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 Correo

 

 
La responsabilidad de los escritores

 

   En 1898, a raíz del affaire Dreyfus, Émile Zola escribió su famosa carta al presidente de la República francesa, en la que denunciaba la corrupción y la mezquindad de los poderes establecidos. La carta fue publicada en La Aurora, y al día siguiente apareció en el mismo periódico una declaración firmada por una serie de científicos, escritores y profesores universitarios que se solidarizaban con Zola y protestaban por la «violación de las formas jurídicas» en el caso Dreyfus.
   Pocos días después, Clemenceau escribió un encendido elogio de Zola y de los firmantes de la declaración de apoyo, y se refirió a ellos como «intelectuales». Si no fue el primero en usar el término, fue él quien lo impuso y lo revistió de sus connotaciones actuales. (También le debemos a Clemenceau la más convincente explicación de la estulticia marcial; a alguien que se asombraba de que los generales fueran tan brutos, le dijo: «No se sorprenda, los hacen de los coroneles»).
   En cualquier caso, es interesante señalar que el término «intelectual», en su mismo origen, va unido a la idea de lucha, de refutación del discurso oficial, de defensa de la legalidad frente a los abusos del poder.
   Los intelectuales, es decir, los generadores de ideas, en función del privilegio que supone tener acceso al conocimiento y a los instrumentos necesarios para elaborarlo, tienen una responsabilidad tan específica como grave: la crítica sistemática de los argumentos esgrimidos por el poder, el cuestionamiento radical y continuo del «pensamiento único» que pretenden imponernos.
   Y entre los intelectuales (con independencia de la amplitud que queramos darle a este ambiguo término), los escritores, como artífices del lenguaje, tienen una responsabilidad cada vez mayor. Cada libro, cada artículo de opinión, cada comentario, por pequeño que sea, refuerza o debilita el discurso dominante, en un momento en que la dominación se ejerce fundamentalmente mediante el discurso.
   Con la abyecta complicidad de los medios de comunicación, el poder inunda las mentes de consignas explícitas e implícitas, de promesas que no cumple y presuntas amenazas de enemigos construidos a la medida de sus intereses. Modela el imaginario colectivo a su imagen y semejanza. Complementa la corrupción política, económica y jurídica con la corrupción semántica.
   Analicemos un ejemplo básico y clamoroso: la condena del terrorismo, que se ha convertido en la jaculatoria favorita del poder, coreada a todas horas por sus acólitos y paniaguados.
   «Condenar el terrorismo» es una fórmula que los poderes establecidos, jugando perversamente con la ambigüedad de sus términos (hasta el artículo es engañoso, pues el mero hecho de hablar de «el» terrorismo es dar por supuesto que sólo hay uno o que todas sus formas son iguales), utilizan para criminalizar cualquier forma de disidencia. Veamos cómo:
   En su sentido fuerte, «condenar» presupone un juicio y un veredicto de culpabilidad; en su sentido débil, es sinónimo de reprobación o rechazo. Y jugando con la amplitud del término, deslizándose entre sus distintos grados de intensidad, el poder repite machaconamente, como quien recita una salmodia para entontecer a la audiencia, que quien no «condena» el «terrorismo», está a su favor. Por otra parte, «condenar», en sentido metafórico, significa tabicar, tapiar una puerta o una ventana, anular su función conectiva y comunicante. Y, en consecuencia, la mera insinuación de que es necesario, o tan siquiera posible, el diálogo con los «condenados», equivale a «descondenarlos», lo cual (pasando del sentido metafórico al débil) significa, según la perversa lógica del sistema, no reprobarlos, es decir, justificarlos, aceptarlos, pertenecer a su «entorno». Y lo terrible es que la mayoría de la población, incluida una buena parte de la izquierda, ha caído en esta burda trampa semántica, ha asumido este sofisma inquisitorial con una mezcla de mala conciencia y miedo a la criminalización.
   Con el término «terrorismo», por otra parte, el discurso oficial hace lo contrario que con «condenar»: lejos de utilizarlo en toda su amplitud, lo restringe a sus formas más coyunturales y minoritarias, con el evidente objeto de no aludir a las más brutales y abyectas: las matanzas de civiles por sicarios uniformados, los embargos genocidas, las torturas policiales, la pena de muerte... En una palabra, el terrorismo de Estado, frente al cual las demás formas de terrorismo, por lamentables que nos parezcan, son meros epifenómenos.
   La guerra total desencadenada por el imperialismo y sus lacayos se libra en muchos frentes, en todos los frentes, y uno de los más importantes es el lingüístico. Si quienes hemos hecho de la pluma nuestro instrumento de trabajo y nuestra arma no salimos al paso de los que pretenden detener el flujo de las ideas encadenando el discurso a una sarta de jaculatorias, consignas y sentencias (de muerte), ¿quién lo hará?
   Bush y Sharon lo han dicho bien claro: «Quien no está con nosotros, está contra nosotros». Y en eso tienen razón, seguramente más de la que creen. Aunque habría que formularlo al revés: quien no está contra ellos, contra sus planes de expolio y exterminio, está con ellos. Quien no se opone a su criminal discurso, lo refuerza con su silencio. Y el silencio es la cobardía del escritor. Cobardía que en circunstancias como las actuales se convierte en imperdonable vileza, en alta traición a la cultura y a la humanidad.

Extraído del prólogo de Daños colaterales

 

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