Inicio
Inicio
Atrás
Siguiente

Hipnos

JAVIER AZPEITIA

192 págs.

Traducción:

ISBN 848961802X

15.00 €.

4

 

 


PRELUDIO



PREGO, LA SIGNORINA DELLA QUARTA FILA. Come si chiama?
La luz blanca del foco que se posó sobre la muchacha impedía apreciar el rubor de sus mejillas. Se quedó muda, allí, paralizada por las miradas expectantes de los que la rodeaban. Incluso desde los palcos atiborrados la miraban. ¿Dónde se había metido? ¿Por qué estaba ahí sentada? Hacía un momento no era nadie. Y seguro que después, al acabar la representación, el espectáculo o lo que fuera, tampoco sería nadie. Se diluiría en la noche caminando por una calle oscura, lejos del resto de los asistentes. Caminando. No para regresar a casa o buscar un bar hacia donde la llevara una cita con un amigo. En absoluto. Simplemente abandonaría el local, dejando de ser eso: la signorina della quarta fila. Se disolvería en una ausencia perfecta.
En cuanto al espectáculo, no había duda. Aquello era una cosa barata y provinciana. El chaqué del tipo que parloteaba en el escenario no daba el pego. Bastaba con ver el luminoso con bombillas de colores que habían colgado de lo alto, sobre el proscenio:

IL GRANDE STEFANINI


Menuda farsa. Seguro que aquel charlatán intentaría atarla a un panel giratorio y lanzarle puñales con los ojos vendados. Pues iba dado. ¿Por qué no le quitaban el maldito foco? La joven hizo pantalla con las manos sobre sus ojos apretados. Pero el artista no estaba dispuesto a cejar. Era un verdadero pesado. De los que dan grima.
¡Il nome, señorita! El suyo nombre. ¿Your name?
Estábamos buenos. No lo pararía nadie. Era igual de ridículo quedarse allí, sin decir palabra, que subir para que la metieran en una caja con ruedas e hicieran como si le descuartizaran el cuerpo. La cabeza en este trozo de caja de aquí. Por allí los pies, coleando. Y el tronco, reconocible por el vestido, tras un cristal, en el fragmento más grande de la caja. ¿Y si simplemente se levantaba y se abría? Seguro que los imbéciles de su propia fila no la dejaban pasar.
Vamos, dile tu nombre, bonita, que no te va a comer, dijo uno provocando el alborozo de todos. Y luego aplaudieron fuerte, para animarla.
No le iba a quedar más remedio que decirle el nombre. Emilia, Dolores, Asunción, Magdalena, o cualquier otro nombre. ¿Cómo diablos se llamaba? Ésa sí que era buena. Estaba tan avergonzada que no sabía ni su propio nombre. ¿Aitana?, ¿Nerea?, ¿Irenka?, ¿Fernanda?, ¿Chantal? Aunque una vez dicho, el que fuera, vendría el infierno. Porque si dices tu nombre en un caso de ésos, ten por seguro que van a hacer contigo lo que quieran. Por ejemplo atarte de arriba a abajo con una soga. Y después, de un tirón, sacarte como de la nada el sostén y enseñárselo al público. Para que todos rían a mandíbula batiente. Vamos: se desternillen.
Como espoleado por la resistencia de la espectadora que había escogido al azar, "il grande Stefanini" extendió los brazos para detener los aplausos, sin perder ni por un momento la sonrisa artificial con la que amenizaba su cháchara.

Non importa. Io adivineró el su nombre. Il grande Stefanini sa tutto: todo lo conose. ¡Forte aplauso per la signorina! ¡Brava donna!
Fatal. Se había levantado, por fin, para irse. Y el muy desgraciado había aprovechado su gesto para tergiversarlo y hacerles creer a los embobados espectadores que ella iba a subir al escenario. Así, motu proprio. Aplausos, silbidos, piropos. En fin. Habría sido mejor aceptar desde el principio. Porque ahora ese cerdo podía muy bien tomarse la revancha clavándole un puñal en el centro del estómago. O serrándole una pierna como por descuido. Peligra la vida de la artista.
Prego, silenzio. Ciao, bella signorina. Guardami negli occi. Mírame a los ojos, pequenia. Trancuila. Relax...
El silencio más absoluto se había apoderado de la sala. ¿Qué quería aquel imbécil?
Ecco. Ya é veramente ipnotizzata. Vediamo: si chiama... Su nombre es... ¡Ecco!: Beatriz Vargas Duval.
Está bien. Beatriz Vargas Duval. Ése era su nombre. Claro. ¿Por qué se le había olvidado? La verdad es que no se estaba mal allí. Gracias a Dios habían bajado la intensidad del foco. Ahora era como una linterna, como la llama de una cerilla a punto de apagarse. Y los ojos de "il grande Stefanini" le conferían una agradable tranquilidad. Sí, se llamaba Beatriz Vargas Duval. ¿Su infancia? No, mejor no removerla. No podía. Nunca pensaba en eso.
Su infancia.
Bueno, había una imagen: ella con su madre en un fantástico jardín. Con los almendros llenos de abejas hasta arriba. Ella llevaba un vestido de flores. Pero estaban quietas. Las dos estaban quietas todo el tiempo. Cogidas de la mano y sonriendo de frente. Beatriz no quería, por favor, señor Stefanini, no quería volver por allí.

Vediamo: il futuro. ¡Ah! ¡Dottoressa! Brava professione. ¿Ma ché...?
De pronto, "il grande Stefanini" se quedó helado. Hubo un enorme tiempo de suspensión, en el que algunos murmullos del público más exigente corrieron por la sala. ¿Qué había visto, el mago, tras los ojos de la bella muchacha, de la desconocida? Al fin carraspeó con oficio para salir de su ensimismamiento. Y reclamando de nuevo silencio absoluto en la sala, extendió los brazos con todo su poder ante Beatriz.
La gente, de verdad, se quedaba encandilada con los trucos del farandulero. Sobre todo ahora. ¿Estaba levitando, la muchacha, o eran el humo y los juegos de luces de colores desde el fondo del escenario los que hacían...? No. Seguro que estaba levitando. Porque "il grande Stefanini" pasaba un enorme aro alrededor de su cuerpo rígido y tumbado en el aire.

¡Grazie mile! gritaba el virtuoso, al tiempo que su espinazo se doblaba en una ridícula reverencia. Y señalaba después con la palma extendida a Beatriz, de pie a su lado, otra vez consciente, pero tan confundida como antes. Y tomándola de la mano la acompañó hasta la escalerilla que descendía alfombrada hacia el patio de butacas.
Ci vediamo. Volveremos a vernos dijo, bufo y misterioso, el artista, abandonándola ante el pasillo.
Beatriz bajó desorientada los peldaños. Caminó hacia el fondo de la sala. Ya nadie la miraba. Detrás, "il grande Stefanini" reclamaba la atención. Ahora hipnotizaría a todos los presentes. Era un proceso delicado. Su mente podía quedar abrumada al ponerse en contacto con tantas otras. Un compañero suyo, su maestro, "il incredibile Fausto", practicando ese peligroso experimento había caído fulminado en un delirio del que ningún médico logró arrancarlo. Era la primera vez que él lo intentaba con tanta gente. Nadie más peligraba, sólo "il grande Stefanini". Pedía la máxima colaboración del atentísimo público. Silencio, prego.
Beatriz cruzó el umbral del teatro sin atender al saludo del portero. Tomó por la callejuela hacia arriba, hacia ninguna parte. Y se fue diluyendo poco a poco en la nada, según se alejaba del campo de luz de una farola.
En una perdida calle de cualquier ciudad. Como si nunca hubiera existido.

PRIMERA PARTE
Los pasos de la inocencia


I


ES COMO PARA PONERSE a vomitar, de vieja, cumplir veinticinco años.
Eres tú quien ha murmurado eso. Vamos. Cierra los ojos y dispónte a vagar al compás de mi voz. Y deja atrás esta luz molesta del presente. Imagina el mar gris estirándose para abordar el acantilado. Imagina el sol del atardecer cegando a medias los ojos lentos. Contra el parabrisas danza como el péndulo de un reloj un muñeco de trapo. Aferrada al volante tomas las curvas con el vago ensueño de estar cayendo irremisiblemente en un tiempo arisco como el tiempo de nacer. Antes no hay nada. Sólo esa sensación de haber abandonado la infancia hace algunos años y para siempre. Y el vago deseo de no ser; de huir del destino al que confluyen tus desordenados pasos. O de esquivarlo con un brusco movimiento de los brazos sobre el volante, para precipitarte de una vez por todas desde lo alto del acantilado.
Así que recobras el aliento al dejar lejos, a un costado del coche, la ribera. Justo en el momento de alcanzar a ver la cala en la que se alzan los tres pabellones de esta clínica. La misma perspectiva en que está tomada la fotografía del prospecto que has desplegado sobre tus rodillas.

CLÍNICA DE REPOSO DEL DOCTOR VON HAGEN


Ante la verja de entrada te detienes. Y ahora reproduce despacio el gesto con que alargas el brazo con tu documentación. El guardia la recibe demorando su mirada en el vértice del escote de tu blusa blanca. Y tú hundes púdica la barbilla en la hoyuela, para observar si has descuidado algún botón de la pechera, aspirando al tiempo el rastro dulce del perfume que llevas, amalgamado con tu savia. "Un gesto como éste", piensas, "rinde a cualquier hombre, pues lo libra de nuestra mirada; entonces puede fisgar a gusto, revolver los cajones de nuestra habitación y pasar sus asquerosas manos por las medias negras, por las cartas de la niña, por sus cofres llenos de bisutería".
"Beatriz, Beatriz, Beatriz Vargas Duval", ha dicho el guardia leyendo el documento, o quizá una sola vez, pero demorándose en cada una de las inflexiones de tu nombre, que da forma por fin a lo que hasta ahora sólo era una sombra: tu nombre asciende resbaladizo por los costados de tus caderas, moldea los largos dedos de las manos, acompasa el latido de los senos bajo la blusa, ruboriza las mejillas indiscretamente, perfila uno a uno los cabellos negros, redondea las pupilas que te sorprenden en una mirada esquiva desde el retrovisor.
Después de la entrada, una carretera bordea los pabellones y las isletas de césped entre las que deambulan figuras con descaminados cursos. Un anciano vestido de blanco esgrime su bastón para acompañar un soliloquio del que te llegan palabras grandilocuentes. A su lado una enfermera empuja una silla de ruedas desde la que tuerce el cuello con gesto simiesco un joven. Una muchacha se levanta las faldas para mostrarle la lencería a un enfermero en jarras. Varios hombres y mujeres se hallan sembrados al desgaire por entre los apacibles jardines: muestran fragmentos de sus cuerpos pálidos a lo que queda de sol; lloran desconsolados al pie de un roble; caminan torpemente por un sendero que nunca los alejaría demasiado de los pabellones; o permanecen idiotizados en la persecución del vuelo de un insecto, de una lejana verdad inaprensible de su pasado, del recorrido brillante de tu pequeño coche rojo, que ya llega junto a la escalinata del pabellón central.
El doctor Emile von Hagen lamenta no poder recibirte. Se halla trabajando a fondo con una de nuestras pacientes. Su evolución le preocupa especialmente.
Todavía bella, precediéndote vivaz con la más pesada de tus maletas, la enfermera Friederike Bergengruen pronuncia con eficacia el castellano.
Me ha encargado que te enseñe la habitación.
Por una escalera en espiral, o, mejor aún, en el espacio mínimo de un ascensor de roble, subís una y otra vez hasta el último piso del edificio. Una y otra vez. Al abrir las hojas de la puerta frente al último rellano de mármol, dudas en cruzar el umbral. Lo haces tras Friederike, asustada, con el deseo inconsciente de regresar a tu casa en la ciudad ruidosa que has abandonado.
Los largos, intrincados pasillos de la planta acceden a las habitaciones del cuerpo médico del centro. En la que te han adjudicado, Friederike Bergengruen te informa del horario de trabajo, con los brazos en cruz, vuelta hacia la ventana, inmóvil en el instante en que acaba de descorrer las cortinas para dejar pasar el reflejo metálico del mar recortando su silueta.
...Pero hasta mañana por la tarde no deberías preocuparte. Tienes tiempo para conocer un poco los alrededores. Casi todos tus compañeros viven en Cadaqués. Y tú acabarás haciéndolo, sin duda. Aquí terminas perdiendo la intimidad, y el horario, ya verás. Sólo es obligatorio quedarse durante las noches de guardia.
Friederike esboza una sonrisa cansina. Es una mujer acostumbrada a hablar sola, por lo que su conversación guarda siempre algo vidrioso, un tono por el que asoman con discreción sus complejos. "Estoy sola", parecen decir sus ojos apagados. "Fui bella. Pude haber transmitido mi belleza a un par de niños adorables. Pero ahora mírame aquí, estéril, inservible ya para los cerdos que me cortejaban."
En el pueblo los alquileres son todavía asequibles. Pero no digas que eres psiquiatra del centro, porque entonces suben bastante. Ya sabes.
El mar restalla de nuevo contra el cristal de la ventana. Horas más tarde, erguida en la playa, lanzas un guijarro sobre la superficie del mar, que repite y alarga la mancha blanca de la luna. No sabrás nunca que una sombra te está espiando desde unos matorrales. Tu piel se estremece inconscientemente en la percepción de esa sombra, mientras la mirada, fantasiosa, te imagina sumergida y desnuda, con la melena palpitando al aire de las corrientes submarinas. Pero no es una mirada movida por el deseo, sino por una curiosidad cargada de inocencia, más tierna que libidinosa.
Vamos, Beatriz. Abandónate por un momento a la seguridad de estar inserta en este tiempo. Y deja de preguntarte quién habla. Habla la razón, el orden. Aférrate a mi voz. Es lo único que tienes.
De vuelta en el pabellón, levemente cansada pero con la seguridad de que aún no podrás conciliar el sueño, saludas con una sonrisa al guardia de la tarde, que te ofrece un cigarrillo para entablar conversación, evitando mirarte a los ojos. Desde la cabina llega el falsete de la radio repasando con una pasión forzada las noticias del día. Rechazas el cigarrillo con cualquier broma y te diriges sin dudarlo a la escalera que envuelve con su espiral blanca el hueco del ascensor.
Demasiados pisos. ¿Por qué no sube en ascensor?
Me dan miedo los ascensores has respondido riéndote.
Bueno, aquí todos tenemos alguna manía exclama el guardia. Si quiere la acompaño.
Pero ya has comenzado a trotar sobre la escalera, femenina, trenzando hábilmente el ritmo de una melodía con el tamborileo de los tacones. Al llegar al primer rellano te detiene el ronroneo grave de una voz, quizá imaginaria, que llega de algún recodo de los pasillos. Es divertido adentrarse por este camino desconocido. Como en un juego exploras los corredores que se enlazan en un recorrido tendente al círculo, fisgando por las rendijas de las puertas, y te pierdes tontamente. Cuando estás convencida de que has inventado aquella voz, ya no sabes volver a la escalera.
El regreso se transforma en un temeroso vagar, y casi es una huida cuando ves luz en un despacho y entras decidida a preguntarle a alguien cómo debes hacer para subir a tu habitación. Dentro, de espaldas, un hombre grueso, de unos cincuenta años, vestido con bata blanca, le habla a una mujer joven con un suave ronroneo que invoca el descanso o el placer.
...Rodeada de espuma en la bañera extiendes el brazo limpio y frágil, y con una cuchilla, despacio, dibujas un surco en tu muñeca: una rosa perfecta por donde la vida fluye desorientada...
Escuchas dudando, sin entender el sentido de la escena. El hombre no ha notado tu presencia, y la mujer está enajenada, con el cuerpo inmóvil pero los ojos inmensamente vivos. Te arrepientes de haber entrado. Protegida por unas estanterías en donde se amontonan los medicamentos, retrocedes y entornas la puerta. No importa ahora cómo encontrarás tu habitación, cómo te entregarás rendida a los otros laberintos de una pesadilla.

 

PrepublicacionesLista de CorreoPremios Búsqueda
NovedadesColección RescatadosColección Nueva BibliotecaColección Otras Lenguas