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Hipnos | |
JAVIER AZPEITIA | | 192 págs.
| | Traducción:
| | ISBN 848961802X |
| 15.00 €. |
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PREGO,
LA SIGNORINA DELLA QUARTA FILA. Come si chiama? La
luz blanca del foco que se posó sobre la muchacha impedía apreciar
el rubor de sus mejillas. Se quedó muda, allí, paralizada por las
miradas expectantes de los que la rodeaban. Incluso desde los palcos atiborrados
la miraban. ¿Dónde se había metido? ¿Por qué estaba ahí
sentada? Hacía un momento no era nadie. Y seguro que después, al
acabar la representación, el espectáculo o lo que fuera, tampoco
sería nadie. Se diluiría en la noche caminando por una calle oscura,
lejos del resto de los asistentes. Caminando. No para regresar a casa o buscar
un bar hacia donde la llevara una cita con un amigo. En absoluto. Simplemente
abandonaría el local, dejando de ser eso: la signorina della quarta fila.
Se disolvería en una ausencia perfecta. En
cuanto al espectáculo, no había duda. Aquello era una cosa barata
y provinciana. El chaqué del tipo que parloteaba en el escenario no daba
el pego. Bastaba con ver el luminoso con bombillas de colores que habían
colgado de lo alto, sobre el proscenio: Menuda
farsa. Seguro que aquel charlatán intentaría atarla a un panel giratorio
y lanzarle puñales con los ojos vendados. Pues iba dado. ¿Por qué
no le quitaban el maldito foco? La joven hizo pantalla con las manos sobre sus
ojos apretados. Pero el artista no estaba dispuesto a cejar. Era un verdadero
pesado. De los que dan grima. ¡Il
nome, señorita! El suyo nombre. ¿Your name? Estábamos
buenos. No lo pararía nadie. Era igual de ridículo quedarse allí,
sin decir palabra, que subir para que la metieran en una caja con ruedas e hicieran
como si le descuartizaran el cuerpo. La cabeza en este trozo de caja de aquí.
Por allí los pies, coleando. Y el tronco, reconocible por el vestido, tras
un cristal, en el fragmento más grande de la caja. ¿Y si simplemente se
levantaba y se abría? Seguro que los imbéciles de su propia fila
no la dejaban pasar. Vamos,
dile tu nombre, bonita, que no te va a comer ,
dijo uno provocando el alborozo de todos. Y luego aplaudieron fuerte, para animarla.
No le iba a quedar más remedio
que decirle el nombre. Emilia, Dolores, Asunción, Magdalena, o cualquier
otro nombre. ¿Cómo diablos se llamaba? Ésa sí que era buena.
Estaba tan avergonzada que no sabía ni su propio nombre. ¿Aitana?, ¿Nerea?,
¿Irenka?, ¿Fernanda?, ¿Chantal? Aunque una vez dicho, el que fuera, vendría
el infierno. Porque si dices tu nombre en un caso de ésos, ten por seguro
que van a hacer contigo lo que quieran. Por ejemplo atarte de arriba a abajo con
una soga. Y después, de un tirón, sacarte como de la nada el sostén
y enseñárselo al público. Para que todos rían a mandíbula
batiente. Vamos: se desternillen. Como
espoleado por la resistencia de la espectadora que había escogido al azar,
"il grande Stefanini" extendió los brazos para detener los aplausos, sin
perder ni por un momento la sonrisa artificial con la que amenizaba su cháchara.
Non
importa. Io adivineró el su nombre. Il grande Stefanini sa tutto: todo
lo conose. ¡Forte aplauso per la signorina! ¡Brava donna! Fatal.
Se había levantado, por fin, para irse. Y el muy desgraciado había
aprovechado su gesto para tergiversarlo y hacerles creer a los embobados espectadores
que ella iba a subir al escenario. Así, motu proprio. Aplausos, silbidos,
piropos. En fin. Habría sido mejor aceptar desde el principio. Porque ahora
ese cerdo podía muy bien tomarse la revancha clavándole un puñal
en el centro del estómago. O serrándole una pierna como por descuido.
Peligra la vida de la artista. Prego,
silenzio. Ciao, bella signorina. Guardami negli occi. Mírame a los ojos,
pequenia. Trancuila. Relax... El silencio
más absoluto se había apoderado de la sala. ¿Qué quería
aquel imbécil? Ecco.
Ya é veramente ipnotizzata. Vediamo: si chiama... Su nombre es... ¡Ecco!:
Beatriz Vargas Duval. Está bien.
Beatriz Vargas Duval. Ése era su nombre. Claro. ¿Por qué se le había
olvidado? La verdad es que no se estaba mal allí. Gracias a Dios habían
bajado la intensidad del foco. Ahora era como una linterna, como la llama de una
cerilla a punto de apagarse. Y los ojos de "il grande Stefanini" le conferían
una agradable tranquilidad. Sí, se llamaba Beatriz Vargas Duval. ¿Su infancia?
No, mejor no removerla. No podía. Nunca pensaba en eso. Su
infancia. Bueno, había una imagen:
ella con su madre en un fantástico jardín. Con los almendros llenos
de abejas hasta arriba. Ella llevaba un vestido de flores. Pero estaban quietas.
Las dos estaban quietas todo el tiempo. Cogidas de la mano y sonriendo de frente.
Beatriz no quería, por favor, señor Stefanini, no quería
volver por allí. Vediamo:
il futuro. ¡Ah! ¡Dottoressa! Brava professione. ¿Ma ché...? De
pronto, "il grande Stefanini" se quedó helado. Hubo un enorme tiempo de
suspensión, en el que algunos murmullos del público más exigente
corrieron por la sala. ¿Qué había visto, el mago, tras los ojos
de la bella muchacha, de la desconocida? Al fin carraspeó con oficio para
salir de su ensimismamiento. Y reclamando de nuevo silencio absoluto en la sala,
extendió los brazos con todo su poder ante Beatriz. La
gente, de verdad, se quedaba encandilada con los trucos del farandulero. Sobre
todo ahora. ¿Estaba levitando, la muchacha, o eran el humo y los juegos de luces
de colores desde el fondo del escenario los que hacían...? No. Seguro que
estaba levitando. Porque "il grande Stefanini" pasaba un enorme aro alrededor
de su cuerpo rígido y tumbado en el aire. ¡Grazie
mile! gritaba
el virtuoso, al tiempo que su espinazo se doblaba en una ridícula reverencia.
Y señalaba después con la palma extendida a Beatriz, de pie a su
lado, otra vez consciente, pero tan confundida como antes. Y tomándola
de la mano la acompañó hasta la escalerilla que descendía
alfombrada hacia el patio de butacas. Ci
vediamo. Volveremos a vernos dijo,
bufo y misterioso, el artista, abandonándola ante el pasillo. Beatriz
bajó desorientada los peldaños. Caminó hacia el fondo de
la sala. Ya nadie la miraba. Detrás, "il grande Stefanini" reclamaba la
atención. Ahora hipnotizaría a todos los presentes. Era un proceso
delicado. Su mente podía quedar abrumada al ponerse en contacto con tantas
otras. Un compañero suyo, su maestro, "il incredibile Fausto", practicando
ese peligroso experimento había caído fulminado en un delirio del
que ningún médico logró arrancarlo. Era la primera vez que
él lo intentaba con tanta gente. Nadie más peligraba, sólo
"il grande Stefanini". Pedía la máxima colaboración del atentísimo
público. Silencio, prego. Beatriz
cruzó el umbral del teatro sin atender al saludo del portero. Tomó
por la callejuela hacia arriba, hacia ninguna parte. Y se fue diluyendo poco a
poco en la nada, según se alejaba del campo de luz de una farola. En
una perdida calle de cualquier ciudad. Como si nunca hubiera existido. PRIMERA
PARTE Los pasos de la inocencia |
ES
COMO PARA PONERSE a vomitar, de vieja, cumplir veinticinco años. Eres
tú quien ha murmurado eso. Vamos. Cierra los ojos y dispónte a vagar
al compás de mi voz. Y deja atrás esta luz molesta del presente.
Imagina el mar gris estirándose para abordar el acantilado. Imagina el
sol del atardecer cegando a medias los ojos lentos. Contra el parabrisas danza
como el péndulo de un reloj un muñeco de trapo. Aferrada al volante
tomas las curvas con el vago ensueño de estar cayendo irremisiblemente
en un tiempo arisco como el tiempo de nacer. Antes no hay nada. Sólo esa
sensación de haber abandonado la infancia hace algunos años y para
siempre. Y el vago deseo de no ser; de huir del destino al que confluyen tus desordenados
pasos. O de esquivarlo con un brusco movimiento de los brazos sobre el volante,
para precipitarte de una vez por todas desde lo alto del acantilado. Así
que recobras el aliento al dejar lejos, a un costado del coche, la ribera. Justo
en el momento de alcanzar a ver la cala en la que se alzan los tres pabellones
de esta clínica. La misma perspectiva en que está tomada la fotografía
del prospecto que has desplegado sobre tus rodillas. CLÍNICA
DE REPOSO DEL DOCTOR VON HAGEN |
Ante
la verja de entrada te detienes. Y ahora reproduce despacio el gesto con que alargas
el brazo con tu documentación. El guardia la recibe demorando su mirada
en el vértice del escote de tu blusa blanca. Y tú hundes púdica
la barbilla en la hoyuela, para observar si has descuidado algún botón
de la pechera, aspirando al tiempo el rastro dulce del perfume que llevas, amalgamado
con tu savia. "Un gesto como éste", piensas, "rinde a cualquier hombre,
pues lo libra de nuestra mirada; entonces puede fisgar a gusto, revolver los cajones
de nuestra habitación y pasar sus asquerosas manos por las medias negras,
por las cartas de la niña, por sus cofres llenos de bisutería".
"Beatriz, Beatriz, Beatriz Vargas Duval",
ha dicho el guardia leyendo el documento, o quizá una sola vez, pero demorándose
en cada una de las inflexiones de tu nombre, que da forma por fin a lo que hasta
ahora sólo era una sombra: tu nombre asciende resbaladizo por los costados
de tus caderas, moldea los largos dedos de las manos, acompasa el latido de los
senos bajo la blusa, ruboriza las mejillas indiscretamente, perfila uno a uno
los cabellos negros, redondea las pupilas que te sorprenden en una mirada esquiva
desde el retrovisor. Después de
la entrada, una carretera bordea los pabellones y las isletas de césped
entre las que deambulan figuras con descaminados cursos. Un anciano vestido de
blanco esgrime su bastón para acompañar un soliloquio del que te
llegan palabras grandilocuentes. A su lado una enfermera empuja una silla de ruedas
desde la que tuerce el cuello con gesto simiesco un joven. Una muchacha se levanta
las faldas para mostrarle la lencería a un enfermero en jarras. Varios
hombres y mujeres se hallan sembrados al desgaire por entre los apacibles jardines:
muestran fragmentos de sus cuerpos pálidos a lo que queda de sol; lloran
desconsolados al pie de un roble; caminan torpemente por un sendero que nunca
los alejaría demasiado de los pabellones; o permanecen idiotizados en la
persecución del vuelo de un insecto, de una lejana verdad inaprensible
de su pasado, del recorrido brillante de tu pequeño coche rojo, que ya
llega junto a la escalinata del pabellón central. El
doctor Emile von Hagen lamenta no poder recibirte. Se halla trabajando a fondo
con una de nuestras pacientes. Su evolución le preocupa especialmente.
Todavía bella, precediéndote
vivaz con la más pesada de tus maletas, la enfermera Friederike Bergengruen
pronuncia con eficacia el castellano. Me
ha encargado que te enseñe la habitación. Por
una escalera en espiral, o, mejor aún, en el espacio mínimo de un
ascensor de roble, subís una y otra vez hasta el último piso del
edificio. Una y otra vez. Al abrir las hojas de la puerta frente al último
rellano de mármol, dudas en cruzar el umbral. Lo haces tras Friederike,
asustada, con el deseo inconsciente de regresar a tu casa en la ciudad ruidosa
que has abandonado. Los largos, intrincados
pasillos de la planta acceden a las habitaciones del cuerpo médico del
centro. En la que te han adjudicado, Friederike Bergengruen te informa del horario
de trabajo, con los brazos en cruz, vuelta hacia la ventana, inmóvil en
el instante en que acaba de descorrer las cortinas para dejar pasar el reflejo
metálico del mar recortando su silueta. ...Pero
hasta mañana por la tarde no deberías preocuparte. Tienes tiempo
para conocer un poco los alrededores. Casi todos tus compañeros viven en
Cadaqués. Y tú acabarás haciéndolo, sin duda. Aquí
terminas perdiendo la intimidad, y el horario, ya verás. Sólo es
obligatorio quedarse durante las noches de guardia. Friederike
esboza una sonrisa cansina. Es una mujer acostumbrada a hablar sola, por lo que
su conversación guarda siempre algo vidrioso, un tono por el que asoman
con discreción sus complejos. "Estoy sola", parecen decir sus ojos apagados.
"Fui bella. Pude haber transmitido mi belleza a un par de niños adorables.
Pero ahora mírame aquí, estéril, inservible ya para los cerdos
que me cortejaban." En
el pueblo los alquileres son todavía asequibles. Pero no digas que eres
psiquiatra del centro, porque entonces suben bastante. Ya sabes. El
mar restalla de nuevo contra el cristal de la ventana. Horas más tarde,
erguida en la playa, lanzas un guijarro sobre la superficie del mar, que repite
y alarga la mancha blanca de la luna. No sabrás nunca que una sombra te
está espiando desde unos matorrales. Tu piel se estremece inconscientemente
en la percepción de esa sombra, mientras la mirada, fantasiosa, te imagina
sumergida y desnuda, con la melena palpitando al aire de las corrientes submarinas.
Pero no es una mirada movida por el deseo, sino por una curiosidad cargada de
inocencia, más tierna que libidinosa. Vamos,
Beatriz. Abandónate por un momento a la seguridad de estar inserta en este
tiempo. Y deja de preguntarte quién habla. Habla la razón, el orden.
Aférrate a mi voz. Es lo único que tienes. De
vuelta en el pabellón, levemente cansada pero con la seguridad de que aún
no podrás conciliar el sueño, saludas con una sonrisa al guardia
de la tarde, que te ofrece un cigarrillo para entablar conversación, evitando
mirarte a los ojos. Desde la cabina llega el falsete de la radio repasando con
una pasión forzada las noticias del día. Rechazas el cigarrillo
con cualquier broma y te diriges sin dudarlo a la escalera que envuelve con su
espiral blanca el hueco del ascensor. Demasiados
pisos. ¿Por qué no sube en ascensor? Me
dan miedo los ascensores has
respondido riéndote. Bueno,
aquí todos tenemos alguna manía exclama
el guardia . Si
quiere la acompaño. Pero ya has
comenzado a trotar sobre la escalera, femenina, trenzando hábilmente el
ritmo de una melodía con el tamborileo de los tacones. Al llegar al primer
rellano te detiene el ronroneo grave de una voz, quizá imaginaria, que
llega de algún recodo de los pasillos. Es divertido adentrarse por este
camino desconocido. Como en un juego exploras los corredores que se enlazan en
un recorrido tendente al círculo, fisgando por las rendijas de las puertas,
y te pierdes tontamente. Cuando estás convencida de que has inventado aquella
voz, ya no sabes volver a la escalera. El
regreso se transforma en un temeroso vagar, y casi es una huida cuando ves luz
en un despacho y entras decidida a preguntarle a alguien cómo debes hacer
para subir a tu habitación. Dentro, de espaldas, un hombre grueso, de unos
cincuenta años, vestido con bata blanca, le habla a una mujer joven con
un suave ronroneo que invoca el descanso o el placer. ...Rodeada
de espuma en la bañera extiendes el brazo limpio y frágil, y con
una cuchilla, despacio, dibujas un surco en tu muñeca: una rosa perfecta
por donde la vida fluye desorientada... Escuchas
dudando, sin entender el sentido de la escena. El hombre no ha notado tu presencia,
y la mujer está enajenada, con el cuerpo inmóvil pero los ojos inmensamente
vivos. Te arrepientes de haber entrado. Protegida por unas estanterías
en donde se amontonan los medicamentos, retrocedes y entornas la puerta. No importa
ahora cómo encontrarás tu habitación, cómo te entregarás
rendida a los otros laberintos de una pesadilla.
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