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Los niños jamás piden novelas

 

    Al novelista jamás se le pregunta por qué no escribe un libro de cuentos, o un ensayo, o un poema épico, o lo que sea. Los novelistas no necesitan justificaciones. Esa será, sin embargo, la segunda o tercera pregunta que, indefectiblemente le hará el entrevistador al escritor de relatos: a ver cuándo va a escribir una novela y, por lo tanto, cuándo va a convertirse (de una vez por todas) en un escritor de verdad (el hecho de que no sea la primera pregunta suele deberse simplemente a la buena educación del periodista).
    Ante eso los cuentistas no tenemos más que dos alternativas. La más prudente, sin duda, es mentir: que estamos en ello, que tenemos entre manos una brillante idea para una novela, que ya hemos recogido la documentación y que pronto, muy pronto… La segunda alternativa, la defensa a ultranza de la cuentística, no es tan recomendable. De todas maneras, si escogemos este camino, los escritores disponemos, una vez más, de diferentes posibilidades. Podemos recurrir, por ejemplo, al sobrexplotado santoral de la cuentística y mencionar a Jorge Luis Borges, a Augusto Monterroso, a Julio Cortázar, a Raymond Carver y a los demás. Disponiendo de un poco más de tiempo, tenemos la posibilidad de recitar el conocido decálogo de Horacio Quiroga. O podemos ser un poco más valientes y recordar que hay quien, siendo un hábil escritor de relatos, no ha sido capaz de producir novelas superiores a sus textos breves (y citar a Ian McEwan, Antonio Lobo Antunes, Juan José Millás…) y que, al contrario, el cuento no es un género al alcance de cualquiera. Para finalizar, con una sonrisa en la boca, podemos valernos de la conocida cita de Joseba Sarrionandia: los niños piden a sus padres que les cuenten cuentos, jamás novelas. O, siendo un poco menos simpáticos, hacernos eco de la definición que Ambrose Bierce daba en su Diccionario del diablo de la entrada «novela»: «Un relato corto cuando se hincha».
    Según he leído hace poco, hasta cumplir los cincuenta y siete años, el escritor eslovaco Josef Pezinok produjo solamente relatos. Eran escritos notables, vivos, breves, acerados, y le dieron un cierto prestigio entre sus compatriotas, aunque no el suficiente como para que pudiera vivir de la literatura: durante largos períodos de su vida Pezinok tuvo que ejercer de marinero, cocinero, traductor o jardinero. Aunque a veces tenía el firme propósito de escribir textos más largos, le salían siempre relatos breves. Lo intentaba una y otra vez, pero no podía hacer otra cosa.
    Un día se encontró enfermo y fue al hospital; realizados los análisis, los médicos le confirmaron que sufría una virulenta invasión de lombrices intestinales. Entre las consecuencias de dicha parasitosis (que sin duda sufría desde su infancia) podían hallarse, según los médicos, migrañas, falta de atención e imposibilidad de hacer frente a tareas que exigen cierta constancia.
    Nada más iniciarse la curación, Pezinok dio comienzo a la redacción de su epopeya Bratislavenses, una novela-río compuesta finalmente por cinco volúmenes (tres en la edición de bolsillo que aparecería años más tarde). El mismo camino siguieron Sláva sangriento, Las abejas del verano y El húsar húngaro, todas ellas obras gigantescas, traducidas a decenas de idiomas. Dejó sus múltiples oficios y se dedicó plenamente a la escritura durante los fértiles años que le quedaban, en la casita que pudo comprarse en la orilla del Danubio. Hace unos años, cómo no, Pezinok recibió, de manos del rey de Suecia, el premio Nóbel.
    Yo he pedido cita en el ambulatorio para mañana mismo. Por si acaso.

 

Extraído de Traizioak (San Sebastián, Erein, 2001).


 

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