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Pleno desempleo | |
MASSIMO GAGGI y EDOARDO NARDUZZI | | 176 págs.
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| | ISBN 978-84-8381-045-3 |
| 18.45 €. |
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Pleno desempleo (fragmento)
Volvamos atrás unas cuantas décadas, al debate que surgió tras la primera crisis importante del capitalismo: la gran depresión de 1929. En La teoría general6, John Maynard Keynes advertía que
el principal defecto de la sociedad económica en la que vivimos viene de su fracaso para producir pleno empleo y de la arbitraria e imparcial distribución de la renta y la riqueza. Si el objetivo político por excelencia es conseguir el pleno empleo, el gran lógico y economista británico no podía dejar de recordar que «los hechos nos indican que el pleno, o casi pleno, empleo es un suceso poco frecuente y breve». El pleno empleo, con el añadido de una distribución equitativa de los recursos y de las rentas, representaba, y aún hoy representa, el objetivo principal —incluso se podría decir que el fin último— de una sociedad económica regida por reglas democráticas. Sin embargo, en las últimas cuatro décadas, la consolidación del terciario ha provocado que otros fenómenos nuevos emerjan; por una parte, es cierto que el empleo en los servicios ha multiplicado las oportunidades de trabajo en puestos garantizados y bien retribuidos, como los de la industria, los servicios públicos, los bancos, la sanidad…, y al mismo tiempo muchas otras formas de empleo eventual, flexible, con una remuneración por horas baja, difícilmente sindicables y poco protegidas de los ciclos económicos adversos. Nos referimos a los conocidos con el nombre de McJobs, los puestos de trabajo creados por cadenas como McDonald’s: pocos euros por hora, continua rotación de los empleados y un reducidísimo poder contractual de los trabajadores. En el otro lado de la balanza, gracias a la mayor flexibilidad y menor remuneración se produce, sin embargo, un gran aumento de las oportunidades de empleo y, en un mercado de estas características, los McJobs son solo el primer paso en el mundo del trabajo. El caso estadounidense es el que mejor ilustra el fenómeno: entre diciembre de 1994 y finales de 2006, los empleados estadounidenses han pasado de casi 124 millones a poco menos de 145 millones; hasta 113 de estos se concentran en la producción de servicios, frente a los noventa de doce años antes. Significa que, en el caso estadounidense, la capacidad de crear nuevos empleos en la era posindustrial ha compensado con creces la destrucción de puestos de trabajo en el sector manufacturero y en el agrícola. Aquí las sombras son, sobre todo, y como ya hemos recordado, las de la polarización de las rentas. Las desigualdades en la distribución de la riqueza nunca han sido tan amplias, por lo menos en el último siglo: los casi cien multimillonarios (en dólares) que circulan por el planeta son la punta del iceberg de una dimensión «feudal» producida por el capitalismo contemporáneo. Ya no se garantiza la riqueza solo con la posesión de bienes inmuebles como sucedía en el pasado, sino cada vez más con la disponibilidad de conocimiento especializado transformado en actividad empresarial y con una red de relaciones profesionales y económicas capaces de soportar una ambiciosa iniciativa económica incluso en sectores más tradicionales. El resultado es que en Estados Unidos el uno por ciento de los ciudadanos con mejor renta controla hoy el cuarenta por ciento de la riqueza conjunta del país. Es más de lo que posee el noventa por ciento de los trabajadores que está fuera del primer decil de los individuos más adinerados.
La aceleración en la polarización de riquezas y rentas en Estados Unidos ha sido, sin duda, superior que en otros países, pero no representa un caso aislado. También en la vieja Europa la concentración de los recursos, a pesar de la elevada presión fiscal y la generosa redistribución garantizada por un sólido Estado social, está haciéndose significativa. Según las últimas estadísticas del Eurostat, el instituto de estadística de la Unión Europea, en 2004 el veinte por ciento de los trabajadores mejor pagados en los veinticinco Estados miembros percibió una renta cinco veces superior a la del veinte por ciento de los trabajadores con salarios más bajos. La consolidación de la economía de servicios ha producido, por lo tanto, dos fenómenos poco agradables para quien cree en la justicia social: un tipo de empleo mucho menos tradicional en cuanto a estabilidad y remuneración, y una creciente y significativa desigualdad en los recursos que poseen y ganan anualmente las distintas categorías de empleados. Si bien es cierto que ha disminuido la tasa de desempleo, también es verdad que algunos factores de la producción se han beneficiado del cambio más que otros: en primer lugar, el conocimiento especializado, capaz de convertirse en empresa innovadora a escala mundial; después, el capital apátrida, y, por último, los profesionales del conocimiento técnico, financiero o de dirección de empresas. Sin embargo, quienes han pagado la cuenta han sido los trabajadores no especializados. El índice de Gini —que mide la desigualdad en la distribución de las rentas desde el cero, en el caso de perfecta igualdad, hasta el cien, cuando la desigualdad es máxima— ha pasado, en la media de los países de la OCDE, de 29,3 en 1985 a 31 en 2000, mientras en Estados Unidos ha llegado a alcanzar incluso el valor de 35,7.
La economía de los servicios ha cambiado, por lo tanto, el rumbo de los flujos de la riqueza y las nuevas oportunidades hacia los poseedores de conocimiento especializado: individuos dotados de una extraordinaria tendencia al riesgo a los que el sistema, que se ha mostrado disponible a financiar el cambio, ha puesto en condiciones de «arriesgarse». El éxito de estas empresas ha producido, en definitiva, una multitud de nuevos empleos muy bien pagados y ha creado las bases para la creación de miles de compañías en sectores originales de servicios a personas u organizaciones, con la consiguiente creación de numerosas figuras ocupacionales.
Si Google, por ejemplo, ha convertido en multimillonarios a sus creadores, Sergey Brin y Larry Page, también ha producido cientos de plurimillonarios (todos los empleados del principio, gratificados con generosas stock options) y ha creado un sistema que absorbe el trabajo de miles de empleados en todo el mundo, especializados en la producción de servicios compatibles con las características de su plataforma. En cuanto a Microsoft, hoy emplea a escala mundial alrededor de setenta y un mil trabajadores, de los que veintiocho mil se dedican a actividades de investigación y desarrollo. Sin embrago, es muy difícil calcular la cantidad efectiva de especialistas certificados en sus tecnologías que, en las distintas áreas geográficas, aseguran la personalización de los productos de la compañía de Seattle para los numerosísimos clientes. Estamos hablando de cientos de miles, si no de millones, de profesionales. Se trata de un razonamiento que se podría repetir, obviamente a escala distinta, a la casi totalidad de empresas similares, por tipo de actividad, a la cofundada, en 1975, por Bill Gates.
A fin de cuentas, son dos, sobre todo, los aspectos que merecen analizarse y ordenarse en la sociedad del pleno desempleo: el destino que se le da al capital, que cada vez supone una cuota mayor de la riqueza producida por la economía y la marcada polarización en las rentas con un desfase creciente entre los profesionales del conocimiento y la masa de empleados. Ciertamente, estos fenómenos no se pueden gestionar sólo con los antiguos convenios por sectores o por especialización productiva que, como ya se ha dicho con anterioridad, ocuparán a fondo a los dirigentes políticos. Se trata de procesos que, ciertamente, arruinan los mecanismos de cohesión social, que corren el riesgo de provocar un rechazo a secas de la globalización e, incluso, a una revuelta contra la economía de mercado. Por lo tanto, no hay tiempo que perder; es preciso actuar, teniendo siempre presente, sin embargo, que existen límites: los de los ya enormes e imparables fenómenos como la financiarización de la economía, sobre la que ya hemos hablado. Podemos añorar la época de la economía manufacturera y de la estabilidad garantizada por su sistema de gobierno, pero ahora vivimos en un mundo donde el valor de los activos financieros es tres veces superior al de la producción mundial anual7, y donde los inversores más dinámicos —en algunos casos, los únicos que pueden intervenir en los sectores industriales en crisis— tienen la apariencia poco deseable (y hoy en apuros) de los hedge funds y de los private equity. Por ello, la política se encuentra ante la temeraria tarea de rechazar, lo menos traumáticamente posible, las reglas del pleno desempleo: favorecer el tránsito de una economía de servicios tradicionales a una producción donde el valor y los beneficios dependan cada vez más de la originalidad en la prestación de una oferta. Las economías que mejor sepan moverse del terciario al cuaternario serán las que se beneficien de los crecimientos más fuertes, de mayor ocupación y de un acelerado empuje competitivo para innovar la oferta de servicios y las tecnologías utilizadas. Para la mayoría, se está creando un horrible monstruo, una economía de plenos desempleados; para quien acepta la cultura del riesgo y se esfuerza en mirar más allá se trata, sin embargo, de gobernar la sociedad para superar una travesía que no es fácil, pero que sería infranqueable si se analizara con los cánones culturales tradicionales. Sin embargo, queda aún un hecho: en los países avanzados, el pleno desempleo pasa por instrumentos y decisiones políticas capaces de hacer emerger un número creciente de profesionales y formas de empleo atípicas y distintas de las del pasado. Puede parecer extraño, pero, en la economía actual, y todavía más en la futura, para poder emplear a todos se debe favorecer la consolidación de las formas de trabajo de geometría variable en los servicios de última generación: un mercado de los empleos y una economía basada en la lógica productiva del posterciario.
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