ENTREVISTA Y TEST DE TRAPO A RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
TEST DE TRAPO
Sobre la novela
«La novela es uno de los grandes inventos de nuestra especie. Para mí es tan importante como la máquina de vapor. La novela es el depósito de lo que somos, de los logros que hemos alcanzado, de los fracasos que nos definen. El escritor es alguien que cultiva una esperanza desesperanzada. No parece descabellado ver en él a un Sísifo que acarrea, una y otra vez, la piedra del lenguaje a una ladera por la que acabará rodando. En ese sentido, la literatura es un intento por aproximarse hacia una meta que jamás se alcanza, la aspiración hacia una finalidad constantemente defraudada. Y creo que la novela, su propósito de erigirse en summa, en resumen, en glosa de lo que somos, lleva esa ambición a su más bello resultado. Lo que intento decir es que, si algún día, dentro de mil años, alguien preguntara cómo era la vida en la Tierra en el siglo veinte, acaso la mejor forma de que lo entendiera fuera dándole a leer una novela, por ejemplo, Submundo, de Don DeLillo».
Mi obra anterior
«Lo que resaltaría del conjunto de mi obra es su coherencia. Toda ella indaga en unas pocas obsesiones, a las cuales creo haberme mantenido fiel. Los diez años que median entre Los desposeídos, mi primera publicación, y Gritar, la última, los contemplo como el alfa y el omega de un proceso de formación. Ha sido una década de mucho trabajo y de intenso aprendizaje. Sobrevive el qué, lo que quiero contar; ha cambiado el cómo, la manera de trasladar esas preocupaciones a la ficción. Mis temas son los mismos; mi forma de contarlos se ha vuelto mucho más despojada, menos enfática. Por usar una imagen anatómica, mi literatura ha perdido musculatura pero ha ganado hueso».
Mi vida
«Quizá por vivir en la periferia (y Asturias no sólo es periferia física, sino también mental) mi relación cotidiana con lo que rodea a la literatura es escasa, lo cual, por cierto, me parece un lujo. No vivo entre escritores, aunque tengo amigos que escriben. Eso me permite disfrutar de la literatura descontaminada de paraliteratura: habladurías, vanidades mal entendidas, ese cúmulo de miserias que tanto incordian. Lo que sucede es que, desde la publicación de La ofensa, todo se ha vuelto increíblemente veloz. La visibilidad que ese libro ha traído me ha robado cierta intimidad y bastante tiempo. En todo caso, el saldo final es magnífico, es un precio que se paga con gusto. Ahora mismo disfruto escribiendo, disfruto de lo que la literatura me entrega y disfruto del lugar que ocupo en eso que se denomina literatura española contemporánea».
Lo que pienso de la literatura
«No sabría vivir sin ella, sobre todo como lector. La literatura me regala consuelo, me protege de mis miedos y me hace tolerar una realidad a menudo insoportable. Mi deuda con la literatura va más allá, pues, de los placeres del entretenimiento y del reconocimiento. La literatura no sólo me sirve para interrogar a lo que me rodea y a mí mismo, sino que supone un asilo contra la tentación constante que tengo de dimitir de la realidad. Para mí escribir es, antes que nada, nombrar el mundo, llenarlo de significado, procurar un vector de sentido a algo que carece de él. La necesidad de grandes relatos que me contengan, que me definan, que me recojan, me parece la justificación última de la literatura, la deuda decisiva de la escritura con la oralidad. Un pueblo sin narradores es un pueblo sin horizonte. Un hombre sin narración es un hombre sin memoria y, por lo tanto, sin futuro».
Mis proyectos
«En primavera de 2008 publicaré con Seix Barral una segunda novela, Derrumbe. Y hay un texto sobre el 11-M que sigue buscando su momento oportuno. Luego, ya se verá. No siento una urgencia especial por publicar y, en la actualidad, tampoco tengo un proyecto abierto que me comprometa lo suficiente».
ALGUNAS PREGUNTAS AL AUTOR
Existe la opinión común de que los narradores suelen empezar con el cuento y luego incursionar en la novela, como si se tratara de un «natural» proceso evolutivo, pero en tu caso vemos que primero aparecieron algunas novelas, y posteriormente tu primer libro de relatos, ¿cómo se ha ido dando en ti la convivencia de ambos géneros?
De forma absolutamente natural, porque yo no soy (al menos yo no me siento) un novelista al uso, canónico, un Dostoievski o un Marsé, para entendernos. El término novela, aplicado a algunos de mis libros, incluido La ofensa, que es el que más resonancia ha tenido, no deja de ser una etiqueta formal, en algunos casos interesada, pues es obvio que la palabra novela posee un prestigio del que la palabra relato carece. Yo me siento un narrador, no un novelista o un escritor de relatos. La narrativa es mi país, mi lengua, mi instrumento, el artefacto con el que me siento cómodo para contar lo que quiero y como quiero, para intentar dar cuenta del mundo que me ha tocado en suerte. Dicho eso, me resulta indiferente el nombre que se le quiera dar a lo que escribo. Yo no sé si La muerte de Iván Ílich es una novela, una nouvelle o un relato. Lo único que sé es que es narrativa. Y de la buena.
Una escritora norteamericana una vez afirmó que «todo tema contiene su propia extensión», ¿crees que existen temas y asuntos «novelables» y otros más apropiados para el cuento?
No. En esto, como en otras cosas, me reclamo borgiano. Se puede narrar la historia de Alejandro o la de un piojo en el mismo número de páginas, cuatro o cuatrocientas, y con el resultado de un fracaso absoluto o de un absoluto deslumbramiento. Todo depende del talento del escritor. Pensemos, por ejemplo, en Richard Ford. ¿De qué trata Rock Springs? Pues de parejas en descomposición, vidas truncadas, anhelos de superación, segundas oportunidades, bifurcaciones. ¿De qué trata El periodista deportivo? Exactamente de lo mismo. Aquél es un magnífico libro de relatos; ésta, una magnífica novela. Imagino que cuando Ford comenzó a escribir estos dos libros no pensó: «Ahora voy a escribir relato; ahora voy a escribir novela». Sencillamente, se puso a escribir y los relatos de Rock Springs le llevaron en una dirección y la vida de Frank Bascombe en otra.
Gritar reúne nueve cuentos, como el famoso libro de Salinger, quien además decía que un libro de cuentos no es una suma, sino un sistema: ¿qué tienen en común tus cuentos para conformar este libro?
Me temo que la comparación con Salinger se quede en el número. Ya quisiera yo haber escrito «El hombre que ríe» o «El periodo azul de Daumier-Smith». Más que de una comunidad que conforme un sistema, yo diría que en Gritar subyace una actitud compartida. Todos los cuentos, independientemente de que sean fantásticos, de amor, de terror o metaliterarios, son sorprendentes, incluso aquellos que parten de modelos canónicos, y en todos existe un propósito de derribar o, al menos, de cuestionar las expectativas y los prejuicios del lector. Que grite al final de la lectura. Lo que sea, una interjección, una palabra de gratitud, un taco incluso, pero que lo haga. Añadiría, además, que Gritar es un libro con un alto voltaje emocional, un libro repleto de lugares y paisajes para la emoción. Creo que ahí radica la comunión más intensa entre estos nueve relatos, en su anhelo por devolver a la literatura esa capacidad increíble que posee para emocionarnos.
Hay autores que consiguen dotar a sus obras de un fuerte contenido filosófico sin que ello sea resta de valores exclusivamente literarios. ¿Cómo influye tu formación en filosofía en tu obra narrativa?
De dos modos: dotándome de una visión del mundo y nutriéndome de temas. La filosofía me ha regalado un parapeto contra la estupidez, un paraguas contra la tentación de ser un bruto, un tonto o ambas cosas a la vez. Cuando alguien me pregunta para qué sirve la filosofía, respondo siempre con una frase de Deleuze. La filosofía no sirve ni al Estado ni a la Iglesia. La filosofía no sirve a ningún poder establecido. La filosofía sólo sirve para entristecer, para detestar la estupidez, para hacer de la estupidez una cosa vergonzosa. Su poder reside ahí: en denunciar la bajeza del pensamiento bajo todas sus formas. Esa tristeza liberadora que la filosofía genera se traduce, en mi caso, en una serie de temas que me han fascinado siempre como escritor, y que me atrevo a concretar en tres preguntas, preguntas que, por supuesto, pueden rastrearse en Gritar: ¿por qué existe el mal en el mundo?, ¿cómo podemos dotar de sentido a una vida que carece de él? y ¿a qué se reduce la libertad una vez aceptado que sólo existe el azar?
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