muchos cuentos, antes de ensamblar el libro, y eso es lo que procuro hacer con los míos, lo que he hecho en Porvenir. Por otra parte, opino que los cuentos que funcionan, en general, suelen partir de alguna suerte de incomodidad, sobre todo de incomodidad hacia lo que te rodea. Y cuando estás incómodo es difícil escribir “automáticamente”. Finalmente, diría que escribir es un proceso de aprendizaje continuo: en el momento que dejas de aprender algo nuevo, la actividad pierde su interés. Y a mí, qué quieres que te diga, me queda mucho que aprender.  

Es sabido que el relato es el género de la concisión y el impacto, pero también del ocultamiento de datos y el enmascaramiento de tramas. ¿En qué dirección se encamina tu búsqueda técnica al escribir relatos como los que integran este libro?«Decía Augusto Monterroso que, afortunadamente, no hay reglas precisas para escribir un cuento. Puede decirse que cada cuento tiene su regla, y eso es lo que busco cada vez que me pongo delante del ordenador y releo las notas –físicas o mentales– que he tomado previamente: la regla que les dé forma, que les de una apariencia de orden…; un orden que en realidad no existe, es decir, que no existe en la realidad. Ese es el reto, creo yo».  

Para escribir tus relatos, ¿planeas estrategias textuales o eres ese tipo de autor que es poseído por el cuento, y por consiguiente, mantiene con éste una relación semejante a la que podría establecerse con la poesía?
«Creo que la poesía goza de demasiada buena reputación en lo que a cuestiones de posesión se refiere; me imagino que también habrá poetas que planeen estrategias textuales como si de Clausewitzs de la lírica se tratara… No lo sé; como ya he dicho, cada cuento es un mundo para mí. Hay cuentos que monto como un puzzle, metódicamente, controlando en todo momento su construcción; hay cuentos que me salen a la primera toma, sin que me haya dado tiempo para pensarlos mucho; y hay cuentos que se me enroscan en el cerebro, que me obsesionan, que no puedo sacarme de la cabeza durante meses pero que, en cuanto emergen, se niegan a tomar el camino que les había desbrozado y resultan diferentes de lo que me había imaginado. Y lo peor de todo es que el hecho de que el cuento siga uno u otro recorrido tiene poco que ver con que el resultado sea un relato bueno, uno malo o  uno regular».  

En tu caso ¿es la novela un descanso, una fuga entre cuento y cuento, o viceversa, como ocurre con tantos autores que cultivan ambos géneros?
Más que una fuga, la novela es para mí un desvío, o, si lo prefieres, un atajo, como aquel que le mostró el Lobo a Caperucita Roja para ir a casa de su abuela: un camino más largo para llegar más o menos al mismo sitio. Y yo, como el Lobo, prefiero ir por el camino principal, llegar antes y zamparme a la abuelita. Masticándola bien, once veces cada trozo, que ya sabemos lo que pasa luego si no…  

Además de escritor, eres profesor universitario, ¿qué te enseña la docencia que puedas aprovechar como escritor?
No lo sé. Me da la impresión de que son dos actividades casi antagónicas: dar clase, por lo menos en el ámbito de las ciencias sociales, es en gran medida contar mentiras pero dotándolas de un aspecto de verdad, y la ficción literaria hace justo lo contrario, contar una verdad envuelta en mentiras. Para mí es importante pisar alternativamente ambos terrenos: es una doble vida, un doble juego que me ayuda a tirar para adelante.