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La mujer sin memoria y otros relatos

SILVIA SÁNCHEZ ROG
V Premio de Narrativa Caja Madrid

128 págs.

Traducción:

ISBN 978-84-96080-99-7

15.60 €.

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La solución de Quim

Quim se marcha del trabajo a las cinco. Sale del edificio y circula en coche hasta la casa de su novia. Van a ir al cine, a la tercera sesión.
Cuando entra en el apartamento de ella lo primero que hace es encerrarse en el baño. Echa el cerrojo por dentro y se pone a calcular, tomando la palma de su mano como medida, la posición que ocupa, en la estantería, el bote de desodorante. Describe su situación en voz alta: «A un palmo de la pared del fondo. A dos dedos del neceser con las cremas de protección solar».
Pronto se desespera, el frasco ha vuelto a cambiar de sitio.
El gesto se le queda como roto, o descreído. Se pasa una mano por la cabeza. Luego, se restriega la cara con la palma abierta, como queriendo borrarse con ella el rostro, o desaparecer. Baja la taza del váter, que estaba levantada ya no sabe por quién, y se sienta a meditar.
Cuando Quim se queda en casa de su novia usa el champú nutritivo de ella, su gel y sus toallas. Pero el desodorante es suyo. Ese bote es lo único suyo que hay en el piso de ella. Lo pone bien claro: «Desodorante para hombre». Lo pone en tres idiomas y no puede ser que ella lo esté usando porque, entre otras cosas, tiene cuatro desodorantes de mujer un estante más arriba. Por eso, Quim piensa ahora que otro hombre está subiendo a su casa. Además, el día anterior, al destapar ese mismo bote, ha encontrado un pelo negro y corto que no es de ella. Ella es rubia. Ni de él. Él se depila a diario para nadar en un polideportivo que le queda cerca.
Tras la puerta cerrada del baño se oye un ruido de tacones. Es ella, que aún debe andar probándose ropa y mirándose en la puerta del baño que, del otro lado, es de espejo.
Cuando el ruido de tacones se aleja, Quim se levanta para refrescarse la nuca en el lavabo. De pronto le ha embargado cierta ingenuidad casi extravagante, incluso inverosímil vista así desde fuera, que con frecuencia absorbe a los enamorados o los desesperados. A toda prisa va al salón a por un trozo de papel y un bolígrafo. Le escribe una nota, la mete en el desodorante y cierra el bote.
La nota dice: «Hola, soy el novio de ella, ¿quién eres tú? Yo llevo un año con ella. ¿Y tú? Yo la quiero, pero si me está engañando será mejor que lo sepa porque no podría soportar compartirla con otro. Firmado: Quim».

En el cine no deja de moverse. Cruza las piernas. Las estira. Echa el cuerpo hacia delante y se frota las manos. Se reclina hacia atrás desinflándose en la butaca, como aparentando haber encontrado una postura cómoda y estar concentrado en las imágenes que aparecen en la pantalla, pero no es verdad; continuamente le llega el olor suave del perfume de ella y, entonces, le vienen también imágenes de su novia con otro hombre y le entran ganas de vomitar.
Curiosamente, al mismo tiempo que nota cómo se le revuelve la comida en el estómago, siente también que no quiere perderla, siente como asco y dolor a la vez. La mira de reojo mientras el rostro de ella se ilumina y se apaga con cada secuencia reflejada en la pantalla. Intenta imaginarse el hecho de perder a una mujer como la que tiene, tan interesante, bella, inteligente y con quien además comparte tantas aficiones, pero no puede.

Pasan tres días separados, por el trabajo de él; tiene turno doble y sólo le queda tiempo libre para tumbarse a descansar en su propio apartamento.
El cuarto día tiene tantas ganas de verla que, cuando llega a su casa, transcurren cinco horas antes de que le venga a la cabeza el asunto del desodorante. Pasado ese tiempo la deja tumbada en el lado izquierdo de la cama, con el cuerpo mojado de sudor, los ojos líquidos, como derramados hacia la ventana, vaciándose en la copa de un castaño que hay tras el cristal. Sale desnudo en dirección al baño.
El desodorante ha vuelto a cambiar de sitio. Se abalanza sobre el estúpido bote que ahora se arrepiente de haber comprado, tenía que haber usado siempre el de ella, y lo abre.
Una nota.
La desdobla y la lee: «Hola, soy Alex, soy argentino y no tenía ni idea de que ella tuviera otro novio. Llevamos seis meses saliendo juntos y no pienso dejarla. Me gusta demasiado. No voy a encontrar otra mina igual. Así que olvidate de mí o de ella. Vos decidís».
Quim se impacienta. No puede creer lo que está pasando. Corre hasta el salón, coge otro trozo de papel y un rotulador de la mesita del teléfono, y escribe: «Yo llevo un año con ella y hoy mismo le voy a pedir que nos casemos. Olvídala tú. Yo no pienso rendirme. Firmado: Quim».
Dobla la nota. La guarda cuidadosamente en el desodorante. Luego va a la cocina y tira el escrito del argentino en la basura. Le hace un nudo a la bolsa de los desperdicios y la deja junto a la entrada.
Regresa a la habitación. Ella se ha quedado dormida y él, al encontrarla tan bonita, se deshace sobre la cama contemplando su cuerpo desnudo, su rostro plácido, el pelo rubio vertido sobre las sábanas. De nuevo, piensa que la quiere más que nunca, que no la puede perder.
Se tumba a su lado llenando de besos el pliegue que cierra su axila, pequeña y dulce, y la arista que forma su cuello terso y espigado. Así la despierta y le hace el amor dos veces más, conectado a sus ojos.
Se marcha por la mañana, mientras ella aún duerme, pero antes de salir encarga desde el teléfono del salón un ramo de rosas para ella.

Dos días después, Quim regresa a la casa.
Otra nota en el desodorante. Esta vez se ha quedado pegada a la emulsión y se ha corrido la tinta pero la puede leer: «No me doy por vencido. Yo también le pedí que se casara conmigo y ha accedido. ¿A vos también te dijo que sí? Firmado: Alex».
Quim se queda pasmado, entorna los ojos rabiosos y tuerce la boca metiendo los labios hacia dentro, como para comérselos. Después se maldice por haber olvidado ese asunto del matrimonio; ahora cree que ha adelantado los acontecimientos entre el otro hombre y ella.
Esa misma tarde sale en busca de una joyería. Encuentra tres locales en la misma zona y, en el último, compra el anillo de compromiso que cree que ella escogería si estuviese allí.
Por la noche la lleva al restaurante más caro de la ciudad.
El maître les procura la mejor mesa del salón porque Quim le ha contado lo que se propone. El sumiller les ofrece un gran vino y entre cinco camareros les sirven el menú degustación.
Mientras cenan, contemplan las mejores vistas de la ciudad y se sonríen.
A mitad del postre, Quim le coge la mano izquierda para colocarle el anillo de esmeraldas y diamantes que guarda en el bolsillo de su chaqueta. Ella le mira, boquiabierta. Después, se mira el anillo y se echa a llorar emocionada. En el restaurante solo hay otras dos mesas ocupadas y los comensales están todos muy callados mientras se llevan los cubiertos de plata y las copas de vino a las bocas. Una dama, de aspecto oriental, ha detenido en el aire el bocado que iba a probar y les observa.
Quim sigue pendiente de su novia, que aparta el plato de uvas glaseadas con tomillo, se seca las lágrimas y la boca dulce con la servilleta y le dice que llevaba mucho tiempo deseando ser su esposa.
Él se queda de nuevo atónito. De repente no sabe si se alegra o no pero la mujer, que está loca de contenta, alarga la mano que sostiene el anillo centelleante y, tomándole por la muñeca, le dice que la lleve ahora mismo a casa para hacerle el amor.
Quim, que no ha dejado de sorprenderse desde que la conoció, delibera ahora que, quizá, una mujer así, tan impulsiva, tan poco sensata, no le convenga. Por un momento se percibe lúcido pero, después de unos minutos en el sofá del salón durante los cuales ella le acaricia incesantemente, Quim se deja llevar de nuevo rindiéndose a sus encantos y hacen el amor con más pasión que nunca.
Luego, él le hace prometer a ella que le será fiel siempre y ambos pactan la promesa de pie, en el balcón, frente a un gajo de luna y unas cuantas estrellas desordenadas.
A la mañana siguiente, él decide dejar de depilarse.
Días después, Quim se despierta con el sonido del claxon de un coche y se levanta de la cama.
En la ducha se lava el cuerpo con el gel de ella, la cabeza con el champú nutritivo de ella. Después, cierra el grifo y agarra una de las dos toallas del toallero. Se ata la toalla beige a la cintura y se acerca a la estantería de cristal, colocando el torso frente al desodorante.
Coge el bote, lo mira, se lo lleva a la cocina. Allí, destapa el cubo de la basura y lo tira.
—Asunto zanjado— se dice de vuelta al baño.
Sonríe frente al espejo húmedo con gesto de vencedor, seguro de que toda esa turbia historia del desodorante ha quedado finalmente atrás. Después, agarra uno de los cuatro desodorantes que tiene ella en el estante de arriba y lo usa.
Lo vuelve a colocar en su sitio y piensa que acabará por acostumbrarse a ese olor.
Es entonces cuando empieza a sentirse realmente bien, justo a partir de ese instante. Respira hondo y nota un trajín como de estrellas y caballitos de mar flotando por el interior de su cuerpo, y también mucha paz.
Se deja llevar un rato por ese sentimiento, que poquito a poco va en aumento, y le parece acariciar el punto culminante de gozo cuando, de repente, descubre un pelo corto y negro pegado a su toalla beige.
Un pelo que no es de ella porque ella es rubia. Pero que, bien pensado, sí que puede ser de él porque hace ya dos semanas que dejó de afeitarse el cuerpo y de ir a nadar al polideportivo, por si acaso.
Esta vez, lo atrapa con los dedos. Se lo acerca a la boca.
Sopla.
El pelo gira sobre sí mismo, hace un remolino en el aire como de acróbata, luego una reverencia, y se aclara se aclara se aclara hasta desaparecer.

***

 

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